Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Cecilia no había pegado ojo en toda la noche. Ahora estaba sentada muy tiesa en la cama, con los ojos secos e hinchados, contemplando sin ánimo las cortinas corridas. No sabía por qué se sentía tan desdichada.

¡Claro que sabes por qué!

Era completamente absurdo. Estaba a punto de cometer el mismo error de siempre. Un hombre le había sorbido el seso y ahora la hacía cuestionarse todo cuanto hacía.

—¿Cómo se puede ser tan estúpida? —se preguntó mientras se daba unos golpecitos en la cabeza con los nudillos.

En algún momento tendría que entrarle algo parecido al sentido común, ¿no? No podía seguir dejándose llevar por sus emociones. ¡Stefano había reaccionado de una manera totalmente exagerada!

No, no lo hizo...

Por mucho que intentara convencerse de que tenía razón, no lo conseguía. Su voz interior y, mucho peor aún, su corazón prácticamente le gritaban que había estropeado algo que quizá...

¿Qué? ¿Qué era?

Se pasó las manos por la cara. Le dolía que él se hubiera enfadado tanto.

Por instinto, intuía que Stefano era un hombre que rara vez perdía los estribos.

¡Ojalá hubiera sido sincera con él! Ojalá hubiera puesto las cartas sobre la mesa desde el principio.

Así podrían haber mantenido una conversación tranquila y adulta.

Sin embargo, sabía que aquella nunca había sido una opción.

Reprodujo mentalmente la velada anterior.

Una y otra vez. Él había intentado mantener la compostura.

Había querido darle la oportunidad de que sacara el tema por sí misma.

De que fuera sincera y franca, igual que él. Hasta la médula. Siempre.

Porque me gustabas de verdad...

Unas pocas palabras que le habían dado de lleno en el corazón y aún la tenían tan alterada que le entraban ganas de gritar.

Y volvió a repasarlo todo. Su saludo. Sus distintas expresiones.

Lo que había dicho. Cómo lo había dicho.

Cuándo habría sido el momento oportuno, hipotéticamente, en un universo paralelo en el que Cecilia no cometiera errores, en el que fuera fuerte y segura de sí misma y no estuviera paralizada por un miedo irracional al fracaso.

Porque todo se reducía a eso. Con ella, siempre se reducía a eso.

Había descartado demasiado deprisa la idea de mantener una conversación franca con Stefano; había querido esperar.

¿Esperar a qué?

Se había limitado a seguir su instinto, recopilando información hasta sentirse segura.

Tranquilízate...

Lo que hacía en aquel momento no era más que inventarse justificaciones a posteriori para su propio comportamiento.

Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que hasta entonces apenas había tenido en cuenta el punto de vista de Stefano.

Se había limitado a seguir adelante con el reportaje.

Y lo había hecho por una única razón: había querido demostrarle a su jefe lo que valía.

¿Y qué habría ocurrido si hubiera hablado con Stefano?

También recreó mentalmente aquel escenario hipotético y casi tuvo que reírse de sí misma.

Jamás habría sido capaz de armarse de valor y abordar el asunto con franqueza.

Porque el miedo al fracaso estaba profundamente arraigado en ella.

Tanto que apenas soportaba las críticas o el rechazo.

Prefería pasar por encima de cadáveres —emocionales— antes que correr el riesgo de que alguien hiciera trizas sus planes o sus ideas.

Y estaba segura de que eso era precisamente lo que habría hecho Stefano.

Todavía no lo conocía muy bien, pero sí lo suficiente para sospechar que habría cortado de raíz la idea de publicar un reportaje sobre él y su familia.

¿Por qué te atormenta tanto esto?

¿Por qué no podía darle igual? ¿Por qué no podía ser fría y cínica por una vez en la vida , como todo el mundo? ¿Por qué no podía limitarse a hacer su trabajo, disfrutar de su estancia allí, volver a casa y triunfar? ¡Los demás lo conseguían sin ningún problema!

Sabía por qué ella no podía. Porque sencillamente carecía de esa clase de insensibilidad; nunca la había tenido. Y... porque él también le gustaba. De verdad. Sinceramente.

Porque Stefano es distinto de los demás.

Bueno, a esas alturas ya daba igual, ¿no? Porque lo había estropeado. Y él, que tanta importancia concedía a la franqueza, la sinceridad y la confianza, no querría volver a tenerla cerca.

Tragó saliva y se obligó a levantarse de la cama para mirarse en el espejo.

Esa no eres tú.

Pero ni siquiera sabía quién era. Allí había intentado ser alguien . La periodista implacable en busca del reportaje del siglo. ¿Y adónde la había llevado eso? Se sentía más desdichada que antes. Más desdichada que en el instante en que había leído el mensaje de Leonardo.

Esto es absurdo y está mal. Leonardo era tu novio. Stefano no es... nadie.

Y, aun así, sentía lo que sentía. Lo suyo con Leonardo se había parecido más a una relación de negocios que a un romance. Lo había admirado, había sentido veneración por él, se había recreado en el resplandor de su éxito y su arrogancia. Pero ¿lo había amado?

Probablemente no.

¡De lo contrario, se habría sentido mucho peor! Habría cogido el coche de inmediato y habría salido disparada hacia Roma; habría hecho algún gesto espectacular, propio de una película de Hollywood, para recuperar al amor de su vida. Habría luchado por él, ¿no?

Entonces cayó en la cuenta. ¡Por eso le había enviado aquel mensaje tan rastrero! Para ponerla a prueba. Como siempre. Había sido uno más de sus pequeños juegos de estrategia. Un «me quiere, no me quiere» para hombres de negocios sin escrúpulos.

—Gilipollas —dijo.

Había querido comprobar si ella lucharía por él, y había obtenido su respuesta. Y Cecilia no había sentido nada, absolutamente nada, salvo quizá un poco de decepción y rabia por el tiempo perdido.

A diferencia de ahora.

Porque ahora, en aquel preciso instante, se sentía mentalmente agotada y físicamente fatal.

Sentía que quería hacer algo, cualquier cosa ; sí, que tenía que hacer algo para demostrarle a Stefano que ella no era así.

No era una desalmada, ni una persona fría ni cínica.

Solo era una chica que había querido demostrar su valía.

Y, en el proceso, he hecho daño a quien menos lo merecía.

—Tengo que hablar con él —dijo en voz baja.

Llamaron a la puerta y ella dio un respingo, sobresaltada. Se pasó los dedos a toda prisa por el pelo, se arregló el jersey con el que había dormido y fue hacia la puerta. La entreabrió apenas unos centímetros y, para su sorpresa, vio a Giampaolo plantado ante ella.

—Eh... ¿Buenos días? —murmuró sin abrir más la puerta.

Giampaolo escudriñó el interior a través de la rendija. —¿Tienes ahí dentro a un hombre desnudo o qué?

—¡No! —exclamó Cecilia, indignada, y abrió la puerta de par en par.

Giampaolo examinó la cama con ojo crítico. Después se agachó, recogió una cesta del suelo y se la puso delante de las narices. —No has ido a desayunar.

—No, yo... No me encuentro bien. —Tosió de manera ostensible—. Me he resfriado o algo así...

—Coge esto —dijo él, poniéndole la cesta en las manos—. Hay café, dos cornetti y algo de fruta.

—Eh... Gracias.

—¿Quieres un té?

Ella dejó la cesta en el suelo. —No, gracias.

—No tienes buen aspecto. ¿Necesitas un médico?

—No.

—¿Estás segura?

—¡Sí!

Él la observó con detenimiento. —Quería darte las gracias —dijo despacio.

—¿Por qué?

—Por Flora.

—Ah, claro. No tienes que darme las gracias. Pero, por favor, dime que por fin has hablado con ella.

—¿Sobre qué? —preguntó él con expresión inocente.

—Sobre el hecho de que empiezas a hiperventilar solo de pensar que ella —¡Dios no lo quiera!— pueda desear planear un futuro contigo.

Él hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.

—Eres un viejo cabezota —dijo ella sin rodeos.

—Y tú eres una mentirosilla.

—¿Cómo dices?

—No estás enferma en absoluto. Ayer tuviste una cita con ese chico de los Vitti.

Cecilia frunció el ceño y miró al anciano con la boca abierta de indignación. —¿Cómo...?

—La gente habla.

Ella puso los ojos en blanco.

Claro que sí...

—No fue bien, ¿verdad?

—¿Podrías ocuparte de tu problemática vida amorosa?

Giampaolo no respondió a la pulla y continuó observándola con ojo crítico. —Se ha dado cuenta, giusto ?

—¿Quién se ha dado cuenta de qué?

—El chico de los Vitti. De que estás husmeando. Lo sabía... Los periodistas no traen más que problemas.

—Eres tan... Absolutamente certero. —¡Estás tan equivocado!

—Quizá deberías aplicarte más tus propios consejos. Que tengas un buen día, Signorina. Y buona fortuna.

—¿Qué consejos? —le gritó al anciano. Pero él se limitó a levantar el brazo a modo de despedida, dobló la esquina y desapareció de su vista.