Capítulo 14
No suelo ser dada a los absolutismos, pero esto ha sido insuperable en cuanto a ineficacia —dijo Cecilia dos horas después, contemplando la caja de la pequeña camioneta, ya completamente cargada.
—Los caracoles van más deprisa de un sitio a otro que nosotros de ahí abajo hasta aquí arriba —convino Stefano—. Bueno, al menos ya tenemos el vehículo lleno.
—¿Y? ¿Adónde vamos ahora? —preguntó Cecilia. Se apartó de la frente empapada de sudor unos mechones de pelo—. Y si la respuesta no es al hotel y directa a la ducha , no quiero oírla.
Stefano se volvió hacia ella y sonrió.—¿Cuánta energía te queda?
Cecilia señaló ostensiblemente su camiseta empapada de sudor.—Es una pregunta retórica, ¿verdad?
—¿Y si te dijera que lo que quiero enseñarte merecerá la pena? ¿Que incluso será una recompensa por todo el esfuerzo que has hecho aquí?
Cecilia suspiró. Estaba agotada. Se sentía cansada, le dolían los brazos y las pantorrillas, y había atravesado tantas telarañas viejas que no dejaba de pasarse una mano por el pelo presa del pánico, convencida de que algo le correteaba por la cabeza.
Lo peor de todo era que, hasta el momento, nada de aquello había dado fruto, pues no había obtenido más información para el reportaje que tenía previsto escribir.
Por hoy ya había tenido bastante y solo quería meterse en una cama acogedora.
Pero entonces vio el brillo entusiasta de los ojos de Stefano y fue incapaz de negarse.
—Oh, está bien. Pero, si me desplomo y me rompo yo el cuello, te perseguiré convertida en fantasma.
—Estoy deseándolo. Voy a coger una mochila y dos botellas de agua y nos ponemos en marcha.
—¿En marcha hacia dónde?
—Hacia allí arriba. —Señaló con la cabeza el Monte Prana .
—¿Allí arriba ? —preguntó Cecilia, señalando la montaña con el índice y mirando a Stefano con la boca abierta.
—No te preocupes. No tenemos que llegar hasta la cima. —Le guiñó un ojo y desapareció dentro de la casa.
—Ah, bueno, entonces me quedo mucho más tranquila —le gritó ella mientras contemplaba la montaña con recelo. Después recorrió la pared de la casa, se asomó a la esquina y miró su Mini con añoranza—. Si no volvemos a vernos, ha sido un placer conocerte.
De pronto, Stefano volvió a aparecer a su lado.—¿Acabas de despedirte de tu coche?
—No.
—Pues lo ha parecido.
—No lo ha parecido.
Él sonrió y echó a andar. Ella lo siguió. Al cabo de un rato, Stefano aminoró el paso y la miró de reojo.—Que me lleves la contraria como una niña de cinco años y yo no tenga ganas de enzarzarme en un diálogo de «no-sí-no-sí» no significa que hayas ganado. Te das cuenta, ¿verdad?
—Eso es discutible. ¿Falta mucho?
—Y volvemos a la niña de cinco años. Solo llevamos cinco minutos andando.
—Diez. Y estás eludiendo mi pregunta.
—Sí, aún queda bastante.
—¡Qué motivador!
Él le guiñó un ojo y aceleró el paso. Cecilia solo conseguía seguirlo con gran esfuerzo y se oía jadear, mientras Stefano avanzaba con soltura y ligereza por el sendero, cada vez más empinado.
La vegetación cambió rápidamente. Si poco antes se encontraban entre viñas en un paisaje de suaves colinas, ahora el terreno ascendía con una pendiente cada vez más pronunciada.
Las vides dieron paso a las primeras coníferas, y pronto Cecilia se vio en medio de un bosque frondoso de un verde oscuro.
Allí el aire era fresco, pues el sol primaveral solo conseguía atravesar la espesura en algunos puntos.
Aun así, Cecilia no tenía frío; al contrario, sentía la piel húmeda y acalorada.
—¿Cuánto falta? —preguntó al cabo de un rato.
Stefano se detuvo y esperó sonriendo hasta que ella lo alcanzó.—¿Cómo se te da esto tan bien? —preguntó Cecilia, apoyando las manos en las rodillas mientras resoplaba.
—¿Te refieres a... andar ?
Ella lo oyó reír y lanzó un manotazo contra él, pero falló. Stefano la sujetó por la muñeca y tiró de ella hacia sí. Cecilia volvió a erguirse y cogió agradecida la botella de agua que él le ofrecía. Bebió unos tragos y se la devolvió.—No, en serio. ¿Por qué a ti no te cansa?
—Subo aquí a menudo desde que era pequeño. Uno se acostumbra.
—¿Creciste en el viñedo?
—No.
Ella pensó en la información que había obtenido de Rosa Davinio. El hermano mayor, que murió demasiado joven; el hermano pequeño, que era un borracho. Entonces, si el menor era su tío, ¿el hermano mayor debía de ser el padre de Stefano?
No, eso no tiene sentido. En ese caso, Stefano habría heredado directamente.
—No, crecí abajo, en el Lido. Con mi madre. Eran tres hermanos: mi tío, mi madre y otro tío.
¡Ah!
—¿Y tu madre? —preguntó Cecilia.
—Murió cuando yo apenas tenía dieciséis años. Y mi padre desapareció antes de que yo pronunciara mi primera palabra. Después de aquello, siempre estuvimos solos mi tío y yo.
—Yo... lo siento.
Stefano se encogió de hombros y volvió a guardar la botella de agua.—A veces la vida es así.
—¿Y tu otro tío? ¿O... el resto de la familia?
—Mi otro tío era el hermano mayor. El viñedo le perteneció primero a él. Pero también murió joven. Apenas lo conocí.
—Es bastante trágico, Stefano. De verdad que lo siento. —Posó una mano sobre su antebrazo, y él se lo permitió durante unos instantes.
Después se apartó.—No pasa nada. Lo superé hace mucho.
En realidad, mi tío no era mala persona cuando llegabas a conocerlo.
Era divertido. Interesante. Inteligente, cuando conseguía conservar todas sus facultades.
Quiso convertirse en mi tutor cuando murió mi madre; por aquel entonces no lo habría creído capaz de tanta decencia y lealtad familiar.
—¿Quiso? ¿Qué ocurrió?
—En el fondo, los dos sabíamos que nadie le concedería mi tutela. Tenía... mala reputación. Conseguí que me emanciparan.
—Vaya.
Stefano se encogió de hombros.—Un juego de niños —dijo, y le guiñó un ojo.
A ella se le escapó una risa de sorpresa, incapaz de comprender la ligereza con que Stefano trataba todos aquellos temas tan tristes. Entonces él cogió uno de los tirantes de su peto y le dio un suave tirón.—Venga. Vamos. Ya casi hemos llegado.
Cecilia lo siguió montaña arriba.
—La cima está a 1,218 metros —explicó Stefano—. Desde lo más alto se alcanza a ver el mar. Pero mi rincón está mucho más abajo.
—¿Mucho? ¿ Mucho más abajo? ¿No hemos subido ya por lo menos mil metros?
Stefano se echó a reír.—Ni de lejos. Ahí. —Se detuvo de golpe.
—¿Ahí? ¿Qué hay ahí? —preguntó Cecilia.
Stefano señaló una piedra que servía de indicador y después la maleza de aspecto bastante tupido que había detrás.—Tenemos que atravesar por ahí.
—Sí, claro.
—Confía en mí.
—Lo dice el hombre que me hace subir una montaña con un peto mugriento y unas botas de agua que me quedan grandes...
Stefano se rio, se acercó a los arbustos y se agachó.—Solo tienes que apartar las ramas exteriores; las de detrás están muy sueltas.
—Ya veo.
—No te separes de mí. —Y, tras decir aquello, desapareció entre los matorrales.
Cecilia suspiró y se preguntó cómo había conseguido meterse en aquella situación.
Sin embargo, por mucho que intentaba enfadarse, no lo conseguía.
Al fin y al cabo, estaba buscando una historia.
Y aquello resultaba bastante emocionante.
De hecho, se sentía más viva que desde hacía mucho tiempo.
No sabía decir si se debía solo a la historia o quizá también, aunque fuera un poquito, a las personas que había conocido allí y a esa forma de vivir que respiraba día tras día.
Tal vez ni siquiera quisiera seguir pensándolo.
Porque entonces tendría que ahondar en la cuestión de por qué se sentía tan increíblemente a gusto en presencia de Stefano...
Oh, no, Cecilia. Estás aquí para trabajar. ¡Concéntrate!
Respiró hondo, se arrodilló y escudriñó con recelo los arbustos que tenía delante.
—Pues allá voy... —Cogió una rama—. ¡Ay! —exclamó, apartándose de golpe. Contempló horrorizada su mano y los dos arañazos rojos que la surcaban.
—Cuidado, hay espinas —oyó decir a Stefano desde algún lugar al otro lado de los arbustos.
—Admítelo —gritó ella hacia la maleza—. Me has traído aquí para matarme, ¿verdad?
Lo oyó reír.—Por supuesto. ¿Qué te creías? Siempre he querido tener un fantasma en casa.
Ella suspiró, eligió otra rama y la apartó con cuidado con el hombro. Después se abrió paso a gatas entre los arbustos.
¿De verdad soy yo quien está haciendo esto?
Al final resultó que los arbustos parecían mucho más densos e impenetrables de lo que eran en realidad. Cecilia salió a gatas, se puso en pie y miró a Stefano con gesto interrogativo. Él alargó la mano hacia su pelo y le quitó una hoja.
—No ha sido para tanto, ¿verdad?
—Depende. ¿Ahora tenemos que luchar contra un oso para...? —Solo entonces lo vio—. Guau —musitó sin aliento.
Se encontraba al borde de un acantilado. Ante ella se extendía el sobrecogedor paisaje de la Toscana. Verde sobre verde hasta donde alcanzaba la vista. Entre la vegetación serpenteaban senderos grises y marrones, y unos puntos de color verde oscuro salpicaban el paisaje a intervalos regulares.
Cipreses. Pinos.
—Tenemos que bajar un nivel más —dijo Stefano a su lado.
—¿Cómo dices? —preguntó ella sin inflexión. No conseguía apartar la mirada de aquellas preciosas vistas.
Él alzó el brazo y señaló el vacío que se abría ante ellos.
Ella lo miró con recelo.—Esto... ¿Qué?
— Dal nulla non viene nulla , Cecilia. ¿Confías en mí?
Ella lo miró con inquietud. Después asintió brevemente. Stefano se rio, la agarró por la parte superior del brazo y tiró de ella hacia el precipicio. Entonces Cecilia vio la cornisa hacia la que se dirigía. Miró a su alrededor. Ni escalera de mano ni peldaños. Nada.
¡Pues claro que no!
—¿Cómo bajamos hasta ahí? —preguntó.
—Allí, la pared del acantilado no desciende de forma tan abrupta hasta la plataforma.
Y solo hay poco más de dos metros. Te agachas y te dejas resbalar.
Un juego de niños —repitió. Y, como para demostrarle que su muerte no era inminente, avanzó unos metros hasta el punto que descendía en una pendiente más suave hacia la plataforma, se agachó y se dejó resbalar.
Una vez abajo, se levantó, se volvió hacia ella y extendió un brazo para recogerla.
Ella lo miró primero a él y luego contempló con recelo la pared del acantilado.—Y... ¿cómo volvemos a subir después?
—Por el mismo camino. Te agarras a esa rama, a esa y a aquella —Stefano señaló tres arbustos ralos que crecían en el lateral de la pared—, apoyas primero el pie derecho en esa piedra y después el izquierdo en esta otra.
Ella esperaba que él supiera leer en sus ojos que lo consideraba un loco.
—Es facilísimo, de verdad. Es prácticamente una escalera que la naturaleza ha construido para ti. Deslízate justo por el centro, porque, si no, te golpearás el trasero contra esas dos rocas.
—Estás loco —dijo ella entonces, solo para asegurarse.
—Confía en mí —repitió él, haciéndole un gesto para que se acercara.
—Oh, está bien... —murmuró Cecilia.
Tras lanzar una última mirada indecisa al desnivel, siguió el mismo camino que él, se agachó y clavó la vista en su mano.
Tres, dos, uno, ya...
Echó el peso hacia delante y se deslizó. Él la recogió de inmediato, rodeándola con sus fuertes brazos, sujetándola y sin soltarla hasta que ella despegó los dedos agarrotados de la camiseta que llevaba debajo del peto de trabajo.
Stefano siguió sujetándola por la parte superior del brazo mientras la guiaba junto a la pared de roca, y Cecilia se avergonzó un poco de haber tenido tanto miedo.
La plataforma era en realidad muy grande, y había unos buenos tres metros hasta el precipicio.
Aun así, se alegraba de que él la sujetara.
Se sentaron y apoyaron la espalda contra la pared de roca.
—¿Y bien? —preguntó él.
—Me he quedado sin palabras —respondió ella con sinceridad.
—Ha merecido la pena, ¿verdad?
Ella asintió y dejó vagar la mirada por el paisaje.—¿Con qué frecuencia vienes aquí?
—A menudo.
Ella sonrió.—Eso es muy concreto, ¿no?
Él se rio.—No lo sé. Varias veces al mes. Quizá más. Me gusta este sitio. Mira, ¿ves esa casa de ahí abajo, a la derecha?
—Sí.
—Es la mía.
—¡Ah!
—Y el terreno sobre el que se asienta...
—¿Sí?
—Ese es el viñedo rojo. Lo llamamos Monte Rosso.