Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 1
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Capítulo 1

Cuatro semanas antes

Cecilia estaba de pie en el paseo marítimo de Lido di Camaiore e imaginaba lo precioso que debía de estar aquello dentro de dos o tres meses.

No era de extrañar que todo el mundo peregrinase hasta allí desde finales de mayo para disfrutar del sol y de las maravillas de la gastronomía toscana.

Rimini había pasado de moda; Camaiore era lo último.

Ese era, al menos, el enfoque del artículo que estaba escribiendo para Buongustaio , la revista de gastronomía y viajes más prestigiosa de Italia.

No era la primera vez que se felicitaba por haber decidido cambiar su empleo bien remunerado como directora de marketing en la empresa de inversiones de su acaudalado padre por un puesto de redactora en Buongustaio , aunque aquello hubiera reducido sus ingresos prácticamente a la mitad.

Al fin y al cabo, su padre era bastante conocido en Roma.

Por no hablar de su relación con él, que también se había resentido desde que tomó aquella decisión…

Al menos su novio Leonardo la había animado, aunque por motivos en los que Cecilia prefería no detenerse.

Leonardo era, aunque no lo reconociera abiertamente, un gran defensor de la dinámica familiar tradicional.

Nada le gustaría más que Cecilia dejase por completo su trabajo, fuera cual fuese, para dedicarse a él, a cuidar su aspecto y a sus futuros hijos.

Al fin y al cabo, ganaba lo suficiente para mantener a una familia de cinco miembros, como nunca se cansaba de recalcar.

Por una parte, aquello estaba bien, porque Cecilia —lo admitía de buen grado— disfrutaba del lujoso mundo en el que ambos vivían.

Le gustaba el loft inundado de luz con una gran terraza en la azotea del barrio romano de Prati, las joyas caras, la ropa de diseño y las escapadas de fin de semana a Capri, Ischia y Cerdeña.

¿A quién no?

Lo que no resultaba tan agradable, sin embargo, eran los deseos cada vez menos sutiles de Leonardo respecto a su futuro juntos. Y solo llevaban dos años saliendo.

Quería casarse, con acuerdo prenupcial, por supuesto. Quería tres hijos, y el primero debía ser un niño, a ser posible. Quería una Cecilia eternamente joven, de piel tersa, trasero firme y uñas perfectamente cuidadas.

Y todo eso lo cambiaría, en diez años como máximo y sin pestañear, por una versión más joven de Cecilia.

Porque dentro de diez años ya habría cumplido los cuarenta y cinco, y con ello habría rebasado una especie de límite de edad mágico para hombres como Leonardo.

Estaba segura. Todos eran así. Así había sido su padre.

Y el padre de este. Y, probablemente, otras dos o tres generaciones de Caprini anteriores a ellos.

Estoy saliendo con mi propio padre.

Cecilia hizo una mueca de asco y se dejó caer en un banco, solo para levantarse de un salto al instante, porque aún estaba mojado por el chaparrón de aquella mañana.

—¡Ah, estupendo! —exclamó Cecilia mientras llevaba una mano hacia atrás para palparse el trasero mojado—. Perfecto.

Tenía que estar en el Piccolo Pavone dentro de diez minutos para entrevistar a la propietaria, Rosa Davinio.

El restaurante se encontraba junto al Hotel Versilia Lido , uno de los establecimientos más exclusivos de la zona, y acababa de recibir su segunda estrella Michelin.

Una no entraba en un restaurante así con el trasero mojado.

Ni con el pelo revuelto por la lluvia , pensó Cecilia al oír un trueno a su espalda.

Se volvió, vio que unas nubes oscuras se cernían sobre el mar, echó a correr y llegó a la entrada del hotel antes de que el aguacero la alcanzara.

Una vez allí, buscó los aseos y comprobó con alivio que en el Versilia Lido aún confiaban en los buenos secadores de manos de toda la vida, en lugar de esos modernos propagadores de gérmenes en los que había que meter las manos recién lavadas.

Cecilia se colocó bajo uno de los secadores y sacó el trasero para secar con el aire su traje beige.

Entretanto, extrajo la tableta del bolso y volvió a repasar sus notas.

Sin duda ofrecía una imagen curiosa, allí de pie, bajo el secador de manos, con el trasero en pompa y encorvada sobre una tableta.

Al parecer, esa era también la opinión de la señora mayor que entró en ese momento y miró a Cecilia como si perteneciera a otra especie.

—Ayuda a aliviar la tensión —explicó Cecilia, dedicándole una sonrisa amable.

—Los masajes también —replicó la señora antes de meterse directamente en un cubículo y cerrar la puerta de golpe, como si temiera que la loca del secador fuera a atracarla.

Cecilia comprobó la tela, constató que se había secado bastante bien, se irguió y se volvió hacia el espejo para examinar por última vez su pelo con mirada crítica.

Como de costumbre, el primer pensamiento que se formó de manera automática fue qué opinaría Leonardo de su aspecto.

Sabía que aquello no estaba bien. Era una mujer adulta, inteligente y ambiciosa.

¡Por el amor de Dios! Y, sin embargo, nunca había logrado desprenderse del reflejo de contemplarse a sí misma y juzgar su aspecto a través de los ojos de un hombre.

¡Gracias, papá!

Suspiró e intentó apartar tanto sus traumas paternofiliales como la mirada crítica de Leonardo y sustituirlos por su propio criterio.

Era un ejercicio que practicaba con regularidad desde hacía algún tiempo.

Hasta el momento, con un éxito más bien limitado.

Pero nada de aquello tenía cabida allí y en ese instante.

Tenía un trabajo que hacer. Su trabajo. El trabajo que ella misma había elegido, por el que había luchado y que había conseguido por iniciativa propia.

El trabajo que demostraba su independencia y que, por primera vez en su vida, no la hacía sentirse como una marioneta.

También era, hay que reconocerlo, un trabajo en el que todavía tenía mucho que aprender y que probablemente solo había conseguido gracias a su apellido; un pensamiento que se le instalaba en el estómago como un bloque de hielo y que prefería ignorar antes de que surgiera una oleada de inseguridad y amenazara con sepultarla.

Tenía que demostrar su valía. Y la demostraría .

Cada artículo, cada entrevista, cada viaje constituía una nueva oportunidad de demostrarle a su redactora jefa que Cecilia Caprini merecía el trabajo de sus sueños.

Para ello no solo hacía falta cierto talento para las historias y las palabras, sino también para causar una primera impresión perfecta en las personas a las que deseaba entrevistar.

—Bien, veamos… —murmuró Cecilia, llevando la mano automáticamente al bolso para sacar el pintalabios.

Posó la mirada en sus labios y después volvió a su pelo.

Las ondas seguían cayéndole sobre los hombros tal como habían quedado cuando se lo secó después de la ducha matutina; el flequillo también seguía intacto y el pintalabios rojo cobrizo no se había corrido y combinaba a la perfección con su cabello caoba.

Cecilia no era excesivamente presumida, pero creía firmemente en el lema la primera impresión es la que cuenta.

Asintió para sí, guardó el pintalabios, cogió el bolso y se lo colgó al hombro.

Después salió, no sin gritar —¡Ya puede salir, no hay peligro!

— por encima del hombro antes de abandonar los aseos.

Salió al paseo marítimo y agradeció que tanto la entrada del hotel como la del Piccolo Pavone estuvieran a cubierto.

El tiempo no estaba siendo benévolo con la Toscana aquel día, y Cecilia esperaba que no lloviera durante todos los días siguientes.

Al fin y al cabo, además de investigar para su artículo, tenía pensado explorar algunos de los hermosos paisajes de la zona.

Su mirada se posó en las colinas y montañas que se alzaban como sombras oscuras tras el Lido.

En algún lugar de allí se encontraba su hotel, en el que no se había registrado hasta última hora de la noche anterior.

Ya estaba oscuro y, por tanto, aparte del elegante vestíbulo y de su acogedora habitación, todavía no había visto gran cosa del encanto toscano.

Incluso en aquel momento, las nubes y la lluvia desdibujaban las vistas y teñían de gris azulado el paisaje, normalmente verde.

Aun así, Cecilia se detuvo un instante para contemplarlo, preguntándose qué secretos podrían ocultarse entre los viñedos de la Toscana.

Después enderezó los hombros, se alisó la falda y se encaminó hacia el Piccolo Pavone.