CAPÍTULO 27
OLIVIA
Cada paso que doy es una decisión consciente.
«Voy a contárselo.»
«Voy a pedirle ayuda.»
«Voy a confiar en él.»
La mansión se alza frente a mí, iluminada desde dentro. Veo movimiento en las ventanas del despacho. La reunión debe seguir en marcha.
Subo los escalones de la entrada, cruzo el vestíbulo donde una de las empleadas me mira con preocupación pero no dice nada. Mis pies dejan pequeñas marcas de hierba sobre el mármol.
Llego a las escaleras y subo al tercer piso. Al pasillo que lleva al despacho de Leonardo.
Oigo voces masculinas desde dentro. Graves. Serias. Hablando de cosas que no llego a entender.
No me detengo. No vacilo.
Simplemente abro la puerta.
Cinco pares de ojos se giran hacia mí a la vez. Leonardo sentado detrás de su escritorio. Lorenzo de pie junto a la ventana. Romeo en una esquina, inmóvil como siempre. Massimo con su portátil abierto. Salvatore junto a la puerta.
La expresión de Leonardo cambia en una fracción de segundo. De Don frío y calculador a algo mucho más humano cuando ve mi cara.
Se pone de pie tan rápido que la silla se desliza hacia atrás.
—¿Qué te ha pasado, ángel?
Y las palabras me salen en tropel, sin control, desesperadas.
—Lo tienen. Me han llamado. Lo tienen retenido.
Leonardo ya está rodeando el escritorio, cruzando el espacio que nos separa en tres zancadas largas.
—¿Quién tiene a quién?
—Mi padre. —La voz me tiembla—. Unos tipos. Me han llamado. Dicen que cruzó a Mexicali a apostar y que perdió y que ahora les debe doscientos mil dólares y que lo tienen y que…
—Respira. —Leonardo me coge del rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo—. Respira, ángel. Despacio.
Intento obedecer. Inhalo. Exhalo. Pero el aire no parece llegarme bien a los pulmones.
—Cuéntamelo todo desde el principio. —Su voz es firme, controlada, me da algo donde agarrarme—. ¿Quién ha llamado?
—No lo sé. Un hombre. Con mucho acento. Me ha dicho que tienen a mi padre. Que les debe doscientos mil dólares. Que si quiero volver a verlo vivo tengo que llevar el dinero.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—Mañana. A las tres de la tarde. —Las lágrimas empiezan a caer otra vez—. A un almacén abandonado en Mexicali. Calle Industrial, número 47, zona este. Han dicho que vaya sola o lo matan.
Leonardo no me suelta. Sus pulgares trazan círculos reconfortantes sobre mis mejillas mientras procesa la información.
—¿Has oído a tu padre? ¿Estás segura de que era él?
Asiento, incapaz de hablar durante un momento.
—Lo he oído gritar. Suplicar. Y luego… luego ha habido un golpe y se ha callado.
Algo oscuro cruza la expresión de Leonardo.
—¿Han dicho algo más? ¿Algún detalle que pueda ayudarnos a saber quiénes son?
Me obligo a pensar. A recordar cada segundo de esa llamada horrible.
—Me han dicho que si ven policía lo matan. Que tengo que ir sola con el dinero. —Hago una pausa, intentando concentrarme—. Y… y he oído algo de fondo. Otra voz. Alguien le ha dicho a otra persona… creo que ha dicho «Julio». Algo como «oye, Julio» y se ha cortado.
Leonardo se tensa.
—¿Julio? ¿Estás segura?
—Creo que sí. Ha sido rápido, pero… sí. Julio.
Leonardo se gira hacia Massimo sin soltarme.
—Investiga. Ahora. Mexicali, Calle Industrial 47, zona este. Quién cobra deudas en esa zona. Y busca cualquier «Julio» que trabaje en el negocio de cobro de deudas. Quiero saber con quién estamos tratando.
Massimo ya está tecleando antes de que Leonardo termine de hablar.
El silencio en la habitación es absoluto excepto por el sonido de las teclas. Siento cómo esperan todos. Cómo crece la tensión con cada segundo que pasa.
—Leonardo. —La voz de Massimo sale tensa—. Tengo algo.
Todos nos giramos hacia él.
—La Calle Industrial 47 está en territorio conocido del Cártel del Desierto. —Massimo habla rápido, leyendo lo que sea que ha encontrado en su pantalla—. Es una zona donde actúan soldados menores que cobran deudas sin supervisión directa de El Patrón.
Se me cierra el estómago.
—¿El Cártel del Desierto?
—Y hay un Julio Márquez en los registros. —Massimo continúa, tecleando más—. Soldado menor. Opera sobre todo en Mexicali cobrando deudas de juego. Tiene historial de violencia pero nada que haya llegado a El Patrón. Es un negocio secundario que el cártel tolera.
La tensión en la habitación sube de golpe.
Lorenzo se separa de la ventana, acercándose al escritorio.
—Si son del Cártel del Desierto, deberíamos contactar directamente con El Patrón. Negociar de Jefe a Don. Es el protocolo en estas situaciones.
—No. —La respuesta de Leonardo es inmediata, definitiva.
—Leonardo…
—He dicho que no. —Leonardo se gira hacia Lorenzo, y hay algo peligroso en cómo lo mira—. Si contacto con El Patrón, le estoy diciendo que esto es importante para mí. Que tengo un punto débil. Que puedo ser manipulado.
—Pero…
—Le doy poder de negociación. —Leonardo continúa como si Lorenzo no hubiera hablado—. Puede pedir concesiones. Territorio. Casinos. Favores futuros. Y las tensiones que llevamos años conteniendo con ellos pueden explotar.
Massimo asiente despacio, dando vueltas a la lógica.
—Tiene sentido. Pero si sale mal…
—Si sale mal, lidiamos con las consecuencias. —Leonardo me mira con tanta fiereza en esos ojos verdes que se me corta la respiración—. Son soldados menores cobrando una deuda. Entramos, pagamos, sacamos al viejo, salimos. Nadie tiene por qué saber quién soy.
—Es un riesgo enorme. —La voz de Romeo suena desde su esquina—. Si te reconocen…
—Entonces me reconocen. —Leonardo se encoge de hombros con una indiferencia que sé que es del todo falsa—. Mi mujer es lo primero. Siempre. Si tengo que elegir entre su paz mental y evitar una guerra… la elijo a ella. Cada vez.
Se me expande el pecho ante sus palabras.
Lorenzo asiente con la cabeza como si para él con eso bastara, y lo respetase. Como si supiese que Leonardo no va a dar su brazo a torcer en esta cuestión.
—Prepáralo todo. —Leonardo se gira hacia Salvatore—. Armas, chalecos, comunicación. Salimos en veinte minutos.
—Yo también voy. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda pensarlas.
Leonardo se gira hacia mí despacio.
—No.
—Es mi padre. Voy.
—Olivia.
—No es negociable, Leonardo. —Me cruzo de brazos, sosteniéndole la mirada—. O voy con vosotros o me escapo y voy sola como me han dicho.
Veo el momento exacto en que comprende que voy muy en serio.
—Joder. —Se pasa una mano por el pelo, frustrado—. Eres imposible.
—Lo he aprendido de ti.
Algo parecido a una sonrisa tira de las comisuras de sus labios.
—Está bien. Vienes. Pero no te separas de mí ni un segundo. ¿Entendido?
Asiento.
—Entendido.
Leonardo se gira hacia los demás.
—Lorenzo, Romeo, conmigo. Massimo, Salvatore, os quedáis coordinando. Quiero comunicación constante. Si algo sale mal, quiero refuerzos antes de que tengamos que pedirlos.
—Sí, Don. —Responden al unísono.
Y entonces todos se mueven a la vez. Lorenzo sale hacia el armero. Romeo comprueba su arma. Massimo teclea, seguramente trazando rutas.
Leonardo me coge de la mano.
—Vamos. Tienes que cambiarte.
Me lleva hasta nuestra habitación. Abre el vestidor y saca ropa oscura. Vaqueros negros. Camiseta negra. Chaqueta ligera.
—Ponte esto. Y zapatillas cómodas.
Me cambio rápido mientras él hace lo mismo. Me pone un chaleco antibalas, ajustándolo con movimientos precisos.
—Si te digo que corras, corres. —Su voz es puro acero—. Si te digo que te escondas, te escondes. Si te digo que te vayas, arrancas el coche y no miras atrás. ¿Me has entendido?
—Leonardo…
—¿Me has entendido, Olivia?
Asiento.
—Sí.
—Bien. —Me besa, duro y rápido—. No va a pasarte nada. Antes muerto.
Bajamos juntos. Lorenzo y Romeo están esperándonos. Armados. Preparados.
Subimos al SUV. Lorenzo conduce. Romeo va de copiloto. Leonardo y yo detrás.
Leonardo pasa un brazo alrededor de mis hombros, atrayéndome hacia él.
—Gracias. —Susurro contra su pecho.
—¿Por qué?
—Por estar aquí. Por ayudarme. Por…
Noto sus labios en el pelo.
—Siempre voy a estar aquí. Para lo que necesites. Siempre.
Y por primera vez desde que recibí esa llamada, siento algo parecido a la esperanza.
Porque no estoy sola.
Por primera vez en mi vida, no tengo que afrontar esto sola.