Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cecilia habría ido encantada directamente a casa de Stefano.

Sin embargo, entretanto Rosa Davinio había concertado otra entrevista con su redactor jefe, Edoardo.

El propio Edoardo se lo había comunicado cuando ella le envió su nuevo número de móvil.

Y la cita era ahora, en el pueblo, en el segundo ristorante de Rosa Davinio.

Cecilia recorría a toda velocidad la sinuosa carretera rural en su Mini, tan deprisa como permitían la visibilidad y el pavimento resbaladizo.

Se había entretenido hablando con Giampaolo y había perdido por completo la noción del tiempo.

Ahora llegaba tarde y, para colmo, llevaba un conjunto que gritaba «tiempo libre» y no tenía nada de profesional.

Una mujer como Rosa Davinio se daría cuenta casi con toda seguridad y no lo aprobaría.

Cecilia aparcó el Mini en una calle lateral que salía de la piazza , abrió el paraguas, se colocó el bolso y la tableta bajo el brazo y se dirigió a paso ligero hacia el restaurante de Rosa, una pequeña osteria situada en el centro de la piazza .

Varias mesas plegables de madera descansaban apoyadas contra la fachada naranja; el toldo verde oscuro estaba recogido a medias y, por encima, serpenteaba una frondosa planta trepadora.

La puerta de la osteria estaba entornada y Cecilia entró en el pequeño local.

Dentro solo había unas cuantas mesas pequeñas, y el espacio estaba dominado por una cocina grande y abierta, donde Rosa, enfundada en un vestido tubo verde oliva, daba órdenes a un chef con tono áspero.

Cuando reparó en Cecilia, salió de detrás de la barra.

—Siento muchísimo llegar tarde, Rosa —dijo Cecilia, tendiéndole la mano para estrechársela—. La lluvia...

Rosa asintió. —Qué tiempo tan horrible. Sencillamente horrible. Ya va siendo hora de que llegue el verano. Siéntate, por favor.

—Perdona también que venga vestida de manera tan informal, pero se me ha mojado el traje —explicó Cecilia, que ya había advertido una o dos miradas críticas dirigidas hacia sus vaqueros.

—Eso podría pasarle a cualquiera —declaró Rosa con un tono que daba a entender que semejante cosa jamás le ocurriría a ella —. ¿ Un caffè ?

—Sí, por favor. Gracias.

—Mmm.

Rosa pasó junto a la cocina hasta la parte trasera de la osteria y regresó unos minutos después con dos tazas de espresso .

—Edoardo me ha contado que tuviste dificultades con el artículo —comenzó sin más preámbulos—. Por eso quería volver a reunirme contigo. Para aclarar cualquier malentendido.

Estúpida vaca...

—Es muy amable por tu parte, Rosa. Queremos publicar un artículo perfecto que refleje todo lo que representáis tanto tú como tus restaurantes.

—Bien, entonces estamos de acuerdo. Yo... —No pudo continuar, pues la puerta se abrió y una mujer joven, a quien Cecilia también había visto en la boda, entró en la osteria .

—Ah, perdón, ¿interrumpo? —preguntó.

—No. ¿Qué pasa, Mariella?

La mujer saludó a Cecilia con la cabeza y le tendió la mano. —Mariella. Soy la dueña del bistrot de al lado. Estuviste en la boda, ¿verdad?

—Sí.

Cecilia observó a Mariella mientras esta se pasaba una mano por el cabello castaño rojizo, empapado por la lluvia. Tenía la piel pálida y un rostro de muñeca, con los pómulos altos y marcados. No presentaba el aspecto típico de una italiana y resultaba extremadamente difícil calcular su edad.

—Quería preguntarte si también se os ha ido la luz —dijo Mariella.

— No.

Mariella miró a su alrededor y detuvo la vista en la gran lámpara que iluminaba el local. —Mierda.

—Ya te dije que tarde o temprano tendrías que renovar la instalación eléctrica. Pero no quisiste hacerme caso.

—Celio dijo...

Rosa hizo un gesto desdeñoso con la mano y Mariella calló. Después miró hacia la mesa. —Ni siquiera funciona la cafetera...

Rosa suspiró de forma teatral. —¿Quizá pueda ofrecerte yo un café?

—Gracias.

Mariella se sentó con una sonrisa. —De verdad que no pretendía molestarte —le dijo a Cecilia.

—No pasa nada.

Rosa hizo una señal al chef para que trajera otro café. —Todavía no hemos empezado —explicó.

—Ah, sí, tus entrevistas, ¿verdad? —preguntó Mariella.

—Mmm.

Se volvió hacia Cecilia. —¿Cómo funcionan esas cosas?

Cecilia la miró sin comprender. —¿A qué te refieres?

—A conseguir una entrevista en vuestra revista. Sería una publicidad estupenda para nuestro bistrot. El de Celio y mío. Tenemos un concepto superemocionante y...

—¿Hola? —Rosa interrumpió aquel torrente de palabras.

—¿Qué? —preguntó Mariella con expresión inocente.

—Esta es mi cita.

—¡Solo estaba preguntando!

Cecilia percibió una tensión interesante entre ambas y se preguntó qué habría en el ambiente. O qué había habido.

Secretos y más secretos, historias y más historias. Parece que, después de todo, la vida en el campo tiene mucho que ofrecer.

Tomó nota mentalmente y se aclaró la garganta. —¿Lleváis mucho tiempo siendo vecinas? —preguntó.

Las dos mujeres clavaron la mirada en ella. — No —dijo Rosa. Mariella, que estaba a punto de hablar, volvió a cerrar la boca—. Es una immigrata.

—¡Perdona que te diga! —replicó Mariella, indignada—. ¡Desde luego que no soy una forastera! Mi abuela regentó durante décadas el local de al lado.

—Mmm. Era una tienda muy bonita —dijo Rosa con un tono que revelaba que el antiguo negocio le había gustado más que el nuevo bistrot.

Cecilia contempló divertida a las dos mujeres. Aquella disputa le recordaba a un pequeño gallinero y no pudo evitar sonreír. Sacó la tableta y convirtió sus notas mentales en unas cuantas notas reales. Nunca se sabía dónde podían ocultarse más historias. Y, hablando de eso...

—¿Puedo haceros una pregunta rápida antes de que nos centremos en Rosa?

Las dos guardaron silencio y la miraron expectantes.

—¿Conocéis el viñedo rojo?

Mariella negó con la cabeza; Rosa asintió e hizo un vago gesto hacia el este. —El que pertenece a los Vitti, ¿ sì ?

Cecilia asintió.

—No está lejos de aquí. Justo al pie del Monte Prana .

—Ah, ¿sí? Qué interesante. —Cecilia anotó el nombre—. Leí un artículo fascinante sobre él. En una vieja revista de viajes. Y, bueno, cómo decirlo... hasta los forasteros como yo nos damos cuenta de que últimamente la gente habla mucho...

Rosa asintió con entusiasmo. Estaba claro que los cotilleos eran su especialidad.

Dio un sorbo a su espresso y se inclinó un poco hacia delante.

—El viejo Signor Vitti era muy conocido por aquí.

Y no precisamente para bien. Heredó el viñedo de su hermano mayor, que murió muy joven.

Una historia trágica. Los padres de ambos sabían por qué habían dejado el viñedo solo a uno de los hermanos.

Al menor lo compensaron económicamente. Pero luego murió el mayor y el joven acabó haciéndose con él de todos modos.

Ya entonces era un borracho. Siempre lo fue.

Y... ¿qué se puede decir? Se gastó todo el dinero en alcohol, no invirtió nada y estuvo a punto de arruinar el viñedo.

Se decía que poco a poco estaba volviendo a encarrilar las cosas y que había conseguido un gran...

come si dice? Un gran acuerdo. —Hizo un gesto desdeñoso con la mano y volvió a recostarse—. Rumores. Después murió de repente.

—Qué pena lo del viñedo —dijo Cecilia, porque supuso que eso era lo que Rosa quería oír.

—¿Conocías los vinos Vitti? —preguntó.

No.

—Por supuesto.

—Mmm. Mi nonna siempre los bebía. Hace dos generaciones todavía eran vinos excepcionales. Absolutamente nobles. No sé qué pasó después. Probé uno hace mucho tiempo. Quería darle una última alegría a mi nonna en su lecho de muerte. Aquel brebaje sabía a vinagre. —Rosa frunció los labios con asco.

—Interesante... —murmuró Cecilia mientras tomaba más notas.

—¿De verdad? —preguntó Rosa con voz aburrida.

Cecilia le dedicó una sonrisa cálida. —No tanto como tu extraordinaria trayectoria, Rosa. ¿Empezamos?

—Esa era mi señal —dijo Mariella. Apuró el café de un trago, se despidió con la mano y desapareció en el exterior.

Rosa la siguió con la mirada y negó con la cabeza. —Todavía no sé qué ve él en ella —murmuró.

—¿Quién? —preguntó Cecilia.

Ah, sí, antes Mariella dijo algo sobre un tal Celio.

—Nada. Empecemos.

Cecilia asintió y miró a Rosa con interés, mientras sus pensamientos se desviaban hacia viejas vides, oscuros pasados familiares y disputas vecinales.