Capítulo 12
Dos horas después, estaba de nuevo en el coche.
Las nubes de lluvia por fin se habían despejado y el sol primaveral hacía relucir las plantas empapadas.
El aire parecía desprender vapor y, mientras Cecilia avanzaba por la carretera rural en dirección a Monte Prana , bajó las ventanillas y aspiró los intensos aromas mediterráneos.
Olía a tierra húmeda, hierba verde y cipreses.
Este lugar es increíblemente hermoso.
Su vida en Roma parecía estar a años luz, e incluso Leonardo había quedado relegado a una lejanía remota.
Cecilia había examinado en Google Maps la zona situada al pie de Monte Prana y había encontrado una ubicación con el nombre de Vitti.
Ahora se dejó guiar hasta allí. Abandonó la carretera principal asfaltada y tomó un camino de grava.
A partir de allí, la ruta avanzaba sin prisas y luego ascendía con algo más de pendiente entre colinas cubiertas de vides, hasta que, cinco minutos después, se detuvo ante una antigua finca vinícola.
Bajó del coche, cogió la tableta e hizo unas cuantas fotos.
Después se quedó un momento observando a su alrededor.
La casa parecía destartalada; la fachada blanca se desconchaba en muchos lugares y faltaban algunos ladrillos en la alta chimenea.
También parecía haber varios huecos entre las tejas del tejado.
Aun así, el conjunto resultaba encantador.
Junto a la casa había un pequeño olivar y, frente a ella, un sendero que ya solo era barro y unas cuantas piedras sueltas rodeaba el edificio.
A intervalos regulares crecían cipreses a lo largo del camino, y en el prado contiguo descansaba un viejo arado de madera que parecía digno de un museo.
De hecho, todo aquel lugar parecía casi el decorado de una película antigua.
Un poco misterioso, un poco kitsch, bastante romántico y con un toque de misticismo.
Esta podría ser la historia de mi vida...
Cecilia miró el sendero embarrado y luego examinó con ojo crítico sus bailarinas rosas de piel trenzada. —Bueno —murmuró—. A la fuerza ahorcan. Y echó a andar con decisión.
Sintió cierta pena por los preciosos zapatos, que se hundían hasta la mitad en la tierra enfangada, pero entonces imaginó la expresión de asco que Leonardo sin duda pondría si estuviera allí con ella. Se echó a reír y de pronto se sintió de lo más liberada.
Dobló la esquina e hizo algunas fotos más. Entonces oyó una sarta de maldiciones y se volvió de golpe. Había alguien detrás de la casa.
¿Stefano?
Se detuvo y oyó más improperios. Después algo se estrelló. —¿Qué está pasando? —murmuró, guardó la tableta y siguió el sendero hacia la parte trasera.
Cuando asomó la cabeza por la esquina, la escena que se encontró la dejó bastante atónita.
Allí estaba Stefano, en efecto. Llevaba un mono de trabajo azul con las perneras metidas dentro de unas botas de agua amarillas y llamativas que le llegaban casi hasta las rodillas.
Tenía el pelo mojado y revuelto, y su rostro reflejaba pura desesperación mientras contemplaba el caos a sus pies.
Se encontraba junto a una pequeña camioneta con el portón trasero abierto.
A su lado había una gran carretilla de carga volcada en el suelo.
Junto a ella, un líquido rojo oscuro escapaba de un gran barril de vino y se filtraba en la tierra.
—¡Te he pillado! —exclamó Cecilia con una sonrisa mientras volvía a sacar la tableta y hacía una foto.
Stefano dio un respingo. Ella se acercó riendo, pero, al ver de cerca su rostro sobresaltado, casi conmocionado, se puso seria. —Era una broma —explicó, y volvió a guardar la tableta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él con voz inexpresiva. Todo el color había desaparecido de su rostro.
Cecilia lo observó preocupada. —¿Estás bien?
—¿Qué? Sí. Claro. Por supuesto. —Con cada palabra que pronunciaba, su voz sonaba más firme. Sin embargo, tenía los ojos prácticamente clavados en el barril de vino volcado y se colocó delante de él, como si quisiera ocultarlo—. ¿Qué haces aquí? —preguntó de nuevo, cruzándose de brazos.
—He venido a hacerte una visita sorpresa.
—Eh... —Miró por encima del hombro, casi como si quisiera cerciorarse de que no había nadie más. Después volvió a mirarla—. ¿Cómo sabías que yo...? Bueno, quiero decir, ¿cómo sabías que el viñedo estaba aquí?
—Porque he preguntado —respondió Cecilia.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
Se miraron durante unos instantes. En el ambiente flotaban el desconcierto y cierta tensión cuyas causas Cecilia no acababa de entender. —Y bien, ¿qué estoy interrumpiendo?
—Estoy cambiando la carga. Esto es para... ya sabes. Para venderlo y todo eso.
—Ya veo —dijo Cecilia, observando con curiosidad el barril, del que se filtraban ya los últimos restos de vino tinto—. Qué pena.
—En realidad, no —murmuró Stefano.
—¿Qué?
—¿Qué? —replicó él. Se volvió bruscamente y levantó el barril de vino con gran esfuerzo.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Cecilia, mirando el interior de la pequeña camioneta.
—No.
—Pues parece que te vendría bien un poco de ayuda.
Él estaba de espaldas a ella, y Cecilia lo vio detenerse un momento y dejar caer la cabeza. Después inspiró hondo y se volvió para mirarla. —¿Me haces un favor?
—Puede.
—¿Puedes borrar la foto que acabas de hacer?
Cecilia frunció el ceño y dirigió a Stefano una mirada inquisitiva. Pero, como él no dio más explicaciones, se encogió de hombros, sacó la tableta y borró la foto.
¿Cómo era aquello de ganarse la confianza de las personas cuyas historias queremos contar?
—¿Satisfecho? —preguntó.
—Gracias.
Ahora sí que había despertado su curiosidad. Sin embargo, percibía que Stefano estaba a la defensiva. Encantador y directo, sí. Pero, en lo que a aquello se refería, parecía muy reservado. Flora ya había insinuado algo parecido. Cecilia tendría que esforzarse mucho.
—Entonces, ¿te ayudo? —repitió.
Stefano la observó mientras volvía a guardar la tableta y pareció bastante aliviado. —No me vendría mal.
—Vale. ¿Qué hago?
Él frunció los labios y examinó su jersey. Cecilia se cruzó de brazos. —Tengo la cara un piso más arriba.
Stefano puso los ojos en blanco y la miró casi con lástima. —No te estoy mirando el pecho. Pero...
—¿Sííí?
—¿No vas un poco demasiado arreglada para...? Bueno... —Hizo un gesto amplio con la mano—. ¿Para esto?
—Lo siento, me temo que hoy me he dejado en el hotel el séquito y el equipaje —replicó ella.
Él soltó una carcajada por la nariz. —Eres rápida de reflejos.
—Solo a veces —admitió ella.
—Las suficientes. Vale, ven conmigo.
—¿Adónde?
—Te daré algo para que te lo pongas encima.
Ella vaciló. —Eh...
—Te quedará bien, ¿vale? Es un mono viejo de mi tío. Era bajo y escuchimizado; seguro que te sirve.
Ella lo miró como si acabara de ofrecerle un plato de cucarachas para comer. —No, gracias. Ni hablar de ponerme el mono sucio de un muerto.
Las palabras se le habían escapado sin pensar, y apretó los labios, avergonzada.
¿Podrías ser aún más esnob, Cecilia?
—No te preocupes, no lo llevaba puesto en el ataúd —respondió Stefano con sequedad. Después se echó a reír—. Dios, qué esnob eres —dijo, haciéndose eco de sus propios pensamientos—. Vamos. No quiero que estropees tu modelito de cachemira y tus vaqueros de diseño.
Y, antes de que ella pudiera replicar, hizo un gesto impaciente con la mano y desapareció en el interior de la casa.