Capítulo 9 #2
—Y también bailaste con Aurelio. Bueno, más bien fue él quien bailó contigo, porque para entonces tú ya dabas más tumbos que pasos de baile. Fue entonces cuando me ofrecí a llevarte a casa.
Cecilia abrió de nuevo los ojos como platos y miró horrorizada a Stefano. Él levantó los brazos en un gesto apaciguador. —Te lo repito: soy un caballero y todo eso. Te dejé al cuidado del recepcionista de noche. No te preocupes, nadie vio nada.
Cecilia se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la barra. —Qué vergüenza —murmuró para sí.
—Yo no pondría la cara ahí; no sé si alguna vez limpian de verdad este sitio.
Cecilia se incorporó de golpe. —La gente debe de pensar que estoy como una cabra.
—No lo piensa. A nadie le interesó. Era una boda. Allí los protagonistas son otros. ¿Siempre estás tan ensimismada?
Cecilia se quedó con la boca abierta. Miró indignada a Stefano, incapaz de creer que acabara de decirle aquello. Con toda tranquilidad. Sin rodeos. A la cara.
—¿Perdona? —preguntó. Tenía la boca seca y dio un sorbo a la grappa .
—Te he preguntado si siempre eras tan...
Ella levantó una mano para hacerlo callar. —¿Quién está insultando ahora? —le espetó.
—No era un insulto, sino una pregunta fruto de un interés sincero.
—Pues a mí me ha parecido insultante.
—¿Por qué?
Cecilia abrió la boca y volvió a cerrarla de inmediato al encontrarse con la mirada de Stefano.
No había en ella provocación alguna, ni pullas ni reproches.
Tampoco una exigencia de que no fuera tan dramática .
Solo interés sincero y un atisbo de irritación, porque, al parecer, de verdad no entendía qué había tenido de insultante su pregunta, formulada con toda seriedad.
Ella negó con la cabeza y dio otro sorbo a su grappa . —Prueba esto. Está buenísimo.
—No soy muy bebedor —dijo él, aunque hizo lo que le pedía—. Mmm. Sí, está bueno. Arde como el demonio.
—Es lo normal en las bebidas espirituosas.
Además, eso no es verdad. Esta no arde en absoluto.
Está hecha con uvas Sangiovese y ha envejecido en barrica.
Por eso es intensa, afrutada y elegante.
Solo tienes que... —Se interrumpió—. No soy en absoluto una bebedora profesional.
Escribo para una revista de gastronomía y viajes.
—Ah. Me lo estaba preguntando.
Ella lo miró interrogante. Él se encogió de hombros e hizo un gesto amplio que parecía querer abarcar todo el bar, o quizá la localidad entera.
—Estás aquí. Estás informada. Te has integrado, aunque no seas de la zona.
Y luego recitas datos sobre bebidas alcohólicas como quien recita el abecedario. Pero supongo que tu trabajo lo explica.
Cecilia no tenía muy claro qué había querido decir con aquella última frase, sobre todo porque la había pronunciado con un matiz que no lograba identificar. Así que pasó a la ofensiva. —¿Y tú a qué te dedicas? Hasta ahora, quiero decir.
Él se encogió de hombros. —A esto y a aquello.
—A menos que seas espía, esa respuesta te hace mucho menos misterioso de lo que quizá creas —replicó ella.
Él soltó una carcajada. —No pretendía hacerme el misterioso. No soy esa clase de tío.
Ella lo miró de soslayo y decidió que lo creía sin ninguna duda. Entonces él prosiguió: —He trabajado de camarero, de cartero, en la recepción de tres hoteles y medio, como peluquero canino en Florencia —sí, allí hay mercado para eso— y, más recientemente, como barista aquí, en el Lido.
Ella se volvió hacia él y lo miró ahora con curiosidad manifiesta.
Allí estaba, culpándose y preocupándose a partes iguales por un único cambio profesional en su vida, y entonces conocía al señor Superdespreocupado, que había dejado atrás mil trabajos y, a todas luces, no lo consideraba ni remotamente preocupante.
—¿Tres hoteles y medio? —fue lo único que consiguió responder ante aquella lista.
—Uno era una pensión ilegal en el patio trasero de la casa de una vieja nonna . Fue mi trabajo favorito.
—Claro, ¿cuál iba a ser si no? —Ella negó con la cabeza. En respuesta, él le dedicó una amplia sonrisa de atento servidor. Cecilia aceptó encantada la invitación—. ¿Puedo preguntarte otra cosa?
Él hizo un gesto para animarla. —Igualdad de derechos para todos.
—No sé qué se supone que significa eso, pero vale. ¿Por qué todo el mundo cuchichea sobre ti?
Stefano soltó una risa bufante e hizo girar entre las manos su copa de grappa . —Así que nosotros también podemos ser directos, ¿no?
—A veces.
—Qué refrescante. Muy bien, pues... Mi tío era muy conocido aquí. Murió y yo acepté su herencia. Todo Camaiore parece estar en ascuas, como en una película de Hollywood, por ver cómo voy a gestionar el asunto.
Cecilia recordó los cotilleos de Flora y volvió a sentir unas chispas de curiosidad recorriéndole el cuerpo, como su propia interpretación personal del fuego periodístico de Edoardo.
Se rumorea que hay unas cuantas cosas que no salieron del todo bien.
También había dicho algo sobre deudas. Cecilia observó a Stefano, que tenía más aspecto de dueño de una tienda de cómics que de alguien capaz de gestionar un viñedo. Y, por lo visto, todo Camaiore opinaba lo mismo, según acababa de contar Stefano.
—¿Por qué? —preguntó.
—¿Por qué... qué?
—¿Por qué aceptaste la herencia?
—Porque era lo que quería mi tío.
—¿Eso es todo? —preguntó Cecilia con escepticismo, intuyendo que desde luego no era así.
Fuego periodístico combinado con instinto periodístico.
—Es lo único que me importaba —respondió Stefano, y dio un largo trago a su grappa.
De pronto parecía tan serio y pensativo que Cecilia quiso disculparse, pero entonces Stefano volvió a esbozar una amplia sonrisa y se volvió hacia ella. —Me toca.
—¿El qué?
—Igualdad de derechos para todos. Me toca hacer una pregunta.
—Ah. Eh... vale.
Por favor, que no pregunte por el móvil, por favor, que no pregunte por...
—El teléfono móvil. ¿A qué vino todo aquello? —Brindó con ella y sonrió para darle ánimos.
Cecilia suspiró. —Es una larga historia.
—Tengo tiempo. Aunque preferiría pasarlo con un diálogo menos tópico que el que estamos manteniendo ahora mismo.
—Está bien. Es... complicado.
—No parecía complicado.
Cecilia también dio un sorbo a su grappa y reflexionó.
En realidad, no le molestaba que Stefano le preguntara aquello.
Solo quería hablar con ella. Al fin y al cabo, ella también le había hecho preguntas indiscretas y tenía intención de ampliar esa lista de preguntas para Stefano en un futuro próximo.
Por tanto, si quería escuchar su historia, tenía sentido establecer con él cierto grado de confianza.
Por desgracia, no sabía muy bien cuál era la respuesta a su pregunta. —No lo sé —dijo con sinceridad.
—No sabes... ¿ qué exactamente?
—Por qué me dio aquel ataque de ira. No suelo ser así. Y no estaba borracha ni nada por el estilo. Bueno, al menos todavía no. Había tenido... una discusión... con mi novio.
Cecilia decidió que esa versión de la verdad tendría que bastar.
Ni siquiera ella sabía qué pensar de todo aquello.
¿Cómo iba entonces a explicárselo a un desconocido?
Y, después de todo, Leonardo sí había llamado después de enviarle aquel mensaje.
Quizá quisiera disculparse. Quizá le hubiera entrado el pánico. Quizá...
... ¡y qué puñetas importa!
—Mmm —oyó decir a Stefano a su lado, y lo miró interrogante—. Tienes una cara muy expresiva.
—Eh... gracias.
—No era un cumplido, solo una observación. De verdad, es como si se pudieran leer tus pensamientos en cada poro. Fascinante.
Cecilia frunció el ceño y miró a Stefano con los ojos entornados. Sabía que no se le daba precisamente bien mantener una cara de póquer , pero hasta entonces nadie lo había considerado fascinante.
—Y ahí vuelve a quedarse expresivamente callada —declaró Stefano, brindando una vez más con ella—. No todo el mundo sabe hacer eso.
—¿Quedarme expresivamente callada? Ni siquiera sé qué se supone que significa eso.
Él se encogió de hombros. —Si una discusión con tu novio hace que estampes el móvil contra la pared más cercana, o bien vuestra relación tiene un problema grave o bien tú tienes un problema de agresividad incontrolable.
—¿Y? ¿Ahora te preguntas, fascinado, cuál de las dos opciones es?
—Sinceramente, sí.
Cecilia soltó un bufido y apuró su copa.
No sabía cómo había acabado metida en aquella conversación, y aún menos sabía qué pensar de ella.
Las miradas de Stefano eran... penetrantes.
Era como estar sentada frente a una máquina de rayos X.
Y lo verdaderamente irritante era que ni siquiera parecía hacerlo a propósito.
No quería interrogarla, ni ligar con ella ni provocarla. Solo quería hablar. Con ella.
¿Qué cosas interesantes puedo contar yo sobre mí misma?
Tragó saliva, se levantó y rebuscó el monedero en el bolso. —Debería irme.
—Vale.
Ella alzó la vista sorprendida. ¿Qué había esperado? ¿Que se lo rogara? ¿Que le suplicara? ¿Que le pidiera educadamente que, por favor, se quedara un poco más?
Sí. Exactamente eso.
Pero Stefano no era así, se dio cuenta. Ni remotamente. Parecía la clase de hombre que solo hacía lo que consideraba correcto, solo decía lo que pensaba y solo pedía las cosas que deseaba de verdad.
—Responde a otra pregunta sobre ti —lo instó, incapaz de apartar la mirada de él.
—¿Cuál?
Y entonces, casi por primera vez en su vida, expresó exactamente lo que estaba pensando. —Solo haces lo que consideras correcto, solo dices lo que piensas y solo pides las cosas que deseas de verdad. ¿Verdadero o falso?
Él ladeó la cabeza y la observó pensativo durante un instante. Después, sus labios se curvaron en un atisbo de sonrisa. —Verdadero.
Cecilia asintió, dejó el dinero sobre la barra y desapareció. Solo cuando estuvo fuera se permitió devolverle la sonrisa.