Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

Cecilia llevaba en la biblioteca desde primera hora de la mañana, aporreando las teclas de su portátil con tanta fuerza que casi lo hacía traquetear.

La ira era un acicate extraordinario. Las palabras le brotaban sin más.

Estaba escribiendo para expulsar de su alma toda la decepción.

En su artículo, trazó una línea desde la boda negra de Cosima hasta Claudio, el tío mayor de Stefano, que había intentado arreglarlo todo, y continuó hasta las trágicas muertes que habían convertido al otro tío de Stefano, Giuseppe, en heredero y al propio Stefano en medio huérfano.

Después, este había preferido que lo declarasen mayor de edad antes de tiempo con tal de no tener que vivir con su tío, un alcohólico bueno para nada.

A continuación escribió sobre cómo Giuseppe había llevado el negocio vinícola a la ruina, hasta el punto de no ver apenas forma alguna de salvar la herencia familiar.

Terminó con una historia sensiblera, conmovedora y hábilmente inventada, que presentaba a Stefano como un pobre heredero vapuleado por el destino, incapaz de encontrar una salida y entregado desesperadamente a la tarea de volver a encarrilar el negocio familiar, con un desenlace incierto.

Gran parte de lo que había escrito era exagerado y quizá incluso sensacionalista.

Pero había historias que se nutrían precisamente de ese tono.

Salpicó el texto con palabras como tragedia y destino y lo aderezó todo con términos dramáticos como devastador o desesperanzador.

Cuando terminó, hasta a ella se le llenaron los ojos de lágrimas ante la desgarradora y trágica historia de la familia Vitti.

Sonrió y suspiró satisfecha. Sí, aquel era uno de sus mejores artículos.

Lo tenía todo: la oscura historia, los místicos antepasados, los secretos y los dramas, todo ello envuelto en un viñedo de ensueño que quizá no producía un vino excepcional, pero sí un magnífico aceite de oliva ecológico.

A los lectores de Buongustaio les encantaban los lugares secretos.

Cuanto más pequeño y desconocido fuera el sitio, mejor.

En el artículo se detuvo con más detalle en el aceite de oliva, investigó su elaboración y producción e incorporó el sabor específico del aceite local, fruto del clima toscano y de los aromas particulares presentes en la tierra.

Lo que omitió fue la implicación de la empresa criminal Consolido y el vino adulterado ilegalmente que se había almacenado allí hasta hacía poco.

No pretendía causarle problemas a Stefano, así que se limitó a insinuar que tal vez su tío Giuseppe hubiera experimentado un poco más de la cuenta añadiendo azúcar durante la fermentación o que incluso hubiera sobrepasado los límites permitidos.

Todo cuanto escribía estaba al servicio de la calidad de su historia.

No tenía intención alguna de preocuparse por los sentimientos y las necesidades de Stefano.

Quería escribir un buen artículo; no, un artículo excepcional, e incluyó en él, sin hacer concesiones, todo cuanto consideró lo bastante interesante como para presentárselo a Edoardo.

Alguien se aclaró la garganta y ella levantó la vista sobresaltada.

Había estado tan absorta en el trabajo que se había olvidado por completo de la hora y del lugar.

Solo entonces volvió a reparar en que estaba sentada en la biblioteca.

Giampaolo se encontraba en el umbral y la saludó con un movimiento de cabeza.

—¿Te molesto? —preguntó.

—Estoy trabajando —replicó ella con brusquedad. Se dio cuenta de que sus palabras habían sonado un tanto ásperas, así que le sonrió, guardó el documento y cerró el portátil.

—No has venido a desayunar. Otra vez.

Señaló el portátil de forma ostensible. — Deadline .

—Los jóvenes y vuestros anglicismos. ¿No puedes decir simplemente «plazo de entrega»?

Cecilia ladeó la cabeza. —Suena mucho menos importante, ¿no crees?

—¿Y yo qué sé? Alargó una mano hacia un lado y, un instante después, introdujo en la biblioteca un pequeño carrito de servicio. Encima había una cafetera de porcelana, dos tazas y un platito con varios panini. —Para ti.

Cecilia arqueó las cejas, sorprendida. —Qué amable.

Giampaolo le restó importancia con un gesto y empujó el carrito hasta colocarlo junto al sillón de lectura. —Es de parte de Emmi; dale las gracias a ella. Por la idea, quiero decir. Los panini son míos. El pan es casero.

—Por supuesto —respondió Cecilia, guiñándole un ojo—. La verdad es que no tengo hambre, pero...

—¡Come algo! —le espetó—. Tienes un aspecto espantoso. Fuera brilla un sol de primavera precioso y tú estás más blanca que una pared encalada.

—Qué encantador —respondió Cecilia con sequedad. Cogió la cafetera y sirvió café para ella y para Giampaolo. Después tomó su taza y bebió un largo trago. —No he dormido muy bien —explicó.

—¿Por qué no? Aquí todo el mundo duerme bien. El aire fresco de este lugar es como una fuente de juventud: alisa la piel, fortalece el espíritu y proporciona descanso al cuerpo. Mírame. No aparento ni un día más de setenta años.

Cecilia no pudo evitar reírse. —Como no sé cuántos años tienes, eso no significa gran cosa. Pero, por supuesto, tienes razón. La culpa es mía.

—¿Y qué has hecho ahora?

Cecilia dejó la taza. —¡No he hecho absolutamente nada!

—Los periodistas siempre estáis tramando algo.

—Yo no ... De acuerdo, escucha. Tengo una fecha lími... una fecha de entrega. No quiero echarte, pero tampoco quiero quedarme aquí escuchando lo poco bienvenida que soy.

—No eres mal recibida en absoluto —masculló Giampaolo, más para sí mismo que para ella.

—Bien.

—¡Y ahora come algo! Los he metido en el horno expresamente para ti.

—Está bien, si insistes.

—Después te sentirás mejor. La comida reconforta el estómago y el alma. Tú deberías saberlo, ya que escribes para Buongustaio .

—Tienes toda la razón. Y bien, ¿de qué están rellenos?

—Ese lleva calabacín, tomates secos y lascas de parmesano. Y el otro, bresaola , rúcula y pecorino .

—Delicioso. Cecilia cogió uno de los panini y le dio un buen bocado.

Tenía un sabor salado exquisito y, durante unos instantes, consiguió olvidar su frustración con el mundo en general y con los hombres en particular.

Al ver que Giampaolo prácticamente la escrutaba con la mirada, no pudo evitar reírse.

Tragó y volvió a dejar el panino en el plato para no ensuciar nada.

—Eres demasiado viejo y engreído para estar esperando cumplidos, Giampaolo —dijo con una sonrisa.

Él masculló algo incomprensible y apartó la mirada.

—Están absolutamente deliciosos . Pero eso ya lo sabes. ¿Satisfecho?

Su semblante volvió a iluminarse e hizo un gesto alentador hacia el panino . Cecilia volvió a cogerlo y le dio otro bocado.

—Florencia estuvo bien —dijo él con un tono algo demasiado despreocupado, dirigiendo ahora la mirada hacia la chimenea.

—Me alegro. ¿Cómo está Flora?

—Bien. Nosotros... ya sabes.

—No. ¿Qué hicisteis?

—Hablamos.

Cecilia arqueó las cejas. —¿De verdad? ¿Cómo fue?

—¡No empieces ahora a hacerte la lista!

Cecilia sonrió de oreja a oreja. —No me hago la lista. Solo me sorprende gratamente que un cabestro viejo y testarudo como tú sea capaz de salir de su caparazón alguna vez. El mundo no deja de depararnos milagros.

—Como sigas hablando así, tú también vas a presenciar un par de milagros.

Cecilia desechó la amenaza con un gesto y terminó el resto de su panino. —Venga, cuéntame —instó a Giampaolo con la boca llena.

—Estábamos paseando junto a Santa Maria del Fiore y había una boda. ¿Te lo puedes creer? ¡Una boda !

Cecilia lo miró con interés. —Bueno, teniendo en cuenta que es una catedral, la verdad es que me lo puedo creer perfectamente.

—Hay fiebre de bodas por todas partes, mires donde mires. Che il buon Dio ci assista tutti.

—El buen Dios te está ayudando y te está dando una indirecta bastante clara, en mi opinión.

—¡Pero nadie te ha pedido tu opinión! En fin... Flora aprovechó la ocasión para informarme de que las bodas le parecen una tontería.

Cecilia no supo muy bien qué responder, así que cogió el segundo panino.

—No las bodas en general, sino las bodas entre personas de cierta edad, ¿sabes? —prosiguió Giampaolo—. ¡Porque los dos que se casaban allí, en Florencia, tenían al menos cincuenta años!

—Dios no lo quiera —murmuró Cecilia, lo que le valió una mirada gélida de Giampaolo.

—Le di la razón —continuó—. Le dije que compartía su opinión y los dos nos reímos de aquella pareja.

—No sé muy bien qué opinará Dios de que os riáis de una pareja que acaba de jurarse amor eterno ante Él, pero, dejando eso aparte, me alegro mucho de que pudierais aclararlo.

Giampaolo asintió e hizo caso omiso de la pulla. —Yo también. Después se lo pregunté directamente. Seguí tu consejo —explicó con orgullo, sonriendo de oreja a oreja a Cecilia.

—¿ Mi consejo?

—La comunicación como clave de una relación.

—Ah.

¡Porque a mí me ha funcionado de maravilla!

—Y fue una conversación muy agradable. Muy placentera. Sin ataques de histeria ni lágrimas.

—Dime una cosa: ¿qué imagen tienes tú de las mujeres?

Él quitó importancia al asunto con un gesto. —Yo no sé lo que os pasa por dentro a todas. Pero Flora, por supuesto —y debería haberlo sabido—, estuvo llena de sabiduría y aplomo. Dijo que es muy feliz aquí y que está pensando en comprarse una casa de verano.

—Qué bonito.

—Una casa de verano —repitió Giampaolo con énfasis, inclinándose hacia delante.

—Lo dices como si fuera un código secreto para algo. Cecilia se sirvió más café y bebió un largo trago.

—¡Significa que todo seguirá como hasta ahora! —exclamó Giampaolo, radiante.

—Eh... ¿enhorabuena?

— Grazie . Tú también eres muy sabia. Me has ayudado muchísimo.

Cecilia negó enérgicamente con la cabeza y volvió a abrir el portátil. —No soy sabia en absoluto. Soy... Se interrumpió. —Olvídalo. Tengo que trabajar.

Clavó la mirada con obstinación en el portátil y solo vio por el rabillo del ojo que Giampaolo se levantaba y abandonaba la estancia sin decir palabra.