Capítulo 24
Cecilia había huido de inmediato y ahora estaba sentada en su habitación del hotel, incapaz de pensar con claridad. Había visto lo que había visto en los documentos y sabía perfectamente lo que significaba todo aquello.
Que me equivocaba.
No respecto a su miedo, avivado al escuchar a escondidas la conversación secreta entre Stefano y Aurelio.
No, se había equivocado respecto a Stefano.
Él le había mentido. Todo su ser, todo aquello con lo que la había embaucado, había sido una gran mentira.
En ese momento, ni siquiera podía llorar.
Era incapaz de empezar a imaginar el alcance de lo que significaba todo aquello.
Era demasiado. Demasiado pronto. Demasiado extremo.
Sigue siendo ilegal...
Apenas unas horas antes, la advertencia de Aurelio a Stefano le habría resultado inconcebible a Cecilia. Él no. Ese hombre no. Pero ahora todo cuanto había pensado de él estaba en entredicho.
¿Qué hay que poner en entredicho, Cecilia? Sabes lo que has leído.
Los documentos que había encontrado estaban sobre la cama. Justo al lado de la blusa que llevaba puesta cuando siguió a Stefano hasta su lugar secreto. Cuando ambos se habían dicho lo que tenían que decir y ella había bajado la guardia. Se había entregado a él. Por completo.
Una noche juntos bajo las estrellas...
Sintió que iba a vomitar. Asqueada, empujó los documentos fuera de la cama con la punta del zapato y arrojó la blusa tras ellos.
¿Cómo había podido dejarse engañar de aquella manera?
Se incorporó despacio. Su mirada se dirigió al espejo de la cómoda. Estudió su reflejo y volvió a formularse la pregunta, esta vez en voz alta. Y mientras permanecía allí sentada, contemplando a aquella mujer a la que en ese momento apenas reconocía, se dio cuenta de algo.
Podía tener muchas debilidades. Muchísimas. Pero si algo no le faltaba era empatía. Su instinto era infalible. Lo sabía . Puede que dudara de él a menudo, igual que dudaba de todo cuanto la definía. Pero, en el fondo, sabía que su instinto nunca la engañaba. Casi nunca.
No podía haberse equivocado tanto respecto a Stefano. Era imposible. Quizá había pasado cosas por alto o las había interpretado mal, quizá se había vuelto a meter de cabeza en algo que no terminaba de comprender, pero sencillamente no podía imaginar que se hubiera equivocado en todo .
—Eres periodista —le dijo a su reflejo.
Ella nunca se había considerado como tal, pero en Camaiore le habían adjudicado aquella etiqueta en varias ocasiones. ¿Querían una periodista? Pues la tendrían. Tenía que averiguar qué estaba ocurriendo. No podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que hacer lo que formaba parte de su trabajo.
Verificar los hechos, recabar información adicional.
Asintió para sí. Eso era exactamente lo que iba a hacer.
Saltó de la cama, cogió los documentos, los guardó en el bolso junto con la tableta y salió a toda prisa.
Necesitó una hora y hablar con seis personas del hotel y de los alrededores para averiguar que habían visto a Stefano en su camioneta tomando la salida hacia la SP1.
Cecilia tardó unos minutos más en descubrir que esa carretera no conducía ni al Lido, ni al viñedo de Stefano, ni a ningún otro lugar que conociera.
Y tuvo que investigar un poco más antes de averiguar que, en la carretera comarcal SP1, entre un monumento a los caídos y el cementerio de la localidad vecina, había un lugar bien escondido donde los vecinos solían arrojar residuos de forma ilegal.
Cecilia no tuvo que pensar mucho para saber adónde se dirigía el señor Me-Deshago-de-Barricas, ni se cuestionó su decisión de seguirle el rastro.
No tenía ni idea de si se toparía con él ni de qué descubriría.
Quizá nada. Pero no podía quedarse allí, en aquella habitación, esperando a que ocurriera algo. Tenía que actuar. Ahora mismo.
Condujo por la carretera, guiada por el navegador, hasta el monumento a los caídos.
Allí recorrió un sendero pequeño y oculto hasta encontrar el vertedero ilegal.
En efecto, había numerosas barricas de vino tiradas.
No estaban todas las que se guardaban en la bodega de Stefano, pero probablemente sí algunas.
Regresó al coche y, siguiendo una corazonada, condujo hasta la localidad vecina.
Allí, a la entrada del pueblo, vio la camioneta de Stefano.
—Te pillé —susurró antes de aparcar el coche a la vuelta de la esquina y apearse. Se disponía a acercarse a la camioneta de Stefano cuando oyó unas voces y se detuvo en seco.
Se ocultó detrás del muro y oyó a dos hombres. Uno de ellos era Stefano; al otro no lo conocía. En cualquier caso, no era Aurelio. Así que, por lo visto, Stefano intentaba involucrar a más personas en sus asuntos.
Cecilia respiró hondo y pegó con firmeza la espalda al muro.
Por el volumen de sus voces, los dos hombres debían de estar justo al lado de la camioneta de Stefano.
Se encontraban demasiado lejos para que pudiera entender lo que decían.
Con cuidado, Cecilia se asomó por la esquina e intentó ver al segundo hombre.
Estaba de frente a ella. No lo conocía. Sacó con cautela el móvil del bolsillo y lo sostuvo más allá del muro de la casa para hacer una foto.
Después se alejó deprisa y regresó en coche al hotel.
Se sentó en la cama con el portátil, abrió la foto y volvió a repasar los nombres que había encontrado en los documentos del escritorio del tío de Stefano.
Introdujo un nombre tras otro en Google y, con cada resultado coincidente, no solo aumentaba su desesperación, sino también la certeza de quién era el hombre con el que Stefano se había reunido allí.
Al final, tuvo que admitir que ya había reunido todos los hechos .
Y estos no dibujaban un panorama nada halagüeño.
Sentía el estómago convertido en un bloque de hielo. Cerró el portátil, se tapó la cabeza con el edredón y rompió a llorar desconsoladamente.