Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Cecilia contemplaba como hechizada aquella pequeña parcela, pensando en las palabras que había leído en el viejo artículo.

Pero ese halo de misticismo encantado no solo se remonta al resplandor rojizo del sol del atardecer, sino también a los secretos arraigados en lo más profundo de esta porción de tierra toscana...

Tragó saliva y miró a Stefano de reojo. Él paseaba la mirada por el paisaje y parecía feliz y relajado. Sentada allí arriba, contemplando el viñedo rojo, ella trató de ordenar las preguntas que se le agolpaban una tras otra. Pero no conseguía hacerlo.

¿Qué secretos? ¿Oculta algo Stefano? ¿Adónde llevaba el vino? ¿Por qué se comportó de una forma tan extraña cuando llegué?

Era como si lo hubiera pillado haciendo algo indebido.

En teoría, solo estaba trasladando barriles de vino desde la bodega hasta un camión.

En principio, no tenía nada de particular.

Entonces, se preguntó, ¿por qué se había comportado de una forma tan extraña?

Su expresión sobresaltada, su petición...

—¿Me haces un favor? ¿Puedes borrar la foto que acabas de sacar?

Agitó una mano delante de la cara, como si quisiera espantar mosquitos, y Stefano se volvió hacia ella.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Pareces tensa.

¿Ah, sí?

Aquel hombre tenía un radar para las emociones femeninas, eso había que reconocérselo.

Debía tener cuidado y evitar que pareciese que solo iba detrás de un artículo.

Stefano se sentiría utilizado; lo comprendía incluso sin conocerlo demasiado.

Se aclaró la garganta e intentó mostrarse tan relajada como él parecía estar en ese momento.

Siguió la dirección de su mirada y, una vez más, se quedó sin aliento.

Aquel lugar, aquella gente, aquel halo de misticismo encantado ...

todo era de una belleza que cortaba la respiración.

Al margen de su deseo de escribir un reportaje, también se daba cuenta de hasta qué punto se estaba dejando seducir por todo aquello.

Aquel pequeño lugar la envolvía como una manta cálida y acogedora.

Y entonces, de repente, justo en el instante en que bajó la guardia por un momento, un pensamiento la golpeó como un puñetazo.

En algún momento —en realidad, muy pronto— tendría que regresar a Roma.

Volver a su antigua vida. Volver a otro mundo.

Un mundo que ahora, en ese instante y con aquel paisaje ante los ojos, le parecía extraño y equivocado.

¿Qué me pasa?

—¿Qué te pasa? —Stefano puso voz a sus pensamientos.

—Nada.

—Vale.

Ella puso los ojos en blanco y cruzó los brazos sobre el pecho.

Por una vez, solo por una vez, Stefano podría comportarse como cualquier otro hombre normal y corriente y preguntarle por aquellos pensamientos que ella callaba de manera tan ostensible.

En realidad, no quería hablar de ellos, no de verdad, pero...

Inspiró hondo.

Pero ¿qué?

—Eres una mujer adulta, ¿lo sabes? —dijo él en voz baja.

Ella volvió la cabeza de golpe hacia él. —¿Perdona?

—Eres una mujer adulta —repitió—. Si quieres hablar de algo, hazlo. Y, si no, no lo hagas. No soy un terapeuta al que le pagan por sonsacarte tus secretos.

Secretos. Tenía gracia.

Pero, en ese momento, le interesaban mucho menos que la capacidad de Stefano para leerle el pensamiento. —¿Cómo... lo haces? —preguntó sin rodeos. Sencillamente, no lo entendía. ¿Qué ocurría para que sus palabras diesen siempre en el blanco con tanta precisión?

—¿A qué te refieres? —Él mantuvo la mirada fija en el horizonte.

—Es como si me leyeras el pensamiento —admitió ella en voz baja.

¿Cuándo fue la última vez que hablé con tanta franqueza con un hombre?

—No eres especialmente misteriosa. Como ya te he dicho, tu silencio es muy elocuente. Tus pensamientos están prácticamente escritos en tu cara; además, los irradian todas y cada una de las fibras de tu cuerpo. Y...

—¿Y?

—... quizá también sea por este lugar. Tiene algo.

—¿El qué?

Él se encogió de hombros. —Algo que te hace pensar. Que te abre los ojos. Aquí he tenido numerosos momentos de revelación. —Entonces volvió la cabeza hacia ella y sonrió—. ¿Por qué iba a ser distinto para ti?

Ella tragó saliva sin saber qué decir. Se sentía abrumada. Sí, eso era. Por su manera de ser despreocupada, sencilla y abierta. Por sus palabras directas, que al mismo tiempo daban muestras de una gran empatía.

Por él.

Apoyó la cabeza contra la pared de roca y dirigió también la mirada hacia el horizonte.

—Está empezando —dijo él en voz baja.

Ella estaba a punto de preguntarle a qué se refería, pero entonces lo vio por sí misma.

El crepúsculo descendía poco a poco, el sol se hundía cada vez más hacia el mar y teñía el cielo de naranja, rojo y violeta.

Durante un rato permanecieron allí sentados en silencio, disfrutando de aquel momento sobrecogedor.

Al cabo, Stefano extendió el brazo. —Ahí —dijo.

Cecilia siguió la dirección de su mirada, fija en el viñedo rojo.

El sol estaba bajo y bañaba casi todo el paisaje que se extendía a sus pies con una luz dorada y anaranjada.

Desde allí arriba, el viñedo rojo, situado a una altura ligeramente superior al pie del Monte Prana , parecía descansar sobre un pedestal.

Un escenario para las obras de arte más hermosas de la Toscana.

Una antigua finca rodeada de viñedos de suaves pendientes y de un pequeño olivar: todo bañado por un foco de luz roja.

—Es... increíble —susurró Cecilia—. No creo haber visto nunca nada tan hermoso.

Stefano asintió. —Hace que todo merezca la pena, ¿verdad?

Ella lo miró. —¿Todo esto?

Él hizo un gesto desdeñoso. —No tiene importancia.

—Sí que la tiene —insistió ella.

Podía ver que algo se agitaba en su interior. La muerte de su tío, el viñedo endeudado, los rumores... Sabía que había algo más. Stefano trataba de ocultar algo.

Habla conmigo.

Le rogó con la mirada que se abriese a ella.

El deseo de escribir un buen reportaje y el deseo de estar allí para aquel hombre se mezclaron de pronto.

Ya no podía distinguir sus propias motivaciones, pero, en ese momento, no importaba en absoluto.

Él volvió la cabeza hacia ella como si hubiese pronunciado todas aquellas palabras en voz alta.

Su piel resplandecía con un tono rojizo bajo la luz del sol poniente, y Cecilia clavó los dedos en sus pantalones para resistir el impulso de apartarle uno de sus rizos negros de la frente.

—El momento perfecto —dijo él en voz baja.

Ella asintió. Tenía la boca seca y el corazón le latía con fuerza en la garganta.

Estás a punto de meterte en un lío, Cecilia.

Pero tampoco le importaba. Tantas cosas que en casa parecían importantes carecían allí de relevancia. En ese momento ya no pensaba en nada. Ni en Roma, ni en su reportaje, ni en los secretos del viñedo rojo.

Solo existían ellos dos.

Esperó. Un movimiento. Una caricia. Un beso. Pero Stefano no se movió. Se limitó a permanecer allí sentado, mirándola con aquellos ojos de un azul intenso.

—Ya te lo he dicho —susurró—. Soy un caballero.

Ella esbozó una leve sonrisa. —No sé qué pretendes decirme con eso.

—Tienes novio.

Ella arqueó las cejas.

Ah, sí. Claro.

No le había contado que Leonardo había roto con ella. Solo le había dicho que había discutido con su novio.

¡Pero Stefano tenía que haberse dado cuenta de que estaba libre! Tenía que saberlo. Parecía saber todo lo demás sobre ella. Negó con la cabeza y se acercó un poco más a él.

—¿No? —preguntó él.

Ella volvió a negar con la cabeza y le sonrió.

—¿Me mentiste?

—No —respondió—. Hemos roto desde entonces. —Volvió a apartarse un poco de él—. ¿Crees que, de lo contrario, habría subido aquí contigo? ¿Los dos solos?

Stefano abrió la boca de par en par. —¡Eh! Yo solo quería enseñarte estas vistas. Sin segundas intenciones. ¿Qué estás insinuando?

Y entonces ya no pudo evitar dejarse llevar por su impulso.

Extendió el brazo, le apartó el mechón de la frente con un movimiento tierno y sintió su suave cabello entre los dedos.

Después volvió a bajar el brazo, enganchó el índice en el cuello de su camiseta y tiró de Stefano hacia ella con suavidad, pero con firmeza.

—Mmm —murmuró él mientras inclinaba cada vez más el torso hacia ella, hasta que su frente rozó la de Cecilia—. Pero yo no soy esa clase de hombre.

Ella sonrió sin soltar su camiseta. —Oh, sí —dijo en voz baja—. Creo que sí lo eres.

Él alzó un brazo, le sostuvo la cabeza con delicadeza y, muy despacio, depositó un tierno beso sobre sus labios.