Capítulo 7
—Solo tú podías conseguir algo así, Cecilia —dijo Edoardo, su redactor jefe, cuando por fin logró conectarse a la videollamada con la contraseña correcta.
Se había pasado el día entero escribiendo el artículo; impulsada por una electrizante mezcla de cafeína y frustración, había entrado en un estado de concentración absoluta y había enviado el texto al caer la tarde.
Tenía buenas vibraciones, a pesar de que Edoardo era un redactor jefe meticuloso y bastante estricto que no esperaba de su equipo nada menos que una excelencia creativa constante.
Le dedicó una amplia sonrisa, dando por sentado que se refería a su artículo.
—Gracias —dijo con orgullo.
—¿Gracias por qué?
Estaba a punto de responder con un convencido «Por el cumplido», pero la expresión de Edoardo le hizo ver que se había equivocado de medio a medio. —Nada —dijo enseguida, indicándole con un gesto que continuara.
—¿Cómo puede alguien dejar caer el móvil al suelo y hacerlo añicos por completo? ¿Desde dónde lo tiraste? ¿Desde la montaña más alta que encontraste?
—No... Lo siento, de verdad. Descuéntamelo del sueldo.
—No se trata de eso. ¡Siempre os estoy diciendo que les pongáis fundas protectoras a esos trastos!
Cecilia odiaba aquellas fundas. Eran aparatosas, siempre le parecían un tanto mugrientas y la obligaban a encoger los dedos constantemente para escribir y deslizar el dedo por el protector de pantalla.
Además, ninguna funda del mundo habría resistido la fuerza desatada por su ataque de ira. Pero eso no podía contárselo a Edoardo.
—Sí, claro. Lo siento.
—¿Quizá pueda repararse?
—Sí, mmm. Quizá.
¡Muy poco probable!
—Bien, entonces, ¿eso significa que por ahora estás ilocalizable?
—Mañana a primera hora compraré un móvil nuevo.
—Pero no a costa de la empresa; no te hagas ilusiones.
—¡Claro que no!
—Bien. Así que... hablemos del borrador.
Uy, uy.
Cada vez que Edoardo utilizaba la palabra «borrador» en vez de «artículo», se avecinaban problemas.
—Estoy abriendo tu correo ahora...
Edoardo le había devuelto el artículo con sus comentarios. Cuando abrió el documento, lo vio rojo. Literalmente. Había más rojo que negro. No había dejado intacta ni una sola frase.
—Eh... gracias... por... ¿los comentarios? —murmuró, contemplando horrorizada la carnicería de letras que tenía delante.
—¿Eso era una pregunta?
—No lo sé. Edoardo, yo creía que era...
... magnífico, sensacional, brillante, la verdad.
—... bueno.
—Bueno no es suficiente —replicó Edoardo—. ¿Dónde está el espíritu? ¿Dónde está... Rosa?
—¿Rosa?
—Conozco personalmente a Rosa. Conozco sus ideas. Su enfoque. Y no encuentro nada de eso en tu artículo. Es insulso. Un poco aburrido. Tampoco hay nada de Cecilia. Porque la Cecilia que yo conozco no es aburrida en absoluto. ¿Dónde puedo verla en todo esto?
Eso duele.
—Bueno, quería ser profesional...
—Parece que este artículo lo haya escrito otra persona. Un corresponsal de guerra en busca de la verdad universal —la interrumpió su redactor jefe.
¿Otra persona? Sí. Cecilia Furiosa. Cecilia 2.0.
—Parece que no hayas entendido de qué va Rosa —prosiguió Edoardo.
—¡Entiendo mucho de gastronomía! —replicó Cecilia, indignada—. ¡Todo! Vivo para ella, lo sabes perfectamente.
—No leo nada de eso en tu borrador. Como ya he dicho. No leo a Cecilia por ninguna parte. Y tampoco leo a Rosa.
Cecilia suspiró. Y, por lo visto, el suspiro fue lo bastante teatral como para desviar la atención de Edoardo del artículo hacia ella. —¿Qué te pasa? —preguntó, con un tono de genuina preocupación.
—Nada.
—Cecilia... ¿Sabes cuántos años llevo siendo redactor?
—¿Diez años?
—Quince. ¿Y sabes cuántos artículos he escrito y leído en todo ese tiempo, a cuántos miembros del equipo he formado y ayudado a desarrollarse?
—No.
—Muchos. La cuestión es que leo algo y enseguida reconozco lo que hay entre líneas.
Se miraron a través de la pantalla. Edoardo era ahora el único hombre en la vida de Cecilia al que quería impresionar.
En primer lugar, porque él era su vía hacia el éxito profesional.
En segundo, porque lo respetaba como profesional.
Y porque jamás había mostrado el menor interés por el hecho de que ella tuviera un padre influyente capaz de comprar cualquier cosa con dinero, incluidas las opiniones ajenas.
El departamento de Recursos Humanos de la empresa matriz que gestionaba Buongustaio , en cambio, había conseguido sacar a colación a su padre nada menos que doce veces durante la entrevista de trabajo.
Cecilia lo había soportado. Deseaba aquel puesto con desesperación.
Pero había sido Edoardo quien después le había dado la oportunidad de hacer algo con su vida.
De convertirse en alguien . Y ahora aquel mismo hombre la miraba con lástima. Sí: ¡lástima!
Eso le dolía. Y también la molestaba. Pero, al mismo tiempo, abrió la puerta a una Cecilia de la que no se sentía especialmente orgullosa, aunque funcionaba con bastante eficacia.
Cecilia menos 1.0.
Agachó la cabeza, se cubrió la cara con las manos y sorbió por la nariz.
—¿Está... todo bien?
Negó con la cabeza y miró a Edoardo con los ojos empañados por las lágrimas. —Leonardo ha roto conmigo. No creía que fuera a afectar tanto a mi trabajo...
Y no lo ha hecho.
—Oh.
Sorbió por la nariz y se secó una lágrima inexistente de la comisura del ojo.
—Quería enviarte el artículo a tiempo, no quería que pensaras que me habías mandado a la Toscana para nada.
Sé que en realidad el artículo debía hacerlo Beatrice y que solo me lo encargaste porque se puso enferma, y no quería decepcionarte...
No seas tan melodramática, Cecilia.
Apartó aquel pensamiento. Sí, le daba vergüenza estar jugando aquella carta. Al fin y al cabo, era una mujer orgullosa. Pero la vergüenza que sentía por representar el papel de la mujer que se ahogaba en su desamor no era nada comparada con la que le provocaba haber hecho un trabajo mediocre.
Sabía que funcionaría. Edoardo era estricto. Pero también era empático, humano y bastante atento cuando se trataba de sus protegidos.
Se sintió un poco miserable al ver la mirada compasiva de Edoardo.
De acuerdo, se sintió muy miserable. ¡Pero no había mentido!
Leonardo sí había roto con ella, y aquello sí le había provocado algo.
Ese «algo» no era desamor, ni tristeza, ni rabia.
Pero sí algo que la hacía sentirse una fracasada en todos los sentidos.
Y ahora no podía permitir que Edoardo la viera así. Ni siquiera durante un minuto.
—De acuerdo, escucha... —dijo él con compasión—. Si de verdad te sientes tan mal, deberías tomarte un respiro. No tiene sentido escribir bajo presión.
—Pero... el artículo.
—Incorpora mis comentarios y vuelve a enviármelo mañana. Entonces le daré otro repaso. Solo por esta vez.
—¡Oh! De acuerdo, gracias, Edoardo. Gracias, eso es muy...
—... generoso. Sí, lo sé. ¿Qué digo siempre en nuestras reuniones? Todos somos...
—... personas, no máquinas.
—Correcto.
—No sé qué decir, Edoardo.
—Gracias.
—¡Gracias!
Edoardo suspiró. —Tómate un respiro, Cecilia. Te lo voy a dejar pasar. Una vez.
—Yo...
— Una vez. Y la próxima vez me dejarás con la boca abierta, ¿entendido?
—Perfectamente.
—Hasta mañana. ¡Y envíame tu nuevo número de móvil!
—Lo haré. Hasta mañana.
Pulsó el botón de finalizar y se quedó mirando la pantalla negra que tenía delante.
Se sentía aliviada. Avergonzada, sí, pero aliviada.
Sabía que había jugado la carta adecuada.
Edoardo se había vuelto excesivamente precavido porque se habían producido tres casos de desgaste profesional en dos años.
Ahora la junta directiva lo presionaba no solo con el presupuesto, sino también con el asunto de la conciliación entre la vida laboral y personal, dos cosas que, en esencia, se excluían mutuamente.
Al mismo tiempo, estaba desconcertada. ¡Había tenido tan buenas vibraciones!
¿Cómo podía haberse equivocado tanto? Normalmente sabía valorar bien la calidad de su trabajo, pero esta vez no se había desviado un poco: había errado por completo.
Su «estado de concentración» no había sido más que una huida de la realidad para sumirse en un frenesí laboral.
Se había limitado a teclear para no tener que pensar, dejándose arrullar por el repiqueteo de las teclas y fingiendo ante sí misma que todo iba de maravilla.
¡Cuando salta a la vista que no es así!
Y ahora no solo había escrito un mal artículo y desperdiciado un día entero; no, además había... bueno, decir que le había mentido a su jefe era exagerar, pero al menos le había contado una mentirijilla .
Se lo compensaría. Mejoraría el artículo y después, se prometió con firmeza, escribiría uno nuevo de inmediato. Una historia que dejaría a Edoardo con la boca abierta.
Y tenía una ligera idea de dónde podría encontrarla...