CAPÍTULO 26
OLIVIA
El sol de la tarde me calienta la piel mientras estiro los brazos por encima de la cabeza, sintiendo cómo cada músculo se tensa y luego se relaja en la postura del guerrero.
La esterilla bajo mis pies descalzos está caliente por llevar casi una hora extendida sobre el césped del jardín trasero.
Llevo mallas negras y una camiseta deportiva vieja que he encontrado en el fondo del vestidor, ropa cómoda que me permite moverme sin pensar en nada más que en la respiración que entra y sale de mis pulmones.
Inspiro profundamente. El aire huele a hierba recién cortada y a las flores que bordean el jardín. Oigo el zumbido distante de un cortacésped, el canto de los pájaros en los árboles que nos rodean, el silencio apacible de una tarde perfecta.
Por primera vez en mi vida, me siento en paz.
En paz de verdad.
No estoy preocupándome por mi próximo turno en el hospital. No estoy calculando cuánto dinero me queda en la cuenta después de pagar el alquiler. No estoy esperando la llamada inevitable de mi padre diciéndome que se ha metido en problemas otra vez.
Solo estoy aquí. Respirando. Existiendo. Siendo feliz como no sabía que se pudiera.
Cambio a la postura del árbol, levantando una pierna y apoyando el pie en la cara interna del muslo opuesto. Busco el equilibrio, levanto los brazos, cierro los ojos.
«Nunca pensé que podría ser tan feliz.»
El pensamiento llega sin avisar y se asienta en mi pecho, cálido y reconfortante.
Hace tres meses vivía en un apartamento diminuto, trabajando turnos dobles, rescatando a mi padre de sus propios errores una y otra vez. Hace tres meses estaba sola, agotada, convencida de que mi vida nunca cambiaría.
Y ahora estoy aquí. Casada con Leonardo Moretti. Viviendo en esta mansión que parece sacada de un sueño. Amada de una forma que todavía me cuesta creer que sea real.
Abro los ojos lentamente, dejando que la postura se deshaga mientras bajo los brazos. La mansión se alza frente a mí, imponente y hermosa bajo la luz dorada de la tarde. Puedo ver las ventanas del despacho de Leonardo en el tercer piso, las cortinas apenas entreabiertas.
Sé que está ahí dentro con Lorenzo, Romeo, Massimo y Salvatore. En una reunión de negocios rutinaria, me lo ha dicho esta mañana antes de besarme con esa intensidad que todavía me deja sin aliento cada vez.
«Termino en unas horas. Quédate cerca. No me gusta cuando no sé dónde estás.»
He sonreído ante su posesividad, he asentido y luego le he prometido que no me alejaría.
Y aquí estoy. En el jardín. A la vista. Exactamente donde él puede encontrarme si me necesita.
Me siento en la esterilla con las piernas cruzadas, dejando que el sol me bañe mientras cierro los ojos otra vez.
Respiro profundamente, sintiendo cómo el aire llena mis pulmones, cómo mi pecho se expande y se contrae con cada inhalación y exhalación.
Paz.
Esto es la paz.
Mi móvil vibra contra la esterilla.
Abro los ojos de golpe y miro la pantalla, que se ha iluminado. Número desconocido.
Se me encoge un poco el estómago. Podría ignorarlo. Debería ignorarlo. No tengo ninguna razón para responder a un número que no reconozco.
Pero algo me dice que coja el teléfono.
Algo en cómo vibra, insistente, urgente, como si la persona al otro lado supiera que estoy aquí mirándolo.
Cojo el móvil, deslizo el dedo por la pantalla, me lo llevo a la oreja.
—¿Diga?
—¿Eres Olivia Clark?
La voz es masculina. Grave. Con un acento que no consigo identificar al momento, pero que suena… extranjero.
Se me eriza el vello de la nuca.
—Sí, ¿quién es?
—Tenemos a tu padre. —Las palabras caen como piedras—. Michael Clark. Nos debe mucho dinero.
El mundo se detiene.
Completamente.
No puedo respirar. No puedo moverme. No puedo hacer nada salvo escuchar esa voz, demasiado tranquila, demasiado profesional, demasiado real para ser una broma.
—¿Qué? —consigo susurrar.
—Tu padre cruzó a Mexicali hace tres días. —La voz continúa con una calma que lo hace todo más aterrador—. Vino a uno de nuestros casinos. Apostó. Y perdió. Una y otra vez. Siguió pidiendo más crédito. Siguió prometiendo que iba a recuperarlo.
Se me encoge el estómago. Me lo imagino. Mi padre haciendo lo que siempre hace.
—¿Cuánto? —La pregunta me sale como un gemido—. ¿Cuánto debe?
—Doscientos mil dólares.
El mundo se inclina bajo mis pies. Tengo que apoyarme en el suelo con una mano para no caerme.
—Eso es… no puedo… no tengo ese dinero…
—Pues consíguelo. —La voz es inflexible—. Porque si mañana a las tres de la tarde no tienes esos doscientos mil dólares en efectivo, tu padre va a descubrir lo que les pasa a los que no pagan sus deudas.
—Por favor… —Las lágrimas empiezan a caer—. Tiene que haber otra forma. Puedo pagarlo en plazos, puedo…
—No hay plazos. —Me interrumpe—. Doscientos mil. En efectivo. Mañana.
—Pero…
Y entonces lo escucho.
De fondo. Distante pero inconfundible.
La voz de mi padre. Gritando. Llorando. Suplicando con una desesperación que nunca le había escuchado.
—¡Olivia! ¡Cariño, lo siento! ¡Lo siento tanto! ¡Por favor, ayúdame! ¡Van a…!
Un golpe. Sordo. Brutal. El sonido de un cuerpo cayendo.
Silencio.
—¡Papá! —El grito sale de mi garganta sin que pueda controlarlo, poniéndome de pie tan rápido que me mareo—. ¡PAPÁ! ¿Qué le habéis hecho? ¡DÉJAME HABLAR CON ÉL!
La voz vuelve, todavía fría, todavía tranquila, como si no acabara de golpear a alguien.
—Ya has oído que está vivo. Eso es todo lo que necesitas saber por ahora.
—Por favor —Me salen las palabras rotas—. Por favor, déjame hablar con él. Necesito saber que está bien. Necesito…
—Lo que necesitas es escuchar con mucha atención. —Me interrumpe sin compasión—. Mañana. Tres de la tarde. Almacén abandonado en Calle Industrial, número 47, zona este de Mexicali. Doscientos mil dólares en efectivo. Vienes sola. ¿Ha quedado claro?
No puedo hablar. Los sollozos me cierran la garganta.
—¿HAS ENTENDIDO?
—Sí —consigo jadear—. Sí, he entendido.
—Bien. Escucha la parte importante: vienes SOLA. Si vemos policía, si hay cualquier cosa que no nos guste… tu padre muere. Lo matamos delante de ti y desaparecemos. ¿Está claro?
—Está claro —susurro.
—Repite la dirección.
—Calle Industrial, número 47, zona este de Mexicali.
—¿La hora?
—Mañana. Tres de la tarde.
—¿Cuánto dinero?
—Doscientos mil dólares. En efectivo.
—Bien. Parece que no eres tan estúpida como tu padre.
Y entonces escucho algo más. De fondo. Otra voz, más lejana, hablándole a alguien. Suena descuidado, casual, como si hubieran olvidado que estoy al teléfono.
—Oye, Julio…
Se corta de golpe. Como si alguien hubiera tapado el micrófono o se hubieran dado cuenta del error.
Hay ruido. Voces amortiguadas. Y luego la voz principal vuelve, más tensa que antes.
—Mañana. Tres de la tarde. No llegues tarde. Y no se te ocurra hacer ninguna estupidez, ¿entendido?
—Entendido.
—Tu padre va a estar vivo hasta mañana a las tres. Después de eso depende de ti.
La llamada se corta.
El móvil se me cae de la mano y aterriza sobre la esterilla con un golpe sordo que apenas oigo entre la sangre que me ruge en los oídos.
Me quedo de pie, mirando al vacío, sintiendo cómo las lágrimas caen sin control por mis mejillas.
«No. No. No.»
«Esto no puede estar pasando.»
«Lo tienen. Han secuestrado a mi padre.»
Las piernas me fallan. Me desplomo sobre la esterilla, abrazándome las rodillas contra el pecho mientras los sollozos finalmente escapan.
—Dios mío. Dios mío…
Leonardo me dijo que mi padre no podría volver a apostar en Las Vegas. Que estaba controlado. Que el ciclo se había roto.
Pero ha cruzado la frontera. Ha ido a Mexicali. Y ahora…
Ahora lo tienen. Lo van a matar si no llevo doscientos mil dólares mañana a las tres.
La rabia explota en mi pecho, pero es tan pequeña comparada con el terror que apenas la siento.
¿Cómo voy a conseguir doscientos mil dólares?
¿Cómo voy a ir sola a Mexicali?
¿Y si lo matan de todas formas?
Las preguntas se amontonan en mi cabeza, cada una más imposible que la anterior.
Miro hacia la mansión a lo lejos. Puedo ver las ventanas del despacho donde Leonardo está reunido con sus hombres.
«Tengo que contárselo.»
«Pero van a matarlo si no voy sola.»
«¿Qué hago?»
«¿QUÉ HAGO?»
Me abrazo más fuerte, hundiendo la cara entre las rodillas mientras lloro con una desesperación que no sentía desde que murió mi madre.
Por primera vez en mi vida tenía paz. Tenía a alguien. Tenía una familia.
Y ahora todo se está desmoronando otra vez.
El sol sigue bajando en el horizonte, pintando el cielo de naranjas y rosas. La esterilla sigue extendida bajo mí. El móvil descansa a mi lado, la pantalla oscura.
Pero hay un nombre dando vueltas en mi cabeza.
Julio.
Alguien llamado Julio.
Y una dirección. Calle Industrial 47, zona este de Mexicali.
Y una hora límite. Mañana. A las tres de la tarde.
Me quedo ahí sentada mientras el sol finalmente se pone, dejándome en la penumbra del jardín.
Las lágrimas se me secan en las mejillas. El terror se me mete en los huesos para quedarse.
Y una decisión imposible me pesa en el pecho como una piedra.
Tengo que contárselo a Leonardo.
Aunque eso pueda costarle la vida a mi padre.
Porque no puedo hacer esto sola.
Y por primera vez en mi vida, no quiero hacerlo sola.
Me pongo de pie con las piernas temblando. Dejo la esterilla en el césped. Cojo el móvil con manos que no consigo que estén firmes.
Y empiezo a caminar hacia la mansión.
Hacia Leonardo.
Hacia la única persona en el mundo que puede ayudarme y en la que confío.