Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Prólogo
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Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4)

Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4)

Por Hanna Holmgren

© inepub.com

Prólogo

Fue su propio jadeo lo que la obligó a aminorar un poco el paso.

Notó cómo se le formaban gotas de sudor en la frente a pesar del aire fresco.

No estaba acostumbrada a escalar montañas.

En Roma, donde vivía, no había montañas, solo colinas.

Y aunque siempre había disfrutado de las vistas de la Ciudad Eterna desde el jardín de los naranjos de la colina romana del Aventino, el Giardino degli Aranci , sabía que lo que estaba a punto de encontrarse sería aún mejor.

Mucho mejor.

Como todo allí.

Se detuvo un momento y apoyó las manos en las rodillas.

A su alrededor, todo eran trinos y zumbidos.

Se encontraba en mitad de un bosque de cuento de hadas.

No había otra forma de describirlo. Mirase donde mirase, todo era de un verde intenso.

El rocío de la mañana se había acumulado sobre las agujas de los altos pinos y centelleaba, rivalizando con los rayos de sol que habían conseguido abrirse paso entre las nubes y el dosel del bosque.

Aquel era su sitio. Lo sentía.

Pero ¿era suficiente?

No lograba desprenderse del todo de su antigua vida, no conseguía sacudirse las dudas ni reunir el valor necesario para dejarla atrás y empezar una nueva allí, en la Toscana.

Se marcharía al día siguiente. Así que aquella era su última oportunidad de comprobar por sí misma qué podía aguardarla allí.

Tal vez.

Volvió a erguirse, echó la cabeza hacia atrás y giró sobre sí misma hasta completar un círculo.

Aquel hermoso lugar tenía muchísimo que ofrecer.

Apenas media hora antes se había encontrado rodeada de viñedos.

Ahora estaba en un estrecho sendero del Monte Prana y contemplaba la espesura impenetrable del bosque.

Desde lo alto, en la cima situada a 1.218 metros, se divisaban las colinas toscanas hasta llegar al mar.

Pero la cumbre no era su destino. No aquel día.

No yendo sola. Su objetivo era la pequeña plataforma que él le había enseñado.

Su rincón secreto, apartado de las rutas de senderismo, oculto tras unos arbustos espinosos y al que solo podía llegarse deslizándose por una pequeña pared de roca.

Dal nulla non viene nulla — De la nada, nada sale.

Eso era lo que él había dicho entre risas mientras la cogía del brazo y tiraba de ella.

Tenía arañazos en los antebrazos, tierra en la cara y la ropa desgarrada.

La naturaleza, a veces agreste, que ofrecía la Toscana en primavera no tenía nada que ver con los parques de Roma, diseñados hasta el último detalle.

Pero en aquel momento nada de eso le había importado: ni los arañazos, ni la suciedad, ni los desgarrones. Porque él estaba con ella.

Un crujido en la espesura la arrancó de sus recuerdos.

Se volvió de golpe y se preguntó si había sido acertado emprender aquella caminata sola.

Después continuó avanzando con determinación.

Siguió el sendero, haciendo caso omiso de sus jadeos, del aire húmedo y del crujido de sus zapatos sobre el suelo mojado del bosque.

Cuando divisó el mojón, giró a la izquierda y se abrió paso con firmeza entre los arbustos espinosos.

Entonces se encontró en lo alto de la pared rocosa y clavó la mirada en la plataforma que había a sus pies.

Esta vez, él no estaba allí para tenderle el brazo y recogerla.

— No importa —susurró, armándose de valor antes de deslizarse hacia abajo.

Resbaló, cayó de culo y hundió los dedos en el musgo húmedo para frenar antes de seguir deslizándose hacia el saliente.

Aunque este se encontraba a unos buenos tres metros de distancia, se apoderó de ella el miedo irracional a precipitarse al vacío.

Respiró hondo, se levantó con las rodillas temblorosas y alzó la cabeza.

Allí estaba. Aquella era la vista que había ido a buscar. La vista por la que merecía la pena hacer el camino. La vista de la que esperaba obtener respuestas. Respuestas a la pregunta de si el pequeño punto que ahora contemplaba allá abajo, y el futuro que podía representar, podrían pertenecerle.

La vista de Monte Rosso.

El viñedo rojo.