CAPÍTULO 21
OLIVIA
Leonardo entra en la habitación a las seis de la tarde, cuando estoy acurrucada en la cama con un libro que llevo tres páginas intentando leer sin conseguir concentrarme.
—Tienes una hora para arreglarte —dice sin preámbulos, aflojándose la corbata—. Voy a llevarte a cenar.
Levanto la vista del libro, completamente descolocada.
—¿Qué?
—Has oído perfectamente —responde, quitándose la chaqueta y colgándola con cuidado—. Ponte algo bonito. Elegante. Y tacones.
—No quiero ir a ningún sitio contigo —miento, porque la verdad es que llevo días esperando que pase algo, lo que sea, que rompa esta tensión insoportable entre nosotros.
Leonardo se gira hacia mí con esa sonrisa que hace que las cicatrices se contraigan de forma peligrosa.
—No te estoy preguntando, ángel —dice, acercándose hasta el borde de la cama—. Te estoy diciendo lo que va a pasar. En una hora vas a estar lista, o voy a tener que vestirte yo mismo. Y créeme, si tengo que hacerlo, vamos a llegar muy tarde a nuestra reserva.
Se me acelera el pulso ante la promesa implícita en sus palabras.
—Eres un controlador —le repito lo mismo de siempre, pero la verdad es que me está empezando a gustar su actitud. Creo que me he vuelto loca del todo.
—Sí —confirma sin una pizca de arrepentimiento—. Y vas a hacer exactamente lo que te digo. Ahora mueve ese precioso culo al vestidor y búscate algo que haga que todos los hombres del restaurante se arrepientan de no ser yo.
Se dirige hacia el baño antes de que pueda responder, dejándome con el corazón latiéndome demasiado rápido y una sensación de anticipación que no puedo controlar.
Maldito sea.
Me levanto de la cama y entro en el vestidor, buscando entre la ropa que Arianna se ha encargado de llenar durante el último mes, sumando cada vez más ropa a las pocas prendas funcionales que yo tenía.
Mis dedos rozan vestidos que nunca he usado, tacones que juré no ponerme, lencería que compró «por si acaso».
Finalmente elijo un vestido azul oscuro que se ajusta a cada curva de mi cuerpo como una segunda piel.
El escote es pronunciado sin ser vulgar, la falda termina varios centímetros por encima de las rodillas.
Es el tipo de vestido que parece decir «sé lo que quiero» como si tuviese mucha experiencia.
Ojalá fuese cierto y no estuviese tan cohibida por ser todavía virgen.
Me ducho rápido, me seco el pelo hasta que cae en ondas suaves sobre mis hombros, me maquillo con más cuidado del habitual. Rímel. Un toque de sombra que hace que mis ojos parezcan más azules. Y me pinto los labios de un rosa suave que los realza sin ser demasiado exagerado.
Los tacones añaden diez centímetros a mi altura. Y, a pesar de eso, sigo siendo mucho más baja que Leonardo, pero al menos no pareceré una enana a su lado.
Cuando salgo del vestidor, Leonardo está esperándome.
Y se me corta la respiración.
Lleva un traje negro de tres piezas que debe costar una fortuna. La camisa es gris oscuro y hace que sus ojos parezcan aún más verdes bajo la luz. No lleva corbata y se ha dejado los primeros botones desabrochados revelando el inicio de las cicatrices que marcan su pecho.
Está devastador de una forma que es perjudicial para mí.
¿Cómo puedo desear a un hombre que me ha comprado?
Sus ojos me recorren de arriba abajo con una intensidad que hace que se me erice cada centímetro de piel. Puedo deducir exactamente lo que piensa con esa mirada hambrienta.
—Joder —dice, y es casi un gruñido—. Vas a conseguir que mate a alguien esta noche.
—¿Por qué?
—Porque cada hombre que te vea va a querer lo que es mío —responde, acercándose hasta que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo—. Y voy a tener que recordarles que mirarte significa morir.
Me coge de la mano y me guía escaleras abajo, hasta la entrada, donde el Maserati nos espera. Me abre la puerta con esa cortesía que contrasta con todo lo demás que es, esperando hasta que estoy sentada antes de rodear el coche.
Cuando se sienta al volante, su mano encuentra mi muslo automáticamente. Sus dedos se deslizan bajo el borde del vestido, rozando piel desnuda de una forma que hace que se me acelere la respiración.
Esta noche va a ser una auténtica tortura.
El restaurante es exactamente el tipo de sitio que esperaba. Elegante hasta resultar intimidante. Todo cristal y terciopelo negro, con velas en cada mesa y un ambiente que grita dinero y poder.
El maître reconoce inmediatamente a Leonardo y nos guía hasta una mesa privada junto a un ventanal enorme desde el que se ve toda la ciudad. Las vistas son impresionantes, Las Vegas se extiende ante nosotros como un mar de luces.
Leonardo aparta mi silla antes de sentarse frente a mí. Pide vino sin consultarme, uno que probablemente cuesta más que mi salario mensual en el hospital.
—¿No vas a preguntarme si me gusta el vino que has pedido? —pregunto con una ceja arqueada.
—No —responde con esa arrogancia que debería molestarme pero que en cambio hace que se me acelere el pulso—. Porque sé exactamente lo que te gusta.
Tiene razón. Cuando el camarero sirve el vino y lo pruebo, es perfecto. Suave, afrutado, exactamente el tipo de vino que habría elegido yo misma.
—¿Cómo lo sabías?
—Te he observado durante… un tiempo —dice—. Sé que prefieres el vino tinto al blanco. Que te gusta el chocolate negro pero no el con leche. Que lees novelas románticas antes de dormir y que te muerdes el labio cuando llegas a las partes que te afectan.
Se me calienta el rostro.
—Eso es espeluznante.
—Eso es ser observador —me corrige—. Hay una diferencia.
El camarero vuelve para tomar nuestra orden. Leonardo pide por los dos sin preguntarme, y debería molestarme, pero no lo hace. Porque lo que pide es exactamente lo que habría elegido.
—Controlas demasiado —digo cuando nos quedamos solos.
—Lo sé —responde sin una pizca de arrepentimiento—. Pero es lo que soy, ángel. Y no voy a cambiar eso. No cuando se trata de ti.
La comida llega y es exquisita. Cada bocado se deshace en mi boca, los sabores son deliciosos. Leonardo me observa comer con una intensidad que hace que me sienta desnuda incluso completamente vestida.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunto finalmente, dejando el tenedor—. ¿Por qué ahora?
Leonardo se recuesta en su silla, estudiándome con intensidad.
—Porque me he dado cuenta de algo —dice—. Puedo poseerte legalmente. Puedo tenerte en mi casa, en mi cama. Pero eso no significa que te tenga realmente.
—No soy una posesión.
—Lo sé —responde, y hay algo vulnerable en su voz—. Por eso estamos aquí. Porque quiero que me elijas. Que estés conmigo porque quieres, no solo porque no tienes otra opción.
Algo se aprieta en mi pecho ante sus palabras.
Estoy a punto de responder cuando lo escucho. Un susurro apenas disimulado desde la mesa de al lado.
—Dios, ¿has visto su cara?
Me tenso automáticamente, girándome ligeramente para ver quién ha hablado.
Es una mujer con demasiadas joyas y tiene una expresión de horror mal disimulado mientras mira a Leonardo.
—Es horrible —responde su acompañante—. ¿Cómo puede salir así en público?
La rabia explota en mi pecho como una bomba nuclear.
Me pongo de pie tan bruscamente que casi tiro mi silla. Leonardo me mira con sorpresa, pero no le doy tiempo a reaccionar.
Camino hasta llegar a su lado, y antes de que pueda detenerme, me siento en su regazo.
—Olivia —empieza, pero paso mis brazos alrededor de su cuello, silenciándolo.
—Sácame de aquí —susurro contra su oído, lo suficientemente alto como para que las arpías de al lado puedan escucharme—. No quiero estar cerca de gente tan maleducada ni un segundo más.
Siento cómo se tensa debajo de mí. Cómo sus manos encuentran mi cintura, sosteniéndome contra él con una fuerza que me roba el aliento. Cómo algo duro comienza a crecer y presiona contra mi trasero, dejando muy claro lo que le hago.
Y escucho el gruñido. Bajo, gutural, completamente animal.
—¿Estás segura? —pregunta con voz ronca—. No hemos terminado de cenar.
—Completamente segura —respondo, mirándolo directamente a los ojos—. No me importa la comida. No quiero estar en un sitio donde te miran como si te pasase algo malo.
Algo cruza su expresión. Algo feroz y posesivo que hace que se me olvide respirar.
Se pone de pie conmigo todavía en sus brazos, obligándome a enroscar las piernas alrededor de su cintura. Deja una cantidad de dinero obscena sobre la mesa sin molestarse en esperar la cuenta.
Y sale del restaurante conmigo aferrada a él como si fuera lo más natural del mundo.
Las miradas nos siguen. Puedo sentirlas. Pero no me importa.
Lo único que me importa es el hombre que me sostiene como si fuera lo más valioso que ha tenido nunca.
No me baja hasta que llegamos al coche. Me deposita en el asiento con una suavidad que contrasta con la tensión en todo su cuerpo.
—Conozco un sitio mejor —dice cuando se sienta tras el volante—. Sin miradas. Sin gente. Solo nosotros.
Conduce en silencio, su mano vuelve a encontrar mi muslo como si no pudiera evitar tocarme. Subimos por una carretera sinuosa hasta llegar a un mirador desde donde se ve toda la ciudad.
Es impresionante. Un océano de luces bajo el cielo estrellado.
Salimos del coche y Leonardo me guía hasta sentarnos en el capó, coloca su brazo alrededor de mis hombros y me mantiene pegada a él.
—Gracias —dice finalmente, rompiendo el silencio—. Por lo que has hecho.
—No tienes nada que agradecer —respondo—. Esa gente era horrible.
—Siempre lo son —dice con una voz que intenta sonar indiferente—. Cuando ven las cicatrices, solo ven a un monstruo.
—Pues están ciegos —digo con fiereza—. Porque lo único que yo veo es a un hombre que sobrevivió a algo que habría matado a cualquier otro.
Leonardo me aprieta contra él.
—¿Quieres saber cómo pasó? —pregunta en voz baja.
—Solo si quieres contármelo.
Vacila durante un momento, como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
—Era un adolescente —dice finalmente—. Mi padre acababa de morir y yo sabía cosas que no debería saber. Mi tío decidió que era más seguro silenciarme permanentemente que seguir dejándome respirar.
Se me cierra el estómago.
—Me torturaron durante horas —continúa, trazando una de las cicatrices en su rostro—. Cada corte estaba diseñado para hacerme sufrir. Para que nunca olvidara lo que pasa cuando eres peligroso para un Don.
—Dios mío, Leonardo.
—Me dieron por muerto —dice—. Pero sobreviví. Y pasé años convirtiéndome en alguien lo suficientemente fuerte como para vengarme.
—¿Lo hiciste? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.
—Sí —responde simplemente—. Y no me arrepiento. Aunque ahora parezca un monstruo.
Debería asustarme. Debería horrorizarme.
Pero en cambio, cojo su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme.
—No eres un monstruo —digo con toda la convicción que puedo reunir—. Eres un superviviente. Y cualquiera que no pueda ver eso no merece ni un segundo de tu tiempo.
Algo se rompe en su expresión.
Y entonces me besa.
Es diferente a los otros besos. Esto es vulnerabilidad. Gratitud. Conexión real.
Sus labios se mueven sobre los míos con una reverencia que hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Como si fuera algo sagrado que tiene miedo de romper.
Cuando nos separamos, ambos estamos respirando entrecortadamente.
—Deberíamos volver —dice, su voz sale ronca.
Asiento, sin confiar en que mi voz salga normal.
El trayecto a casa es silencioso, pero diferente. Como si algo hubiera cambiado entre nosotros. Como si hubiéramos conectado de alguna manera.
Cuando llegamos a la habitación, nos cambiamos sin hablar. Nos metemos en la cama.
Y esa noche, cuando apaga las luces, no espero a que me atraiga hacia él.
Esa noche soy yo quien se acurruca contra su pecho. Quien busca su calor. Quien pasa un brazo alrededor de su cintura.
Sus brazos me envuelven inmediatamente, sosteniéndome como siempre hace.
—Gracias —susurro contra su piel—. Por dejarme ver algo de ti.
Sus labios rozan mi pelo.
—Gracias por no huir cuando lo hice.
Me duermo en sus brazos sintiendo que algo ha cambiado.
Algo importante.
Y no sé si eso me aterra o me emociona más.