Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Cecilia permaneció sentada en su sillón de lectura durante varios minutos, en estado de conmoción absoluta, incapaz de pensar con claridad, incapaz de comprender lo que acababa de oír.

Stefano necesitaba dinero, evidentemente.

Eso no era ningún secreto. Y ningún banco le concedería un préstamo porque estaba endeudado hasta las cejas.

Así que había acudido a Aurelio. Hasta ahí, todo era comprensible. Pero el resto…

¿Encubrimiento? ¿Negocios ilegales?

—¿Nadie puede enterarse de esto…? —susurró. ¿De verdad había dicho eso Stefano? ¿Precisamente él ? ¿El hombre que siempre insistía en la franqueza y la sinceridad, y que tanto la había cautivado con ese aspecto de su carácter?

¿Cómo encajaba aquella conversación secreta con Aurelio sobre dinero, encubrimientos y asuntos ilegales con la imagen que tenía de Stefano?

¡No encajaba!

Se pasó las manos por el pelo y repasó a toda velocidad cuanto sabía de Stefano. No, no se equivocaba. ¡Él le había asegurado expresamente que no tenía ni idea de nada de aquello! ¿Y ahora hablaba de que había ayudado a su tío con la vendimia desde que era muy pequeño?

… no ha conocido otra cosa que encubrimientos en toda su vida. Yo me limité a seguirles la corriente…

Las palabras le abrasaban los oídos. ¡Había sido él quien había insistido en que debían confiar el uno en el otro! Se levantó de un salto del sillón y empezó a recorrer la biblioteca de un lado a otro. ¡La había hecho sentirse culpable! El señor Yo-siempre-soy-muy-franco-y-sincero.

—Bueno, eso ya lo veremos… —murmuró para sí mientras guardaba el portátil y la tableta en el bolso y salía a toda prisa.

Se metió en su Mini y arrancó a toda velocidad.

Cuando llegó al viñedo rojo y rodeó la casa, vio que Stefano no estaba allí.

Sin embargo, la puerta de la bodega estaba abierta.

Se asomó al interior y luego descendió despacio por las escaleras. Al llegar abajo, se quedó boquiabierta.

¡No quedaba nada!

Miró a su alrededor. La bodega estaba completamente vacía. Él lo había sacado todo y lo había trasladado sin ayuda durante los últimos días.

Sigue siendo ilegal…

Las palabras de Aurelio le abrasaban los oídos e hicieron saltar todas sus alarmas. Su mirada recorrió la bodega vacía y tuvo un mal presentimiento.

Aún no sabía con exactitud qué significaba todo aquello. Pero iba a averiguarlo, ¡maldita sea!

—Y luego hablamos de confianza —murmuró mientras se adentraba más en la bodega. ¡Por algún sitio tenía que haber una puerta que comunicara con la casa! Y, con un poco de suerte, estaría abierta y podría colarse en la planta de arriba sin que nadie la viera.

En lo más profundo de su ser, sonaron algunas alarmas más, pero las ignoró.

De pronto actuaba de un modo completamente obsesivo, como si tuviera puesto el piloto automático, sin que nada pudiera desviarla de su objetivo.

Se había involucrado con él, había empezado a sentir algo, incluso se había planteado —¡resultaba casi increíble!

— darle la espalda a Roma. Por un hombre al que apenas conocía.

Y que, según acababa de descubrir, no conocía en absoluto .

Estúpida, estúpida, estúpida… ¡Pero qué estúpida !

¡Ya no era una adolescente inexperta que había perdido la cabeza! ¿Cómo había podido dejarse llevar de aquella manera? ¡Solo conocía a Stefano desde hacía dos semanas! ¡Dos míseras semanas!

Y él le había dicho todo lo que ella quería oír. Con tanta sensibilidad, tanto encanto, tan cautivador.

De acuerdo. Basta.

Sabía que estaba dejándose arrastrar. Y, por primera vez en muchos días, la frase favorita de Leonardo pendió sobre ella como una espada de Damocles.

No seas tan dramática.

No soportaba a la Cecilia que había tomado las riendas en aquel momento. No, de verdad que no. Pero tampoco podía detenerla ya. Una vez más, las dudas la impulsaban. Dudas sobre su propio criterio, dudas sobre todo cuanto Stefano le había dicho.

Y también la movía la curiosidad. Tenía que ser sincera consigo misma. Desde el principio había sospechado que Stefano ocultaba algo. ¡Y había tenido razón! Los barriles de vino. Su expresión sobresaltada cuando ella apareció por primera vez. Su petición de que borrara la foto.

¡Y no era solo eso! También estaban los artículos que había leído. Los que hablaban de secretos, misticismo y negocios turbios. ¿Había ido a parar en medio de una oscura saga familiar?

¿De qué clase de negocios ilegales estamos hablando, Stefano?

No podía imaginar, ni por asomo, haberse equivocado tanto con él. Pero había oído lo que había oído. Las palabras de Aurelio dejaban poco margen para malinterpretaciones.

Sigue siendo ilegal…

No podía evitarlo. Tenía que averiguar qué estaba pasando.

No se le escapaba la ironía de estar reaccionando exactamente igual que al comienzo de toda aquella historia.

Volvía a actuar por su cuenta, volvía a decidir que no hablaría con Stefano.

Bueno, ¡esta vez sí había tenido intención de hacerlo!

Había ido hasta allí para enfrentarse a él. Pero él no estaba y…

¡Si quieres que algo salga bien, hazlo tú misma!

Porque ¿de qué le habían servido sus conversaciones sinceras con Stefano? ¡Era evidente que le había ocultado unas cuantas cosas!

—Entonces tendrá que ser por las malas —susurró mientras miraba a su alrededor.

Ya había recorrido dos de los largos muros interiores sin encontrar ningún acceso a la planta superior.

Entonces dobló una esquina y se encontró en la zona más apartada de aquella inmensa bodega.

La luz de las escasas lámparas apenas llegaba hasta allí, así que cogió el móvil.

Sin cobertura. Lo que me faltaba.

Encendió la linterna e iluminó el espacio a su alrededor.

—¡Ja!

Había acertado. En efecto, había una escalera de madera que conducía hasta una puerta. Parecía podrida y un billete solo de ida al hospital más cercano, pero Cecilia tenía que intentarlo. Probó el peldaño inferior, oyó un crujido de protesta y apoyó con cuidado ambos pies sobre él.

No ocurrió nada.

Alzó la vista. —Solo faltan diez.

Subió peldaño a peldaño, aferrada a la barandilla con la mano libre, aunque parecía igual de podrida y casi con toda seguridad no le ofrecería protección alguna si la madera cedía bajo sus pies.

Daba igual. Siguió adelante y, cuando llegó arriba y posó con cuidado la mano sobre el picaporte, el corazón le dio un vuelco.

¡Abierta!

Abrió la puerta, la cruzó y miró a su alrededor: era un pasillo sin ventanas.

Había dos puertas a la izquierda y otras dos a la derecha, todas cerradas.

Allí también reinaba bastante oscuridad.

Recorrió la pared con la luz en busca de un interruptor, encontró uno, lo accionó y apenas se sorprendió cuando no ocurrió nada.

—Pues tendrá que ser con la linterna.

Se acercó a la primera puerta, la abrió y vio detrás numerosos muebles cubiertos con sábanas polvorientas. Tras la segunda había un almacén con diversas latas y tarros de conservas. No fue hasta la tercera habitación cuando dio con el premio gordo.

¡Un despacho!

Entró y cerró la puerta a su espalda. Después cruzó la estancia, iluminando con la linterna en todas direcciones.

En el centro se alzaba un enorme escritorio de madera oscura; detrás y a los lados había numerosas estanterías que llegaban hasta el techo, abarrotadas de carpetas, libros y material de oficina.

—Ah, estupendo… —dijo Cecilia.

¿Por dónde empiezo?

Le sorprendió descubrir que las carpetas estaban etiquetadas por fuera y que lo que a primera vista había parecido un caos estaba, en realidad, bastante bien organizado.

Hojeó unos cuantos documentos, pero no encontró nada interesante.

Entonces Cecilia se sentó ante el escritorio y abrió los cajones.

En el de más abajo encontró una carpeta negra sin etiqueta.

—¿Qué tenemos aquí?

La sacó, la dejó sobre el escritorio y la abrió. No tardó ni cinco minutos en hojear los pocos documentos que contenía la carpeta. Después la cerró de golpe con un movimiento enérgico.

¡No me lo puedo creer!