Capítulo 3 #3
Cecilia apartó la mirada, temiendo que sus pensamientos se reflejaran en su rostro.
Acarició con suavidad las flores secas de lavanda y luego se volvió hacia la izquierda para concentrarse en algo que no fuera la pareja de enamorados.
Captó fragmentos de las conversaciones que la rodeaban.
Un poco de charla trivial por aquí, algunas historias sobre conocidos comunes por allá.
Alguien le dio un ligero golpe y ella levantó la vista.
— Mi scusa —murmuró el joven—. ¡Oh! Toma.
Quédate con la mía. —Dejó delante de ella su copa de espumoso a medio terminar.
Cecilia lo miró asombrada, pero entonces bajó la vista hacia la mesa y vio que su copa había volcado.
Se apresuró a secar el vino de la mesa con una servilleta.
Unas gotas cayeron sobre su vestido nuevo.
—¡No! —exclamó horrorizada, y se puso en pie de un salto.
Fulminó con la mirada al hombre, que al menos tuvo la decencia de parecer preocupado mientras le inspeccionaba el escote—.
¿Es que no puedes tener cuidado? —le espetó.
Entonces él alzó la vista y la miró directamente a la cara por primera vez. Tenía unos ojos azules tan fascinantes que, durante un instante, Cecilia se olvidó de su enfado. —No estoy borracho —replicó él a la defensiva.
Cecilia lo miró, irritada. —Nadie ha dicho que lo estés. ¡Ahora el vestido está estropeado!
El hombre sacó unas gafas de montura naranja chillón del bolsillo superior de su americana azul claro, se las colocó sobre la nariz alargada y frunció sus pobladas cejas negras.
—Venga, no exageres. Son tres gotas de líquido transparente.
—Se inclinó ligeramente hacia ella, ante lo cual Cecilia retrocedió sobresaltada y chocó con la persona sentada a su lado.
—¡Eh! ¡ Attenzione !
Cecilia murmuró una disculpa y se apartó un poco. El joven volvió a colocarse junto a ella y señaló de manera ostensible a su vecino. —¿Ves? Puede pasarle a cualquiera. Incluso a las mujeres perfectas.
Cecilia le lanzó una mirada molesta. —Si eso pretendía ser un intento de ligar, ha sido de lo más torpe. E inapropiado.
El hombre se pasó una mano por el abundante pelo negro en un gesto nervioso. Le llegaba hasta las orejas formando ondas sueltas. Parecía compungido. —Lo siento, ¿de acuerdo? Puedes quedarte con mi copa.
—¡Ya has bebido de ella!
—No soy venenoso. —Sonrió, mostrando una hilera de dientes de un blanco reluciente—. Stefano. Encantado de conocerte.
—Cecilia —murmuró ella mientras pasaba la servilleta por la mancha húmeda del vestido—. Me ha costado caro.
—Se nota. Un poco excesivo, ¿ no ?
Ella lo fulminó con la mirada, ante lo cual él se encogió de hombros en señal de disculpa y añadió: —No eres de por aquí, ¿verdad?
Cecilia resopló. —¿También se nota eso?
—No. Pero estoy seguro de que me habría fijado en ti.
—Intento torpe de ligar número dos —señaló Cecilia.
—En mi defensa diré que no me lo pones precisamente fácil.
—Eso se debe a que tengo pareja y no estoy interesada.
—Ah. Vale, entonces me quedo más tranquilo.
Cecilia lo miró sin dar crédito. No tenía ni idea de qué responder a semejante comentario.
Él pareció advertirlo, pues soltó una risita y después dijo en voz baja: —Quizá sea el momento adecuado para asegurarte que no estaba intentando ligar, sino solo ser amable.
Antes parecías un poco perdida. Y he pensado...
bueno... vamos a alegrarle un momento el día a la chica guapa, Stefano.
Durante un instante, Cecilia estuvo a punto de preguntar si nuestro Stefano no habría bebido una copa de más, pero entonces la asaltaron las dudas y examinó al hombre con atención.
¿Tan evidentes habían sido sus sentimientos antes?
Antes de que pudiera responder, una pareja mayor se acercó a Stefano.
—¡Stefano, ragazzo mio ! Mi más sentido pésame.
—Gracias, Giovanni.
—Mi más sentido pésame —dijo entonces la mujer, y ambos le estrecharon la mano a Stefano y le dieron unas palmadas en el hombro.
Cecilia abrió la boca y estuvo a punto de murmurar también, de forma automática, —Mi más sentido pésame , pero se lo pensó mejor.
Se sentó y miró a Stefano con atención por primera vez.
Había algo muy juvenil en él, aunque la seriedad de su mirada y las finas líneas de preocupación que rodeaban su boca le indicaban a Cecilia que debía de tener más o menos su edad.
Sin embargo, sus modales eran casi los de un adolescente.
No habría sabido decir si se debía a la tersura de la piel de su rostro, a las llamativas gafas de vivos colores o al pelo negro y alborotado.
Quizá fuera todo ello junto. Pero quizá también se debiera a la forma en que la pareja mayor, que seguía hablando con él desde ambos lados, lo trataba.
Cecilia estaba a punto de levantarse de nuevo y sumarse a la conversación cuando la mujer se cogió del brazo de Stefano y tiró de él hacia el bufé.
El marido fue tras ellos. Cecilia los observó mientras se alejaban.
Ahora se sentía un poco mal por haber sido tan brusca.
Él miró un instante por encima del hombro y se despidió de ella con la mano.
Ella sonrió, miró la copa que Stefano había dejado para ella, la cogió, brindó con él a modo de disculpa y dio un sorbo.
Para entonces, él ya había desaparecido de su vista.