Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Ella asintió. —No es que sopesara si debía hablar contigo o no y luego decidiera deliberadamente no hacerlo...

—Mientras pronunciaba aquellas palabras, se dio cuenta de que no eran ciertas.

Sí había pensado en hablar con él. Y después, movida por las dudas, había decidido no hacerlo.

Desechó la idea con un gesto y le suplicó con la mirada que no insistiera en el asunto—.

No soy una manipuladora. De verdad que no.

Aunque ahora mismo todas las pruebas estén en mi contra.

Por favor, créeme cuando te digo que no soy esa clase de mujer.

Él esbozó una leve sonrisa. —Sí, ya me doy cuenta. Aunque hay algo que no termino de tener claro... Entonces, ¿qué clase de mujer eres?

Ella no sabía hasta qué punto podía sincerarse con él. No por Stefano, sino por sí misma. ¿Podía admitir sus debilidades ante aquel hombre? Era como si llevara colgado delante un gran cartel con las palabras «¡No me elijas!» escritas en gruesas letras rojas.

Eso es una tontería, y lo sabes.

Respiró hondo y miró a su alrededor. Si no era allí, ¿dónde?

—Lo hice sin pensarlo demasiado porque soy una persona a la que le gusta evitar los riesgos.

Intento demostrar lo que valgo; eso es muy importante para mí.

Demasiado, supongo. Y cuando tengo la sensación de haber dado con una buena idea, quiero llevarla hasta el final y me da miedo que alguien me diga que... —Se interrumpió y agachó la cabeza.

—... ¿Que podrías fracasar? —la animó él a continuar.

Ella negó con la cabeza y volvió a mirar a Stefano a los ojos. —Eso también, pero en este caso era más bien el miedo a que te lo tomaras todo a mal. A que echaras por tierra mi historia y me rechazaras.

Él alzó las cejas. —Ah.

No añadió nada, y Cecilia se sintió cada vez más frustrada. Entornó los ojos. —¿Ah? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

¡¿Estoy haciendo un estriptis emocional tras otro y él me despacha con un «ah» ?!

Él se encogió de hombros y dirigió la mirada hacia el horizonte.

La estaba dejando cocerse en su propia salsa.

Era evidente. Y eso la irritó un poco. Cogió una piedrecita y se la lanzó con un golpe de dedo.

Stefano soltó una carcajada de sorpresa y la esquivó.

Después alzó las manos en actitud defensiva.

—Vale, vale. Gracias por ser sincera. Aun así, deberías haber hablado conmigo.

—¿Y qué me habrías dicho?

—Habría dicho que no.

—¡Lo ves! —replicó ella casi triunfal. Pero la tranquilidad de saber que había acertado al anticipar su posible reacción duró poco.

Le lanzó una mirada temerosa y sintió que una oleada de dudas la invadía—.

¿A la historia o a mí? —preguntó en voz baja.

No podía creer que acabara de decirlo en voz alta.

De todas formas, ahora ya da igual.

Él se volvió despacio hacia ella, alzó el brazo, le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo a la cara. —No haces esto muy a menudo, ¿verdad? —preguntó sin responder a su pregunta.

—¿El qué? —preguntó ella con voz ronca.

—Admitir tus errores.

—¡No he cometido ningún error! —se defendió ella de forma automática.

—No poner las cartas sobre la mesa sí es un error, Cecilia. ¿O tú lo ves de otra manera?

Ella negó con la cabeza.

—No me gusta que me mientan —continuó él—. Y tampoco que se aprovechen de mí. Cuando siempre has tenido que valerte por ti mismo, aprendes ciertas tácticas para abrirte camino en la vida, ¿lo entiendes?

Ella asintió, aunque debía admitir que no se identificaba en absoluto con lo que quería decir.

Nunca había tenido que valerse por sí misma.

—De verdad que no quería darte la impresión de que intentaba espiarte.

Me hizo mucha ilusión que me invitaras a cenar.

Nunca antes nadie me había preparado una pizza.

Él soltó una risa resoplante. —Eso es un poco triste.

Ella lo miró con seriedad. —Sí. Yo también lo creo.

Él asintió y la observó pensativo. —Y ahora estás aquí. Conmigo. En mi lugar secreto. Nadie lo conoce, ¿sabes?

Ella abrió la boca, pero no supo qué responder.

¿Por qué yo?

La pregunta prácticamente gritaba en su interior.

Stefano era un hombre guapo, encantador y agradable.

Seguro que había hecho perder la cabeza a muchas jóvenes.

¿De verdad pretendía que creyera que nunca había llevado allí a ninguna?

Miró a su alrededor. Aquel lugar con aquellas vistas, combinado con la puesta de sol, una botella de vino, una manta... Todo junto era puro romanticismo.

—¿Comentarios? ¿Preguntas? —lo oyó decir, y volvió a mirarlo.

—No lo sé... —De pronto se puso nerviosa. No, para ser exactos, se sentía abrumada. Por aquel lugar, por aquel hombre y por sus propios sentimientos, que eran completamente irracionales. Negó con la cabeza.

¡Sé sensata! ¡Y compórtate como una adulta por una vez en la vida!

—Me gustaría entender qué pasa por tu cabeza —dijo Stefano mientras le apartaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

Ella lo miró expectante. —Y a mí me gustaría entender por qué te sientes tan perseguido. Si quieres que confíe en ti, tú también tienes que confiar en mí.

—¿Quién ha dicho que quiera que confíes en mí? —La pregunta fue abrupta y provocadora, pero el destello en los ojos de Stefano le indicó que lo decía en parte en broma.

En parte...

Ella alzó la barbilla. —Dijiste que te gusto —replicó con la misma provocación—. Una cosa implica la otra.

Él se echó a reír. —Vale. Está bien. Me gustas. ¿Satisfecha?

No. Mucho más que eso.

Pero no lo dijo. En vez de eso, dejó de darle tantas vueltas a todo.

Estaba harta de hablar, harta de los torbellinos de pensamientos que la acosaban sin cesar allí y que, con demasiada frecuencia, Stefano provocaba.

Sabía que todo aquello tenía un significado y quería... no, sencillamente no podía esperar más.

Se inclinó hacia delante, le rodeó el cuello con una mano y lo besó. No pudo evitarlo. Estaba sentado tan cerca de ella, envolviéndola con aquel carisma tan peculiar y atrayéndola hacia él sin siquiera darse cuenta.

Él se dejó besar, la sentó sobre su regazo, la rodeó con los brazos y le devolvió el beso con idéntica pasión. Todo el cuerpo de Cecilia empezó a hormiguear cuando Stefano deslizó las manos por su espalda, con solo la finísima camisola entre su piel desnuda y el contacto de sus manos.

—No es justo —murmuró él mientras le besaba el cuello y hundía la cara en su pelo.

—¿El qué? —preguntó ella entre risas.

—Relacionarte así con la gente, medio desnuda.

Ella lo miró con una sonrisa. —Creía que no era posible conquistarte con recursos tan sencillos como un atuendo sexy, señor Caballero.

Él la miró y luego bajó los ojos hacia su escote. —Bueno, en mi defensa diré que esto no es un atuendo sexy. Es prácticamente no llevar nada.

—Mmm. Bueno, de haberlo sabido, habría llevado esta nada a nuestra cita.

Volvió a besarlo, hundió los dedos en sus espesos rizos y se abandonó por completo al momento.

—Mi mochila está allí —susurró él mientras empezaba a mordisquearle el lóbulo de la oreja.

Ella miró por encima del hombro. —Ya la veo.

—Dentro hay una manta. —Ella se volvió de nuevo hacia él. Stefano la miró expectante. Su mirada era interrogante y ardiente a la vez. Cecilia le tomó la cara entre las manos y la cubrió de besos. Y después, muy despacio, se puso de pie, cogió la mano de Stefano y caminó con él hacia la mochila.