Capítulo 16
—¿Cómo estás, Cecilia? —le preguntó aquel día Edoardo, su redactor jefe, durante la videollamada.
—Mucho mejor, gracias.
—La versión revisada de tu artículo sobre el restaurante de Rosa estaba muy bien, gracias. He añadido un par de cosas y se lo he enviado a Rosa. Está contenta con el resultado, así que ya podemos mandarlo a imprenta.
—Estupendo. —Cecilia se sintió aliviada por no haber vuelto a decepcionar a Edoardo—. Y gracias de nuevo por darme algo más de tiempo. Me ha venido realmente bien.
Habían pasado cinco días desde la llamada telefónica con Edoardo del domingo anterior, lo que marcaba el ecuador de su estancia prolongada en la Toscana.
Pensar que tendría que marcharse dentro de una semana, más o menos, entristecía a Cecilia, pero difícilmente podía pedir que le permitieran quedarse aún más tiempo.
A menos que avanzara algo con su nuevo reportaje...
—No hay de qué —dijo Edoardo—. ¿Tienes algo más para mí?
—¿Mmm? —respondió Cecilia, adoptando una expresión inocente.
Le había dicho a Edoardo por correo electrónico que aprovecharía la prolongación de su estancia para buscar más historias.
Desde el punto de vista de una revista de gastronomía y viajes, la Toscana era una especie de Santo Grial, y Edoardo había mencionado en su respuesta que podrían conseguir contratos publicitarios muy lucrativos si publicaban un especial sobre la Toscana a lo largo de varios números.
—¿Otros reportajes? —preguntó él.
Sí. Quizá. Pero todavía no he llegado tan lejos.
Así que probó con otro enfoque. —Bueno... pues... el hotel en el que me alojo es realmente...
—Rosa me ha comentado que le preguntaste por un viñedo en concreto —la interrumpió.
¡Qué bocazas!
—Eh... —Al instante, las imágenes de la tarde anterior inundaron su mente. Los ojos azules de Stefano, el rojo del atardecer, el beso delicado...
... y el descenso bastante menos delicado en plena oscuridad.
Como si hubiese estado esperando una señal, Cecilia se llevó la mano a la dolorida rodilla, que probablemente se habría destrozado en la caída si Stefano no hubiera estado allí para sujetarla.
Él no se había puesto en contacto. Ella tampoco. Bueno, solo había pasado una noche y la despedida había resultado un tanto incómoda...
... ¡y fue culpa tuya, Cecilia!
—¿Hola? ¿Cecilia llamando a Tierra?
—¿Mmm? —repitió ella, sacudiendo rápidamente la cabeza para volver a la realidad.
—Y ¿qué hay de ese reportaje sobre el viñedo por el que estás preguntando? —quiso saber Edoardo con impaciencia—. ¿Hay algo que contar?
—Estoy... trabajando en ello.
La expresión de Edoardo se ensombreció y Cecilia apretó los labios de forma involuntaria. No se le daba especialmente bien tratar con figuras de autoridad. Y aún se le daba peor decepcionarlas.
¿Qué estás haciendo?
¿No se había propuesto hacía poco escribir un reportaje brillante para Edoardo?
¿Uno que le demostrara lo buena que era?
De acuerdo, en realidad aún no había avanzado gran cosa y no había logrado descubrir ni un solo secreto, pero sabía que había algo que encontrar si seguía buscando. ¿Por qué vacilaba ahora?
Volvió a pensar en el beso y se le erizó la piel de los brazos.
¡Basta!
—Cecilia... —La voz impaciente de Edoardo llegó hasta ella—. ¿Sí o no? Me gustaría tener algo productivo de lo que hablar en la próxima reunión de redacción...
—Sí. Claro. Por supuesto —se apresuró a decir Cecilia, recordándose que no debía equivocarse con sus prioridades. ¿Cuántas veces había puesto su vida en suspenso por un hombre? Desde luego, no volvería a hacerlo—. Sí, creo que he dado con algo importante —afirmó.
—¡Estupendo! ¿Recuerdas lo que te escribí sobre la publicidad, la Toscana y una serie de artículos a tu cargo?
¡Pues claro que sí!
—Sí, por supuesto.
—Bueno, pues cuéntame... ¿Qué tiene de emocionante ese viñedo rojo para que merezca la pena hablar de él?
—Yo... te enviaré una copia de un artículo de una antigua revista de viajes. Así fue como me enteré de su existencia. Estoy en conversaciones con un miembro de la familia mencionada en el artículo. Y ya he hablado con otros vecinos del pueblo.
—Excelente, excelente. Sube a la nube todo lo que tengas para que pueda verlo.
—Lo haré —dijo Cecilia.
—Bien. Gracias. Seguimos en contacto. —Y, tras aquellas palabras, el rostro de Edoardo desapareció de la pantalla.
Cecilia se dejó caer contra el respaldo de la silla y respiró hondo.
No se entendía a sí misma. Si Edoardo le encargaba toda una serie de artículos, sería como un ascenso.
Significaría que lo estaba haciendo muy bien, que había demostrado su valía tras cambiar de profesión.
¿Y no había sido siempre ese el objetivo?
Además, así podría viajar a la Toscana por trabajo más a menudo. Tal vez incluso con regularidad. Eso sería...
¡Se acabó!
Se inclinó hacia delante, se cubrió la cara con las manos e intentó borrar de su memoria la imagen del beso de la noche anterior. ¡Siempre hacía lo mismo! Conocía a un hombre, se dejaba llevar, renunciaba a todo, incluida ella misma, y al final volvía a quedarse sola de todos modos.
¡Solo fue un beso!
Y fruto del momento, además.
Se incorporó de golpe. —¡Sí, exacto!
Todo había encajado de una forma tan perfecta... Había sido como una escena de una película de Hollywood. Sinceramente, con todo aquel despliegue de romanticismo cursi, ¿cómo iban a no besarse?
No tenía la menor intención de concederle más importancia de la que tenía.
Y tampoco pensaba permitir que un insignificante romance de vacaciones la desviara de su camino.
Stefano era un hombre estupendo, sí. Le gustaba mucho.
Y después de su aterrizaje forzoso con Leonardo, no le importaba en absoluto disfrutar de un agradable flirteo vacacional.
Al contrario, probablemente le sentaría muy bien.
De acuerdo, hasta entonces no se le habían dado muy bien las aventuras sin compromiso. Siempre se encaminaba directamente hacia una relación. Era prácticamente una monógama en serie. ¿Cuándo había sido la última vez que estuvo soltera? ¿A los catorce años?
Cecilia asintió para sí, como confirmándolo, subió a la nube las pocas notas que había tomado hasta entonces sobre el viñedo rojo y añadió una nota indicando que escanearía el artículo y también lo subiría.
Su tableta estaba conectada directamente a la nube, por lo que Edoardo podía ver cada vez que ampliaba sus apuntes.
Después se levantó, cerró el portátil y se dijo que nada de aquello era personal y que una cosa —el flirteo vacacional— no debía tener nada que ver con la otra —su trabajo—.
Había algo en aquel misterioso rincón del mundo, de una belleza celestial, que no la dejaba en paz.
El Monte Rosso tenía el romanticismo más cursi, el placer y una historia fascinante.
Sencillamente, lo tenía todo. Y iba a escribir un artículo endiabladamente bueno sobre él.
Al fin y al cabo, el trabajo era el trabajo.
Y, por su parte, no pensaba poner en peligro el suyo.