Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cuantos más minutos pasaban mientras permanecía sentada en el silencio y la creciente penumbra de su habitación de hotel, con la mirada fija en la pantalla negra que tenía delante, peor se sentía Cecilia.

¿Qué demonios le pasaba? ¡Siempre hacía lo mismo!

Era incapaz de admitir una debilidad y prefería recurrir a mentiras piadosas y lágrimas de cocodrilo.

¿Y tú quieres ser una mujer fuerte e independiente?

Pensó en Flora y volvió a sentir que jamás podría compararse con ella. Y Flora Donzeppi ni siquiera parecía tener que esforzarse. ¿Por qué tenía constantemente la sensación de ir a la zaga de todos los demás?

Porque todos los hombres de mi vida me han metido en la cabeza que ser discreta es la clave del éxito.

El éxito de conseguir un buen partido y representar después el papel de esposa abnegada. Nunca se había hablado de ninguna otra clase de éxito.

Cecilia suspiró, preguntándose si debía sincerarse con Edoardo. Se sentía fatal por haberse aprovechado de su compasión. Por otra parte, no alcanzaba a imaginar cómo reaccionaría Edoardo ante semejante aclaración...

Mejor no.

Al fin y al cabo, le había dado una segunda oportunidad. Una segunda y una tercera, para ser exactos. ¿Acaso no había insinuado que debía escribirle un artículo sensacional en cuanto se encontrase mejor? ¿Y que, hasta entonces, podía tomarse unos días de vacaciones?

Cecilia se levantó y miró a su alrededor por la habitación del hotel. Había lugares peores donde recuperarse.

O lo que sea que estoy haciendo ahora mismo.

Sonrió, entró en el cuarto de baño, se retocó el maquillaje, cogió el bolso y salió.

Siguiendo el buen ejemplo de Giampaolo, fue andando hasta el pueblo.

Por la noche aún hacía bastante fresco, pero el aire puro le sentó bien y le despejó la mente.

No, no volvería arrastrándose ante Edoardo para confesar que, sencillamente, no había estado a la altura.

Se «disculparía» de otra manera. Reuniría todas sus fuerzas y su creatividad y le entregaría la historia del milenio.

Bueno, quizá aquello fuera poner el listón un poco alto. Pero le demostraría que tenía lo que había que tener.

Y también a todos los demás.

Cecilia se dirigió al restaurante de Letizia, la Osteria La Pieve.

Quería darle las gracias a Letizia, que, en efecto, le había devuelto el Mini.

Entró en la piazza ovalada, que, a diferencia de la noche anterior, parecía dormitar plácidamente bajo la tenue luz de las farolas, y contempló la gran iglesia, cuya torre dominaba la piazza .

Justo enfrente estaba la osteria de Letizia.

Ocupaba la planta baja de una casa típica toscana, con la fachada un poco desconchada, contraventanas verde oscuro y jardineras en las que empezaban a brotar los primeros plantones.

Delante de la casa había unas cuantas mesas pequeñas cubiertas con manteles de cuadros, todas ocupadas.

También había varias mesas ocupadas en el interior, y Cecilia se preguntó si sería el momento adecuado para molestar a Letizia mientras trabajaba.

Pero esta ya la había visto y la saludó alegremente con la mano. Cecilia entró en el restaurante.

—Espero no molestar —dijo Cecilia, mirando a su alrededor.

—Oh, no. Mi marido, Andrea, y mi hijo mayor lo tienen todo bajo control. De todos modos, casi todos han terminado ya de comer. Ven, siéntate. ¿Te traigo algo? ¿Sabes qué? Vamos a tutearnos. Llámame Letizia y yo te llamaré Cecilia, ¿de acuerdo? Tantas formalidades aquí no pegan nada.

Cecilia sonrió agradecida y ni siquiera tuvo tiempo de contestar antes de que la condujeran hasta una mesa de un rincón y un chico de unos catorce o quince años llevara una cesta de pan, cubiertos y una jarra de barro que contenía, según sospechaba Cecilia, el vino di casa .

— Grazie , Marco —dijo Letizia, haciendo un gesto al chico para que se marchara—. Mi hijo mayor —le explicó orgullosa a Cecilia—. Ahora ayuda de vez en cuando. No sé si algún día querrá hacerse cargo de la osteria . Espero que alguno de los dos lo haga.

—¿Cómo se llama tu otro hijo?

—Rocco. Prefiere jugar a videojuegos antes que ayudar —Letizia rio alegremente—. Está arriba con un amigo del colegio.

—¿Tú también heredaste el local?

—No, soy más o menos la generación numero uno en el negocio de las osteria . Me apasiona cocinar, y Andrea dijo que debíamos probar suerte. ¡Qué jóvenes éramos entonces! Nos conocimos en el colegio y estábamos muy enamorados. La mayor parte del tiempo, todavía lo estamos —Letizia le guiñó un ojo.

—Entonces, ¿cuánto tiempo lleváis casados?

Letizia hizo un gesto desdeñoso con la mano. —No me preguntes eso, o tendría que revelar mi edad.

—No aparentas más de treinta —dijo Cecilia, devolviéndole el guiño.

Letizia soltó una sonora carcajada. —Ay, ojalá fuera verdad. Tengo dos hijos adolescentes, como has podido comprobar. Te dejo calcular la edad mínima que debo de tener.

—Mantengo mi estimación inicial —dijo Cecilia con una sonrisa, y recibió otra sonrisa agradecida a cambio.

Entonces Letizia se levantó de un salto. —Voy a traerte algo de comer. Aún no has cenado, ¿verdad?

—No, todavía no. He estado trabajando todo el día. En realidad, solo quería darte las gracias. Por el coche.

Letizia le quitó importancia con un ademán y, antes de que Cecilia pudiera añadir más palabras de agradecimiento, ya había desaparecido en la cocina. Poco después, tenía delante una fuente de antipasti lo bastante grande para alimentar a una familia de cinco miembros.

—Guau —dijo Cecilia.

—No digas eso, no ha sido ninguna molestia.

Casi todo sobró de ayer. ¡Pero aun así está delicioso!

Por supuesto, me aseguro de que... —Cecilia levantó una mano, al advertir que Letizia estaba a punto de justificarse, avergonzada, por servir comida «vieja»—.

De verdad, Letizia. Gracias. No sé muy bien qué decir.

Aquí todo el mundo es increíblemente amable y...

—Se interrumpió al notar que se le formaba un nudo en la garganta.

Ni siquiera sabía por qué. Allí todo resultaba tan agradable, cálido y familiar...

Eran cosas que apenas había conocido en su propio hogar—.

Gracias —añadió en voz baja, y cogió el tenedor.

Letizia alargó el brazo por encima de la mesa y le dio unas breves palmaditas en el dorso de la mano, pero tuvo el tacto suficiente para no decir nada.

—Te he puesto algunas verduras a la parrilla en el plato y, por supuesto, un poco de insalata di polpo.

Giampaolo se oponía porque no es un plato típico de la Toscana, pero yo no soy tan tradicional.

Si está rico, se sirve. Y la receta es de mi nonna .

Se casó con un hombre de Puglia , y él aportó a nuestra familia unas recetas de pescado realmente maravillosas.

—El alegre monólogo de Letizia envolvió a Cecilia como una nube rosada y, durante unos instantes, se sintió más feliz y segura que en mucho tiempo.

La sensación se intensificó al probar la deliciosa ensalada del entrante.

Durante el banquete de bodas apenas había podido prestar atención a la comida, algo que ahora comprendía que era prácticamente un delito.

—Guau, es... diferente.

Letizia la miró desconcertada, con una expresión casi asustada. —¿No está bueno?

—¡Al contrario! ¡Está divino! Es que... nunca lo había probado preparado así.

—Oh, me alegro. Sobre todo viniendo de una crítica gastronómica.

—No soy crítica gastronómica.

—Bueno, algo parecido. Como te decía, es una insalata di polpo alla pugliese .

Muy fresca, muy sencilla. Con unas cuantas zanahorias, hierbas frescas, mucho zumo de limón recién exprimido para darle acidez y, lo más importante, guindillas.

La gente subestima la importancia del picante para las papilas gustativas.

Y también le he picado una buena cantidad de ajo.

Así que, si tienes pensado besar a alguien hoy, considérate advertida.

—Letizia sonrió, miró a su alrededor, hizo una seña a su hijo para que recogiera una mesa y después observó a Cecilia con una satisfacción casi dichosa mientras esta daba buena cuenta de los antipasti .

—Espero que aún tengas hambre —dijo Letizia al cabo de unos minutos—. Ha sobrado cordero de ayer. Y he...

Cecilia levantó una mano. —¡Letizia! —rio—. Por favor, deja de intentar cebarme. Puedes hacerlo con tu familia y tus amigos, pero yo tendré que volver a Roma tarde o temprano. Y ni se te ocurra preguntar qué se dice en mis círculos si apareces con tres kilos de más en las caderas.

Letizia puso una expresión tan consternada como si Cecilia acabara de informarle de que su querida mascota había muerto. —Era una broma —añadió esta, por tanto.

—No lo creo. Roma. ¡Bah!

Cecilia soltó una carcajada al oír la misma reacción que ya había tenido Giampaolo.

— Che c’è ? —preguntó Letizia.

—Nada, es solo que... Está claro que ninguno de vosotros es muy urbanita.

—¿Quién querría vivir en un lugar donde hay ruido y ajetreo a todas horas, donde todo es anónimo e impersonal y el aire está lleno de gases de escape? No, grazie!

Cecilia dedicó a Letizia una amplia sonrisa, ante lo cual esta se sobresaltó y levantó las manos a modo de disculpa. — Senza offesa .

—No pasa nada. No a todo el mundo tiene por qué gustarle la gran ciudad.

—Y a ti... ¿te gusta vivir allí?

—Hasta ahora, sí.

—¿Hasta ahora?

Las dos se miraron en silencio durante unos instantes. Cecilia no sabía por qué había dicho eso. Ni por qué lo había dicho de aquella manera . Por supuesto que adoraba su vida en Roma.

Hasta ahora.

¡Otra vez! ¿De dónde había salido de repente aquel pensamiento?

Jamás, ni por un solo segundo, se había planteado querer vivir en otro sitio.

Era una urbanita de los pies a la cabeza.

Sí, también le encantaban el campo, la naturaleza, el silencio y el entorno idílico.

A veces. Durante escapadas y excursiones breves.

Pero no podía imaginarse viviendo en ningún otro lugar, fuera de los límites de aquella ciudad caótica, palpitante y eterna, aquella Città Eterna.

—Me encanta vivir en Roma —afirmó Cecilia, aunque Letizia no había dicho nada.

—Hum —fue la respuesta poco convencida.

—La cultura, los restaurantes, la Fontana di Trevi , el... Vaticano.

¿Qué?

— Cosa? —preguntó Letizia, mirándola desconcertada.

—Nada. Solo quiero decir que... es estupenda.

— Sì, certo, come no... —Entonces Letizia le dedicó una gran sonrisa—. Eres joven. Seguro que te gusta salir. Espero que no te aburras con nosotros.

—No, a veces me gusta bastante la tranquilidad.

—Sí. Bueno, si te apetece salir, tendrás que bajar al lido. Hay miles de bares en el paseo marítimo. Para los turisti. Ya sabes cómo son...

—Sí, ya veremos. Hoy estoy bastante cansada. Lo de ayer fue... —Se aclaró la garganta y bajó la vista hacia el plato, que estaba casi completamente vacío—. Gracias de nuevo por lo del coche —añadió en voz baja.

—Oh, no tienes que darme las gracias. Y no te preocupes: no hiciste nada que yo no hubiera hecho de joven. —Empleando exactamente las mismas palabras que Flora le había dicho a Cecilia, Letizia se levantó de un salto, le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro y regresó a la cocina.

Cecilia la observó alejarse con la boca abierta, sin saber si quería echarse a reír o que se la tragara la tierra.