Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 3 #2
12%

Capítulo 3 #2

La tranquilidad duró media hora. Entonces Cecilia oyó acercarse una oleada de voces.

Levantó la cabeza y miró expectante hacia el otro extremo de la piazza .

Poco después apareció allí una comitiva de personas vestidas de gala.

Cecilia reconoció enseguida a Emilia al frente, entrando en la plaza con un vestido de novia de ensueño que le llegaba hasta el suelo.

A su derecha caminaba Aurelio, apuesto y esbelto, vestido con un traje azul oscuro que le sentaba a la perfección.

A su izquierda iba un hombre muy anciano, que Cecilia supuso que sería el abuelo de Emilia, mientras que junto a Aurelio caminaba un hombre vestido a la moda, de entre treinta y cinco y cuarenta años, según calculó Cecilia.

Tras el cuarteto avanzaba un grupo de personas que ocupó toda la piazza en muy poco tiempo.

Pasó un rato antes de que todos encontraran asiento.

Emilia y Aurelio se sentaron sobre una pequeña tarima, convertidos en el centro de todas las miradas.

Justo debajo de ellos había una mesa con más comida de la que Cecilia había visto jamás reunida.

Alguien le entregó un micrófono a Aurelio.

Este saludó a todos los invitados, les dio las gracias por asistir y señaló el bufé.

—Como casi todos sabéis, nuestros queridos amigos Letizia y Giampaolo han preparado este maravilloso banquete para todos nosotros.

Intentamos convencerlos de que no vendrían quinientas personas a nuestra boda, pero, como veis, bueno...

—Los invitados se echaron a reír, y Cecilia se sumó a ellos.

Aurelio esperó un momento. Cecilia buscó con la mirada a Letizia, que tan nerviosa había estado antes.

Se encontraba un poco apartada del bufé.

Delante de ella estaban sus dos hijos y, a su lado, un hombre de mediana edad y aspecto agradable que la rodeaba con un brazo por los hombros.

Las mejillas de Letizia estaban encendidas y ella saludó brevemente a la multitud con la mano.

Aurelio prosiguió—. Esperamos que os lo comáis todo, y quien sienta la necesidad de caer en coma después de esta opulenta comida puede ponerse cómodo en la osteria de Letizia.

Y ahora le paso el micrófono a Letizia, que os explicará qué son todas estas exquisiteces.

Cecilia observó cómo Letizia subía al pequeño escenario y cogía el micrófono, emocionada.

Empezó a describir la comida. Cecilia miró a su alrededor, encantada de ser invitada de aquella magnífica celebración.

Aunque no formaba parte de aquella comunidad, el ambiente tenía algo muy familiar, algo que ya no era habitual en las fiestas de Roma.

Al menos no en aquellas a las que invitaban a Cecilia y Leonardo.

Cecilia dio un sorbo al delicioso Sangiovese-Spumante que habían servido mientras tanto y luego alargó una mano con cuidado hacia los delicados arreglos florales que decoraban todas las mesas y sillas, así como los postes de las carpas y las farolas.

Los arreglos estaban compuestos por flores secas.

Aquello fascinó a Cecilia, pues nunca había visto nada semejante.

Pero era una idea bastante buena; al fin y al cabo, permitía que los novios y los invitados se llevaran a casa recuerdos de la celebración que durarían mucho tiempo.

Cecilia se inclinó un poco hacia delante y reconoció en el arreglo floral lavanda de color violeta pálido, laurel verde oscuro, gerberas blancas y algunas flores herbáceas que desconocía.

Los colores de la decoración floral se repetían en los manteles y las servilletas, y cuando Cecilia levantó la mirada y observó a Emilia, vio que llevaba en la cabeza una corona de flores a juego.

Qué boda tan maravillosa , pensó, sintiendo una leve punzada en el corazón.

Hubo un tiempo en que había creído que, para cuando estuviera bien entrada en la treintena, llevaría años casada, tendría una casa y quizá hasta un hijo.

Y un perro. Había imaginado muchísimas cosas cuando era niña.

Pero, por alguna razón, nunca habían sucedido.

Jamás había encontrado a un hombre con quien hubiera querido hacer realidad todo aquello.

Entretanto, el tiempo había seguido avanzando; ella había trabajado, disfrutado de la vida y vivido despreocupada y feliz.

No le había dado muchas vueltas al asunto, pues siempre había supuesto que todo acabaría encajando de alguna manera.

Pero ahora estaba a punto de cumplir treinta y seis años, y una boda como aquella seguía sin parecer parte de su futuro.

Pero Leonardo sí la quiere...

Bueno, en realidad Leonardo todavía no se lo había pedido. Y aunque tuviera intención de hacerlo pronto, Cecilia sencillamente no sabía qué respondería. ¿Era él el hombre indicado?

Dio otro sorbo a su Spumante y observó cómo Aurelio y Emilia intercambiaban un beso tierno que les valió aplausos y vítores. Parecían perfectos, muy felices y enamorados. Como si estuvieran exactamente donde querían estar en la vida.

Cecilia nunca había conocido esa sensación.

La de estar donde quería estar. Cada vez que se le habían acercado preguntas sobre los aspectos serios de la vida, las había apartado.

Creía en el instinto, en la idea de que uno notaba perfectamente cuándo algo estaba bien.

Así que ¿para qué preocuparse cuando eran las propias entrañas las que podían revelar todas las verdades?

Se preguntó si lo que Emilia sentía por Aurelio era lo mismo que ella sentía por Leonardo. De inmediato se reprendió por ello. No tenía sentido comparar la propia vida con la de los demás. Era como comprar un billete de ida a la desdicha.