Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

Cecilia tampoco tenía muy claro por qué había acabado en un bar.

Teniendo en cuenta las indirectas de Flora y Letizia, probablemente habría sido mejor retirarse a su habitación del hotel con una botella de agua.

Sin embargo, la idea de encontrarse sola en medio de todo aquel silencio la agobiaba.

Después de la deslumbrante fiesta de la noche anterior y del caos emocional que había desatado en ella el mensaje de Leonardo, la habitación del hotel se le antojaba la viva imagen de la soledad.

Y si había algo que a Cecilia se le daba aún peor que admitir sus errores, era estar sola.

Así que había llamado a un taxi y había ido desde la osteria de Letizia hasta el Lido.

A diferencia de la tranquilidad del pueblo enclavado entre los viñedos, allí abajo, en el Lido , ya había más movimiento, pese a ser temporada baja.

El paseo marítimo estaba profusamente iluminado, las palmeras se mecían con suavidad al viento y de uno o dos bares llegaba música tenue.

Cecilia había paseado un rato de un lado a otro y luego se había decidido por un bar pequeño y de luz tenue situado en una callejuela no muy lejos del restaurante de Rosa.

Fuera, varios caballeros mayores bebían amari , fumaban y filosofaban sobre la vida.

Se sentó a la barra, pidió una copa de vino tinto y saboreó el aterciopelado vino de la casa mientras escuchaba viejas canciones populares italianas que sonaban suavemente por los altavoces y observaba el local.

Todo cuanto podía estar revestido de madera lo estaba y, además de los pocos taburetes de la barra, en la pequeña sala había un puñado de mesas altas y tres acogedoras mesas en sendos reservados.

De las paredes colgaban carteles en blanco y negro de Frank Sinatra, Dean Martin, Sophia Loren y Silvana Pampanini; en los rincones se alzaban estanterías caóticamente atiborradas de libros y, detrás de la barra, había una balda llena hasta los topes de innumerables variedades de amari y grappa .

Leonardo habría odiado aquel sitio.

Era demasiado anticuado, demasiado oscuro, no lo bastante moderno. Casi podía oírlo refunfuñar porque en la carta no había martinis de espresso , y ella habría insistido en que intentara divertirse de todos modos.

No seas tan dramático...

Sí, habría odiado aquel sitio.

¿Y yo?

Cecilia se volvió y buscó la respuesta en su interior. Le gustaba. Le gustaban aquel aire antiguo y acogedor y el hecho de poder pedir un vino tinto sin que le preguntaran cuál quería, para acto seguido tener que rebuscar en una carta de vinos de cuatro kilos.

—¿Otra copa para usted , signora ? —preguntó el camarero.

—Por favor.

¿Y qué?

Al fin y al cabo, estaba de vacaciones. Podía hacer lo que le apeteciera y, por primera vez en su vida, no había ningún hombre sentado a su lado diciéndole qué hacer y cómo hacerlo. Era agradable. Incluso resultaba bastante embriagad...

La puerta se abrió y Cecilia abrió mucho los ojos.

—¡Stefano! —exclamó encantado el camarero a espaldas de Cecilia; salió de detrás de la barra, le plantó bruscamente en la mano la copa de vino recién llenada y estrechó a Stefano en un abrazo efusivo.

Este le lanzó a Cecilia una mirada suplicante y luego palmeó con resignación la ancha espalda del camarero.

— Mi dispiace, che se ne sia andato. Pero murió sin dolor, espero.

—Sí, eh... Gracias.

El camarero arrastró a Stefano hasta la barra, lo instaló en un taburete y apenas le dio ocasión de dedicarle a Cecilia un breve saludo con la cabeza antes de interponerse entre ambos y ponerle en la mano un vaso lleno hasta el borde de un líquido marrón oscuro. —Por tu tío, mio amico. Salute.

— Salute —murmuró Stefano. Probó la bebida e hizo una mueca.

El camarero soltó una sonora carcajada y le dio una fuerte palmada en la espalda. —Todavía tienes que practicar un poco, ¿eh, piccolo mio ?

—Mmm.

Cecilia quiso rescatar a Stefano de aquel apuro y señaló su vaso. —¿Qué delicia estás bebiendo?

Ambos volvieron la cabeza hacia ella. El camarero la miró con recelo; Stefano, con gratitud. — Lucano —respondió escuetamente el camarero.

—Mmm —hizo Cecilia, frunciendo los labios como si estuviera sopesando qué opinión le merecía.

—¿Cómo que «mmm»? —preguntó el camarero—. Era el amaro favorito de su tío. Venía a beberlo aquí casi todos los días.

—Litros y litros —añadió Stefano en voz baja mientras daba otro sorbo con una expresión de evidente asco.

—Pero seguro que tiene algo mejor para mí, ¿verdad? —preguntó Cecilia, imitando a la pija estirada de ciudad que sin duda el camarero veía en ella.

—¿Como qué?

Cecilia paseó la mirada con gran concentración por las etiquetas de las numerosas botellas apiladas detrás de la barra. —Mmmm...

—¿No hay nada que le guste? No tengo cócteles de color rosa, si es eso lo que busca.

Cecilia hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Pensaba más bien en una grappa . Algo con cuerpo.

Pero de una buena añada. ¿Una Altesino , quizá?

¿Envejecida en barrica? ¿Preferiblemente una riserva ?

Seguro que tiene alguna joya escondida por ahí abajo, en la bodega, ¿verdad?

Quiero decir, estamos prácticamente en el corazón de la Toscana, así que doy por hecho que...

—¡Está bien, está bien, iré a mirar!

El camarero se alejó dando fuertes pisotones y Cecilia sonrió a Stefano. —Gracias —murmuró él mientras rodeaba la barra y vertía el Lucano por el fregadero.

—¡Eh, yo me lo habría bebido! —protestó Cecilia.

—¿ ¡Eso! —preguntó Stefano, horrorizado—. Sabe a regaliz destilado con champú de hierbas.

—¡Es un amaro excelente!

—No, gracias. —Volvió a sentarse—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar durmiendo para que se te pase la resaca?

Cecilia bebió un sorbo de vino tinto y fulminó a Stefano con una mirada glacial.

La música de los altavoces se interrumpió un momento y oyó susurros procedentes de una de las mesas de los reservados.

Miró hacia allí y vio que la pareja mayor que ocupaba la mesa señalaba a Stefano y que, al darse cuenta de que Cecilia los miraba, ambos apartaban la vista a toda prisa.

Suspiró y les dio la espalda. —Acabo de pedir una botella de grappa que cuesta bastante más de cien euros para evitar que escupieras en la barra como un niño pequeño. Sé agradecido.

—Ya habría encontrado la forma de tirarlo.

—Tú mismo. —Dio otro sorbo al vino tinto y miró a Stefano de reojo.

Aquel día parecía aún más joven e ingenuo que el anterior, probablemente porque no llevaba traje, sino unos pantalones cortos azul intenso y una camiseta azul grisácea con motivos estampados—. ¿Cuántos años tienes? —soltó de pronto.

Él la miró desconcertado. —Treinta y cuatro. ¿Por qué?

—Pareces más joven.

—¿Por qué algo que en boca de cualquiera sería un cumplido suena como un insulto cuando lo dices tú?

Ella se encogió de hombros y miró su camiseta.

—¡Es de Etro! —dijo él, casi indignado.

—¿Perdona? —preguntó Cecilia, perpleja.

—¡Etro! Una casa de moda milanesa. Famosa por sus estampados de cachemira. Nunca se me habría ocurrido que tendría que explicarte algo así precisamente a ti .

—¿Te interesa la moda?

Él la estudió con los ojos entornados. —Esa pregunta también suena a insulto.

—¡No! —se apresuró a decir Cecilia—. Es solo que...

—¿Sí?

—Nada.

No sabía qué le resultaba más desconcertante: tener sentado a su lado en un bar a un hombre que no llevaba un traje de Armani o tener sentado a su lado a un hombre capaz no solo de reconocer, sino también de apreciar el valor estilístico de un estampado de cachemira.

Imaginó a Leonardo con aquel atuendo colorido y moderno y estuvo a punto de echarse a reír.

En Stefano, en cambio, no resultaba ridículo en absoluto.

Le sentaba bien. De hecho, parecía recién salido de una revista de moda.

No llevaba las gafas y sus ojos eran del mismo color que el estampado de la camiseta.

Me pregunto si lo sabrá.

—¡Aquí está! —El camarero arrancó a Cecilia de sus pensamientos y dejó una botella polvorienta delante de ella—. Pruebe esto. Prepárese.

—Lo haré. Gracias. —Miró a Stefano—. ¿Una copa para probarla tú también?

—Claro, ¿por qué no? Supongo que debería empezar a familiarizarme con estas cosas, ¿no?

Cecilia observó al camarero mientras descorchaba la botella. —¿Por qué? —preguntó—. ¿A qué te dedicabas antes de heredar la bodega?

Sintió que la mirada de Stefano prácticamente le perforaba la mejilla y se puso colorada. —¡Eh...! —Lo miró de reojo.

Stefano arqueó las cejas con gesto interrogante.

Vaya.

Se aclaró la garganta. —La gente... habla —susurró con la mirada fija en la botella—. Lo siento —añadió.

Él se encogió de hombros. —No es ningún secreto. Solo que no sabía que estuvieras tan bien informada.

El camarero llenó tres copas, brindó con ellos, se bebió su grappa de un trago y se marchó meneando la cabeza mientras mascullaba algo sobre mujeres cotillas .

—Seguro que acabaremos siendo íntimos amigos —comentó Cecilia con sequedad mientras lo veía alejarse.

—Déjalo. Está disgustado. Acaba de morir su mejor cliente.

Stefano cogió su copa y la olió. —¿Qué se supone que es esto?

— Grappa. De la destilería Altesino. Toscana.

En la provincia de Grosseto hay... —Se interrumpió y miró a Stefano de reojo—.

No soy una bebedora profesional, por si lo estabas pensando.

Aunque supongo que cuesta creerlo después del espectáculo que di ayer.

Y hablando de eso: ¿qué ocurrió exactamente ayer?

Stefano sonrió de oreja a oreja. —¿De verdad quieres saberlo?

Cecilia cerró los ojos y negó con la cabeza. —No. Retiro la pregunta.

—Solo estoy tomándote el pelo. Estuviste muy graciosa. Casi encantadora. Bailamos.

—¿¡ Nosotros !?

—Sí. ¡Eh! Tú me lo has preguntado. Soy un caballero.

—Ya veo.

—También bailaste con Giampaolo, pero se os veía bastante tiesos; para ser sincero, Flora y yo temimos por un momento que se rompiera una cadera o algo así.

—Ay, Dios...