Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

OLIVIA

Llegamos a Las Vegas cuando el cielo empieza a teñirse de ese gris oscuro.

Han sido cinco horas de viaje. Cinco horas de silencio tan absoluto que he oído cada respiración, cada cambio de marcha, cada kilómetro que nos alejaba de Mexicali y de los cuatro cuerpos que hemos dejado atrás.

Mi padre se quedó dormido hace dos horas, o tal vez perdió la consciencia. No estoy segura. Su respiración es irregular, entrecortada, se le corta a ratos con sollozos que se le escapan incluso mientras duerme.

Leonardo no me ha mirado ni una sola vez durante todo el viaje.

Siento la tensión que irradia de él como calor. Cómo cierra las manos en puños sobre los muslos. Cómo aprieta tanto la mandíbula que se le marcan los músculos. La rigidez en los hombros, propia de quien se prepara para un golpe.

No sé qué le sucede.

Lorenzo conduce directamente hacia un edificio discreto en las afueras de la ciudad. No hay letreros. Nada que indique qué es este lugar. Pero cuando entramos por la verja de seguridad, veo que está rodeado de muros altos y cámaras en cada esquina.

Y lo entiendo de golpe.

Es una clínica con pinta de cárcel.

Hay personal médico esperando cuando nos detenemos frente a la entrada principal. Dos enfermeros con una camilla. Un médico con bata blanca que asiente hacia Leonardo cuando este se baja como si lo conociera.

—Quiero rehabilitación privada para él. —La voz de Leonardo sale ronca, como si no hubiera hablado en años—. Va a quedarse aquí hasta que esté limpio. Bajo custodia. No puede salir, aunque quiera.

Mi padre apenas reacciona cuando Lorenzo lo ayuda a bajar del coche. Está todavía en shock, temblando, con los ojos vidriosos clavados en la nada.

Los enfermeros se acercan con una camilla, pero me bajo del coche antes de que puedan llevárselo.

—Esperad. —Mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Necesito hablar con él primero.

Leonardo me mira, le cruza algo oscuro la mirada, pero asiente.

Me acerco a mi padre. Está de pie con ayuda de Lorenzo, apenas se sostiene en pie. Cuando me ve, se le llenan los ojos de lágrimas.

—Olivia… cariño… lo siento tanto…

Las palabras me golpean, pero no con la fuerza que solían tener. No con esa culpa automática que me hacía perdonarlo todo.

Esta vez solo siento cansancio.

—Lo sé, papá. —Digo, y mi voz sale plana—. Siempre lo sientes.

—Esta vez es diferente. Esta vez de verdad voy a cambiar. Te lo prometo. Voy a…

—No. —Lo interrumpo, y él se calla de golpe, sorprendido—. Se acabaron las promesas. Se acabó lo de «esta vez es diferente». Porque nunca lo es.

Se le escapa un sollozo.

—Te he fallado. Toda tu vida te he fallado y…

—Sí. —La palabra sale como una puñalada—. Me has fallado. Una y otra vez. Me has obligado a ser la adulta cuando yo era la niña. Me has robado años de mi vida rescatándote de problemas que tú mismo creabas.

Las lágrimas caen por sus mejillas, mezclándose con la sangre seca.

—Lo siento…

—Pero eres mi padre. —Continúo, y ahora mi voz se quiebra—. Y a pesar de todo, te quiero. Por eso estoy aquí. Por eso Leonardo arriesgó su vida por ti. Porque yo se lo pedí.

—Gracias, cariño. Gracias por no abandonarme. Por…

—Pero esta es la última vez. —Lo interrumpo, necesitando que lo entienda—. Vas a quedarte aquí hasta que estés curado. Curado de verdad. Y si sales y vuelves a apostar, si vuelves a caer… no voy a rescatarte. ¿Me has entendido?

Asiente sin parar y se aferra a mis manos.

—Sí. Sí, lo entiendo. Voy a cambiar. Esta vez de verdad. Te lo juro por tu madre.

—No jures por mamá. —Las palabras salen como un gruñido—. Ella merece descansar en paz sin que uses su memoria para tus promesas.

Se queda en silencio, devastado.

Me acerco más y bajo la voz hasta que solo él me oye.

—Te quiero, papá. Pero estoy cansada. Estoy harta, joder, de ser siempre yo la que te salva.

Así que esta vez vas a salvarte tú mismo.

Vas a hacer el trabajo. Vas a enfrentarte a tus demonios.

Y si lo consigues… si de verdad cambias…

entonces tal vez, solo tal vez, podamos tener una relación de verdad.

—Lo voy a hacer. —Susurra—. Te lo prometo.

No respondo. Ya he escuchado esa promesa demasiadas veces.

Me inclino y lo beso en la mejilla. Es rápido, automático, pero necesario.

—Adiós, papá.

Me alejo antes de que pueda responder. Los enfermeros se acercan al instante y lo ayudan a tumbarse en la camilla. Le ponen una vía en el brazo, le inyectan algo que le cierra los ojos en cuestión de segundos.

Lo observo desaparecer por las puertas dobles del edificio. Mi padre. El hombre que me crio. El hombre que me ha hecho añicos una y otra vez sin enterarse.

Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no las dejo caer.

No todavía.

Leonardo aparece a mi lado y me pasa el brazo por los hombros.

—Has hecho lo correcto.

—No lo sé. —Susurro—. No sé si alguna vez voy a saber si hice lo correcto.

—Lo hiciste. —Su voz sale firme, sin espacio para dudas—. Le diste una última oportunidad. Es más de lo que la mayoría habría hecho.

Asiento, aunque no estoy segura de creerlo.

Volvemos al coche en silencio. Lorenzo y Romeo ya están esperando, dándonos espacio sin decir nada.

Y entonces solo quedamos nosotros cuatro.

El motor arranca. Las luces del edificio desaparecen detrás de nosotros.

Y por primera vez en mi vida, no sé si volveré a ver a mi padre.

No sé si quiero volver a verlo.

Lorenzo nos lleva de vuelta a la mansión. El silencio continúa, pero ahora es diferente. Más pesado. Como si todos estuviéramos esperando que algo explote.

Cuando llegamos por fin, es casi de madrugada.

—Descansad. —Leonardo sale del coche sin mirarme—. Ha sido un día muy largo.

Lorenzo y Romeo asienten, intercambiando una mirada que no consigo descifrar antes de dirigirse hacia sus habitaciones.

Leonardo camina hacia el interior de la mansión a paso ligero. Demasiado ligero. Como si huyera.

Lo sigo.

Cruzo el vestíbulo vacío. Subo las escaleras. Llego al pasillo del tercer piso justo cuando él está a punto de entrar en su despacho.

—Leonardo, espera.

Se tensa. Lo veo en cómo se le tensan los hombros, en cómo cierra la mano sobre el pomo de la puerta. Pero no se gira.

—Deberías descansar. —Su voz sale controlada, pero se le nota la tensión por debajo—. Ha sido un día largo.

—Tengo que hablar contigo.

—Mañana. Ahora necesitas descansar.

—No. Quiero hablar ahora. —Lo interrumpo con una voz más firme de la que esperaba—. Mírame.

Se queda inmóvil durante tres segundos enteros. Tres segundos en los que veo cómo lucha contra el impulso de huir. De encerrarse en su despacho.

Por fin se gira.

Y lo que veo en su expresión me parte el corazón.

No es la máscara fría del Don. No es la ferocidad controlada del depredador. Es algo más crudo. Más vulnerable de lo que nunca le he visto.

Espera que lo rechace. Que le diga que lo que he visto ha cambiado todo. Que me he dado cuenta de que estoy casada con un monstruo y quiero salir corriendo.

—Gracias. —La palabra sale antes de que pueda pensarla.

Leonardo parpadea, confundido.

—¿Qué?

Me acerco un paso. Luego otro.

—Gracias por protegerme. Por proteger a mi padre. Por hacer lo que tenías que hacer.

—Olivia. —Retrocede como si mis palabras lo hubieran quemado—. Viste lo que hice. Maté a un hombre con mis manos delante de ti. Vi tu cara. Sé que te asustó.

—¿Sabes qué vi? —Lo interrumpo.

Su mandíbula se tensa. Las cicatrices en su rostro se contraen cuando habla.

—A un monstruo.

—Vi al hombre que amo protegiéndome.

El silencio que sigue es tan absoluto que me oigo el corazón latir.

Leonardo se queda inmóvil. Como si tuviera miedo de que, si se mueve, si respira, este momento desaparecerá y será reemplazado por la realidad que espera.

—No puedes… —Su voz sale quebrada con un tono que no le había oído nunca—. No después de lo que viste.

Me acerco más, hasta que estoy lo bastante cerca para tocarlo. Levanto las manos, cogiéndole el rostro con una suavidad que contrasta con la intensidad en sus ojos.

—Vi a mi marido dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerme a salvo. —Las palabras salen firmes ahora, cargadas de toda la convicción que siento—. Vi al único hombre que alguna vez me ha puesto por encima de todo lo demás.

—Soy un asesino. —Su voz sale ronca, casi desesperada—. Tengo las manos manchadas de sangre. Soy…

—Mío. —Lo interrumpo—. Eres mío.

Algo se rompe en su expresión. Algo que llevaba horas conteniendo y por fin cede.

—Te amo, Leonardo Moretti. —Las palabras salen con una facilidad que me sorprende—. Con tus cicatrices. Con tu oscuridad. Con tu violencia cuando es necesaria para protegerme. Te amo porque por primera vez en mi vida me siento a salvo del todo. En casa. Profundamente amada.

—No merezco que me ames. —Pero incluso mientras dice las palabras, sus manos encuentran mi cintura, atrayéndome hacia él como si no pudiera evitarlo.

—Pero te amo. Y nada de lo que digas va a cambiar eso.

Leonardo me mira un largo momento. Veo cómo procesa mis palabras. Cómo lucha contra la creencia de que esto no puede ser real. Que nadie puede verlo como en realidad es y no salir corriendo.

Y entonces habla, y su voz sale cargada de una intensidad que hace que se me olvide respirar.

—Te he amado desde el primer momento. Desde que te vi por primera vez en ese callejón sucio y me miraste sin miedo. He pasado tres años obsesionado contigo, construyendo un mundo lo suficientemente seguro para ti, convirtiéndome en alguien lo bastante fuerte como para protegerte de todo.

Sus manos se tensan en mi cintura, atrayéndome más cerca.

—Y cuando por fin te tuve… pensé que nunca podrías amarme. Que solo estabas aquí porque no tenías opción. Que en cuanto tuvieras la oportunidad, huirías como debería hacer cualquier persona cuerda.

—Ahora tengo la oportunidad de irme —Le sostengo la mirada—. Y te elijo a ti. Cada día. Para siempre.

—Después de lo que has visto hoy… —Empieza, pero hay algo diferente en su voz ahora. Algo feroz y posesivo que reconozco.