Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Cecilia estaba nerviosa. Había rebuscado en su equipaje —que había preparado para un breve viaje de negocios— algo apropiado que ponerse para la cena con Stefano.

Pero nada le parecía adecuado, así que había vuelto a Lucca en coche y había comprado en una boutique un minivestido verde sin tirantes y unos zapatos de tacón a juego.

Ahora se lo puso todo y se plantó delante del espejo, solo para descubrir que no funcionaba en absoluto. No estaba bien. Sencillamente, no.

Iba a quedar con Stefano , no con uno de aquellos hombres con los que solía relacionarse. Stefano la había visto con los pantalones de trabajo de su difunto tío y aun así la había besado. Por tanto, le daba igual lo que llevara puesto.

¡Pero a mí sí me importa! A mí me importa.

Aun así, o quizá precisamente por eso, no le parecía bien.

Volvió a quitarse los zapatos y el vestido y cogió los vaqueros y el jersey rosa.

Era el conjunto que llevaba la última vez que había estado en casa de Stefano, justo antes de que él le prestara los pantalones de trabajo de su tío.

Se puso ambas prendas y al instante se sintió más cómoda.

Era extraño. Hasta entonces, jamás se le habría ocurrido acudir a una cita con un conjunto semejante.

Todo está cambiando. Todo da vueltas. Todo es nuevo.

Apartó la mirada del espejo, cogió el bolso y salió antes de que pudiera cambiar de opinión. Subió al Mini y arrancó a toda velocidad. Tenía las palmas tan húmedas por los nervios que le resbalaban sobre el volante, y ni siquiera sabía por qué.

¡Solo es un romance de vacaciones!

Se reprendió a sí misma y se obligó a conducir despacio para no cometer ningún error bajo la brumosa luz crepuscular del sol poniente. Por eso tardó un poco más de lo previsto en llegar al viñedo rojo.

Cuando llegó, ya había anochecido. Aparcó el Mini delante de la casa y vio que había luz en la bodega, y solo allí. El resto de la casa y toda la finca que la rodeaba estaban a oscuras. Únicamente un tenue parpadeo en dos de las ventanas delataba que dentro había velas encendidas.

—He oído un coche —oyó decir a Stefano en algún punto de la oscuridad que se extendía ante ella.

Poco después, él dobló la esquina y Cecilia vio su silueta acercándose.

Fue a su encuentro. El corazón le latió más deprisa al verlo y se dio cuenta de que sonreía de oreja a oreja.

Durante unos instantes se quedó frente a él sin saber qué hacer.

¿Cómo debería saludarlo?

Vacilante, se inclinó hacia él con la intención de dejar que decidiera si resultaba más apropiado un beso en la mejilla o un beso íntimo, apenas rozado, en los labios.

Stefano, como el perfecto caballero que era, tomó la decisión por ella, aunque no de la manera que esperaba.

La cogió por el antebrazo y la condujo por la esquina hasta la entrada lateral.

Cecilia procuró que no se le notara la decepción y se dejó guiar al interior de la casa a oscuras.

Cuando él abrió la puerta del salón, vio que la estancia estaba repleta de velas. Stefano le soltó el brazo.

—¡Guau! —exclamó, radiante, mirando primero las velas y luego a Stefano—. Es muy... romántico.

Él se aclaró la garganta y rehuyó su mirada.

—Me alegro de que te guste. Pero, en realidad, esa no era la intención. He tenido un cortocircuito que ha dejado fuera de servicio la mitad de la instalación eléctrica de la casa. La bodega, la cocina y el baño aún tienen luz. En fin, es lo que pasa cuando se vive en una choza como esta.

Lo dijo con un tono bastante resignado que no parecía propio de él. Cecilia lo observó con atención, pero Stefano evitó mirarla a los ojos. Aun así, intentó arrancarle una sonrisa.—Es maravilloso, de verdad.

—Gracias —respondió él. Sin sonreír.

Cecilia se volvió hacia él y solo entonces, a la luz de las velas, vio que llevaba una chaquetilla de cocinero azul sobre los vaqueros. Estaba a punto de decirle que le quedaba bien cuando él se dio la vuelta bruscamente.—Tengo que volver a la cocina.

Lo vio marcharse y durante unos instantes se quedó desconcertada.

Allí pasaba algo. Stefano se mostraba distante y muy distinto de lo habitual.

Vacilante, lo siguió hasta la cocina. Sus nervios aumentaban ahora a cada paso.

Había confiado en la desenvoltura de Stefano, había dado por hecho que conseguiría que se sintiera relajada en muy poco tiempo. Pero no hubo suerte.

Entró en la cocina, que resultaba sorprendentemente acogedora teniendo en cuenta el estado general del resto de la casa. Olía a aceite de oliva y hierbas aromáticas, y a la derecha de la entrada había un horno de leña abierto con un fuego ardiendo en su interior.

—La cocina es muy... —No se le ocurrió ninguna palabra adecuada, así que guardó silencio y aceptó la copa de spumante que Stefano le puso en la mano sin decir nada.

—¿Está... entera? —terminó él la frase por ella.

Cecilia se aclaró la garganta y volvió a buscar su mirada, aunque él siguió apartando los ojos.—Sí, algo así. Iba a decir que es acogedora.

—Sí, lo es. Me gusta estar aquí.

—Me parece genial que sepas cocinar. —Brindó con él y dio un sorbo.

—Lo dices como si fuera algo especial. —Ahora volvía a sonar más como él mismo, pero cuando miró en su dirección pareció estar mirando a través de ella en vez de directamente a sus ojos. Cecilia no entendía qué ocurría, pero pensaba averiguarlo.

— Es algo especial —afirmó.

Él se encogió de hombros.—Para mí no. Además, hoy no se trata tanto de cocinar como de hornear. —Señaló con la cabeza el horno de leña.

Cecilia sonrió.—¿Pizza? ¿De verdad?

Él asintió y se quedó en silencio junto a la isla de piedra situada en mitad de la cocina.

—Es una idea estupenda, gracias —dijo ella.

Él miró la encimera.—He pensado que podríamos ponerles los ingredientes juntos. La masa lleva reposando desde ayer, así que debería estar perfetto . —Parecía hablar más consigo mismo que con ella.

Cecilia se situó frente a él y contempló los numerosos cuencos con distintos ingredientes. Después alzó despacio la cabeza.—¿Desde ayer?

Él levantó la vista y, por primera vez desde que había llegado, la miró a los ojos.— Sì . La masa de pizza tiene que reposar mucho tiempo; de lo contrario...

—Pero... —lo interrumpió—. No me has preguntado hasta esta mañana si quería venir.

Su mirada se endureció y durante unos instantes se limitó a observarla en silencio. Luego hizo un breve gesto de asentimiento.—Correcto.

Cecilia esperó una explicación, una réplica encantadora, quizá algún comentario desenfadado. Pero no ocurrió nada. Así que dio otro sorbo al delicioso spumante .—Está buenísimo. ¿Es vuestro?

—¿Mmm?

—¿De este viñedo?

Stefano negó con la cabeza.—No. Aquí solo tenemos vino blanco y tinto. Pero esto sí es nuestro. —Señaló la botella verde de aceite de oliva.

—¿De verdad? ¿Puedo?

— Certo.

Ella cogió la botella, desenroscó el tapón y la olió.—Tiene un aroma increíblemente intenso. Es extraordinario.

—Sí, ¿verdad? Esta tierra es muy buena para los olivos. —Ahora que hablaba de su finca, había recuperado un tono desenfadado y conversacional—. Esta es una de las últimas producciones de mi tío.

Cecilia asintió y volvió a enroscar el tapón.—Si vuestro vino está tan bueno como este aceite, no me preocupan ni tú ni tu viñedo.

La expresión de Stefano volvió a ensombrecerse.

¿He dicho algo malo?

Estaba a punto de preguntárselo, pero él se adelantó.—¿ Antipasti ? —preguntó.

—Eh... sí. Gracias. ¿Qué tenemos?

—Aceitunas, tomates secos, prosciutto e higos con miel y queso de cabra.

Mientras enumeraba aquellas delicias, Stefano sacó una fuente de la nevera y se la presentó a Cecilia.

Ella miró todos los manjares y luego volvió los ojos hacia él.

Stefano estaba jugueteando con el botón superior de su chaquetilla de cocinero y acababa de desabrochárselo. —Hace calor aquí... —murmuró.

—Llevas una chaquetilla de cocinero —dijo ella mientras rodeaba la isla.

—Correcto. Uno siempre debe vestirse de manera apropiada para la ocasión, ¿no?

Cecilia se detuvo muy cerca de él y lo miró.—Ya no tengo ni idea —dijo.

—No sé qué se supone que significa eso.

Ella se encogió de hombros.—Me he comprado un conjunto para esta noche y luego no sabía si era adecuado o no —explicó con sinceridad, para su propia sorpresa.

—Pues a mí este me gusta bastante —respondió Stefano, dejando que su mirada recorriera el cuerpo de Cecilia antes de apartarla otra vez a toda prisa.

Si lo hubiera hecho otro hombre, ella habría considerado insinuante aquel gesto; pero, en ese momento y viniendo de él, le pareció sencillamente sexy.

Sintió un hormigueo en el estómago y se apresuró a coger la copa para tener algo a lo que aferrarse.

A Stefano le pasaba algo y su comportamiento la desconcertaba cada vez más.

Esperó a que él preguntara cuál había sido el conjunto original. Pero, una vez más, no dijo absolutamente nada.—Un minivestido verde —explicó ella, alzando la barbilla—. ¿Algún comentario o vas a seguir callado?

Él volvió la cabeza hacia ella y la observó durante largo rato.

A diferencia de Cecilia, Stefano era capaz de mantener un rostro impasible.

Ella sabía que algo iba mal, pero no tenía ni idea de lo que le pasaba por la cabeza.

—Un minivestido... —murmuró sin apartar de ella aquella mirada intensa—. Demasiado obvio.

—¿Obvio? —preguntó.

Él asintió y una sonrisa breve y seria le cruzó el rostro.—No creerás que puedes conquistarme recurriendo a algo tan vulgar como un conjunto sexy, ¿verdad? —La sonrisa desapareció con la misma rapidez con la que había surgido.

—Stefano, no entiendo qué te pasa...

Él se dio la vuelta bruscamente y salió de la cocina. Al pasar junto a ella, señaló la botella de aceite de oliva y la cesta del pan.—Comamos algo.