Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

OLIVIA

El SUV avanza por las calles cada vez más desiertas de Mexicali hasta que Lorenzo se detiene por fin.

Son las dos y cuarenta y cinco de la tarde. Quince minutos antes de la hora acordada.

Desde la ventana del coche veo el almacén abandonado a unos treinta metros: una estructura medio derruida, sin paredes completas, solo vigas de metal oxidado y láminas de zinc que cuelgan en ángulos imposibles. La luz del sol entra por todos lados, iluminando el interior como un escenario.

No hay forma de esconderse ahí dentro. Todo es visible.

El calor se siente incluso con el aire acondicionado del coche funcionando. El sol pega con tal intensidad sobre el asfalto agrietado que veo cómo el aire ondea a lo lejos, creando esos espejismos del desierto.

Leonardo se gira hacia mí. Lleva una camiseta negra ajustada y vaqueros oscuros. Nada que llame la atención. Nada que grite «mafioso». Pero hay algo en cómo se mueve, en cómo sus ojos barren el perímetro, que deja claro lo peligroso que es.

—El coche está blindado. —Su voz es puro acero—. Si las cosas se ponen feas, arrancas y te vas. ¿Entendido?

—No voy a dejarte.

—No es negociable, Olivia. Por eso te he dejado venir. —Se inclina hacia mí, cogiéndome el rostro con una mano—. Si te grito que te vayas, te vas. Sin discutir. Sin mirar atrás.

Me pone las llaves del coche que le ha dado Lorenzo en la mano, cerrando mis dedos alrededor de ellas.

—¿Me has entendido?

Asiento, aunque no voy a irme. No pienso dejarlo aquí.

Leonardo me besa la frente, suave y rápido, y luego sale del coche.

Lorenzo y Romeo lo siguen. Los tres caminan hacia el almacén con pasos medidos, calculados. Leonardo lleva el maletín negro. Doscientos mil dólares en efectivo.

El rescate de mi padre.

Me quedo en el asiento trasero, con las manos apretadas sobre el regazo, mirando cómo se acercan a esa ruina que parece a punto de venirse abajo.

Veo el interior perfectamente. Cuatro hombres esperan ahí. Jóvenes, con camisetas y vaqueros, tatuajes visibles en los brazos. Uno de ellos tiene a mi padre.

Papá está de pie, con las manos atadas a la espalda. Tiene el ojo izquierdo hinchado, sangre seca en la comisura de los labios. Pero está consciente. Está vivo.

El alivio me dura exactamente medio segundo.

Porque entonces Leonardo, Lorenzo y Romeo entran en el almacén.

Y el terror me golpea con tanta fuerza que no puedo respirar.

Me esperaban a MÍ. Una mujer sola y asustada con un maletín de dinero.

No a tres hombres que se mueven como depredadores.

¿Y si se asustan? ¿Y si creen que es una trampa? ¿Y si…?

Se me cierra el estómago mientras veo cómo el líder se tensa. Su mano vuela a la cintura, donde sé que lleva un arma.

Los otros tres soldados hacen lo mismo. El que tiene a mi padre lo agarra más fuerte, presionando algo contra su espalda que hace que papá gima de dolor.

—Se suponía que vendría la chica. —La voz del líder atraviesa el aire, cargada de desconfianza—. Sola.

Leonardo se detiene justo en la entrada, deja el maletín en el suelo y levanta un poco las manos. Un gesto universal de paz. Pero le veo la tensión en los hombros. Cómo Lorenzo y Romeo se colocan a cada lado.

—La chica es mi mujer. —La voz de Leonardo sale fría pero controlada—. No iba a dejar que viniera sola a un sitio como este. Pero el dinero está aquí. Todo. Doscientos mil, como pedisteis.

El líder mira a Leonardo. Luego a Lorenzo. Luego a Romeo.

Calculando. Evaluando la amenaza.

El silencio se alarga tanto que me oigo el corazón latiendo en los oídos como un tambor.

—Enséñamelo. —Dice por fin—. El dinero. Despacio.

Leonardo da un paso adelante. Solo uno. Sus movimientos son lentos, deliberados, no amenazantes.

Abre el maletín.

Incluso desde aquí veo los fajos de billetes perfectamente ordenados. Doscientos mil dólares en efectivo.

El líder se acerca con cautela, sin soltar su arma. Coge algunos fajos. Los cuenta rápido, verificando que no sean falsos.

Sus ojos se entrecierran mientras examina el dinero. Luego mira a Leonardo otra vez.

Pasan tres segundos que parecen una eternidad.

Asiente por fin hacia el soldado que tiene a mi padre.

—Suéltalo.

El que tiene a mi padre empieza a desatarle las manos.

Dios mío. No me lo puedo creer.

Va a funcionar. Va a…

Y entonces uno de los soldados se acerca demasiado a Leonardo. La luz del sol le da directamente en la cara, iluminando cada cicatriz que marca su piel.

—Espera —El soldado se detiene y no le quita ojo—. Esas cicatrices…

Se me cierra el estómago.

No.

Otro soldado mira a Leonardo, luego a Lorenzo y a Romeo. Veo cómo le cambia la expresión: la arrogancia casual deja paso a algo mucho más tenso.

—Estos tíos parecen demasiado profesionales. No son familia del viejo.

El primer soldado da un paso atrás de golpe.

—Joder. Eres de los Moretti. —Su voz sube de volumen—. Eres el Don.

El mundo se detiene.

El líder lo comprende en un segundo. Se le ve en la cara. El pánico. La ambición. El cálculo de lo que esto significa.

—Mierda. Si El Patrón se entera de que tuvimos al Don Moretti aquí…

Otro soldado saca su arma y apunta a mi padre.

—Que nadie se mueva.

Y entonces el cuarto soldado, el que había estado más atrás, mira hacia donde estoy. Directamente hacia el coche.

—Hay alguien en ese coche —grita.

Se me para el corazón.

Empieza a caminar hacia mí. Sus pasos resuenan sobre el suelo de cemento del almacén, luego sobre el asfalto agrietado.

—¡Sal del coche!

No puedo moverme. No puedo respirar.

La voz de Leonardo corta el aire como un cuchillo.

—Da un paso más y mueres.

El soldado se ríe. Se ríe de verdad.

—¿Vas a matarme? ¿Empezar una guerra…?

No termina la frase.

Porque Leonardo se mueve.

Nunca he visto a alguien moverse tan rápido. Un segundo está a tres metros de distancia. Al siguiente tiene al soldado agarrado por el cuello.

Y entonces lo retuerce.

El sonido es… no puedo describirlo. Un crujido seco y terrible que resuena en el silencio absoluto que ha caído sobre el almacén.

El cuerpo cae al suelo como un muñeco roto.

Muerto.

Leonardo lo ha matado con sus manos desnudas.

Todo estalla a la vez.

El líder dispara. Lorenzo y Romeo sacan sus armas. El ruido es ensordecedor, amplificado por las paredes de metal del almacén.

Me tapo los oídos con las manos, pero no puedo dejar de mirar. No puedo apartar los ojos.

Leonardo se mueve como algo que no es del todo humano. Esquiva. Ataca. Sus movimientos son precisos, letales, sin un solo gesto desperdiciado.

Romeo dispara. El líder cae.

Lorenzo dispara dos veces. Otros dos cuerpos caen.

Mi padre está gritando, tirado en el suelo, intentando cubrirse.

Y entonces cae el silencio.

Un silencio tan absoluto que me oigo respirar agitada.

Hay cuatro cuerpos en el suelo del almacén. Cuatro hombres que hace treinta segundos estaban vivos y ahora…

Lorenzo corre hacia mi padre, le quita las ataduras del todo y lo ayuda a levantarse.

—Tenemos que irnos. YA.

Romeo ya está corriendo hacia el coche.

Leonardo camina más despacio. Hay sangre en sus manos. No sé si es suya o de…

No puedo terminar ese pensamiento.

La puerta trasera se abre. Lorenzo empuja a mi padre dentro, casi tirándolo sobre el asiento. Papá está temblando, sollozando, apenas consciente de lo que está pasando.

Leonardo sube al otro lado. Romeo en el copiloto. Lorenzo al volante.

—¡Arranca! —La voz de Leonardo sale como un gruñido.

El motor ruge. Las ruedas chirrían contra el asfalto. Salimos disparados de ese lugar dejando cuatro cuerpos y un charco de sangre bajo el sol implacable de Mexicali.

Nadie habla.

El silencio en el coche es tan denso que casi no puedo respirar.

Miro a Leonardo. Está sentado a mi lado, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en algún punto del horizonte. Sus manos descansan sobre sus muslos. Todavía tienen sangre.

Lo he visto.

He visto cómo mataba a un hombre con sus manos desnudas. He visto el momento exacto en que la vida se apagaba en los ojos de ese soldado. He visto la violencia cruda y brutal de la que es capaz.

He visto al monstruo.

Debería estar aterrada. Debería estar pegándome a la puerta, lo más lejos posible de él. Debería estar planeando cómo escapar en cuanto lleguemos a algún lugar seguro.

Pero no lo estoy.

Porque ese monstruo acaba de salvar la vida de mi padre. Ese monstruo me ha protegido cuando un soldado armado caminaba directamente hacia mí. Ese monstruo se ha arriesgado a una guerra con el cártel por mí.

Alargo la mano despacio. Leonardo no se mueve cuando mis dedos encuentran los suyos. No se aparta cuando entrelazo nuestras manos, ignorando la sangre que las marca.

Gira la cabeza hacia mí. Y lo que veo en sus ojos me parte el corazón.

Preocupación.

Leonardo Moretti, el Don que acaba de matar a un hombre sin pestañear, está preocupado de lo que pueda pensar. Lo presiento.

Aprieto su mano más fuerte.

No digo nada. No puedo. Las palabras se me quedan atascadas en la garganta junto con todo lo que acabo de presenciar.

Pero no lo suelto.

Y él tampoco me suelta a mí.

El SUV devora kilómetros. Mexicali desaparece detrás de nosotros. La frontera se acerca.

Mi padre sigue sollozando en voz baja en el asiento a mi lado, murmurando disculpas que nadie oye.

Lorenzo conduce con la mandíbula apretada, los nudillos blancos sobre el volante.

Romeo mira por la ventana, inmóvil como siempre, pero le veo la tensión en los hombros.

Y Leonardo…

Leonardo me sostiene la mano como si fuera lo único que lo mantiene conectado a algo humano.

Como si tuviera terror de que, si me suelta, voy a desaparecer.

No voy a desaparecer.

Pero tampoco sé qué decir. Qué hacer. Cómo procesar lo que acabo de ver.

Así que simplemente me quedo ahí, con su mano en la mía, mientras el silencio se extiende kilómetro tras kilómetro.

Y en algún lugar detrás de nosotros, cuatro cuerpos se deshacen bajo el sol de Mexicali.

Cuatro soldados del Cártel del Desierto.

Cuatro hombres muertos en un territorio que no nos pertenece.

Cuatro razones por las que esto no ha terminado.

Ni siquiera ha empezado.

LEONARDO

Me ha visto.

El pensamiento se repite en mi cabeza como un mantra mientras observo el paisaje pasar de largo por la ventana.

Ha visto cómo rompía el cuello de ese hijo de puta.

Ha visto la sangre.

Ha visto el monstruo que soy.

Sus dedos siguen entrelazados con los míos. No me ha soltado desde que salimos de Mexicali. Pero tampoco ha dicho nada.

Y ese silencio me está matando más despacio que cualquier tortura que haya soportado.

Porque sé lo que viene.

Sé que cuando lleguemos a casa, cuando el shock se disipe, cuando tenga tiempo de asimilar de verdad lo que ha visto va a huir.

Va a mirarme con esos ojos que me han dado la única paz que he conocido en quince años, y va a ver lo que de verdad soy.

Un asesino. Un monstruo. Alguien que debería estar encerrado. Alguien que no debería ser amado.

Y no voy a detenerla.

Porque por primera vez en mi vida, quiero que alguien me elija. No porque no tenga opción. No porque la haya comprado o manipulado o forzado.

Sino porque me quiere.

Sus dedos aprietan los míos un poco. No sé si es consciente de haberlo hecho.

Miro nuestras manos unidas. La suya tan pequeña, tan pálida, tan limpia contra la mía manchada de sangre.

Luz y oscuridad.

Ángel y demonio.

Salvación y condena.

La he perdido.

Pero al menos está viva.

Y eso es lo único que importa.