Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Al final se quedó sin lágrimas. Cecilia se recompuso y decidió que había llegado el momento de enfrentarse a Stefano con todo lo que sabía.

Comunicación abierta: eso es lo que querías, ¿no?

Cuando llegó de nuevo a su casa, ya había anochecido.

No había ni rastro de Stefano. A Cecilia le daba igual.

Volvió a entrar en la casa, se sentó a la mesa del comedor, tamborileó con los dedos sobre el tablero, clavó la mirada en la puerta y esperó.

Tenía el corazón en un puño y náuseas. Estaba nerviosa, enfadada, inquieta y atónita, todo a la vez.

Sí, en aquel momento incluso estaba a punto de sufrir el segundo ataque de ira de su vida.

Pero tampoco quería estrellar su móvil nuevo contra una pared, y darle patadas a los muebles le parecía bastante infantil.

Así que la rabia le bullía en el estómago y seguía aferrada a ella.

Al cabo de un rato oyó el motor de un coche. Poco después, una llave entró en la cerradura y la puerta se abrió. Stefano entró en el salón y la miró irritado.

—¡Cecilia!

—Stefano —respondió ella, saludándolo con un gesto solemne.

—¿Qué…? Eh… ¿Cómo…? Quiero decir… —Miró por encima del hombro—. La puerta estaba cerrada con llave. ¿Cómo has entrado?

—Por la bodega.

Él asintió despacio, con expresión abrumada.—Y… ¿por qué?

—¿Por qué qué? —No tenía intención de ponérselo fácil.

—¿Por qué estás aquí?

Se acercó un poco más y entonces lo vio. La carpeta negra estaba sobre la mesa del comedor, donde, una eternidad atrás, o eso le parecía, había habido para ambos una deliciosa bandeja de antipasti . Aquella mesa tenía algo. Estaba claro que invitaba a poner las cartas sobre la mesa.

Stefano clavó la mirada en la carpeta, sobre la que Cecilia mantenía apoyada la palma de la mano. Se aclaró la garganta.

—Queremos ser sinceros el uno con el otro, ¿no? —preguntó Cecilia. Intentó adoptar un tono sereno y serio. Pero la voz le vibraba ligeramente y presentía que no tardaría en subir mucho el volumen—. ¿Sinceros y honestos? —continuó—. Esa es tu filosofía, ¿no? ¿Verdad?

Stefano alzó los brazos a la defensiva.—De acuerdo, esto es un poco allanamiento de morada, ¿no crees?

—¡No! —le espetó—. Ya me acusaste de ser una periodista entrometida y sin escrúpulos, que no lo soy, y…

—¡Yo no lo expresé así ! —la interrumpió.

—…¡y te creí! —Se puso en pie de un salto, cogió un cabo de vela que había sobre la mesa y se lo arrojó a Stefano.

Él saltó a un lado y la miró boquiabierto, atónito.

Ella apretó los puños—. Dudé de mí misma y de mis motivos, aunque en el fondo no había hecho nada malo.

¿Y sabes qué? —Cada vez hablaba más alto—.

Sigo sin haberlo hecho. Oí tu conversación. Por casualidad .

—¿Qué conversación? —Stefano permaneció completamente inmóvil. Su rostro aún reflejaba una absoluta confusión.

—¡La que tuviste con Aurelio! Estaba sentada en la biblioteca.

La ventana estaba abierta. No soy una fisgona.

Pero tú, Stefano, ¡eres un mentiroso ! —Cogió otro cabo de vela, pero, antes de que pudiera lanzarlo, Stefano ya estaba a su lado.

Le agarró la muñeca y se lo quitó. Ella forcejeó contra su firme sujeción, contra el contacto, contra él .

Quería golpearlo, pero le bastó mirar aquellos ojos para que la intensa rabia se desmoronara sobre sí misma.

Se dejó caer en la silla, alzó la cabeza y lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

Él abrió la boca, volvió a cerrarla, la miró con preocupación y luego negó con vehemencia.

De nuevo la agarró con firmeza, casi con brusquedad, por los hombros, la levantó de la silla y pegó sus labios a los de ella.

Cecilia se apartó.—¡Ahí lo tienes! —exclamó—.

¿Crees que eso es mentira? ¿De verdad lo crees?

Ella retrocedió, cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró en silencio.

—No te he mentido —dijo él en voz baja. Respiró hondo.

—¡Dijiste que no sabías nada de todo esto!

—Ahora hablaba en voz baja. Le temblaba la voz.

Estaba exhausta y se sentía como si la hubieran exprimido.

Tragó saliva y se obligó a continuar—. Y entretanto estabas compinchado con tu tío.

Sabes exactamente lo que ha estado pasando aquí.

Y durante todo este tiempo me has contado lo incomprendido que estaba él y lo desbordado que estás tú .

Todo por el querido tío, ¿no? Esas fueron tus palabras.

¿Qué buscas en realidad, Stefano? ¿Salvar el pellejo?

—No. Y no te he mentido —repitió—. Dije que casi nunca bebo vino y que no tengo ni idea de producción.

Y es verdad. Ayudé donde hacía falta y participé en la vendimia porque me gustaba.

Puede que ante Aurelio pintara las cosas un poco mejor de lo que eran, porque quería presentar esta bodega como una inversión que valía la pena y no como el desastre que es.

—Claro. ¿¡Y vuestras actividades ilegales!

? —Fue con paso enérgico hasta la mesa del comedor y golpeó furiosa la carpeta negra con un dedo—.

¡Habéis adulterado vino! ¿Cuántos escándalos vinícolas necesita este país?

¿Sabes lo peligroso que es? ¡Ya ha muerto gente por beber vino adulterado!

—Hizo una breve pausa, respiró hondo varias veces e intentó hablar con más calma—.

Está todo en estos documentos. ¡Negro sobre blanco!

Eso es ilegal . ¿Es en eso en lo que os ayudé?

¿En trasladar vino ilegal y adulterado antes de que alguien lo encontrara?

—Lo fulminó con la mirada. Algo en su interior, una parte pequeña, insignificante y completamente ingenua, esperaba una explicación que le devolviera al Stefano del que se había enamorado.

Pero él guardó silencio. Ella respiró hondo—.

Entonces podemos hablar de otra cosa. Por ejemplo, de la encantadora empresa con la que habéis estado haciendo negocios.

Stefano negó con la cabeza.—Cree lo que quieras —dijo, y en sus palabras resonó una decepción absoluta.

—¡No necesito creer lo que me dé la gana!

—le espetó—. Esto habla por sí solo. —Golpeó la carpeta con el dedo y, cuando Stefano no añadió nada, se planteó revelarle que lo había seguido y que lo había visto con aquel tipo .

Pero, al fin y al cabo, era irrelevante.

Así que fue directa a los hechos que podían leerse, negro sobre blanco, en la carpeta—.

¿Sabes con qué clase de gentuza te has mezclado, Stefano?

¿A quién habéis confiado tu tío y tú la logística y la distribución de vuestro vino ilegal? ¿Eh?

—Sí —respondió él con voz ronca.

—¡Al clan Bilancia, Stefano! Me he informado. La empresa Consolido lleva mucho tiempo en la lista negra de Hacienda y, tarde o temprano, van a registrarla. ¡Quienes participan en eso son delincuentes muy peligrosos! ¿Sabes lo arriesgado que es? ¡Y yo os ayudé!

—Vamos, solo trasladamos juntos unos cuantos barriles al piso de arriba…

—No se trata de eso, y lo sabes. Yo… —Se interrumpió. Las palabras se le atascaron en la garganta y volvió a sentir ganas de vomitar de decepción y rabia. De pronto, las imágenes del tiempo que habían pasado juntos llovieron sobre ella y la atravesaron como balas.

Los besos. Las risas. La noche que pasaron juntos bajo el dosel de estrellas.

Lo había considerado alguien muy especial. Un hombre distinto de todos los que había conocido. ¿Cómo había podido engañarse tanto, equivocarse de camino de aquella manera?

Cogió el bolso, lo miró y, con gesto deliberado, guardó dentro la carpeta negra. Él la observó en silencio.

Dame la oportunidad de entenderte. Por favor. Di algo. Lo que sea.

Pero no lo hizo. Ella rodeó despacio la mesa en dirección a la salida. Entonces se volvió una última vez.—No sé qué decir. —Tenía la voz quebrada. Pero no le importaba.

Él asintió.—Yo tampoco.

No explica nada. No intenta arreglar las cosas. No me detiene.

Pero ¿qué había esperado? Stefano era Stefano, sin más. Solo que había resultado ser alguien distinto de quien ella había creído ver en él.

Se dio la vuelta y salió corriendo. Cuando se sentó en el coche, las lágrimas ya le corrían a raudales por el rostro.

El bolso estaba en el asiento del acompañante.

Levantó el brazo y descargó el puño contra él.

Entonces alzó la vista y vio que Stefano estaba de pie junto a la ventana, observándola.

Tenía una expresión pétrea. Cecilia negó con la cabeza, arrancó el motor y se marchó.