Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

— T e oigo —gritó Stefano desde el otro lado de la puerta cerrada del baño.

—¡No estoy haciendo nada! —respondió Cecilia, sin dejar de examinarse con ojo crítico en el espejo lleno de manchas.

—Estás plantada delante del espejo, mirándote embobada y preguntándote si puedes presentarte así ante los demás. ¿A que tengo razón?

Ella apartó la mirada de golpe. —¡No es verdad!

—¿Te tranquilizaría que te prometiera que ahí fuera solo te esperan unos cuantos conejos, faisanes e insectos a los que les importa un comino tu aspecto?

Cecilia abrió la puerta de un tirón enérgico. —Me he hecho un lío —explicó, aunque no era cierto—. Con el tirante y estos botones y... He tardado un poco, ¿vale?

—Mmm —murmuró Stefano. Ella lo vio reprimir una sonrisa burlona mientras recorría su cuerpo con la mirada.

— No estaba mirándome embobada en el espejo.

—Mmm. Estás muy mona.

—Parezco Bob el Constructor.

—Una versión mona. Vamos.

Él se dio la vuelta y, cuando ella vio que sonreía, una sonrisa satisfecha se dibujó también en sus labios.

En realidad, el peto le sentaba bien, pero las botas de agua rojas en las que había metido los pies eran al menos tres tallas más grandes.

Además, la camiseta roja que llevaba debajo del peto le irritaba la piel.

¡No seas tan quejica!

Esta vez oyó las palabras con su propia voz. Una agradable variación del obligado No seas tan dramática de Leonardo, que la había acompañado durante mucho tiempo. Pero esta vez su voz interior no le había hablado con la voz de él. No, esta vez había sido ella .

¡Eso sí que es progresar!

Siguió a Stefano al exterior y lo miró inquisitivamente. Cuando él se volvió indeciso primero a la izquierda, luego a la derecha y de nuevo de derecha a izquierda, Cecilia se impacientó. —¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer?

—Pues... la idea es... más o menos... Bueno, hay que llevar ahí dentro los toneles de la bodega.

—No parece precisamente astrofísica avanzada.

Él la miró divertido. —Aún no has visto la bodega.

—Pues enséñamela.

Stefano la observó pensativo durante unos instantes, y Cecilia se preguntó qué estaría sopesando. Allí pasaba algo, algo que él no quería que los demás advirtieran. Eso era evidente. Pero allí no había nadie aparte de ellos...

Y unos cuantos conejos, faisanes e insectos , añadió para sus adentros, y tuvo que sonreír.

La había embutido en aquel atuendo ridículo y había accedido a dejar que lo ayudara. Así que parecía estar empezando a confiar poco a poco en ella.

Paso a paso.

—Está bien —dijo él al cabo de un rato—. Te enseñaré mi pequeño reino.

Y así lo hizo. No fueron directamente a la bodega, sino que rodearon la casa.

Una y otra vez, Stefano se sumía en un silencio cohibido cuando pasaban junto a partes destartaladas, charcos de barro o arbustos y plantas marchitos.

No dejaba de volverse hacia ella para comprobar su reacción, intentando leer en sus ojos lo que pensaba.

Y Cecilia sabía que lo único que podía ver era interés sincero.

Porque el reino que le estaba mostrando era un pequeño país de las maravillas.

Cuanto más tiempo lo escuchaba atentamente mientras describía la casa por fuera, su ubicación, su cercanía al Monte Prana y la historia que había detrás de alguna planta singular, mayor era su entusiasmo al hablar.

Sus ojos empezaron a brillar y el hombre que al principio había parecido un chico tímido se convirtió en un orador cautivador.

—El olivar plantado allí, en la ladera, apenas supera una hectárea.

Hay unos cincuenta olivos. Todo está destinado únicamente a nuestro consumo, y es una pena, porque hoy en día el aceite de oliva de alta calidad puede venderse a muy buen precio.

Pero da mucho trabajo. Demasiado. —Cecilia lo siguió hasta el olivar y se detuvieron junto a un olivo grande de copa frondosa.

Stefano apoyó una mano en el tronco—. Algunos árboles tienen más de cien años.

Mi tío siempre repetía este proverbio: el abuelo planta el olivo para su nieto.

Porque estos árboles tardan muchos años en empezar siquiera a dar cosecha.

—Apartó la mirada del árbol y la miró con una sonrisa amplia y tan sincera que una oleada de felicidad le recorrió el cuerpo como un cosquilleo—.

¿Sabes que el olivo también se considera un símbolo de todo lo positivo que hay en nuestro mundo?

Ella negó con la cabeza.

—Simboliza la esperanza, la paz, la fertilidad y la prosperidad.

Míralo. —Se volvió hacia el olivar y se apoyó de lado contra el sólido tronco—.

Aquí el tiempo se detiene. Estos árboles de hoja perenne ya estaban en pie cuando aún vivía mi bisabuelo.

Han sobrevivido a guerras mundiales. Han visto ir y venir a reyes.

Víctor Manuel III. Humberto II. Quizá algunos incluso a Humberto I —reflexionó.

Ella permaneció muy cerca de él, tratando de sentir lo que él sentía, de ver lo que él veía. Los árboles irradiaban calidez y seguridad.

Igual que Stefano.

Cecilia se apresuró a dar un paso hacia un lado. —¿Humberto I? —preguntó para ahogar la inquietante tensión que había entre ellos.

—Murió el 29 de julio de 1900. Así que sí. Imagino que algunos árboles llegaron a conocer su época.

—¿Cómo sabes todo eso?

Él le lanzó una mirada de soslayo. —Recibí una educación, por si creías que no era capaz.

Ella le dio un suave manotazo en la parte superior del brazo. —¡Sabes a qué me refiero! Nadie recuerda esa clase de cosas.

—A mi tío le gustaba la historia. En su biblioteca hay casi quinientos libros. La mayoría tratan sobre la historia de Italia. Me hablaba de ella a menudo.

Cecilia intentó conciliar la imagen de un viejo borracho con la de un hombre culto interesado por la historia. No lo consiguió.

—La gente solo ve lo que quiere ver —dijo Stefano en voz baja, como si le hubiera leído el pensamiento.

—No hace falta que me lo digas —respondió Cecilia de forma automática.

Él la miró sorprendido. Ella señaló su atuendo antes de darse cuenta de que ya no llevaba ropa a la moda, sino pantalones de trabajo. —Sabes a qué me refiero.

Él se volvió hacia ella y cruzó los brazos sobre el pecho. —No, la verdad es que no —dijo pensativo.

—¡Oh, por favor! ¿Qué pensaste cuando me viste por primera vez?

—Qué cara tan bonita.

Ella no quería aceptar el halago; aun así, una sonrisa fugaz le cruzó los labios y se apresuró a apartar la mirada. —No, no pensaste eso —dijo—. Pensaste que era una zorra rica y mimada.

—Eso solo lo pensé cuando te dio un ataque porque un mililitro de líquido transparente cayó sobre tu vestido.

—¡No fue un mililitro , fue mucho más, y el vestido solo se puede lavar a mano!

¡Esnob!

—Mmm —murmuró él, divertido.

Ella hizo un gesto para quitarle importancia. —Vale, de acuerdo. En cualquier caso, tengo razón.

—¿En qué?

Ella respiró hondo y le lanzó una mirada irritada porque él no pensaba dejar que se escabullera. —En que la gente solo ve lo que quiere ver. También conmigo. A nadie le interesa lo que hay detrás de la fachada.

Stefano alzó una comisura de los labios. —Bueno, ahora mismo tu fachada está bastante manchada...

Ella se miró y se echó a reír. —Es verdad.

—Que conste: me da igual lo que lleves puesto. Me pareces interesante con cualquier atuendo.

—¿Interesante? —preguntó ella con incredulidad.

¿Yo? ¡¿Por qué?!

No sabía qué decir, qué pensar ni qué sentir.

¿Y por qué de pronto volvían a hablar de ella?

¿Acaso no había ido allí para hablar de él ?

¿De su historia y de los secretos que había por descubrir allí?

Pero Stefano era tan... sincero . Tan abierto y sencillo.

Se limitaba a decir lo que pensaba. Nadie de su círculo de conocidos había hecho nunca algo así.

Se dio la vuelta y contempló el grueso árbol de hoja perenne que tenía delante.

Se le erizó la piel de los antebrazos y cruzó los brazos sobre el pecho.

Stefano se limitó a permanecer en silencio a su lado e irradiaba, en opinión de Cecilia y con cada fibra de su ser, lo en paz que estaba consigo mismo y con su entorno. No dijo nada más ni respondió a su pregunta; simplemente se mantuvo tranquilo. Solo había silencio.

Y, por primera vez en su vida, no pareció importarle.

Le había enseñado sus tierras y su casa.

Por dentro, la casa estaba a la altura de lo que prometía su exterior.

Los muebles eran viejos y estaban desgastados; la mayoría de las habitaciones llevaban años sin utilizarse y, por tanto, estaban cubiertas de polvo.

Las estancias eran oscuras y olían a humedad.

Solo la entrada, la cocina y la biblioteca estaban limpias y resultaban acogedoras.

—Esas eran las únicas habitaciones que utilizaba mi tío durante los últimos años. Dormía en la biblioteca —le había explicado Stefano.

Ahora se encontraban en la bodega. Cecilia contempló maravillada los cerca de cincuenta toneles esparcidos por la lúgubre estancia. —Vaya —dijo.

—Sí.

—¿Cómo...? Quiero decir... —Se dio la vuelta y señaló la carretilla de mano apoyada contra las escaleras—. ¡Tienes una sola carretilla!

—Sí, visto en retrospectiva, mi plan no estaba demasiado bien pensado.

Cecilia se echó a reír. —¿Cuántos viajes tienes que hacer con esa carretilla para llevar todo esto a...? Por cierto, ¿adónde hay que llevarlo?

Él hizo un gesto desdeñoso. —Primero tenemos que subir los toneles.

Cecilia se volvió hacia él y cruzó los brazos sobre el pecho. —Nosotros dos. Con una carretilla. Ya.

—Si yo tiro y tú empujas, será más fácil. Mover los primeros ocho toneles fue todo un ejercicio de equilibrio. Estuve a punto de romperme el cuello.

—Tiene que haber otra entrada —dijo Cecilia mientras miraba a su alrededor—. ¡Seguro que no llevan siglos subiendo toneles de vino por las escaleras!

—No. Había una rampa de acceso. Pero se ha derrumbado.

—¿Cómo dices? —preguntó ella, sobresaltada. Luego miró con desconfianza las vigas de madera que tenía sobre la cabeza y que de pronto parecían muy podridas.

—No te preocupes, aquí no te va a caer nada encima. La entrada está en la parte delantera. Después de que reventara una tubería hace tres años, la pared se humedeció y acabó derrumbándose. Mi tío se limitó a taparla con tablas y pintarla de blanco. —Stefano se echó a reír.

—¿Se limitó a... tapar el hueco con tablas ? —preguntó Cecilia con escepticismo.

—Con tablones de madera. ¿Qué quieres que te diga? Le gustaba improvisar y no tanto preocuparse por si sus acciones eran, ya sabes, sostenibles.

Cecilia se volvió hacia Stefano. —Vale, ¿podrías explicarme otra vez por qué aceptaste esta herencia? Quiero decir, ¡tendrías que invertir millones para que volviera a valer algo!

—No millones —murmuró Stefano, más para sí mismo que para ella—. Quinientos ochenta mil —añadió un poco más alto.

Ella lo miró inquisitivamente. Él se encogió de hombros. —Presupuesto del constructor.

—Ah. Una ganga, entonces.

Él la miró desconcertado unos instantes y luego rompió a reír. —Exacto. Lo pagaré con calderilla. Vamos, empecemos.