Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 20
67%

CAPÍTULO 20

OLIVIA

Llevo tres días pensando en cómo hacerlo.

Tres días observando a Leonardo moverse por la casa con esa confianza irritante, durmiendo a mi lado cada noche sin tocarme más allá de abrazarme, provocándome sin siquiera intentarlo.

Y he llegado a una conclusión.

No voy a suplicar. No voy a darle la satisfacción de admitir que lo deseo tanto que apenas puedo pensar con claridad cuando está cerca.

Pero puedo provocarlo.

Puedo hacer que sea él quien pierda el control primero. Quien me toque sin que yo tenga que pedírselo. Quien rompa esa maldita paciencia que lleva ejerciendo durante semanas.

Es un plan perfecto. O eso me digo antes de levantarme de la cama.

Leonardo se está preparando para irse.

Escucho el sonido del agua corriendo desde el baño.

Me acerco a la puerta entreabierta del baño, y lo que veo hace que se me corte la respiración.

Leonardo está de pie frente al espejo del lavabo, con el torso completamente desnudo. Solo lleva los pantalones de pijama negros colgando bajo en sus caderas. Tiene la cara cubierta de espuma de afeitar, y está pasando la navaja con movimientos precisos y controlados por su mandíbula.

Puedo ver cada músculo definido de su espalda. Cada cicatriz que marca su piel. La forma en que se concentra en lo que está haciendo con esa intensidad que aplica a todo.

Es devastadoramente atractivo.

Y está completamente desprevenido.

Esto va a funcionar.

Entro en el baño como si no pasara nada. Como si fuera completamente normal que esté aquí mientras él se afeita.

Leonardo me ve en el reflejo del espejo. Sus ojos se encuentran con los míos, y puedo ver la sorpresa en ellos antes de que la oculte detrás de esa máscara de control que usa tan bien.

—Buenos días —digo con la voz más casual que puedo fingir, caminando hacia la bañera enorme que está en el otro extremo del baño.

—Buenos días —responde con cautela, sin apartar los ojos de mí en el reflejo.

Abro el grifo de la bañera, ajustando la temperatura del agua hasta que sale caliente y humeante. El sonido llena el silencio del baño, mezclándose con la respiración controlada de Leonardo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta, volviendo su atención a la navaja, aunque puedo ver cómo sus nudillos se ponen blancos alrededor del mango.

—Preparándome un baño —respondo, echando sales de baño en el agua que empieza a llenar la bañera—. He estado tensa últimamente. Necesito relajarme.

No responde. Solo sigue afeitándose con movimientos que ahora son ligeramente menos precisos.

Espero a que el agua forme una pequeña capa dentro de la bañera. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, empiezo a desabrocharme la parte superior del pijama.

El primer botón. Luego el segundo. El tercero.

Puedo ver en el reflejo del espejo cómo Leonardo se ha quedado completamente inmóvil. Tiene la navaja suspendida a medio camino de la cara. Los ojos clavados en mí con una intensidad que hace que se me acelere el corazón.

Sigo desabrochando. Cuarto botón. Quinto. Sexto.

La camisa se abre, revelando mis pechos desnudos. Dejo que caiga de mis hombros, deslizándose por mis brazos hasta que cae al suelo con un susurro suave.

Leonardo ha dejado de fingir que está afeitándose. Solo me observa en el reflejo, con la navaja todavía en la mano, pero completamente olvidada.

Luego engancho los pulgares en la cinturilla de mis pantalones y los bajo por mis piernas, quitándolos del todo.

Y entonces estoy completamente desnuda.

En el mismo baño que él.

A menos de tres metros de distancia.

A pesar de la vergüenza que me recorre, también me siento increíblemente poderosa.

Puedo sentir cómo se me calienta la piel bajo su mirada. Cómo se me acelera la respiración. Cómo entre mis piernas empieza a palpitar un calor que no puedo controlar.

Pero finjo que no pasa nada. Que esto es completamente normal.

Me acerco a la bañera, metiendo primero un pie y luego el otro. El agua está casi demasiado caliente, quemándome la piel de la forma más deliciosa. Me sumerjo lentamente, dejando que el agua cubra mi cuerpo hasta que solo quedan mis hombros y mi cabeza fuera.

Cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás contra el borde de la bañera y suspirando con satisfacción fingida.

—Esto es exactamente lo que necesitaba —murmuro.

El silencio que sigue es tan absoluto que podría escucharse caer un alfiler.

Abro un ojo ligeramente, mirando hacia donde Leonardo sigue de pie frente al lavabo.

Se ha quedado completamente inmóvil. Tiene media cara cubierta de espuma de afeitar. Y los ojos clavados en mí con una intensidad que hace que se me olvide respirar.

Y puedo ver exactamente lo que le hago. La forma en que sus pantalones de pijama ya no pueden ocultar la dureza que presiona contra la tela. Cómo sus manos tiemblan ligeramente. Cómo su respiración ha pasado de ser controlada a entrecortada.

Perfecto.

Esto está funcionando.

—¿Leonardo? —pregunto con voz inocente—. ¿Estás bien?

Él cierra los ojos durante un segundo completo. Como si estuviera reuniendo cada gramo de control que tiene.

Cuando los abre otra vez, hay algo feroz en ellos que hace que se me erice la piel.

Deja la navaja sobre el lavabo con un cuidado que contrasta completamente con la tensión en todo su cuerpo. Se limpia la espuma de la cara con una toalla con movimientos bruscos. Y entonces se gira hacia mí.

Camina hasta la bañera con pasos medidos. Se agacha junto al borde, tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.

Sus ojos recorren cada centímetro de mi piel desnuda bajo el agua, y puedo ver cómo lucha contra el impulso de tocarme.

—Sabes exactamente lo que estás haciendo —gruñe—. ¿Verdad?

—Solo me estoy dando un baño —respondo, intentando que mi voz salga firme, aunque me tiembla.

—Mentira —dice, acercándose aún más hasta que su boca está a centímetros de la mía—. Estás intentando provocarme. Quieres que pierda el control. Que te toque sin que tengas que pedírmelo.

Se me calienta el rostro porque tiene razón. Porque me ha descubierto completamente.

—No sé de qué hablas.

Leonardo sonríe, y es esa sonrisa que hace que las cicatrices se contraigan de esa forma que debería asustarme pero que en cambio hace que se me acelere el pulso.

—Puedes desnudarte delante de mí todas las veces que quieras, ángel —dice, levantando una mano para trazar la línea de mi clavícula sin llegar a tocarme realmente—. Puedes provocarme de todas las formas que se te ocurran. Pero no voy a tocarte sin tu permiso.

—No necesitas mi permiso…

—Sí lo necesito —me interrumpe, y hay algo casi vulnerable en su voz ahora—. Porque cuando finalmente te toque, cuando finalmente te haga mía completamente, va a ser porque tú lo elegiste. Porque me lo pediste. Porque me deseabas tanto que no podías resistirte más.

Sus ojos buscan los míos, y hay tanta intensidad en ellos que casi me quema.

—Así que puedes seguir intentándolo —continúa—. Puedes desnudarte, provocarme, hacer lo que sea que se te ocurra. Pero mi respuesta va a ser siempre la misma. No hasta que me lo pidas.

Se pone de pie con una gracia que contrasta completamente con la tensión en sus hombros. Con la dureza que es imposible ignorar en sus pantalones.

—Disfruta de tu baño —dice, caminando hacia la puerta.

Y entonces se va, cerrando la puerta detrás de él y dejándome sola en la bañera con una frustración tan grande que podría gritar.

Mierda.

No ha funcionado.

Me hundo más en el agua, sintiendo cómo la vergüenza se mezcla con algo mucho más peligroso. Porque me he desnudado completamente delante de él. Me he ofrecido de la forma más obvia posible.

Y él todavía no me ha tocado.

—Maldito controlador —murmuro para mí misma, salpicando agua con frustración.

¿Durante cuánto tiempo más voy a poder resistirme antes de hacer exactamente lo que él quiere?

¿Antes de admitir que lo deseo tanto que me duele físicamente?

¿Antes de suplicar como él prometió que haría?

El agua se está enfriando a mi alrededor, pero no me muevo. Solo me quedo ahí, maldiciendo a Leonardo Moretti y a su maldita paciencia.

Y odiando que una parte de mí lo desee aún más por resistirse.

Porque eso significa que cuando finalmente ceda.

Va a ser mi elección.