Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Cuando Cecilia vio a Rosa Davinio acercarse hacia ella —no, avanzar a grandes zancadas hacia ella—, supo exactamente lo que le esperaba.

La dueña se parecía muchísimo a la madrastra de Cecilia, salvo que la signora Davinio, a diferencia de Nicoletta Caprini, sí se ganaba la vida trabajando.

Rosa llevaba un vestido rojo de tirantes con una chorrera blanca por delantal.

Su larga y lustrosa melena negra estaba recogida en un moño suelto.

En conjunto, parecía la encarnación de un anuncio de cera para suelos de los años cincuenta.

Antes incluso de que Cecilia tuviera ocasión de tenderle la mano para saludarla, Rosa ya la había examinado con mirada crítica de la cabeza a los pies.

El leve movimiento de sus labios de un rojo intenso le indicó a Cecilia que le gustaba lo que veía.

Entonces la dueña del restaurante le tomó la mano y se la estrechó brevemente.

— Signora Caprini, sì ? —preguntó Rosa Davinio.

—Sí, así es. Cecilia, si quieres.

—Por supuesto. Siempre digo que no hay por qué guardar tantas formalidades. Llámame Rosa, por favor. Me alegro mucho de que hayamos podido organizarlo, Cecilia.

—El placer es nuestro —respondió Cecilia con cortesía—. Has creado algo realmente impresionante. Nuestro equipo editorial lleva bastante tiempo siguiendo tu trayectoria.

De una mujer como Rosa, Cecilia no esperaba falsa modestia, así que no le sorprendió recibir por toda respuesta una sonrisa de suficiencia. —¿Puedo ofrecerte algo de beber? ¿ Un caffè ?

—Encantada, muchas gracias.

Rosa señaló un taburete junto a la barra, situada al lado de la entrada a la cocina.

Cecilia se sentó y miró a su alrededor mientras Rosa se disculpaba un momento y desaparecía en la cocina, sin duda para darle ocasión de asimilar la perfección de su restaurante.

El Piccolo Pavone no tenía nada de una osteria italiana y sí todo lo propio de un elegante restaurante de lujo.

La zona de la entrada estaba acristalada y ofrecía una vista panorámica del paseo marítimo y del mar.

El mobiliario era elegante, de gran calidad; algunas de las mesas redondas de madera oscura se encontraban en hornacinas que proporcionaban mayor intimidad.

En medio del salón se alzaba una planta artificial que llegaba hasta el techo, una especie de nenúfar gigantesco iluminado desde abajo por focos de suelo.

Cecilia conocía esa clase de restaurantes.

A Leonardo le gustaba ir a sitios así...

A ella no. A Cecilia le encantaba la cocina sencilla y auténtica. Platos como los fagottini verdi de su nonna , saquitos de pasta rellenos de parmesano en salsa cremosa de puerro, suaves, aterciopelados, opulentos y magníficos.

Le encantaba la cucina della nonna , la cocina de las abuelas, que no existía en restaurantes como aquel.

Todo se reinterpretaba siempre de una forma nueva y moderna, se adornaba y se manipulaba hasta echarlo a perder.

En opinión de Cecilia, las recetas italianas originales no tenían nada que mejorar.

Eran perfectas. Habían conquistado el mundo.

Constituían uno de los bienes culturales más importantes que Italia tenía que ofrecer, y no era poco decir, teniendo en cuenta los tesoros artísticos que podían descubrirse por todo el país.

Pero, para pesar de Leonardo, el arte no interesaba demasiado a Cecilia.

Lo suyo eran las artes culinarias italianas, que a su juicio no tenían parangón.

La Accademia Italiana della Cucina compartía esa opinión: la asociación cultural italiana dedicada a preservar las tradiciones de la cocina del país, que solo en contadísimas ocasiones y de mala gana permitía adaptar las recetas a las necesidades del presente , como se había explicado hacía poco a propósito de la receta original de la boloñesa.

Cecilia había escrito un artículo al respecto y le habían divertido mucho las explicaciones de la asociación cultural para justificar por qué, además de la cartella empleada tradicionalmente, el diafragma de ternera, ahora podía utilizarse también carne picada normal.

Para ella había sido un deleite percibir la solemnidad que se ocultaba tras aquellas palabras formuladas con devoción casi religiosa, en las que se explicaba que, por primera vez desde 1982, la Accademia había autorizado un cambio en la receta original y la había depositado en la Cámara de Comercio de Bolonia.

Le encantaban historias como aquella. Esos eran los relatos que merecía la pena contar.

Un toque de nostalgia, una chispa de orgullo italiano.

Algo que arropaba con calidez el corazón del lector, tan reconfortante como un minestrone della nonna.

— Mi scusi , Cecilia, he tardado un poco más —oyó decir a Rosa a su espalda, y se volvió hacia ella.

La dueña dejó una taza humeante de espresso sobre la barra; en el platillo había dos cantuccini .

—No pasa nada. Mientras tanto, he estado admirando tu precioso restaurante.

—Ah, sí. Estoy muy orgullosa de él. Nos ha costado mucho trabajo. Y mucho dinero. Rosa le guiñó un ojo y señaló el café con un gesto de invitación.

Cecilia dio un sorbo con cautela y cerró los ojos, deleitada. — Perfetto —suspiró.

—Estuvimos una eternidad buscando el tueste perfecto —explicó Rosa.

—Sí, lo entiendo perfectamente. Un buen espresso es el broche imprescindible para una cena italiana tradicional. Permíteme que te pregunte directamente: ¿cómo has incorporado los platos tradicionales a tu concepto? ¿Cuál era la idea?

Cecilia sacó la tableta y la dejó sobre la mesa.

Rosa ya estaba empezando a responder algo en lo que, evidentemente, ni siquiera necesitaba pensar.

—Fuera lo viejo, que entre lo nuevo. Así de sencillo.

Aquí hay osterias vulgares a patadas. No son mi estilo.

Quien quiera comer polpette que lo haga en otro sitio. Te daré mi carta y entonces...

Cecilia levantó una mano, acompañando aquel gesto defensivo con una sonrisa radiante. —Ya la he estudiado en detalle. Una auténtica obra de arte.

Entonces Rosa se dignó dedicarle una sonrisa de agradecimiento. — Grazie.

—Ya me había dado la impresión de que, al elaborarla, se había concedido importancia a la tradición. De ahí mi pregunta.

—Bueno, como es natural, tampoco queremos reinventar la rueda. Creé la carta con mi antiguo chef. Celio Contaldo. Por desgracia, ya no trabaja aquí.

El tono subyacente en las palabras de Rosa hizo que Cecilia aguzara el oído. —¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Me gustaría decir que se sintió llamado a empresas más elevadas, pero ocurrió justo lo contrario. Tiene un bistrot en el pueblo. Al lado de mi otro restaurante. Rosa hizo un ademán impreciso por encima del hombro. —Allí sirven cocina tradicional, por cierto. De categoría, claro.

—¿En el bistrot?

—En mi otro restaurante.

—Ah, me encantaría verlo. Me quedaré aquí unos días más. Mañana podríamos...

Rosa negó con la cabeza y Cecilia interrumpió la frase. —Mañana está todo cerrado. Tenemos una boda enorme en la piazza. Una boda en primavera, ¿te lo puedes creer?

La verdad es que sí.

Pero Cecilia sabía a qué se refería Rosa. La primavera toscana era caprichosa y lluviosa. Había que tener un motivo especial para elegir precisamente esa época del año.

O una fe inquebrantable en las divinidades romanas del clima.

—Esperemos que los novios tengan suerte con el tiempo mañana —dijo Cecilia, eludiendo la pregunta.

Rosa hizo un gesto desdeñoso. —A estas alturas seguramente ya habrán llenado toda la piazza de carpas. Y les da igual cómo se supone que vamos a llegar los demás a nuestras tiendas y viviendas. Tipicamente italiano.

Cecilia dedujo de aquello que Rosa no debía de encontrarse entre los invitados a la boda. —¿Son de por aquí los novios?

—Emilia Beerling, o como quiera que se pronuncie, y Aurelio Kruger. Dos recién llegados, por así decirlo.

—¿Recién llegados? —insistió Cecilia, creyendo percibir una nota de desaprobación en la voz de Rosa.

—Ella es alemana y él, medio alemán. Siempre vienen aquí con la intención de cambiarlo todo. Bueno, no todo es malo, si deve ammettere. Son propietarios de un hotel precioso que hasta hace poco estaba en ruinas. El Hotel Toscana Mare.

—¡Ah! —exclamó Cecilia, sorprendida, ante lo cual Rosa la miró desconcertada—. Me alojo en ese hotel —explicó Cecilia.

—Ah, ¿sí? Habría pensado que te alojabas en el paseo marítimo.

Cecilia negó con la cabeza. —No, quería empaparme un poco del ambiente toscano. Solo he oído cosas buenas sobre el Hotel Toscana Mare , así que por eso lo elegí. Pero llegué anoche, de modo que aún no he visto gran cosa.

Rosa asintió con sequedad. Era evidente que su interés por la charla trivial era limitado. —Pero ya basta de eso —se apresuró a decir Cecilia mientras pulsaba la pantalla de la tableta—. Háblame de los placeres de la cocina toscana...