Capítulo 3
Cecilia no necesitaba que se lo dijeran dos veces.
Después de pasar el resto del día anterior ordenando las notas de la entrevista, disfrutando del sol primaveral de la Toscana y comiendo mucho más de la cuenta, hoy se ha despertado de un sueño profundo, ilusionada ante las celebraciones de la boda como una niña pequeña ante la llegada de la Navidad.
Hacía meses que no dormía tan profundamente.
Leonardo tenía el sueño inquieto y, además, se enorgullecía de necesitar solo cuatro horas de descanso por noche para estar en plena forma .
A Cecilia, en cambio, le gustaba dormir ocho o nueve horas y necesitaba otra hora por la mañana para beber dos tazas de café y adentrarse poco a poco en el nuevo día.
Una costumbre que irritaba enormemente a Leonardo, a quien le gustaba salir a correr una hora por la mañana porque, según él, no había mejor momento para hacerlo.
Cecilia suspiró, se incorporó y, aún adormilada, se apartó de la cara unos mechones de pelo.
La cama toscana con dosel, estructura de metal oscuro y cortinas blancas como la nieve era como una nube que la envolvía, y Cecilia se preguntó cómo iba a conseguir escapar de aquel mundo de comodidades.
Pero entonces percibió el suave aroma del café recién hecho y sacó las piernas de la cama.
Abrió las cortinas, abrió las puertas del balcón y salió a la pequeña terraza.
Sobre ella se encontraba la terraza del desayuno, y el tintineo de los cubiertos, unido al aroma de los cornetti recién horneados, hizo que el estómago de Cecilia se encogiera de expectación.
Se sentía como si hubiera llegado al paraíso.
Se duchó y después se puso un vestido de lino de manga larga, se peinó el pelo sin demasiado esmero y prescindió del maquillaje. La fiesta en la piazza no empezaba hasta primera hora de la tarde. Así que aún tendría tiempo de sobra para ponerse guapa.
Además, no había nadie en kilómetros a la redonda que fuera a hacer comentarios críticos sobre su aspecto...
Salió al pasillo, cruzó el vestíbulo y subió las escaleras hasta la primera planta.
Allí encontró una mesa libre. Le sorprendió que el hotel estuviera tan lleno, pues todavía no era temporada alta.
Pero el concepto de la piscina climatizada y la comida extraordinariamente buena parecía estar funcionando.
Cecilia le preguntaría a Emilia si no deberían preparar también un artículo sobre aquel lugar.
Al fin y al cabo, aquel precioso hotel boutique bien merecía una visita.
Cecilia le pidió al camarero un espresso y un cornetto .
Como la mayoría de los italianos, desayunaba poco y reservaba las comidas copiosas para la noche.
Reconocía a los huéspedes extranjeros a primera vista por los platos de embutido y queso que había en sus mesas.
Y por el café con leche, para el que Cecilia no tenía paciencia alguna.
Para ella, un caffè tenía que estar hirviendo, fuerte y solo.
El camarero le sirvió el pedido y Cecilia disfrutó de su pequeño desayuno contemplando el paisaje toscano.
Se alegraba por Emilia, ya que hoy hacía bastante mejor tiempo que ayer.
En el horizonte se divisaban unas cuantas nubes tenues, pero no había indicio de lluvia por ninguna parte.
El aire era fresco y limpio. Nada se interponía en el camino de una celebración perfecta.
Después del desayuno, Cecilia dio un largo paseo, escribió un breve correo electrónico a su redactora jefa y un mensaje a Leonardo.
Luego se preguntó qué atuendo sería apropiado para una boda toscana.
Solo había traído el traje, el vestido de lino y ropa informal y cómoda.
Sin pensárselo dos veces, se subió al coche y condujo hasta Lucca, la población grande más cercana, situada a solo media hora.
Allí encontró una coqueta boutique donde compró, por muchísimo más dinero del debido, un elegante vestido de encaje verde esmeralda, con cuello alto y manga larga, además de unos zapatos de baile a juego con un estampado floral de color rojo óxido.
En media hora se había gastado más de lo que iba a ganar con aquel viaje de trabajo, pero apartó enseguida ese pensamiento.
Hay que aprovechar cualquier ocasión para celebrar.
Además, ¿cuántas veces recibía una invitación espontánea a una boda toscana?
Por otra parte, a Leonardo le gustaría aquel vestido; encajaba a la perfección con su gusto por la elegancia.
Era uno de los pocos hombres que de verdad criticaban a una mujer por gastar demasiado poco en moda.
Eso era algo que a Cecilia le gustaba de él.
Miró el móvil y se preguntó si debía enviarle una foto.
Pero él todavía no había contestado a su otro mensaje.
Probablemente estaba ocupado. Leonardo trabajaba tanto y con tanto empeño como su padre, y no le gustaba que lo molestaran.
En realidad, estoy saliendo con mi padre...
Cecilia puso los ojos en blanco ante aquel pensamiento recurrente y regresó al coche.
En esos momentos no le apetecía lidiar con los problemas de su vida cotidiana en Roma.
Ya tendría tiempo de sobra para eso después de su viaje por la Toscana.
Sabía que en algún momento tendría que plantearse cómo seguir adelante.
Si quería seguir adelante. Pero no allí. No en ese momento.
Regresó al hotel, se arregló en la habitación, se recogió el pelo, que le llegaba hasta los hombros, en un moño suelto y desfilado y dejó escapar unos cuantos mechones para que le enmarcaran el rostro con suavidad.
Se maquilló con discreción, porque en una boda ninguna mujer debía estar más guapa que la novia.
Luego recorrió en coche el corto trayecto hasta el pueblo.
No llegó muy lejos, porque incluso antes de alcanzar la entrada de la piazza de Camaiore, las estrechas calles estaban abarrotadas de coches.
Ni siquiera su pequeño Mini tenía posibilidad alguna de avanzar, así que lo aparcó sin más en la cuneta, como habían hecho muchos otros invitados a la boda, y recorrió el resto del trayecto a pie.
Camaiore, según acababa de descubrir Cecilia, tenía un encantador centro urbano con pequeñas callejuelas sinuosas que desembocaban en una gran piazza , rodeada por todos lados de casas con contraventanas y flores trepadoras.
Aún era demasiado pronto para que hubiera flores de vivos colores, pero la hiedra trepaba, perennemente verde, alrededor de los canalones, y ya asomaban los primeros geranios en las jardineras.
Casi toda una mitad de la piazza estaba cubierta por toldos blancos para protegerla de una posible lluvia.
Los primeros invitados empezaban a reunirse entre los numerosos bancos.
Al principio, Cecilia se quedó allí algo perdida y se preguntó si habría alguien encargado de la organización.
Miró a su alrededor, pero no vio a nadie que pareciera responsable de organizar la boda.
De pronto oyó un parloteo estridente a su espalda y se volvió. Dos mujeres llegaron apresuradas por la estrecha callejuela, hablando entre ellas con gran excitación, y casi derribaron a Cecilia al girar bruscamente la esquina en dirección a la osteria junto a la que se encontraba.
—¡Oh, mi dispiace molto ! —soltó la mayor de las dos—. Voy con un poco de prisa. Ha sido tan bonito en la iglesia que hemos perdido la noción del tiempo. ¿Eres invitada de la boda?
Cecilia sonrió a la menuda italiana. Tenía un rostro amable y el pelo negro azabache recogido en una pulcra coleta. Calculó que la mujer tendría entre cuarenta y cinco y cincuenta años. —Sí. Soy Cecilia Caprini. Me alojo en el hotel de Emilia y me ha invitado de manera espontánea.
—¡Ah! Encantada. Soy Letizia y me encargo del catering. Y esta es... —Letizia se volvió y buscó a la segunda mujer con la que había llegado—. ¿Adónde se ha ido?
—Creo que ha entrado en la osteria .
—Sí, es mi local. Esa era Lorella, mi sorellina .
Se encarga de los arreglos florales y está un poco nerviosa.
Este es su primer encargo importante desde que regresó aquí...
—Letizia se interrumpió—. ¡Ay, estoy hablando por los codos, perdona!
Estoy muy nerviosa. No sé si tendremos comida suficiente y aún tengo que llevarlo todo al bufé antes de que lleguen los invitados de la iglesia.
Y mis hijos se han empeñado en quedarse allí, aunque deberían estar ayudando. Ay, te digo que tengo los nervios...
Cecilia sonrió y se inclinó hacia la azorada italiana, que era casi una cabeza más baja que ella. —¿Quizá pueda ayudarte yo de alguna forma?
—¿ Cosa? ¡Oh! No, no, no. Ni hablar. Eres una invitada. Anda, siéntate. Te traeré algo de beber.
—¿Estás segura de que...? —empezó Cecilia, pero Letizia ya había desaparecido. Cecilia se dejó caer en el banco más cercano, respiró hondo y disfrutó de la tranquilidad antes de que comenzara la gran celebración.