Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Bueno... sin duda el hotel supuso un... cambio. Pero al menos conoció a Emilia. Deben de estar muy unidos. Al fin y al cabo, fue usted quien la acompañó en el cortejo nupcial.

El rostro arrugado de Giampaolo se iluminó y sus ojos empezaron a brillar tras las gruesas gafas. —En efecto. No tengo nada en contra de Emmi. Solo de todos los huéspedes. —Al pronunciar aquella palabra, su expresión volvió a ensombrecerse y clavó una mirada amenazadora en Cecilia.

—Vamos, seguro que ha conocido a muchas personas encantadoras. A Flora, por ejemplo.

Giampaolo frunció los labios y lanzó a Cecilia una mirada que ella solo pudo interpretar como una advertencia. —Eres reportera, ¿verdad?

—No, soy...

—¿Intentas sacarme información?

—No. O, hablando con propiedad, sí. Pero no sobre su relación.

—¡Yo no tengo ninguna relación! —estalló.

—Las amistades también son relaciones —replicó Cecilia sin inmutarse.

Al fin y al cabo, Emilia ya la había prevenido contra aquel viejo cascarrabias y Cecilia creía haberlo calado bastante bien.

Bastaba con mirarlo para saber que era amable y afectuoso.

Y, a su edad, se había ganado el derecho a pisar callos cuando quisiera y siempre que le divirtiese.

Porque, según sospechaba Cecilia, aquello era lo único que pretendía. Le sonrió.

—¿Qué pasa? —preguntó Giampaolo, al parecer irritado porque ella se negaba a dejarse intimidar.

—Me cae bien.

—Ni siquiera me conoces.

—No hace falta. Me parece usted maravilloso. Por cómo se porta con Emilia. Y con la hermana de Letizia. Y, por supuesto, con Flora. Qué mujer tan fantástica. La admiro muchísimo.

—¡Tampoco conoces a Flora!

—He hablado bastante con ella. ¿No le parece una mujer fantástica?

Giampaolo entornó los ojos. —Que todo el mundo se esté casando por aquí no significa que yo tenga que hacer lo mismo. Uno solo se casa una vez en la vida.

Cecilia frunció el ceño. —¿De qué está hablando? No creo que Flora...

—¡Todas las mujeres quieren eso! Y con toda esta fiebre de bodas que hay aquí...

—¡No es cierto que todas las mujeres quieran eso! —replicó Cecilia, indignada.

De repente, Giampaolo sonrió. —¿He tocado un punto sensible?

—No.

—No estás casada, ¿verdad?

—No.

—¿Divorciada?

—¡No!

—Bien. Eso sería pecado, ¿sabes?

Cecilia puso los ojos en blanco. —En realidad he venido por algo totalmente distinto, signor Rattibaldo.

—¿ Grappa ?

—¿Qué?

—Cada vez que Lollo se presenta aquí, quiere grappa .

Y, cuando aparece Emmi, quiere mi espresso .

—Giampaolo se levantó trabajosamente de la butaca y fue cojeando hacia la cocina, sin dejar de hablar ni un instante—.

Dios sabrá por qué. La cafetera de la cocina del hotel cuesta más que un coche.

Y Flora siempre quiere limoncello . En resumen, cada vez que una de vosotras, las signorine , aparece por mi casa, quiere...

El resto del monólogo se desdibujó en un murmullo ininteligible cuando Giampaolo desapareció en la cocina.

Cecilia lo siguió con la mirada mientras contenía la risa.

Lo oyó trajinar en la cocina y, unos minutos después, regresó con una bandeja de plata que llevaba dos copas, una botella de vino verde oscuro y un plato de cantuccini .

Dejó la bandeja sobre la mesita de centro y volvió a desplomarse en la butaca con un gemido.

Cecilia consultó su reloj de pulsera dorado. —Todavía no son ni las doce del mediodía.

—¿Qué tonterías estás diciendo? —preguntó Giampaolo, que parecía sinceramente irritado.

Cecilia señaló la botella.

—Eso es Vin Santo —explicó el anciano.

Cecilia enarcó las cejas.

—Es un vino dulce toscano —aclaró Giampaolo.

—Sí, ya sé lo que es. Pero todavía no son ni...

Giampaolo desechó su objeción con un gesto, se inclinó hacia delante y señaló con énfasis los cantuccini . —Me quedaban unos cuantos. Hay que mojarlos.

Cecilia sonrió. —Vale. Aunque también se podrían mojar las galletas en café, pero en fin...

Giampaolo se adelantó las gafas y la miró con severidad por encima de los cristales, como si hubiera dicho la mayor insensatez del mundo. —¿Qué eres, una monja? Sirve una copa.

Cecilia obedeció y le entregó a Giampaolo una copa bien llena.

Él cogió una de las galletas de almendra, se la acercó a la nariz, aspiró con expresión de deleite y después la mojó en el vino dulce.

Cecilia hizo lo mismo y, tras el primer bocado, comprendió de inmediato por qué Giampaolo no había servido café.

El intenso aroma del Vin Santo , que evocaba frutos secos, miel y especias, se fundía en perfecta simbiosis con el sabor dulce y almendrado de las galletas.

Cecilia cerró los ojos de placer y se abandonó a aquella experiencia gustativa.

—Delicioso —suspiró antes de dar un sorbo al vino.

—Gracias.

Ella lo miró sorprendida. —¿Los ha hecho usted mismo?

—¿Ves a algún cocinero privado correteando por aquí?

—No.

—Entonces supongo que los habré hecho yo.

Cecilia negó con la cabeza, sonriente, y cogió otra galleta. —Eres un portento, Giampaolo.

—¿Eso es un cumplido?

—Lo es.

—Ah.

Cecilia mojó la siguiente galleta en el vino, la olió y le dio un bocado. Después dijo: —Quería preguntarle una cosa. —Dejó la copa, colocó la galleta a su lado y sacó la revista de viajes de debajo del jersey. Giampaolo le lanzó una mirada desconcertada—. No quería que se mojara —se defendió.

—Ah —repitió Giampaolo mientras vaciaba la copa.

—Aquí hay un artículo sobre un viñedo rojo. También lo llaman viñedo encantado. ¿Lo conoce? ¿Está cerca de aquí?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque me interesa.

Giampaolo la examinó con la mirada. —¿Has venido a causar problemas?

—¿Qué? —preguntó Cecilia, indignada—. ¿Por qué piensa eso?

—Eres reportera.

—Yo no soy...

—Los reporteros causan problemas.

Cecilia respiró hondo. —Muy bien, empecemos desde el principio.

Estoy escribiendo una serie de artículos sobre esta región.

—Aún no era del todo cierto, pero, si publicaban su artículo sobre el restaurante de Rosa y lograba convencer a su redactor jefe con otra pieza interesante, al menos sería el comienzo de una serie—.

Sobre el Piccolo Pavone de la playa, para ser exactos.

Ese es el primer artículo. Y he visto otros lugares preciosos por aquí sobre los que se podría escribir.

Esta región es sencillamente fascinante.

Quiero conocerla mejor. Y seguro que usted tiene infinidad de historias preparadas, ¿verdad?

—Ya tenemos suficientes turistas —replicó Giampaolo con desdén.

—Nadie tiene suficientes turistas. Los turistas traen dinero.

—Los turistas causan problemas.

Cecilia sonrió. —Por lo que a usted respecta, todo el mundo causa problemas.

Vamos, ayúdeme. A ojos de una reportera , usted es una enciclopedia andante.

Y sí, eso es un cumplido. Sabe más, ha visto más y ha vivido más de lo que nadie podría imaginar.

Si algún día ya no está aquí —perdone que sea tan directa—, todas esas historias se perderán.

Ahora todavía tiene la oportunidad de contarlas.

De acuerdo, aquello había sido un poco falto de tacto.

Y, por si fuera poco, también de mal gusto: era como dejar caer en el regazo del viejo Giampaolo un reloj de arena metafórico cuyos granos se agotaban a toda velocidad.

Pero, al fin y al cabo, Giampaolo le había asignado el papel de reportera sensacionalista.

Ella solo le seguía el juego. Además, no tenía la impresión de que Giampaolo apreciase demasiado el tacto.

Y menos aún la clase de tacto hipócrita.

—Está bien —dijo al cabo de un rato—. Hablaré contigo. Pero solo cuando tenga tiempo. Estoy ocupado.

—Por supuesto.

—El cordero asado de mañana no va a cocinarse solo y, si deja de llover, tengo que salir al jardín.

—No lo entretendré.

—Déjame verlo. —Extendió la mano y ella le entregó la revista—. Y sirve otra ronda.

Cecilia asintió, volvió a llenarle la copa y observó cómo leía el artículo por encima. Después él bajó los brazos y dejó la revista sobre su regazo. —¿De verdad no sabes dónde está? —preguntó con tono crítico.

—No. Pero aún no he investigado mucho. He venido directamente a verlo a usted. Sabía perfectamente que sería la persona más indicada para ayudarme.

Giampaolo se inclinó mucho hacia delante y se bajó las grandes gafas hasta la punta de la nariz. La miró con ojo crítico por encima de los cristales. —Aquí los halagos no te servirán de nada.

—Solo digo la verdad.

—Eres muy lista, ¿eh?

—A veces.

Giampaolo gruñó algo ininteligible, pero sus facciones se suavizaron.

—Está bien. El viñedo está cerca de Camaiore —dijo sin volver a referirse a lo que acababan de decir.

Se recostó de nuevo en la butaca—. Pertenecía a Giuseppe Vitti.

Era un auténtico borracho. Una lástima para la buena reputación de la familia.

La bebida lo llevó a la tumba. —Giampaolo negó con la cabeza y, como por llevarle la contraria, alzó la copa hacia Cecilia.

Dio un sorbo, volvió a dejarla y cogió los cantuccini.

—Nadie sabe qué pasará ahora con el viñedo.

—Pero... tendrá que pertenecerle a alguien, ¿no?

Giampaolo asintió. —Sí, así es. Vitti legó toda la finca a su sobrino.

Cecilia aguzó el oído. ¿De verdad había dado con la pista correcta al primer intento? —Dígame, Giampaolo...

—¿Mmm? —respondió él con la boca llena.

—Ese sobrino no se llamará Stefano por casualidad, ¿verdad?