Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 2 #2
8%

Capítulo 2 #2

Dos horas más tarde, Cecilia estaba sentada en su viejo Mini Cooper, que zumbaba por la carretera comarcal que comunicaba el Lido con el pueblo de Camaiore.

Había insistido en viajar en su propio coche, pese a que la redacción le había ofrecido tanto un vuelo como un billete de tren.

Pero Cecilia odiaba volar, y los trenes italianos no eran famosos precisamente por su puntualidad.

Si hubiese ido en tren, probablemente aún no habría llegado.

Además, disfrutaba conduciendo su Mini Cooper.

También desprendía nostalgia y calidez; asociaba el coche con gratos recuerdos de excursiones con pícnic y largos viajes por carretera a través de la campiña italiana.

Su padre se lo había regalado al cumplir dieciocho años.

A esas alturas, el pobre trasto tenía más de 250.

000 kilómetros en el cuentakilómetros y le costaba en mantenimiento más de lo que otros se gastaban en el alquiler.

Pero, sencillamente, era incapaz de desprenderse de él.

El día anterior, Leonardo le había advertido con severidad que no emprendiera el trayecto de cuatro horas en esa cosa y, sin duda, había pasado toda la tarde esperando que ella lo llamara presa del pánico.

Pero el Mini había aguantado como un campeón.

El hecho de que hubiese llegado tan tarde se debía a dos tramos de obras, que le habían costado dos horas de viaje y le habían destrozado los nervios.

Y, aun así, ahora consideraba que había merecido la pena.

Por fin había cambiado el tiempo; el cielo comenzaba a despejarse poco a poco y un radiante sol primaveral enviaba algún que otro rayo entre las nubes.

Cecilia bajó la ventanilla, apoyó el codo en el borde y disfrutó del aire fresco de primavera sobre la piel mientras recorría la sinuosa carretera hacia el hotel.

El motor del Mini ronroneaba como si el coche hubiese estado esperando una excursión tan magnífica.

Cecilia no podía reprochárselo. Para ella también, las vistas que se abrían tras cada nueva curva eran un bálsamo para el alma.

Conducía por un paisaje digno de una postal.

Recuerdos desde la Toscana.

Cecilia sonrió, cogió las gafas de sol y se las colocó sobre el pelo para que el viento no siguiera arrojándole mechones a la cara.

Cuando vio la señal del hotel, se desvió de la carretera principal y recorrió los últimos metros por una pista de grava que atravesaba un arco y pasaba junto a unos cipreses altísimos.

La víspera, todo aquello no había sido para ella más que una masa negra y sin forma.

Ahora, mientras aparcaba el coche y contemplaba las vistas por primera vez, apenas podía creerse su suerte.

Había elegido el hotel perfecto. Allí reinaba la tranquilidad; era un lugar idílico y de un tipismo toscano casi empalagoso.

El edificio principal era, como había leído en la página web, una antigua bodega que los propietarios habían reformado y restaurado.

Frente al hotel se extendía una preciosa y amplia pradera, en cuyo límite había una gran piscina infinita.

Al otro lado de la pradera, una pequeña escalinata conducía a una terraza panorámica elevada.

Cecilia cruzó la hierba, comprobó la temperatura del agua y se alegró al descubrir que la piscina estaba climatizada.

Se detuvo un momento y contempló la pendiente, distribuida en terrazas con parterres cuidadosamente atendidos.

Junto a ella, un sendero estrecho conducía hacia la costa.

Cecilia siguió hasta la terraza panorámica, subió los escalones y se recreó en aquella vista sobrecogedora.

Ante ella se extendían colinas de suaves pendientes donde las primeras vides empezaban a reverdecer, hasta que, en la costa, aparecían la localidad de Lido di Camaiore y, más allá, el mar reluciente.

—Guau —dijo.

—Gracias —oyó decir a alguien a su espalda, y se volvió.

Una mujer más o menos de su edad se acercaba hacia ella.

Tenía unos grandes ojos azules, una espectacular melena rubia y lucía una sonrisa radiante que proclamaba al mundo entero, a primera vista, lo feliz que era allí.

—Eres Cecilia Caprini, ¿verdad? Llegaste anoche.

¿Pudo enseñártelo todo mi recepcionista nocturno?

Cecilia le estrechó la mano que le tendía. —Sí, la acogida fue muy cálida. Y sigue siéndolo. ¿Eres Emilia Beerling, la propietaria?

Emilia asintió, levantó la mano y señaló un anillo de compromiso. —A partir de mañana, supongo que seré Emilia Kruger —dijo entre risas—. Por favor, llámame Emilia.

—¡Enhorabuena! Ya me han contado que mañana se celebra una boda por todo lo alto.

Emilia suspiró. —Ay, sí. No sé dónde me he metido.

Negó con la cabeza. —Aquí nunca dejas de aprender.

Hace unos dos años que me mudé aquí desde Berlín, y a menudo creo haber entendido cómo funciona Italia...

y entonces siempre aparece algo nuevo para demostrarme lo alemana que sigo siendo en ciertos aspectos.

—Lo más importante es que tú también disfrutes de la fiesta. No bebas demasiado, come bocados pequeños, estrecha suficientes manos y no dejes nunca de sonreír.

Emilia miró a Cecilia con sorpresa. Se echó a reír. —Eso es lo que decía siempre mi nonna .

—Ah, entonces estabas perfectamente preparada para tu propia boda.

Cecilia negó con la cabeza. —No estoy casada.

Emilia bajó la mirada. —Ay, perdona, había pensado que... por el anillo.

Cecilia alzó las manos. Llevaba anillos en cinco de los diez dedos, uno de ellos en el anular derecho.

Cecilia lo giró para ponerlo del derecho y mostró a Emilia los zarcillos de hojas doradas entrelazadas que quedaron bajo el nudillo.

—Anillos de fantasía —explicó con una sonrisa—.

Me pareció que combinaban bien con el conjunto. Me gustan las joyas.

—¡Ah, es precioso! Yo casi nunca llevo joyas porque aquí siempre hay algo que manipular, cavar o reparar. Emilia rio con los ojos centelleantes.

—Pero merece la pena, ¿verdad?

Emilia asintió. —¿Sabes qué, Cecilia? Sí, la merece.

Oye, si mañana no tienes nada mejor que hacer, ¿por qué no vienes a la celebración?

Por desgracia, la iglesia ya está llena, pero después habrá una gran fiesta en la piazza y allí hay sitio de sobra.

Y créeme: mi amigo, que se ocupa del banquete, ha cocinado más de lo que podríamos comernos jamás.

—¡Ah, qué amable por tu parte! —respondió Cecilia—. Claro que me encantaría ir, gracias.

— Più siamo meglio è , ¿no? —repuso Emilia con una sonrisa.

—Cuantos más, mejor, sì .

—Ven, te enseñaré mi orgullo. Y, dicho eso, Emilia se cogió de su brazo y le mostró la hermosa finca.