Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

— SER demasiado educada no te va a servir de nada aquí, salvo para morirte de hambre —dijo alguien junto a Cecilia, al tiempo que dejaba ante ella dos platos cargados hasta los topes.

Cecilia alzó la vista y reconoció a la joven que había llegado antes con Letizia—.

Hola, soy Lorella. La hermana de Letizia.

—Cecilia —dijo ella mientras estrechaba la mano de Lorella—. Gracias por la comida. Habría ido yo misma a por algo, pero quería esperar a que pasara el primer aluvión.

—El aluvión no pasará hasta que las bandejas estén vacías. Y para entonces ya habrá desaparecido lo mejor.

—Bueno, pues... gracias.

Lorella sonrió, y entonces Cecilia advirtió cierto parecido con Letizia, aunque debía de haber entre diez y quince años de diferencia entre las dos.

—A ver, intentaré recordar todos los platos.

Este es el plato de antipasti ; los de allí son los platos principales.

Tenemos caprese , insalata di polpo , y esto está delicioso, es...

—¡Lollo!

Cecilia y Lorella se sobresaltaron a la vez.

Delante de la mesa estaba el anciano bajito que había entrado antes en la piazza del brazo de Emilia.

Llevaba unas gafas gruesas que hacían que sus ojos parecieran anormalmente grandes.

Tenía las pobladas cejas blancas fruncidas y su rostro arrugado era la viva imagen del fastidio.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó señalando, para gran incomodidad de Cecilia, los dos platos que tenía delante.

—Comida, Giampaolo.

Cecilia aguzó el oído. ¿No había dicho alguien antes que un tal Giampaolo había preparado el bufé junto con Letizia?

Miró al anciano y calculó que debía de rondar como mínimo los noventa.

El hombre gruñó y se dejó caer en el banco.

Al hacerlo, las rodillas le crujieron con tanta fuerza que Cecilia hizo una mueca.

Vacilante, le tendió la mano.—Buenos días, soy...

Él la ignoró y clavó la mirada en Lorella, que estaba sentada a su lado.—¡Así no se sirve la comida! Esto no es una comuna hippy. ¡En ese bufé hay ocho platos distintos! —Giampaolo señaló por encima del hombro con tanta energía que Cecilia temió que fuera a caerse de espaldas en cualquier momento.

—Letizia me ha dicho que le trajera algo.

—Si me permitís intervenir... —intentó decir Cecilia, pero los dos la ignoraron.

—¡Sí, pero no así! —gritó Giampaolo, agitando sus nudosos dedos sobre los platos—. ¿Pero qué pinta tiene eso?

—Bueno, a mí me parece que... —empezó Cecilia de nuevo.

—Estás exagerando muchísimo otra vez...

—No estoy exagerando en absoluto. Las jóvenes de hoy no tenéis ni idea de cultura gastronómica ni de artes culinarias. ¿Sabes qué es eso?

Su dedo estaba ya tan cerca del plato de antipasti que Cecilia temió que fuera a acabar hundido en los tomates.

— Polpo —respondió Lorella.

—Exacto. ¿Y eso?

— Carpaccio .

—¿Y qué hacen los dos en el mismo plato? ¿Eh? ¿Eh? ¿Es que no te he enseñado nada?

Cecilia quiso volver a mediar, pero Giampaolo se apartó y empezó a buscar claramente a alguien o algo.

—¿Tu nonno ? —preguntó Cecilia en un susurro, aunque Lorella se había dirigido antes al anciano de usted. El tono de él hacia ella, en cambio, era tan brusco y familiar que tenían que ser parientes de algún modo. Cecilia no acababa de entenderlo.

—Algo así —dijo Lorella encogiéndose de hombros y observando a Giampaolo con una expresión a medio camino entre la ternura y la diversión.

—¡Tú! —gritó Giampaolo, y Cecilia lo miró con inquietud. ¿Qué se proponía ahora? Un camarero se acercó a ellos—. Llévate eso y dile a alguien que sepa emplatar como es debido que lo arregle.

—¿Qué...? —preguntó Cecilia, alargando las manos instintivamente hacia los platos. Pero fue demasiado lenta. Para su absoluta sorpresa, Giampaolo era mucho más ágil que ella; ya había arrastrado los platos hacia sí y ahora se los encajaba en las manos al camarero—. Toma.

— Certo —murmuró el camarero, y desapareció antes de que Cecilia pudiera despedirse de aquella comida deliciosa. El estómago le rugió en señal de protesta al ver cómo se llevaban los manjares.

—¡Bien! —exclamó Giampaolo, volviéndose hacia Cecilia.

Ella agachó la cabeza instintivamente, temiendo otro arrebato.

Pero, de repente, el anciano se mostró sumamente amable y cortés—.

Discúlpeme, Signora , pero Lollo debería saberlo de sobra.

Emmi la ha invitado, y quiero que disfrute de nuestra comida tal y como fue concebida.

—Lanzó una mirada afilada a Lorella y después le tendió la mano a Cecilia—. Giampaolo Rattibaldo.

Ella se la estrechó.—Cecilia Caprini.

—Encantado. ¿Qué la trae por aquí? Tengo entendido que se aloja en el hotel de Emmi.

—Sí. El trabajo... me ha traído hasta aquí. Pero, sinceramente, no lo parece.

—¿Trabajo? ¿A qué se dedica?

—Soy redactora de Buongustaio .

—¡Oh! —El rostro de Giampaolo se iluminó como el de un niño ante un árbol de Navidad resplandeciente—. Mi biblia. —Se santiguó de inmediato—. Dio mi perdoni —murmuró—. Era una broma, por supuesto. Pero llevo leyendo la revista más años de los que me gustaría admitir. —Sonrió.

—Ya... no me necesitáis, así que... —dijo Lorella mientras se levantaba. Entonces Giampaolo alargó el brazo por encima de la mesa, la cogió del antebrazo y la obligó a sentarse de nuevo.

—Quédate ahí y escucha. Seguro que puedes aprender algo de artes culinarias de esta amable Signora . —Asintió para animar a Cecilia. Ella no sabía muy bien si esperaba que respondiera con un gracias o con un monólogo sobre la temperatura correcta de cocción del brasato .

—Te has dado cuenta de que me dedico a las flores, no a la cocina, ¿verdad, Giampaolo? —preguntó Lorella mientras se sentaba junto al anciano. Señaló de forma ostensible el precioso arreglo floral.

—Son preciosas de verdad —dijo Cecilia, asintiendo hacia Lorella. Ella sonrió agradecida.

—Lo son, Lollo —confirmó Giampaolo. Cecilia advirtió que ahora su tono era mucho más suave.

Una sonrisa paternal asomó a sus labios cuando lanzó una breve mirada a Lorella.

Pero aquel atisbo de ternura desapareció con la misma rapidez con la que había llegado.

Frunció el ceño y negó enérgicamente con la cabeza—.

¡Pero una mujer también tiene que saber cocinar! Pasquale te lo agradecerá.

—Pasquale puede cocinarse él solito.

Cecilia se inclinó sobre la mesa hacia Lorella.—¿Tu marido?

—Mi novio. El padrino de Aurelio.

Cecilia asintió al recordar al apuesto hombre que había encabezado la comitiva hacia la piazza junto a Aurelio.

—Un hombre muy bueno y muy decente —dijo Giampaolo, y Lorella le dio unas palmaditas en la mano con una sonrisa cariñosa—.

Se conocen desde que eran niños —prosiguió Giampaolo con tono aleccionador, volviéndose hacia Lorella—.

Molto romantico! Pero, si quieres casarte, primero tendrás que convertirte en una esposa como es debido.

Lorella suspiró y rodeó los hombros del anciano con un brazo.—El bueno de Giampaolo prefiere pasar por alto que ya no soy una niña, sino una mujer hecha y derecha de treinta años.

—Entonces aprende a cocinar. —Se volvió hacia Cecilia—. ¿Sabe cocinar?

Cecilia dirigió a Lorella una mirada de disculpa.—Sí.

—Eso pensaba. Su marido debe de estar muy satisfecho.

Cecilia apretó los labios y bajó la vista hacia la mesa. No pensaba explicarle al anciano que aún no estaba casada y tener que justificarse también por eso.

—Mmm —dijo en voz baja cuando se dio cuenta de que Giampaolo y Lorella esperaban una respuesta, aunque, supuso, por razones diferentes. Se levantó apresuradamente—. Si me disculpáis un momento, iré a ver si queda algo para mí en el bufé.

—Pero yo te habría traído... —oyó decir a Lorella. Se alejó a toda prisa.

Todavía había mucha gente en el bufé, aunque, al observarlos con más atención, Cecilia advirtió que al menos la mitad no estaba allí para coger comida, sino solo para filosofar sobre la vida cerca de los buenos manjares.

Cecilia murmuró innumerables disculpas hasta que por fin llegó a la mesa.

Para su alivio, todavía quedaba comida de sobra.

—¿Lollo no te ha traído nada?

Cecilia se volvió de golpe. Casi dejó caer el plato, todavía vacío.

La hospitalidad estaba muy bien, pero aquello era peor que Gran Hermano.

Letizia estaba ante ella, mirando el plato vacío con una mezcla de incredulidad y fastidio, y luego casi se dislocó el cuello al buscar a su hermana con la mirada.

Cecilia suspiró y decidió que la verdad era la mejor estrategia.

—Sí, me ha traído algo, pero Giampaolo no estaba contento con la presentación y ha ordenado que secuestraran los platos.

Letizia se volvió hacia ella. Luego soltó una carcajada.—Ah. Bueno, él es así. ¿Te preparo un plato?

Cecilia se rindió y le entregó el plato a Letizia. Esta colocó en él algunos de los entrantes vegetarianos, añadió una rebanada de ciabatta , escogió unos cuantos trozos apetitosos de polpo de la ensalada y los puso encima.

— Antipasti , primer plato —dijo, poniéndole el plato en las manos a Cecilia con un guiño—. Que aproveche. Volveré dentro de diez minutos con el siguiente plato.

—De verdad que no tienes que servirme, Letizia.

—No, pero lo hago encantada, cara .

Cecilia reprimió el impulso irracional de abrazar a aquella criatura tan cálida y atenta y regresó a su mesa.

Horrorizada, descubrió que el plato que le habían arrebatado antes ya había vuelto.

Miró alrededor, buscando el modo de hacer desaparecer uno de los dos platos de entrantes.

Pero Giampaolo seguía sentado en su sitio y, aunque conversaba con una nueva vecina que había ocupado el lugar de Lorella, Cecilia no dudaba de que lo tenía todo controlado.

Suspiró, se sentó y colocó el plato de Letizia junto al que había devuelto el camarero.

Los dos estaban dispuestos exactamente de la misma manera, lo que indicaba a Cecilia que tanto Giampaolo como Letizia habían dado instrucciones estrictas.