Capítulo 19 #2
Cecilia lo vio marcharse con la boca abierta.
Vacilante, cogió el aceite y el pan y siguió a Stefano hasta el salón.
Se sentó a la gran mesa de madera, que él había puesto con unos platos de cerámica decorados con motivos azules idénticos a los que siempre había utilizado la Nonna de Cecilia.
Stefano siguió su mirada.—Tienen más de cien años —explicó.
Cecilia pasó un dedo, casi con ternura, por el borde floral de su plato.—Son preciosos. Me encanta este tipo de cerámica.
—A mí también me gustan. No tengo ni idea de cuándo se utilizaron por última vez.
Ella alzó la cabeza. Stefano seguía de pie junto a la mesa, un poco ladeado, y parecía indeciso.
Cecilia lo miró directamente a los ojos.
Durante unos instantes reinó el silencio y ella solo fue consciente del azul de sus iris y del parpadeo de las numerosas velas.
Entonces, de repente, Stefano apartó la mirada con brusquedad.
—Música —murmuró mientras cogía el móvil.
—Me gusta la paz y la tranquilidad que hay aquí —dijo Cecilia, levantándose de nuevo. Se acercó a Stefano, le quitó suavemente el móvil de la mano y lo dejó sobre la mesa—. ¿Te he dado ya las gracias por invitarme?
Stefano negó con la cabeza y pareció inquietarse. Cecilia oyó cómo se aceleraba su respiración. Alzó despacio el brazo y apoyó la mano sobre su corazón.—Espera... —dijo él, cogiéndosela.
—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja, sin apartarse.
—Yo... tengo que preguntarte algo.
Se dejó caer en el sillón y señaló con la cabeza el asiento vacío que había frente a él. Cecilia se sentó lentamente. Al ver la mirada de Stefano, que recorría la estancia con inquietud, sintió una profunda aprensión.—¿Qué ocurre, Stefano? Llevas así todo el rato...
—Deberíamos comer —murmuró él, mirando la fuente que había sobre la mesa, entre ambos.
—¿Podrías decirme, por favor, qué está pasando?
Él cogió dos higos y los puso en el plato de Cecilia. Después añadió una rebanada de pan.—Hoy he ido a comprar. Los ingredientes que faltaban. Para nuestra cena.
—Vale... ¿y?
—Aquí la gente habla mucho, Cecilia.
Ella mantuvo la mirada fija en él mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo. Quiso presionarlo cuando Stefano hizo una pausa y cogió una rebanada de pan para sí, que se puso a examinar pensativo, dándole vueltas entre las manos. Pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
¿Qué está pasando aquí?
—Estás haciendo preguntas —dijo él en voz baja.
Cecilia tragó saliva, sin saber qué responder. Él alzó despacio la cabeza.—Le haces preguntas a la gente sobre mi viñedo. Sobre la herencia. Sobre mí.
Ella abrió la boca con la intención de decir algo, cualquier cosa. Pero no se le ocurrió nada. Lo miró a los ojos y la impresionó ver cuánto dolor reflejaban.
No puedo haberte hecho daño. ¡Ni siquiera nos conocemos!
—¿Por qué? —insistió él.
—Yo... —Cecilia reflexionó un instante. ¿Por dónde debía empezar? ¿ Cómo debía empezar? ¿Y por qué la estaba poniendo contra las cuerdas de aquella manera? Frunció el ceño y clavó el tenedor con energía en un higo—. Leí un artículo, eso es todo.
¿Qué clase de explicación se supone que es esa?
—¿Se supone que eso es una explicación? —dijo él, expresando en voz alta las dudas de la propia Cecilia.
—¡Sí! —replicó ella con indignación, sin saber siquiera por qué se sentía así.
Se sentía atacada. No, se sentía descubierta.
Y eso la avergonzaba. Cuando se avergonzaba, reaccionaba con...
una ira irracional. Al fin y al cabo, no había hecho nada malo—.
Leí un artículo sobre un viñedo rojo y después me di cuenta de que se trataba de este viñedo.
La historia me fascinó, así que hice preguntas. Eso es todo.
No lo es.
—Eso no es todo. —Una vez más, él dijo exactamente lo que Cecilia estaba pensando. Y lo que, sin duda, podía leerle en la cara—. Ya me preguntaste en el bar por qué la gente cuchicheaba sobre mí. Entonces estabas bien informada. Así que ya estabas husmeando en la boda.
—Yo no estaba husmeando...
—Entonces, ¿todo era solo por tu trabajo?
—la interrumpió—. ¿Que vinieras aquí? ¿Que me hicieras una visita sorpresa ?
¿Que me ayudaras? ¿Que me besaras? ¿Solo para ganarte mi confianza?
¿Todo por tu gran historia? —Su mirada ardía como el fuego.
Cecilia se obligó a sostenerla, aunque lo único que deseaba era desaparecer.
Nunca se le había dado bien afrontar una confrontación directa y no estaba acostumbrada a que criticaran sus actos de una forma tan franca e indignada.
Ningún hombre de su vida se había tomado jamás la molestia de hacerlo.
Ni su padre, ni sus exnovios, nadie. Sus actos siempre habían sido demasiado insignificantes para todo el mundo.
¡Y ahora Stefano la atacaba de aquella manera! Era... espantoso. Dolía. Se sentía expuesta y... desnuda.
—No... —dijo al cabo de un rato, bajando por fin la mirada.
—¿No? Entonces, ¿qué?
—Yo...
—No hay otra explicación, Cecilia —la interrumpió.
Incluso sin mirarlo directamente, ella notó que gesticulaba con vehemencia y movía de un lado a otro los cuchillos, las rebanadas de pan y los platos, como si necesitara mantener las manos ocupadas para no reaccionar con mayor indignación—.
Entonces, ¿por qué no me lo preguntaste sin más?
—¡Lo hice! ¡O quería hacerlo!
—No, no lo hiciste. Y lo de si querías hacerlo está por ver...
— Sí te pregunté por tu familia.
—Pero no me preguntaste nada más. ¿Qué crees que ocurre aquí, Cecilia? ¿Mmm? ¿Qué buscas? ¿Más historias desagradables sobre mi tío? ¿Unos cuantos cotilleos que puedas vender? —La voz de Stefano aumentó de volumen con cada palabra. Le lanzó las últimas enfurecido.
—Eso es injusto —dijo ella con una calma forzada—. Estás exagerando. ¿Por qué te sientes tan atacado?
Él se puso en pie de un salto.—Porque me siento utilizado, ¿vale?
Y eso no me gusta nada. Soy un hombre honrado, Cecilia.
Un hombre honrado que lleva una vida sencilla.
No necesito mucho. Pero lo que sí necesito es respeto.
No quiero tener en mi vida a gente que se cuela en ella a escondidas solo porque pretende conseguir algo de mí.
—Yo no me he colado...
—Me gustabas de verdad, ¿vale? —la interrumpió en voz baja.
Aquellas palabras le provocaron una punzada tan intensa que Cecilia cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto protector.
Antes de que pudiera responder, él continuó—.
No es algo que diga porque sí. No me ocurre a menudo.
Estoy acostumbrado a ir solo por la vida.
No dejo que la gente se acerque a mí fácilmente ni con frecuencia.
Aprendí muy pronto que es mejor depender únicamente de uno mismo.
Me ha funcionado bastante bien. Y ahí lo tienes: ahora sé, una vez más, por qué.
Ella negó con la cabeza.—Stefano, yo...
—No —dijo él con tono resignado.
Cecilia lo miró angustiada, completamente abrumada por la situación. ¿De verdad acababa de decir eso?
Porque me gustabas de verdad...
¿Era así de sencillo? ¿Así de poco complicado? Quizá en el mundo de Stefano, pero en el suyo...
—No nos conocemos en absoluto —respondió con una voz tan temblorosa que restaba credibilidad a sus palabras—. Y... quiero decir... esto es un romance de vacaciones, ¿no? —Se puso en pie con las piernas temblorosas y lo miró interrogante.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Yo... no lo sé.
—Yo tampoco. Así que ¿qué buscas aquí, Cecilia?
Ella volvió a negar con la cabeza y guardó silencio. Al ver que no añadía nada más, Stefano agachó la cabeza y se miró los pies.—¿Borraste la foto? —preguntó con voz ronca.
—¿Perdona?
—La foto. La que hiciste. La foto de mí y de las barricas de vino. ¿La borraste?
A Cecilia se le abrió la boca, pero estaba demasiado indignada para hablar. Jadeó en busca de aire y, con un movimiento enérgico de la mano, se apartó varios mechones de pelo de la cara.—¡ Viste cómo la borraba!
—Una. Borraste una delante de mí. ¿Hiciste más?
Sí. Las hice. Y ya las he subido a la nube.
—¿Qué estás ocultando, Stefano? —Cecilia pasó a la ofensiva. Aunque entendía que lo había ofendido, que quizá incluso le había hecho daño, su comportamiento le parecía extraño. Estaba tenso. Tenía miedo. Ninguna de las dos cosas encajaba con el Stefano que ella conocía.
Como él no respondió a su pregunta, Cecilia agarró el bolso y se encaminó con paso decidido hacia la salida. Stefano no la siguió. Al llegar a la puerta, ella se volvió una vez más y vio que él seguía de pie junto a la mesa del comedor.—¿Por qué no cancelaste este encuentro, Stefano?
Él alzó la cabeza.—Porque quería darte la oportunidad de explicarte.
La mirada que acompañó aquellas palabras lo decía todo. Aquella mirada gritaba lo mismo que sentía ella: que había echado a perder la oportunidad, la posibilidad de convencerlo de que no era como él la veía en ese momento.
—El trabajo es el trabajo —dijo en voz baja, con tanto pesar que estuvo a punto de echarse a llorar. Ni siquiera sabía si con aquellas palabras pretendía convencerlo a él o convencerse a sí misma.
Después se dio la vuelta y salió a toda prisa para no ponerse a llorar delante de él.