Capítulo 18 #3
— Esatto! —exclamó Flora con entusiasmo, dando una palmada—. Me alegro muchísimo de que Emilia me hablara de él, porque...
Cecilia apenas oyó el resto de la frase, porque Giampaolo parecía encogerse más y más y tenía pinta de estar a punto de escurrirse bajo la mesa. Ella se aclaró la garganta ruidosamente. —Flora, perdona que te interrumpa.
—¿ Sì ?
¿Y qué se supone que vas a decirle ahora?
Cecilia tamborileó nerviosamente con los dedos sobre la mesa y miró a su alrededor, como si pudiera encontrar en algún rincón de la Osteria la inspiración que necesitaba.
Al ver que nadie decía nada, Flora miró alternativamente a Giampaolo y a Cecilia, desconcertada.
Después se encogió de hombros y continuó parloteando con alegría.
—En fin, mi sobrina Bianca se pondrá muy contenta.
Las miradas de Cecilia y Giampaolo se encontraron y después se desviaron hacia Flora como en un único movimiento. —¿Sobrina? —preguntaron al unísono.
Flora los miró a ambos, irritada. — Sì . —Entonces señaló a Cecilia con la cabeza—. Te hablé de ella, ¿no?
Ah, sí. Es verdad.
Cecilia miró a Giampaolo, enarcó las cejas y le lanzó una mirada severa.
—Qué bien —dijo él, sonriendo afablemente a Flora como si no hubiera ocurrido nada—. Seguro que se alegrará mucho de que la ayudes.
—Está deseando conocerte, Gianni.
Giampaolo asintió y sonrió con expresión dichosa.
¡Increíble! Los mayores se manejan con estas cosas aún peor que nosotros.
—Qué maravilla —dijo Cecilia, poniéndose en pie—. En ese caso, no quiero molestaros más. Seguro que queréis mantener tranquilamente una... —miró a Giampaolo con intención— conversación . Pediré el café para llevar.
Entró en la cocina y le explicó a Letizia, con un guiño, que no quería seguir molestando a los dos tortolitos. Entonces, siguiendo un impulso, preguntó por el viñedo rojo y la familia Vitti.
—Ah, el chico de los Vitti... —dijo Letizia con una sonrisa—. No lo conozco demasiado bien. Aspetta un attimo , voy a prepararnos dos Espressi.
Cecilia salió de la cocina y se apoyó en la barra contigua.
Desde allí observó a Giampaolo y a Flora.
Él sonreía feliz, a ella le brillaban los ojos y ambos estaban enfrascados en la conversación.
El corazón de Cecilia dio un pequeño vuelco.
¿No era maravilloso que se hubieran encontrado el uno al otro? ¡A su edad !
Entonces quizá aún haya esperanza para mí...
Su mirada recorrió el local. La Osteria de Letizia todavía no estaba muy llena; solo estaban ocupadas dos mesas de las esquinas y dos banquetas de la barra donde se encontraba Cecilia.
Letizia salió, dejó dos tazas de espresso delante de ella y le indicó por señas que esperase un momento.
Tomó rápidamente unos cuantos pedidos y después fue a reunirse con Cecilia.
—¿No tienes que trabajar? —preguntó Cecilia.
—Oh, siempre hay tiempo para un Espresso , ¿ non credi ?
—Sí, en eso tienes razón.
—En fin, la familia Vitti... Mmm. Complicado. El tío del chico Vitti era un tipo bastante raro.
—¿Estás hablando de Giuseppe? —intervino uno de los dos hombres que también estaban sentados a la barra.
Letizia asintió y el hombre puso los ojos en blanco. —Menudo idiota.
—¡Ay, Dario, no deberías hablar así de los muertos! —lo reprendió Letizia.
—Es la pura verdad. Giuseppe debe dinero a medio pueblo.
—Empezando por sus taberneros favoritos —rio su acompañante, y Dario se sumó a las risas.
Cecilia bebió un sorbo de café e intentó no parecer demasiado curiosa. Aun así... los numerosos retazos que poco a poco iba encajando resultaban muy interesantes.
—¿Y qué hay del resto de la familia? —preguntó, observando la reacción de los dos hombres.
Letizia se disculpó un momento y regresó a la cocina. El hombre se inclinó un poco hacia delante, se subió las gruesas gafas hasta la línea del cabello y examinó a Cecilia con atención. —¿Qué hay de ellos? Bueno, permítame que se lo explique, Signora ...
Un rato después, Cecilia se despidió. Letizia había insistido en ponerle en la mano una bolsa de papel que contenía no uno, sino tres Cornetti rellenos.
Cecilia salió, cruzó paseando la Piazza y se sentó en el borde de la fuente del centro.
Bebió su café y observó cómo la Piazza iba cobrando vida poco a poco.
Entonces vibró su teléfono. Lo sacó del bolsillo de la chaqueta y, al ver quién le había enviado el mensaje, el corazón le martilleó en el pecho.
Dejó a toda prisa el vaso de café y abrió el mensaje de Stefano.
— Vale, daré yo el primer paso. No compliquemos las cosas más de lo necesario. ¿Cenas esta noche en mi casa? ¿A las 7? Cocinaré yo. Nos vemos entonces.
Una amplia sonrisa se dibujó en los labios de Cecilia.
Escribió una respuesta rápida y volvió a guardar el teléfono.
Notó un revoloteo de mariposas en el estómago y decidió que solo había una forma de mantenerlas a raya hasta la noche.
Cogió la bolsa de papel, sacó un Cornetto de aroma dulce y le dio un buen mordisco, rebosante de felicidad.