Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cecilia cerró el polvoriento ejemplar de una antigua revista de viajes de los años treinta que había descubierto en la acogedora biblioteca del hotel.

Llevaba dos días sin apenas salir del recinto; solo había ido en coche a Lucca una vez, el lunes después de desayunar, para comprar un móvil nuevo, y había pasado el resto del tiempo sin hacer nada y comiendo.

No recordaba cuándo había disfrutado por última vez del lujo de esa filosofía de vida italiana, el dolce far niente , el placer de no hacer nada.

Probablemente nunca. Leonardo consideraba que no hacer nada era desperdiciar la vida, por lo que las vacaciones con él siempre habían estado sometidas a una planificación estricta.

Y no solo con Leonardo, como ahora empezaba a comprender Cecilia.

Respiró hondo y se preparó para la siguiente revelación.

Durante las últimas cuarenta y ocho horas se había dado cuenta de que existía un motivo por el cual había evitado el silencio toda su vida, de forma más inconsciente que consciente.

Un motivo por el que siempre había huido de él encendiendo la radio o el televisor, o sencillamente abriendo la ventana para dejar que la envolviera el estridente telón de fondo de bocinazos y chirridos de Roma.

Porque así el cerebro se distrae.

Miró a su alrededor y contempló las paredes de piedra, las enormes vigas de madera del techo, las estanterías repletas de libros y el conjunto de muebles de estilo antiguo que se alzaba frente a ella, junto a la chimenea, donde crepitaba un fuego reconfortante.

Aunque solo eran las once de la mañana, los nubarrones negros que ese día cruzaban las colinas toscanas oscurecían el mundo a su alrededor y despojaban al paso del tiempo de toda importancia.

Cecilia estaba acurrucada en su enorme butaca de lectura, escuchando el repiqueteo de la lluvia y el crepitar del fuego, y se preguntaba por qué había pasado los últimos veinte años de su vida saliendo siempre con el mismo tipo de hombre.

Todos habían sido ricos, cultos y arrogantes. Aquella mezcla parecía ejercer un efecto casi adictivo sobre Cecilia. Lo cual no habría supuesto ningún problema si, además, todos aquellos hombres no hubieran sido dominantes.

Y yo se lo permití.

Una y otra vez, se había acomodado en una vida ya hecha y había renunciado a defender sus propios puntos de vista; es más, incluso a formarse sus propios puntos de vista.

—Y justo por eso odio el silencio —murmuró mientras apartaba aquellos pensamientos aleccionadores, volvía a coger la vieja revista de viajes y miraba la portada.

Todos aquellos pensamientos acudían por sí solos. Ella no los invitaba. No los quería.

¡Si quiero reservar un viaje a la tierra del autodescubrimiento, ya lo pediré!

De todos modos, carecía de importancia. Leonardo se había eliminado a sí mismo de su vida. Quizá fuese lo mejor que podía haberle ocurrido. Quizá pudiera empezar de cero, mejorar. Convertirse en una periodista de viajes excelente.

Ser feliz por fin.

Acarició con suavidad la descolorida portada, que mostraba a una italiana ataviada con un traje tradicional compuesto por una túnica blanca y una larga falda plisada de color rojo rubí, con la cabellera oculta bajo un velo de encaje blanco.

Sí, ya era hora de ponerse a trabajar y avivar su fuego periodístico .

Por eso había pasado horas en la biblioteca del hotel.

Y, sin embargo, no acababa de reunir la voluntad necesaria para levantarse de la butaca y sentarse ante el portátil.

En lugar de eso, seguía cautivada por aquella mujer hermosa y de aspecto orgulloso que aparecía en la portada.

—¿Y tú? ¿Hasta qué punto fuiste feliz? —preguntó en voz baja.

—¿Todo bien?

Cecilia se sobresaltó y vio a Emilia de pie en el umbral. Se apresuró a apartar la revista. —Sí, todo bien. ¿No deberías estar de luna de miel?

—¿Justo antes del inicio de la temporada alta? Ni hablar. —Emilia se sentó frente a ella y sonrió—. Todavía hay tranquilidad, pero a partir de la semana que viene lo tenemos todo reservado. Hasta octubre.

—Vaya. Enhorabuena.

—Gracias. Pero sí , después nos iremos de luna de miel.

—¿Qué planes tenéis?

—Supongo que primero volaremos a Alemania.

Mi padre está allí, y la madre de Aurelio...

—Emilia hizo un gesto desdeñoso con la mano, dando a entender a Cecilia que no quería seguir hablando del asunto.

Cecilia ya se había preguntado por qué no había asistido nadie de las familias de los novios—.

De vez en cuando hay que ir a saludar , aunque las relaciones sean... mmm... frías.

Cecilia asintió. —Sé exactamente a qué te refieres.

—Y, siguiendo el lema de primero la obligación y luego la devoción , volaremos de Berlín a las Seychelles.

—¡Qué maravilla! Tenéis que visitar La Digue; cuando la hayáis visto... —Cecilia se interrumpió. No quería parecer una sabelotodo.

Pero Emilia no pareció tomárselo así. Se inclinó hacia delante, interesada. —Has viajado bastante, ¿verdad?

Cecilia se encogió de hombros. —Un poco, sí.

Siempre adonde los hombres querían lucirme en bikini...

—Yo también era así antes. Solo quería verlo todo, trabajar en todas partes: en Londres, en París, en Nueva York...

—Emilia suspiró y, durante una fracción de segundo, pareció abandonarse a recuerdos melancólicos.

Después hizo un gesto amplio—. Entonces llegué aquí y se acabó.

—Se rio feliz, y Cecilia la envidió un poco.

No por lo que había logrado, sino por su estado de ánimo.

—Lo entiendo —dijo por compromiso, aunque en realidad no era cierto.

¿Cómo iba a entenderlo? Nunca había vivido fuera de Roma, nunca había creado ni construido nada, nunca se había arriesgado...

También apartó aquel pensamiento y le enseñó a Emilia la revista de viajes—.

Si no te importa que te lo pregunte, ¿de dónde ha salido esto?

Emilia la cogió de su mano. —¿Este trasto viejo?

Seguramente lo trajo Gianni. —Se rio y negó con la cabeza—.

¿Te lo puedes creer? Poco a poco va trayendo cosas de su casa a mi hotel y cree que no me doy cuenta.

¡Mira! —Señaló un reloj de sobremesa dorado que parecía haber sido secuestrado del castillo del conde Drácula—. ¿Te parece que yo compraría algo así?

Cecilia soltó una risita. —La verdad es que no. ¿Por qué lo hace?

Emilia hizo un gesto con la mano. —¿Para marcar territorio? ¿Una transmisión de bienes en vida? Ni idea.

Cecilia señaló la revista con la cabeza. —He leído un artículo sobre un viñedo rojo. O un viñedo encantado. ¿Sabes dónde está?

Emilia negó con la cabeza. —Nunca he oído hablar de él.

—Se levantó—. Tengo que volver al despacho.

Toma. —Le devolvió la revista a Cecilia—.

Quizá Gianni sepa algo. Puedes preguntárselo; vive justo al lado.

Y, si se pone gruñón, no le hagas caso. Todos sabemos que le encanta charlar.

—Dicho esto, Emilia le guiñó un ojo y salió de la biblioteca.

A Cecilia no le apetecía abandonar su acogedor rincón junto al fuego para salir al frío húmedo.

Pero el trabajo la llamaba y había algo en aquel artículo que no conseguía quitarse de la cabeza.

No sabía por qué, pero, sobre todo gracias a la ayuda de su redactor jefe, Edoardo, había aprendido a escuchar su intuición.

Así que cogió el paraguas más grande que encontró, se metió la vieja revista de viajes bajo el jersey rosa de cachemira y recorrió el sendero pavimentado que llevaba desde la terraza del hotel hasta la propiedad vecina.

Esta estaba rodeada por un muro. El sendero conducía a una entrada enrejada abierta en él.

A su lado, Cecilia leyó un nombre en una placa: Giampaolo Rattibaldo .

Pulsó el timbre situado debajo y esperó.

Al no ocurrir nada, miró por la verja y vio que había luces encendidas en la casa.

—¡Vamos, Giampaolo!

Volvió a llamar. Poco después, la puerta principal se abrió de golpe y el anciano apareció en la terraza cubierta. —¡El hotel está allí ! —bramó—. ¿Es que no tiene ojos en la cara?

—Le ruego que me disculpe por molestarlo, signor Rattibaldo —dijo Cecilia en voz alta para hacerse oír por encima del repiqueteo de la lluvia—. Emilia me ha dicho que podría encontrarlo aquí.

—¿Te ha enviado Emmi? ¿Por qué? Si es por la parrilla rota, solo puedo decir que yo no he tenido nada que ver.

—Eh... no. Soy Cecilia. Nos conocimos en la boda. Escribo para...

—¡Ah, sí! Es verdad. Para Buongustaio .

—Exacto.

—¿Qué quieres?

—Me gustaría preguntarle algo acerca de un artículo antiguo que acabo de leer. ¿Tiene un momento?

—Si no queda más remedio...

Cecilia oyó un zumbido y la verja del jardín se abrió.

Corrió hacia la casita y la observó fugazmente.

Giampaolo vivía en una casa de campo de típico estilo toscano, con una terraza enmarcada por una balaustrada de madera, una chimenea de ladrillo tan alta como la casa y ventanas que llegaban casi hasta el suelo.

La terraza estaba cubierta y daba acceso a un extenso jardín que rodeaba la vivienda por delante y por detrás.

Se limpió los zapatos en la puerta principal y entró.

Dejó fuera el paraguas empapado. Giampaolo cruzó a toda prisa el pequeño salón y se dejó caer en una butaca de lectura no muy distinta de aquella en la que ella acababa de estar sentada.

—¿Por qué te quedas ahí plantada como una estatua? —preguntó.

Cecilia señaló sus zapatos, que se habían mojado pese al paraguas.

—Quítatelos, déjalos ahí, ven y siéntate —dijo el anciano, señalando una silla a su lado.

Cecilia obedeció. Se sentó y miró a su alrededor. Todo era acogedor y estaba reluciente. Se preguntó si Giampaolo tendría a alguien que le limpiase la casa o si lo haría todo él. —Su casa es realmente preciosa —dijo.

—Gracias. Era más bonita cuando no había tanta gente revoloteando por aquí.