CAPÍTULO 22
OLIVIA
Estamos cenando en el comedor como cada noche de entre semana.
Leonardo está sentado a la cabecera, con esa presencia suya que llena la habitación incluso cuando no dice nada.
Lorenzo, a su derecha, le está hablando de una reunión con los Morozov la semana que viene.
Romeo come enfrente sin decir una palabra, en ese silencio suyo que ya no me incomoda, que es simplemente…
Romeo. Massimo revisa algo en la tablet entre bocado y bocado, probablemente números o contratos.
Salvatore, al otro extremo de la mesa, mantiene esa postura militar que no relaja ni para cenar.
Y Arianna, a mi lado, me habla sin parar de una galería de arte que ha descubierto y a la que está empeñada en que la acompañe.
Es extraño cómo algo que hace unos meses me aterraba ahora me parece normal.
Casi reconfortante.
Estos hombres —estos criminales peligrosos que han matado, que matan, que matarán— comparten la mesa conmigo cada noche como si fuera una de ellos. Como si fuera mi sitio. Y lo más aterrador de todo es que ya no me siento fuera de lugar.
Me he acostumbrado a las conversaciones sobre territorios y negocios turbios. A que Romeo desaparezca durante días y vuelva sin dar explicaciones. A que Salvatore inspeccione cada rincón de la casa como si esperara un ataque en cualquier momento.
Me he acostumbrado a Leonardo.
A su mano posesiva en mi espalda baja cuando entramos en una habitación. A la forma en que me busca con la mirada cada pocos minutos como si necesitara confirmar que sigo aquí. A cómo me abraza cada noche hasta que me duermo, como si fuera lo más natural del mundo.
Y lo más perturbador es que, por primera vez en mi vida adulta, siento que tengo una familia.
No la familia disfuncional que mi padre y yo formamos, atrapados en un ciclo tóxico de rescates y decepciones. Sino esto. Esta mesa llena de gente letal que se preocupa los unos por los otros de formas que no saben expresar con palabras.
Estoy cortando mi filete, escuchando a medias cómo Arianna intenta convencerme de que necesito más ropa («No puedes llevar siempre lo mismo, Olivia»), cuando todos los móviles empiezan a sonar a la vez.
El sonido es ensordecedor. Cinco teléfonos vibrando y sonando simultáneamente, creando una sinfonía caótica que hace que se me erice la piel de la nuca.
Todos cogen sus móviles al unísono. Veo sus expresiones cambiar en cuestión de segundos. La tensión que se instala en la habitación se podría cortar con un cuchillo.
—Mierda. —Lorenzo se pone de pie de un salto—. El almacén del puerto este. Están atacando con armamento pesado.
—¿Cuántos hombres tenemos ahí? —pregunta Leonardo con una frialdad letal en la voz que hace que se me ponga la piel de gallina.
Algo serio está pasando.
—Quince —responde Massimo, teclea como un poseso en el móvil—. Pero según los informes iniciales, ya hay al menos cinco bajas.
Se me cierra el estómago.
Cinco muertos. Cinco personas que hace una hora estaban vivas y ahora…
—Os quiero a todos en el coche en tres minutos —ordena Leonardo, ya de pie—. Salvatore, llama a los equipos de refuerzo. Lorenzo, coordina con…
—¿Qué haces? —lo interrumpo, y mi voz sale más alta de lo que pretendía.
Leonardo se gira hacia mí, con esa expresión impasible que usa cuando está en modo Don.
—Organizo todo para ir al almacén.
—¿Por qué? —pregunto, sintiendo como se me aprieta el pecho—. Eres el Don. ¿Por qué tienes que ir tú?
Algo cruza su expresión. Algo que podría ser sorpresa ante mi pregunta.
—Precisamente porque soy el Don —responde, acercándose hasta quedar frente a mí—. Mi gente está muriendo ahí. Están defendiendo algo que es mío. Lo mínimo que puedo hacer es estar con ellos. Impedir que mueran más.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.
Porque en todo este tiempo, he visto a Leonardo como el mafioso controlador que me compró. Como el hombre que da órdenes y espera que todos obedezcan. Como el Don frío y calculador que construyó un imperio sobre las cenizas de sus enemigos.
Pero nunca lo había visto así.
Como el líder que va al frente cuando su gente está en peligro. Que no se esconde detrás de su título mientras otros mueren por él. Que considera que su responsabilidad es proteger, no solo mandar.
—Podrías morir —susurro, y odio cómo tiembla mi voz.
Sus ojos se abren con sorpresa, pero se recupera rápido.
Leonardo levanta una mano, y me acaricia la mejilla con una suavidad que choca con la urgencia del momento.
—No voy a morir, ángel —dice—. Pero tengo que irme. Ahora.
Y entonces se va, seguido por Lorenzo, Romeo, Massimo y Salvatore. Todos se mueven con esa eficiencia militar que habla de años de práctica.
La puerta se cierra detrás de ellos, dejándome a solas con Arianna en un comedor que de repente parece demasiado grande y demasiado vacío.
Me dejo caer en la silla. Las piernas me fallan.
—Va a estar bien —dice Arianna suavemente, aunque puedo ver la preocupación en sus ojos—. Leonardo sabe lo que hace.
—Podrían matarlo —respondo, y las palabras salen como si me las arrancaran—. Podrían matarlos a todos.
—Podrían —admite Arianna—. Pero no lo harán. Mi hermano no ha llegado donde está siendo descuidado.
Me paso las manos por el pelo, intentando calmar el pánico que amenaza con consumirme.
—Parece que mi hermano se ha metido en tu corazón —dice Arianna con una sonrisa pequeña.
—No —niego inmediatamente—. No es eso para nada.
—Claro que no —responde, pero hay algo en su tono que dice claramente que no me cree—. Por eso estás pálida como un fantasma y temblando.
—No estoy temblando.
—Olivia —dice Arianna, que me coge la mano—, está bien tener miedo por él. Está bien preocuparse.
—No quiero preocuparme —admito, sintiendo cómo se me llenan los ojos de lágrimas que me niego a dejar caer—. No quiero que me importe tanto.
Arianna me aprieta la mano.
—A mí también me da miedo —dice en voz baja—. Que les pase algo. Y no solo a mi hermano. Él no es el único al que quiero.
La forma en que lo dice hace que levante la vista bruscamente.
—¿A quién te…?
—Necesitas un chocolate caliente —me interrumpe Arianna, que se pone de pie de golpe—. Lo mejor para el miedo es una taza de chocolate caliente. Vamos a la cocina.
Ha cambiado de tema tan abruptamente que sé que ha dicho más de lo que pretendía. Que hay algo ahí que no quiere que examine demasiado de cerca.
Pero la dejo distraerme porque no sé qué más hacer con esta ansiedad que me está consumiendo por dentro.
Pasamos las siguientes dos horas en la cocina. Arianna hace chocolate caliente que ninguna de las dos bebe realmente. Intenta distraerme con historias de cuando Leonardo y ella eran más jóvenes. Pero puedo ver cómo revisa su móvil cada pocos minutos. Cómo se tensa cada vez que escucha un sonido.
Está tan asustada como yo.
Solo que ella lo disimula mejor.
Finalmente me excuso y subo a la habitación que comparto con Leonardo. Necesito estar sola. Necesito procesar esto sin que alguien me observe.
Me cambio a un pijama de algodón, me lavo la cara, me meto en la cama.
Pero no puedo dormir.
Cada vez que cierro los ojos veo a Leonardo en medio de un tiroteo. Veo la sangre. Veo su cuerpo cayendo. Veo…
El sonido de la puerta abriéndose me hace incorporarme bruscamente.
Leonardo entra en la habitación.
Está vivo. Está entero. Está…
Cubierto de sangre.
Me pongo de pie tan rápido que me mareo y corro hacia él sin pensar. Las manos me vuelan por su pecho, sus brazos, su cara, buscando heridas.
—¿Dónde estás herido? —pregunto, y mi voz sale demasiado aguda—. Dios, hay tanta sangre.
Leonardo me coge las manos y las sujeta contra su pecho.
—Estoy de una pieza, ángel —dice, y hay algo en su voz que podría ser diversión—. No es mi sangre.
Me quedo completamente inmóvil, procesando sus palabras.
No es su sangre.
Está bien. Está vivo. Está aquí.
—¿Te has preocupado por mí? —pregunta, y ahora definitivamente hay diversión en su tono—. ¿Mi dulce esposa estaba preocupada por su marido?
La rabia reemplaza al alivio tan rápido que me marea.
—Para nada —escupo, intentando apartarme de él—. He estado rezando para que te mataran y poder librarme de ti de una vez.
Leonardo se echa a reír. Una risa genuina, profunda, que hace que las cicatrices se le contraigan de esa forma que me roba el aliento.
—Mentirosa —dice.
Intento alejarme otra vez, pero sus manos me sujetan por la cintura.
Y entonces estoy contra la pared.
No sé cómo ha pasado. Un segundo estaba intentando escapar y al siguiente mi espalda está presionada contra el papel pintado con Leonardo apretado contra mí.
—¿Sabes qué creo? —pregunta, su voz bajando hasta ese registro ronco que hace que se me erice toda la piel—. Creo que mi esposa estaba muy preocupada. Creo que estuvo contando los minutos hasta que volví. Creo que casi se muere de miedo pensando que podría pasarme algo.
—Estás loco.
—Y creo —continúa, como si no hubiera hablado— que mereces una recompensa por ser tan dulce. Por preocuparte tanto por tu marido.
—No me he preocupado.
Sus labios se estrellan contra los míos y me callan de golpe.
Y no es como los otros besos que hemos compartido. Esto es hambre pura. Pasión desenfrenada. Todo el control que ha estado ejerciendo durante semanas rompiéndose finalmente.
Su lengua se abre paso entre mis labios y reclama mi boca con una intensidad que me dobla las rodillas.
Una de sus manos sube hasta mi pelo y tira un poco para inclinarme la cabeza en el ángulo que quiere.
La otra baja por mi costado y me roza el lateral del pecho de una forma que me hace gemir contra su boca.
—Eso es —gruñe contra mis labios—. Déjame escuchar esos sonidos preciosos que haces.
Su mano continúa bajando, deslizándose sobre mi vientre, rozando el borde de mis pantalones de pijama.
—Voy a darte un adelanto —susurra contra mi oído, con el aliento caliente que me eriza cada centímetro de piel—. De lo que vas a tener cuando finalmente admitas que me deseas tanto como yo a ti.
—No te deseo —miento, aunque el cuerpo me traiciona y se arquea hacia él.
—Ya veremos —dice.
Y entonces su mano se desliza dentro de mis pantalones.
Se me escapa un jadeo cuando sus dedos encuentran exactamente donde le necesito. No hay ropa interior. Solo su piel contra la mía. Solo el calor de su tacto sobre el lugar más sensible de mi cuerpo.
—Joder, estás empapada —gruñe, y el sonido es completamente animal—. ¿Todo esto por mí, ángel?
No puedo responder. No puedo formar palabras coherentes cuando sus dedos empiezan a moverse. Haciendo círculos lentos y deliberados que me están volviendo loca.
—Respóndeme —ordena, y me muerde el lóbulo con suavidad—. ¿Esto es por mí?
—Sí —consigo jadear—. Dios, sí.
—Buena chica —dice, y la aprobación en su voz hace que algo se apriete en mi vientre.
Sus dedos aumentan la presión, moviéndose más rápido. Puedo escuchar lo húmeda que estoy, el sonido obsceno llenando el silencio de la habitación. Debería avergonzarme. Debería detenerlo.
Pero no puedo.
No cuando se siente tan malditamente bien.
—Mírame —ordena, y cuando obedezco, sus ojos verde esmeralda están tan oscuros que casi parecen negros—. Quiero ver tu cara cuando te corras para mí.
Un dedo se desliza dentro de mí, llenándome de una forma que hace que grite. Mis manos vuelan a sus hombros, aferrándome a él como si fuera lo único que me mantiene de pie.
Porque lo es.
—Eso es —dice, y añade un segundo dedo—. Tan jodidamente apretada. Cuando me lo pidas, voy a disfrutar follándote hasta que no puedas caminar.
Las palabras crudas, la forma en que sus dedos se curvan dentro de mí alcanzando un punto que no sabía que existía, el roce de su pulgar contra mi clítoris…
Es demasiado.
—Leonardo —jadeo, y siento cómo algo se construye dentro de mí. Algo enorme y aterrador, absolutamente inevitable.
—Córrete para mí, ángel —susurra contra mi oído—. Déjame sentir cómo te desmoronas en mi mano.
Y me desmorono.
El orgasmo me golpea como un tren, tan intenso que veo estrellas. Las piernas me ceden por completo, pero Leonardo me sostiene con los dedos todavía dentro de mí, alargando cada segundo de placer hasta que casi me duele.
Grito su nombre. No puedo evitarlo. No puedo controlar los sonidos que se me escapan de la garganta mientras me destroza de la forma más deliciosa posible.
Cuando por fin puedo respirar, estoy temblando como una hoja. Leonardo retira los dedos despacio, y veo cómo brillan húmedos bajo la luz tenue de la habitación.
Y entonces, sin romper el contacto visual, se los lleva a la boca.
—Joder —gruñe, y los chupa hasta dejarlos limpios—. Sabes exactamente como imaginaba. Dulce y perfecta.
Se me calienta todo el cuerpo.
—Eso —dice, lamiendo el último rastro de mí de sus dedos— era tu adelanto. Ahora ya sabes lo que te estás perdiendo cada noche que te niegas a admitir que me deseas.
Me coge en brazos antes de que pueda responder, me lleva a la cama y me deposita sobre el colchón con una suavidad que choca con lo que acaba de hacerme.
—Voy a ducharme —dice—. Cuando vuelva, vas a estar exactamente aquí. ¿Entendido? Nada de salir corriendo.
Asiento porque no confío en que mi voz salga normal.
Leonardo se inclina y me besa una última vez. Suave. Casi tierno.
—Dulces sueños, ángel —susurra contra mis labios—. Sueña conmigo. Con lo que voy a hacerte cuando finalmente te rindas.
Y entonces se va hacia el baño, y me deja temblando en la cama con el cuerpo todavía zumbando por el mejor orgasmo de mi vida.
Y con la aterradora certeza de que no voy a poder resistir mucho más.
Que muy pronto voy a tener que admitir la verdad.
Que lo deseo.
Que lo necesito.
Que me he enamorado de él. Del hombre que me compró.
Que estoy realmente jodida.