CAPÍTULO 29 #2
—Después de lo de hoy te amo más. —Lo interrumpo—. Porque me has demostrado que harías cualquier cosa por mantenerme a salvo. Que soy tu prioridad por encima de todo. Que me amas tanto como yo a ti.
Leonardo gruñe. Es un sonido bajo, gutural, del todo animal.
Y entonces me besa.
No es suave. No es dulce. Es ferocidad pura y desesperación y tres años de obsesión que por fin encuentran respuesta.
Sus labios se estrellan contra los míos con una intensidad que me roba el aliento. Una de sus manos se me enreda en el pelo y me sostiene justo donde quiere. La otra se desliza por mi espalda y me aprieta contra él hasta que no queda ni un centímetro entre nuestros cuerpos.
—Te amo. —Las palabras salen como un gruñido contra mis labios—. Dios, te amo tanto que eres lo único en lo que puedo pensar.
—Yo también te amo. —Consigo jadear entre besos.
Me coge en brazos sin romper el beso. Mis piernas se enroscan automáticamente alrededor de su cintura mientras empieza a caminar hacia nuestro dormitorio.
—Di que me amas otra vez. —Ordena contra mi cuello, y me muerde la piel.
—Te amo. —Entierro mis dedos en su pelo—. Te amo. Te amo.
Llegamos al dormitorio. Leonardo cierra la puerta de una patada, va derecho a la cama y me deja sobre el colchón con una suavidad que contrasta con la urgencia de sus movimientos.
—Eres lo mejor que me ha pasado nunca. —Dice mientras me quita la camiseta; las manos le tiemblan un poco de las ganas de tocarme—. Lo único bueno en mi vida. Lo único que hace que valga la pena seguir respirando.
Me desnuda con una mezcla de urgencia y reverencia. Como si cada prenda que quita revelara algo sagrado. Como si mi cuerpo fuera algo que tiene miedo de romper pero que necesita tocar más de lo que necesita respirar.
—Nunca pensé que podría tener esto. —Susurra contra mi piel mientras besa un camino desde mi cuello hasta mi vientre—. Que alguien como tú podría mirarme y ver algo más que a un monstruo.
—Eres mi monstruo. —Consigo decir, arqueándome bajo sus caricias—. Mío.
Algo feroz destella en sus ojos ante esas palabras.
Se desnuda a tirones y deja al descubierto ese cuerpo marcado por cicatrices que llevo meses memorizando. Cada línea blanca que cuenta una historia de violencia. Cada marca que lo convierte en quien es.
Y lo deseo. Todo él. Sin reservas. Sin miedo.
Cuando por fin se coloca entre mis piernas, cuando la punta de su erección empuja contra mi entrada, me mira con una intensidad que me corta la respiración.
—Te amo. —Dice, y entonces empuja.
No es suave. No puede serlo. No después de todo lo que ha pasado. No después de haber creído durante horas que me había perdido.
Me llena entera, hondo, sin apartar los ojos de los míos, como si necesitara ver mi reacción a cada segundo.
—Eres mía. —Gruñe mientras empieza a moverse—. Para siempre. Nunca te voy a dejar ir.
—Nunca voy a huir. —Prometo, aferrándome a sus hombros—. Nunca.
Sus embestidas son intensas, cargadas de toda la emoción que llevaba conteniendo. Le siento el temblor en los brazos mientras se sostiene sobre mí. Le veo la ferocidad en los ojos mientras me observa desmoronarme bajo él.
—Eres justo lo que necesito. —Jadeo cuando siento cómo me crece el placer en el vientre—. Lo único que he necesitado siempre.
—Te amo. —Repite, empujando más profundo—. Dios, te amo tanto.
Las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas sin que pueda controlarlas. No de dolor. No de miedo. Sino de alivio puro. De felicidad. De sentir por fin que estoy justo donde se supone que debo estar.
Leonardo las besa. Las lame. Las atesora como si fueran algo precioso.
—No llores, ángel. —Susurra contra mi piel—. No llores.
—Son lágrimas buenas. —Consigo decir entre sollozos—. Te lo prometo.
Él gruñe y acelera el ritmo hasta que ambos estamos al borde del precipicio.
—Córrete conmigo. —Ordena—. Ahora.
Y me desmorono.
El orgasmo me golpea con tanta fuerza que grito su nombre. Leonardo me sigue segundos después, gruñendo contra mi cuello mientras se vierte dentro de mí, marcándome como suya de la forma más primitiva posible.
Nos quedamos así durante un momento. Jadeando. Sudorosos. Completamente saciados.
Se deja caer a mi lado y me atrae enseguida hacia él hasta que estoy acurrucada contra su pecho. Su mano traza dibujos perezosos en mi espalda desnuda.
—Vamos a tener problemas. —Su voz sale baja pero firme—. El Cártel del Desierto no va a dejar esto sin respuesta.
—Lo sé.
—Podrían ir a por ti.
Levanto la cabeza para mirarlo.
—Pues les plantamos cara juntos.
Algo feroz brilla en sus ojos ante mis palabras.
—Juntos. —Repite, como si estuviera probando cómo suena.
—Siempre juntos. Para siempre.
Me besa otra vez, y esta vez es diferente. Más suave. Más tierno. Una promesa más que una posesión.
—Para siempre. —Confirma contra mis labios—. Eres mía y voy a quemar el mundo entero antes de dejar que te pase nada.
—Lo sé. —Sonrío—. Por eso te amo.
Nos quedamos en silencio, simplemente respirando el mismo aire, sintiendo los latidos del corazón del otro.
Y por primera vez desde que todo empezó, siento paz.
Paz de verdad.
No la paz de pega que sentía haciendo yoga en el jardín. Sino algo más hondo. Más sólido. La paz de saber que he encontrado por fin mi sitio en el mundo.
Y ese lugar es aquí. En los brazos de este hombre cicatrizado y roto que me ama con una ferocidad que debería asustarme pero que en cambio me hace sentir más segura de lo que nunca he estado.
Me duermo oyendo el latido constante de su corazón bajo la oreja.
Y lo último que pienso antes de caer rendida es que este hombre, este monstruo hermoso y terrible, es justo lo que llevo toda la vida buscando.
Y no voy a dejarlo ir.
Nunca.