Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

OLIVIA

Una semana.

Ha pasado una semana desde que le entregué mi virginidad a Leonardo, y desde entonces no hemos podido quitarnos las manos de encima.

Me ha follado en nuestra cama. Contra la pared del baño. Sobre el escritorio de su despacho cuando fui a llevarle café. En la cocina a las tres de la madrugada cuando bajamos a buscar algo de comer. En el sofá del salón mientras todos estaban fuera.

Es insaciable. Y yo… yo tampoco consigo saciarme de él.

Esta mañana me he despertado sola. Leonardo ha salido temprano a una reunión y me ha dejado una nota diciéndome que vuelve al mediodía. Así que tengo la casa para mí sola.

Decido aprovechar para ordenar un poco el vestidor. Mis cosas se han mezclado con las suyas durante estas semanas y aquello es un caos.

Estoy colgando vestidos cuando noto algo extraño.

Una de las paredes del fondo, la que está cubierta por los trajes de Leonardo, no suena igual que las demás cuando la golpeo accidentalmente con el codo.

Suena hueca.

Frunzo el ceño, apartando los trajes para inspeccionar mejor. Y ahí, casi imperceptible, hay una línea fina que recorre la pared. Como si fuera una puerta.

El corazón se me acelera.

Paso los dedos por la línea, buscando algún mecanismo. Y entonces lo encuentro. Un interruptor discreto escondido detrás de uno de los estantes.

Lo acciono y escucho un clic suave.

La puerta se abre lentamente, revelando una habitación pequeña que no debería estar ahí.

Me quedo paralizada en el umbral, intentando procesar lo que estoy viendo.

La habitación está a oscuras, salvo por el brillo de las pantallas que cubren tres de las paredes. Monitores de alta definición que están mostrando… mi antiguo apartamento.

No.

No puede ser.

Entro lentamente, como en trance, acercándome a las pantallas. Hay al menos doce monitores, cada uno mostrando un ángulo diferente. La cocina. El salón. El dormitorio.

Mi dormitorio.

Donde dormía. Donde me cambiaba. Donde…

Se me cierra el estómago mientras asimilo lo que estoy viendo.

Leonardo me ha estado vigilando. No solo desde que nos casamos. Sino desde antes. Mucho antes.

Estas cámaras están en mi antiguo apartamento. El apartamento donde vivía cuando todavía era libre.

Debería estar aterrada. Debería salir corriendo. Debería llamar a la policía o hacer algo, cualquier cosa, excepto quedarme aquí mirando las pantallas que muestran cada rincón de mi antigua vida.

Pero no siento terror.

Siento… algo más. Algo que no consigo identificar pero que se parece peligrosamente a la excitación.

Me acerco más a los monitores, examinándolos uno por uno. Puedo ver la fecha en la esquina inferior. Las cámaras siguen activas. Siguen grabando un apartamento vacío donde ya no vivo.

¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?

¿Cuánto tiempo me ha estado observando sin que lo supiera?

Debería darme asco. Debería horrorizarme.

Pero en cambio, lo único que siento es una calidez que se extiende por mi pecho. Porque esto significa que Leonardo me ha estado cuidando durante mucho más tiempo del que pensaba. Que su obsesión no empezó cuando me compró sino mucho, mucho antes.

Que he sido importante para él durante años sin saberlo.

Y es la primera vez que siento en mi vida que todo encaja.

Es la primera vez que me siento completamente protegida.

—Olivia.

La voz de Leonardo me hace girarme bruscamente.

Está en el umbral de la habitación secreta, con una expresión que no le había visto nunca. Pánico. Terror absoluto.

Como si acabara de perder algo infinitamente valioso.

—Puedo explicarlo —dice, y su voz sale quebrada, y me parte el corazón—. Sé que parece… sé lo que parece esto. Pero tienes que entenderme, yo solo quería…

—¿Cuánto tiempo? —lo interrumpo, más firme de lo que esperaba.

Se queda callado un instante, como si dudara entre mentir o no.

—Tres años —admite finalmente—. Desde la primera vez que te vi en ese callejón.

Tres años.

Ha estado observándome durante tres años.

—¿Me has estado vigilando todo este tiempo? —pregunto, aunque la respuesta es obvia.

—Sí —responde sin vacilar—. Cada día. Cada noche. Necesitaba saber que estabas bien. Que estabas a salvo. Que nadie te estaba haciendo daño.

—Eso es…

—Una locura —termina por mí—. Lo sé. Es enfermizo. Es obsesivo. Es exactamente el comportamiento de un psicópata. Y si quieres irte, si quieres huir de mí ahora que sabes hasta dónde llega mi obsesión, lo entenderé. No voy a detenerte.

Pero hay algo en su voz que me dice que sí lo haría. Que me detendría. Que nunca me dejaría ir.

Y lo más perturbador de todo es que no quiero irme.

—¿Me has visto…? —empiezo, sintiendo cómo se me calienta el rostro—. ¿Me has visto desnuda? ¿Cambiándome?

Leonardo cierra los ojos, como si la pregunta le doliera físicamente.

—Sí —admite—. Cada noche. Cada mañana. He memorizado cada palmo de tu piel antes de poder tocarte.

Debería estar furiosa. Debería sentir que mi privacidad ha sido violada de la forma más horrible posible.

Pero en cambio, siento algo completamente diferente.

Calor. Humedad entre las piernas. Excitación pura.

—¿Y qué hacías mientras me mirabas? —pregunto, dando un paso hacia él.

Leonardo abre los ojos bruscamente, mirándome como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.

—Olivia.

—Dímelo —insisto, dando otro paso—. ¿Qué hacías cuando me veías desnuda en las pantallas?

Algo oscuro le cruza la cara.

—Me tocaba —gruñe—. Me pasaba horas aquí, observándote, tocándome, imaginando que eras tú quien me tenía en la mano. Fantaseaba con follarte de todas las formas posibles mientras te veía hacer cosas tan inocentes como leer o dormir.

Se me corta la respiración.

—Eso es —empiezo.

—¿Enfermizo? —termina—. ¿Retorcido? ¿La prueba definitiva de que soy un monstruo?

—Eso es lo más excitante que he escuchado en mi vida —termino, cerrando la distancia entre nosotros.

Leonardo se queda inmóvil, como si no pudiera creer lo que acaba de oír.

—¿Qué?

—Me pone —repito, y las palabras salen con más convicción de la que esperaba—. Saber que has estado tan obsesionado conmigo. Que me has estado protegiendo durante años sin que lo supiera. Que te tocabas pensando en mí. Todo eso me pone increíblemente cachonda.

—Estás loca —susurra, pero puedo ver cómo se le oscurecen los ojos.

—Probablemente —admito—. Pero si lo estoy, es culpa tuya. Me has convertido en esto. En alguien que se excita sabiendo que su marido es un obsesivo controlador que instaló cámaras en su apartamento.

Algo se quiebra en su mirada.

Y entonces me tiene contra la pared.

Sus manos están en todas partes. Arrancándome la ropa. Liberando mis pechos. Bajando mis pantalones y mis bragas de un tirón.

—Vas a matarme —gruñe contra mi cuello, mordiendo la piel sensible—. Eres la mujer más jodidamente perfecta del mundo y vas a matarme.

—Entonces muere feliz —respondo, arqueándome contra él.

Sus dedos encuentran mi coño, ya empapado y listo para él.

—Joder, estás mojadísima —dice, metiendo dos dedos dentro de mí—. ¿Todo esto es porque has descubierto que te he estado espiando?

—Sí —jadeo—. Me encanta lo obsesionado que estás conmigo.

Leonardo gruñe, sacando sus dedos y liberando su polla de los pantalones. Está tan dura que parece dolerle.

—Voy a follarte aquí mismo —advierte—. En esta habitación donde he pasado años observándote. Donde me he corrido mil veces pensando en ti.

—Hazlo —le pido—. Fóllame.

Me levanta, haciéndome enroscar las piernas alrededor de su cintura. Y entonces empuja dentro de mí de una sola estocada brutal.

Grito, aferrándome a sus hombros mientras me llena completamente.

—Eres mía —gruñe, empezando a moverse—. Has sido mía desde el momento en que te vi. Desde antes de que lo supieras. He estado protegiéndote, cuidándote, obsesionándome contigo durante años.

—Tuya —confirmo, sintiendo cómo el placer crece dentro de mí.

—Cada noche te observaba dormir —continúa, follándome más fuerte—. Me aseguraba de que estuvieras a salvo. De que nadie te molestara. De que pudieras descansar sin preocupaciones.

—Leonardo…

—Y cuando te veía llorar por ese hijo de puta de tu padre —gruñe—, quería matarlo. Quería hacerle pagar por cada lágrima que derramabas. Por cada noche que pasabas despierta preocupándote por él.

Algo se aprieta en mi pecho ante sus palabras.

—Pero no podía —continúa—. No podía hacer nada excepto observarte y asegurarme de que al menos estuvieras físicamente a salvo. Hasta que finalmente me deshice de mis enemigos. Hasta que pude traerte a donde perteneces.

—¿Y dónde pertenezco? —jadeo.

—Aquí —dice, empujando más profundo—. Conmigo. En mis brazos. En mi cama. En mi vida. Para siempre.

Me corro con un grito que debe de oírse en toda la mansión. Leonardo me sigue segundos después, llenándome mientras gruñe mi nombre contra mi cuello.

Nos quedamos así durante un momento, jadeando, sudorosos, completamente satisfechos.

—No me voy a ir —susurro contra su oído.

Siento cómo sonríe contra mi piel.

—Eso es exactamente lo que quería escuchar, ángel.

Y mientras me lleva de vuelta a nuestra cama, todavía enterrado dentro de mí, sé que he tomado la decisión correcta.

Porque este hombre obsesivo y controlador que me ha estado vigilando durante años es exactamente lo que necesito.

Y no voy a dejarlo ir.