Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

El latido que le martilleaba la cabeza le indicó a Cecilia que seguía viva. Medio viva, al menos. Intentó incorporarse, y en ese momento cien espadas incandescentes le atravesaron el cerebro. O, por lo menos, así lo sintió.

—Ay —profirió con voz ronca, parpadeando.

¿Cuándo había vuelto a casa la noche anterior? Y, lo que era más importante: ¿ cómo ?

Intentó abrir los ojos, pero la luz resplandeciente del sol matutino le abrasaba los resecos globos oculares.

—Nunca más... —concluyó.

Hundió el rostro entre las manos y contó hasta diez.

Después hizo un segundo intento por regresar al mundo de los vivos.

Miró a su alrededor y vio el vestido, los zapatos y el bolso tirados en el suelo.

Se había olvidado de correr las cortinas, y por eso el sol de la mañana la había despertado a una hora absolutamente intempestiva.

Intentó levantarse y cruzar la habitación sin vomitar, cerró las cortinas a toda prisa y entró en el cuarto de baño con las piernas temblorosas.

Allí llenó varias veces de agua el vaso de los cepillos de dientes y se la bebió toda.

No era muy bebedora. Le gustaba acompañar la cena con vino o spumante ; al fin y al cabo, formaba parte de la cultura gastronómica italiana.

Pero rara vez, si es que alguna, se emborrachaba.

La noche anterior tampoco había tenido intención de hacerlo, pero algo en aquella embriagadora celebración rebosante de amor, alegría y felicidad la había llevado a beber una copa de vino tras otra.

Sencillamente, no había prestado atención.

Quizá, sencillamente, no había querido hacerlo.

Le vino a la mente el mensaje de Leonardo, y el recuerdo la golpeó como un puñetazo en el estómago, provocándole una nueva oleada de náuseas que le sacudió el cuerpo. Se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro, apoyó los codos en las rodillas y respiró hondo varias veces.

—Vale —se susurró en tono tranquilizador—. No pasa nada. Agua, comida grasienta y uno o dos analgésicos. —Siguió sentada. Las piernas no le respondían—. Primero los analgésicos.

Se puso en pie con esfuerzo, fue hasta el lavabo y rebuscó las pastillas en el neceser de maquillaje.

Se las tragó a toda prisa con otro vaso de agua y después regresó a la cama.

Cogió el bolso y comprobó que todo lo que debía estar dentro siguiera allí.

Cartera, llaves, pintalabios, perfume, pañuelos.

El móvil no.

—¡Vaya!

Hizo una mueca de dolor y se frotó la frente con los nudillos al recordar su pequeña pero bastante espectacular crisis. Y su teléfono móvil. Su móvil del trabajo.

¡Ese también!

No llevaba encima el móvil personal porque apenas lo utilizaba. Así que ahora estaba, a efectos prácticos, incomunicada.

—No seas tan dramática... —murmuró, y soltó una risa amarga, porque acababa de reprenderse con una frase que Leonardo le había echado en cara continuamente. Sí, ¡continuamente!

—Cállate —masculló, sin saber si se dirigía a sí misma o a una manifestación imaginaria de Leonardo que parecía estar en la habitación con ella y a la que por fin podía decirle todo cuanto siempre se había guardado para complacerlo. Para no molestarlo. Para hacerlo feliz.

No seas siempre tan dramática, Cecilia, estás exagerando.

No seas siempre tan dramática, Cecilia. Estoy cansado.

—No estoy siendo dramática —dijo alto y claro a la habitación vacía.

Nunca hacía nada parecido. Nunca decía en voz alta lo que pensaba. Tampoco arrojaba objetos. Ella era...

Tragó saliva y entonces, por primera vez desde el despreciable rechazo de Leonardo, se le llenaron los ojos de lágrimas. No porque estuviera enfadada ni triste. Sino porque no sabía cómo terminar aquella frase.

Ella era... ¿qué?

¿Quién soy siquiera?

Se pasó las palmas de las manos por la cara, se dejó caer y sintió unas lágrimas deslizándosele por las mejillas. Se las secó con energía.

¡No!

No tenía ninguna intención de sumirse en una crisis existencial allí y en ese momento. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por Leonardo ? ¿Por haber vuelto a desperdiciar varios años de su vida con un hombre con quien no tenía futuro? ¿Con quien probablemente nunca lo había tenido?

—Por supuesto que no —murmuró.

Regresó al cuarto de baño, se metió en la ducha, se maquilló para ocultar las profundas ojeras oscuras y se puso unos vaqueros y una blusa. Después salió.

Al llegar a la terraza donde servían el desayuno, se dio cuenta de que era la primera. Miró su reloj de pulsera. Poco más de las siete.

—Vaya.

Se sentó a la mejor mesa, la que tenía las vistas más hermosas, y esperó unos minutos hasta que se acercó un camarero.

— Buongiorno , Signora. ¿Le traigo un café?

— Un doppio, per favore.

Uno triple habría sido mejor, pero decidió empezar de momento con uno doble. Inspiró el aire fresco de la mañana, que olía a musgo, rocío y bosque, y ya se sintió un poco mejor.

¿Cuándo había sido la última vez que se había levantado tan temprano?

En la escuela infantil...

A Leonardo le impresionaría verla allí a esas horas.

Resopló al pensar que, por lo menos, ahora ya no quedaría nadie en su vida que la reprendiera por sus hábitos de sueño.

El camarero trajo el caffè . Ella lo cogió y lo sostuvo justo debajo de la nariz.

El maravilloso aroma no solo le levantó el ánimo, sino que también despertó en ella un atisbo de fortaleza interior.

Dio un sorbo al líquido caliente y disfrutó del ardor al bajarle por la garganta antes de volver a dejar la taza.

Después paseó la mirada por el paisaje. Era de una belleza sobrecogedora.

El sol matutino ascendía por el este, detrás del hotel, y bañaba la vegetación primaveral en una luz tornasolada, casi blanca.

Desde allí no se divisaba la costa, pero sí el horizonte, que parecía una hilera de diamantes brillantes y centelleantes.

A su alrededor se oían gorjeos y trinos, y el aire fresco de la mañana le acariciaba suavemente los antebrazos, erizándole el vello por el frío.

Aquel lugar era de ensueño. Se parecía demasiado al paraíso para regodearse en la desdicha o cuestionar los motivos de un hombre que ni siquiera tenía el valor de afrontar una conversación seria y adulta con su pareja.

— Cara! —oyó a su espalda una voz melodiosa y se volvió.

Flora Donzeppi se acercaba a ella con un aspecto radiante de salud. Tenía las mejillas sonrosadas, los labios y los ojos discretamente maquillados, y el esmalte rojo oscuro de las uñas combinaba con su elegante vestido de lino. —¿Ya está despierta?

Cecilia sonrió a la señora y señaló la silla vacía de su mesa. —Eso parece, por desgracia.

—¿Por desgracia? —Flora se sentó e hizo un gesto al camarero para que le trajera un café.

—La verdad es que suelo levantarme tarde.

—¡Oh, qué maravilla! A mí también me gustaría. Pero mi reloj interno siempre ha sido muy obstinado.

Cecilia sonrió. —El mío está más bien... estropeado.

Flora restó importancia al comentario con un gesto y la miró con los ojos centelleantes de curiosidad. —Menuda celebración la de ayer, ¿verdad? ¡Fue preciosa! Me habría gustado quedarme más tiempo, pero Gianni ya estaba cansado y no quería dejar que subiera andando solo.

—¿Andando? —preguntó Cecilia.

—Sí. Siempre insiste en hacerlo. Dice que lo mantiene en forma. Tuve que fingir un esguince de tobillo para que permitiera que uno de los invitados nos trajera en coche.

¡Coche!

La idea la fulminó como un rayo. ¿Dónde estaba su querido Mini? Se volvió hacia el aparcamiento, pero desde donde estaba sentada no alcanzaba a verlo entero.

—Letizia se lo va a traer —dijo Flora, que al parecer le había leído el pensamiento.

—¿Perdone? —preguntó.

—Su coche. Su encantador acompañante averiguó cómo había llegado a la fiesta y Emilia dijo que el Mini era suyo. No se preocupe, Letizia se encargará de todo.

—Ah, eso es... eh... gracias.

Cecilia intentó recordar cómo había llegado hasta allí la víspera, pero las imágenes de aquella noche apenas empezaban a aflorar como contornos difusos.

Cogió el café y rezó con todas sus fuerzas para no haberse comportado de forma inapropiada delante de aquella amable señora que le sonreía con tanta dulzura, ni delante de los demás invitados.

Sabía que una mujer de la categoría de Flora no haría comentarios indiscretos y, sinceramente, Cecilia tampoco tenía intención alguna de abrir aquella particular caja de Pandora.

—¿Comemos algo, cara ? Debe de tener hambre.

—Me encantaría.

—¿Qué le parece un panino ? Con mozzarella e prosciutto , recién salido del horno. Giampaolo hace los mejores panecillos.

—Suena de maravilla.

—Entonces pediré por las dos. —Flora se levantó, vaciló y se inclinó ligeramente hacia Cecilia—. Y no se preocupe, querida. Ayer no hizo nada que yo no hubiera hecho a su edad.

Después de dos cafés, un vaso grande de zumo de naranja y dos panini salvavidas, Cecilia estaba de nuevo en su habitación, intentando no darle demasiadas vueltas a las palabras de Flora.

Lo había dicho con buena intención, y el brillo de sus ojos le había indicado a Cecilia que no tenía de qué preocuparse.

Y probablemente Flora tenía razón. Después de que Emilia y Aurelio rompieran el jarrón, la fiesta había cobrado verdadero impulso, el vino había corrido por litros y, desde luego, Cecilia no era la única que se despertaba ese día con dolor de cabeza.

Estaba cansada de tener que recomponerse constantemente, de preocuparse siempre por lo que los demás pensaban de ella, por la imagen que daba, por si el pintalabios seguía en su sitio o si el volumen de su risa era el adecuado para la ocasión.

No seas tan dramática.

—Cállate.

Con determinación, Cecilia abrió el portátil y revisó sus correos electrónicos.

Después abrió un documento en blanco y el archivo que contenía las notas de la entrevista que le había hecho a Rosa Davinio.

Tenía trabajo que hacer. Tenía que demostrarse a sí misma, a su redactora jefe y al mundo entero que era alguien .

Alguien independiente. Alguien con un objetivo.

Un plan. Unos cuantos sueños importantes.

Sí, podía ser alguien , y, con el tiempo, lograría responderse a sí misma quién era.

Pero antes tenía que confesarle a alguien quién era en aquel preciso momento.

A saber: una periodista sin teléfono móvil.