Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

—¿Puedo acompañarla? —preguntó Cecilia, que ese día había bajado a cenar mucho antes de lo habitual.

Flora Donzeppi, enfrascada en ese momento en un catálogo, levantó la vista y le dedicó una amable sonrisa. —Por supuesto. Aunque ha venido muy temprano a cenar. Normalmente nunca la veo.

—No he comido nada en todo el día. El trabajo, ya sabe cómo es. Y, como para corroborar sus palabras, dejó la tableta sobre la mesa. Tal vez Flora pudiera darle algunas indicaciones importantes.

Flora cerró el catálogo de golpe y le dio unos golpecitos con los dedos. —¡Y tanto que lo sé!

—¿Qué es eso? —preguntó Cecilia, mirando la portada, en la que aparecía una mesa profusamente decorada con ramos de flores rosas.

—Una revista de arte floral. ¿Sabía que existían revistas así?

—No.

—Por lo visto, hay una revista para todo. Soy socia de Decoraciones Florales Lorella, ¿sabe?

—Sí, comentó algo parecido en la boda.

—Me gusta estar al día. Por eso me he suscrito a esta revista. Hay que saber qué está de moda. Es igual que con la ropa. Señaló con gesto elocuente su elegante vestido de lino con adornos naranjas. —Para eso tengo una asesora en casa.

—¿De dónde es usted exactamente, si se puede saber?

—Claro que puede preguntarlo, cara . De Liguria . Mi villa está casi en la misma frontera con Francia, en la Riviera de las Flores. Muy apropiado, ¿verdad? Flora le guiñó un ojo.

—Mucho. Y... cuando viaja durante tanto tiempo, ¿la villa se queda desierta?

Flora negó con la cabeza. —¡ No ! Al fin y al cabo, mi familia vive allí. Y mi ama de llaves y mi jardinero también están siempre en la propiedad.

Cecilia asintió y pidió al camarero una copa de vino blanco. —¿No echa de menos a su familia cuando pasa tanto tiempo fuera?

—Un poco. A veces. ¡Pero aquí se está tan bien! Flora hizo un amplio gesto que abarcó el jardín y la piscina. —Además, mi sobrina vendrá pronto a visitarme. Su prometido es originario de Florencia y están pensando en casarse aquí.

—Oh, qué bonito.

Flora asintió con entusiasmo y Cecilia no pudo evitar sonreír al recordar las palabras de Giampaolo.

Y con toda esta fiebre de bodas que hay aquí...

Por lo visto, en el aire de Camaiore había algo que mantenía a la gente en un estado de permanente exaltación primaveral.

El camarero le trajo el vino y ella se apresuró a dar un sorbo para encauzar de nuevo sus pensamientos.

—Luego tiene que pedir el Chianti —declaró Flora.

—Ah, ¿sí?

—Giampaolo está hoy en la cocina. Está preparando un ragú con una pieza de ternera braseada que le cambiará la vida. Y antes pida las verduras a la parrilla con salsiccia .

—Delo por hecho —respondió Cecilia obediente, y se lo pidió directamente al camarero. Después alzó la copa hacia Flora—. Verá, estoy trabajando en un artículo nuevo.

Los ojos de Flora se abrieron de par en par, llenos de emoción. Era evidente que el tema la había cautivado al instante, porque se inclinó hacia delante, interesada. — Dimmi, dimmi!

—Leí un artículo precioso en una antigua revista de viajes sobre un viñedo rojo. Y he descubierto que se trata precisamente del viñedo donde se encuentra la finca de los Vitti.

—¡Oh! Flora asintió con interés. —¿Y qué tiene ese viñedo rojo de especial para merecer su atención, cara ?

—Al parecer, posee una larga historia llena de misterios y secretos que parecen prolongarse hasta nuestros días. Usted misma lo dijo, Flora... Cecilia hizo una pausa para darle mayor efecto.

—¿Qué? ¿Qué dije?

—Comentó que con la herencia no todo había ido como la seda.

—Bueno, eso no lo digo yo , sino la gente.

—Pero ¿qué significa exactamente, si puedo preguntarlo?

Flora frunció los labios, como si estuviera sopesando hasta qué punto quería participar en los vulgares cotilleos del pueblo llano.

—Bueno, he oído que su tío arruinó el viñedo, que en otros tiempos había sido bastante próspero.

Al parecer, estuvo a punto de salir a subasta forzosa, pero él consiguió evitarlo de algún modo .

La forma en que Flora enfatizó «de algún modo» hizo que Cecilia se pusiera alerta. —¿Y cómo?

—Eso no lo sé —explicó Flora. De pronto se le iluminó el rostro cuando un camarero llegó con dos platos y una cesta de pan y les sirvió el entrante.

Justo detrás de él apareció Giampaolo, con una chaquetilla de chef blanca como la nieve y un gorro de cocinero casi tan alto como él.

—¡Madre mía, Gianni, otra vez tiene una pinta deliciosa! —exclamó Flora encantada.

Giampaolo saludó a Cecilia con la cabeza; después se acercó a Flora, le tomó la mano y depositó en ella un beso. —He cocinado esto para ti. Sé cuánto te gusta la salsiccia .

—Me gusta todo lo que cocinas, Gianni. ¡Mírame! Dentro de poco ya no cabré por esa puerta.

Él puso una expresión tan horrorizada que Cecilia no pudo evitar reírse.

— No quiero oírte decir semejante cosa, Flora.

Estás encantadora. Que aproveche. Se volvió hacia Cecilia.

—Y a usted también. He horneado yo mismo la ciabatta .

Aún está caliente. Se llevó los dedos a la frente a modo de saludo, como si luciera un sombrero, y regresó al hotel.

—Es tan encantador... —dijo Flora con entusiasmo, observándolo mientras se alejaba.

—¿Ya han aclarado cuál es su situación sentimental, si me permite la indiscreción?

Flora le guiñó un ojo y eludió la pregunta. —Será mejor que coma antes de que se enfríen los calabacines.

Cecilia contempló su plato. A primera vista comprendió que aquello no era solo una explosión de sabores, sino también un juego de colores toscanos que debía quedar reflejado en el plato.

Los verdes calabacines, perfectamente dorados, olían a ajo y estaban mezclados con trozos de pimiento rojo y amarillo salteados brevemente.

Entre ellos había rodajas moradas de berenjena, y el plato estaba coronado por una delicada ramita de lavanda rosa.

—Guau —dijo Cecilia—. Ni siquiera quiero comérmelo. Solo quiero mirarlo y disfrutar de la vista.

Flora tragó el bocado y lanzó a Cecilia una mirada de reproche. —¡Eso sería muy poco sensato por su parte! Coma. Está delicioso.

Cecilia cogió una rebanada de ciabatta .

El aroma del pan recién horneado le inundó el olfato y cerró los ojos de placer.

Le daba exactamente igual lo ridícula que pudiera parecer olisqueando así la ciabatta .

Aquello era el paraíso en la tierra. Abrió los ojos, cogió la botella de aceite de oliva que siempre había en la mesa y vertió un poco en su plato de pan.

Después mojó el pan tierno en el aceite fresco y le dio un mordisco.

Pinchó con el tenedor dos trozos de calabacín, una lámina de ajo y un pedazo de pimiento amarillo y se llevó a la boca las aromáticas verduras.

—¡Mmm! Tenían un sabor intenso, pero sin que predominara demasiado el ajo, y también se apreciaban suaves notas de romero y miel. —Está realmente delicioso —dijo.

—¿Verdad que sí? Y eso que no son más que verduras.

Cecilia asintió. —Pero eso es precisamente lo especial de la cocina italiana: la sencillez. Unos pocos ingredientes de la mejor calidad, combinados con ingenio y perfectamente equilibrados. Solo un verdadero cocinero entiende cómo se consigue.

—Tiene toda la razón.

Durante varios minutos, se entregaron en silencio a la deliciosa comida. Después, Cecilia retomó el tema. —Entonces, ¿qué cree que hizo el tío de Stefano? ¿Qué dice la gente por aquí?

—¿Me lo pregunta como periodista o como amiga, cara ? —preguntó Flora, dedicándole una sonrisa traviesa.

—Como ambas cosas.

—Bueno, veamos... Quiero decir que eso debería preguntárselo a Stefano, non è vero?

—No creo que Stefano hablara mal de su tío —respondió Cecilia con sinceridad.

—En eso tiene razón. Bueno, yo tampoco sé nada. Al fin y al cabo, no soy de aquí. Tendría que hablar con alguien que se haya criado aquí y que conociera bien al tío y a toda la familia. Flora lanzó una mirada elocuente hacia la cocina.

Cecilia asintió. —Entendido.

—¿Qué le parece Stefano, cara ? —preguntó Flora con los ojos brillantes de curiosidad—. Es un chico muy guapo, ¿no cree? ¡Oh, esos ojos! Si pudiera volver a ser joven...

Cecilia se concentró en la comida, asintiendo en silencio y tratando de ignorar el rubor que le encendía las mejillas.

—Espero que esté bien —prosiguió Flora—. Está completamente solo. Sin familia, sin amigos. Creció en el Lido y pasó mucho tiempo en un internado de Lucca, ¿sabe? Todos sus amigos están en la ciudad. Ay, me encantaría poder ayudarlo.

Cecilia alzó la vista. —¿Cómo?

— Non so ancora. No creo que pueda conservar el viñedo. Pero sería una pena que algo que ha pertenecido a la misma familia durante tanto tiempo tuviera que venderse.

—Quizá tenga alguna buena idea para... bueno... conseguir que todo vuelva a mejorar.

Flora asintió. —Eso espero. Es un joven encantador.

Cecilia dejó el tenedor y permitió que la mirada se le perdiera en el horizonte.

Sí. Desde luego que lo es.