Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Cecilia había rebuscado tanto en la biblioteca local como en los archivos municipales hasta averiguarlo por fin todo sobre el viñedo rojo.

No , se corrigió. Hasta conocer por fin todos los detalles de la historia familiar de Stefano.

En el fondo, la solución era bastante sencilla, y Cecilia se reprendió por no haberse sincerado desde el principio.

Ayer, mientras yacía entre los brazos de Stefano contemplando cómo salía la luna y titilaban las estrellas desde aquella oscura plataforma rocosa, de pronto todo le había parecido muy sencillo.

Se había echado a reír y le había contado a Stefano lo que estaba pensando.

Que aún quería escribir el artículo. Pero quería escribirlo con él .

Quería saberlo todo sobre el viñedo rojo y la historia familiar de aquel hombre que la había cautivado por completo.

Al principio, él había reaccionado con cautela.

Y, una vez más, se había apoderado de ella la sensación de que le ocultaba algo.

De que había algo que no quería contarle.

Sin embargo, enseguida había apartado aquellas dudas.

Estar entre sus brazos había sido demasiado hermoso; el momento que ambos habían compartido allí arriba era demasiado perfecto.

Una vez más, habían afrontado el descenso en medio de una oscuridad absoluta y, una vez más, Stefano la había salvado de una caída.

En sentido literal y figurado...

Así que había decidido confiar en él y, al mismo tiempo, le había prometido que no indagaría más allá de donde él se sintiera cómodo.

De ese modo, había logrado convencerlo de lo beneficioso que podía resultarle un reportaje así en la revista gastronómica y de viajes más prestigiosa.

Lo estaba ayudando a alcanzar su objetivo.

Él quería honrar el apellido de su familia, limpiar el nombre de su tío Giuseppe y devolverle a la propiedad familiar el esplendor que merecía.

La publicidad solo podía contribuir a ello.

Ahora se encontraba de nuevo en su habitación del hotel, con una enorme pila de copias de libros, periódicos y revistas sobre la cama.

Cogió el artículo que había encima de todo y que acababa de leer, deseando enseñárselo a Stefano.

En él se mencionaba por su nombre al hermano mayor de su madre, Claudio Vitti.

Mejor aún: se hablaba de él de forma positiva .

Cecilia comprendía que Stefano sintiera más apego por su otro tío, el tío Giuseppe, pues lo había visto crecer y había sido la persona más importante de su vida hasta su muerte.

Pero eso no significaba que Stefano no pudiera aprovechar el impulso favorable del otro tío para reparar los errores que se habían cometido y que habían dado lugar a una montaña de deudas.

Cecilia comprendía que Stefano tuviera miedo.

Se enfrentaba a una gran incógnita. No era viticultor, jamás había gestionado un viñedo ni ayudado en la vendimia.

Había recalcado una y otra vez que no sabía nada de vinos.

Sin embargo, Cecilia sabía, sí, lo sabía , que aprendería todo aquello enseguida.

Lo había visto en sus ojos. El entusiasmo con el que le había enseñado la finca por primera vez.

La ternura de su voz cuando había hablado del olivar.

Amaba aquel pedazo de tierra. Y ella lo apoyaría para ayudar a que los vinos Vitti recuperaran su antiguo esplendor.

Escaneó los artículos más importantes en el despacho del hotel y los subió a la nube para Edoardo.

Tenía que alimentar a su redactor jefe con datos; de lo contrario, no aprobaría otra prórroga de su estancia allí.

Y eso, como Cecilia sabía con certeza desde la noche anterior, tenía que ocurrir.

Le resultaba inconcebible regresar a Roma en los próximos días.

Todavía le quedaban demasiadas cosas por hacer, ver, experimentar, investigar, trabajar...

... sentir.

Suspiró e intentó ahuyentar los pensamientos persistentes que la atormentaban desde primera hora y que daban vueltas una y otra vez en torno a la misma pregunta.

¿Qué está pasando entre Stefano y yo?

No podía preguntárselo. Ni siquiera podía plantearse esa pregunta a sí misma sin que la invadiera el pánico. Todo lo que sentía allí la asustaba. No se trataba solo de Stefano. Era todo.

El hombre. El lugar. La Toscana.

Se había enamorado de aquella región de forma irremediable e imperecedera, y no sabía cómo podría volver a ser feliz en ningún otro sitio.

Aunque solo llevaba allí dos semanas, se sentía como en casa.

Se sentía protegida y libre, feliz y melancólica al mismo tiempo.

Camaiore la envolvía como un capullo, la cobijaba, le ofrecía apoyo y la oportunidad de desarrollarse.

Aquí podría convertirme en la mariposa que siempre he querido ser...

Negó con la cabeza. Eran castillos en el aire.

Tenía una vida en Roma. Amigos y familia.

Un trabajo. De acuerdo, su familia tampoco era precisamente una maravilla.

Y sus amigos eran, en realidad, los amigos de Leonardo.

O amigos de la familia. Tampoco era para tirar cohetes.

¿Y el trabajo? Para eso no tenía por qué estar atada a Roma.

—Déjalo ya —susurró, alzando enseguida la tableta con sus notas frente a la cara para distraerse.

Decidió ir a la biblioteca. Allí podía concentrarse mejor y escribir de una vez el correo electrónico que llevaba todo el tiempo posponiendo. Aquel en el que le pedía a Edoardo que prorrogara su estancia.

Cogió la tableta y el portátil y fue a la biblioteca.

Ese día no había fuego encendido porque fuera hacía un tiempo primaveral maravilloso, y por la ventana abierta entraban la luz del sol y el aroma de las delicadas hierbas del prado.

Cecilia se sentó en su sillón favorito y abrió el portátil.

Estaba a punto de acceder al programa de correo electrónico cuando oyó un murmullo al otro lado de la ventana.

Apartó la cortina blanca y oyó la voz de Aurelio bajo la ventana.

Se disponía a volver al portátil cuando otra voz llegó a sus oídos.

¿Stefano?

Cecilia volvió a cerrar el portátil y se giró hacia la ventana. Estaba a punto de asomar la cabeza para saludarlo con la mano cuando le llegaron algunos fragmentos de la conversación que la hicieron vacilar.

—La situación es bastante delicada, Stefano, pero no estoy seguro de poder ayudarte...

—Tu empresa de inversiones...

—Sí, vale, de acuerdo, pero ahora mi trabajo principal es este hotel. Y tengo otros socios en la empresa de inversiones. Tendríamos que conseguir que se sumaran.

—Lo sé.

—Stefano, no quiero entrometerme, pero la gente cree que esto te viene grande, y no estoy seguro de que lo que tienes en mente pueda funcionar.

—¡La gente cree que esto me viene grande porque todo el mundo solo piensa en mi tío y a nadie se le ocurre preguntarme a mí! Ayudo a mi tío con la vendimia desde que tenía cinco años.

Cecilia se quedó con la boca abierta. ¿No le había dicho Stefano que no tenía ni idea de vinos? Se inclinó un poco más hacia delante para oír mejor.

—...Eso no lo sabía —estaba diciendo Aurelio.

—No tienes ni idea de la historia de mi familia, ¿verdad? —Cecilia oyó que Stefano soltaba una risa amarga—. Hubo tantos escándalos... Al final decidimos que era mejor evitar que se supiera demasiado.

¿Decidimos?

—...Durante toda su vida no conoció más que encubrimientos. Yo me limité a seguirle la corriente, pero...

—Sigue siendo ilegal —lo interrumpió Aurelio.

Cecilia aguzó el oído.

¿¡Ilegal!?

—No tienes que preocuparte por eso —respondió Stefano.

—Si quieres dinero, tengo que preocuparme por todo .

—Me ocuparé de todo lo necesario, pero, Aurelio...

—¿Sí?

—Nadie puede enterarse de esto. ¿De acuerdo? Esto queda entre nosotros dos .

Aurelio respondió algo que Cecilia ya no alcanzó a oír. Escuchó unos pasos y, cuando se asomó por la ventana, los dos habían desaparecido. Se recostó en el sillón de lectura y clavó los ojos, muy abiertos, en la chimenea apagada.

¿Qué acabo de oír?