CAPÍTULO 19
OLIVIA
Estoy en el salón con Arianna, debatiendo por décima vez esta semana si debería intentar convencer a Leonardo de que me deje salir a dar una vuelta, cuando escucho el sonido de un motor en la entrada.
No es inusual. Hay coches entrando y saliendo de la mansión constantemente. Hombres de Leonardo yendo y viniendo. Entregas. Visitas.
Así que no le presto atención.
—Creo que deberías seducirlo para que ceda —dice Arianna, comiendo patatas fritas directamente de la bolsa con tranquilidad, como si no acabase de proponer una locura.
Estoy a punto de preguntarle si está loca cuando la puerta del salón se abre.
Leonardo entra con esa presencia brutal que llena todo el espacio disponible. Lleva un traje gris oscuro, la chaqueta colgada del hombro y las mangas de la camisa remangadas revelando unos antebrazos marcados por cicatrices.
—Necesito hablar contigo —dice, mirándome directamente—. Ahora.
El tono no admite discusión y a pesar de que la primera reacción que me nace es negarme, también siento curiosidad.
Me pongo de pie, sintiendo cómo se me acelera el pulso por razones que no quiero examinar. Arianna me lanza una mirada que claramente significa «buena suerte» antes de devolver su atención a las patatas fritas.
Traidora.
Sigo a Leonardo fuera de la casa, por el camino de entrada, hasta que nos detenemos frente a un coche que no había visto antes.
Un Mercedes Clase A azul profundo que brilla bajo el sol de la tarde.
Es precioso.
—¿De quién es? —pregunto.
—Tuyo —responde Leonardo, y hay algo en su voz que hace que se me erice la piel.
Me quedo mirándolo, sin entender.
—¿Qué?
—Me has estado pidiendo salir —dice, dándose la vuelta para mirarme directamente—. Quieres ir de compras con Arianna. Quieres ir en tu propio coche. Bien. Aquí está.
Me tiende las llaves.
No las cojo.
—No necesito que me compres un coche —digo, sintiendo cómo algo se enciende en mi pecho—. Tengo uno.
—Un Honda Civic del 2008 que es un peligro móvil —responde Leonardo, y su voz se vuelve más fría—. No vas a conducir esa mierda por Las Vegas. No cuando eres mi esposa.
—Ese coche me ha servido durante años.
—Y ahora tienes este —me interrumpe, acercándose hasta que está lo suficientemente cerca como para que pueda oler su colonia—. Así que aquí están tus opciones, ángel. O coges este coche para salir, con los guardaespaldas que Salvatore va a asignarte, o no sales. Elige.
La rabia hierve en mi pecho.
—Eres un gruñón controlador.
—Sí —responde sin una pizca de arrepentimiento—. Y voy a seguir siéndolo cuando se trate de tu seguridad. Acostúmbrate.
Me mira con esos ojos verdes que no admiten discusión, y entonces añade algo más bajo:
—Este coche tiene todas las medidas de seguridad que exigí. Blindaje. Sistema de rastreo. Botón de pánico directo a mí y a Salvatore. Si algo te pasa mientras conduces, lo sabré en segundos. Y si ese algo te pasa porque te empeñaste en conducir esa trampa mortal que llamas coche…
No termina la frase. No necesita hacerlo.
—Esto no es negociable, Olivia —continúa—. O aceptas el coche y las condiciones que vienen con él, o te quedas en casa. Tú decides.
Aprieto los dientes tan fuerte que me duele la mandíbula.
Odio esto. Odio que me dé órdenes. Odio que controle cada aspecto de mi vida. Odio que…
Odio que una parte de mí entienda por qué lo hace.
Porque me mira con esa intensidad que dice claramente que la idea de que algo me pase es inaceptable para él. Que haría cualquier cosa para mantenerme a salvo.
Incluso ser un cabrón controlador que me compra coches sin preguntarme.
—Bien —digo finalmente, arrancándole las llaves de la mano—. Me quedo el coche.
Algo que podría ser satisfacción cruza su expresión.
—Bien —dice—. Salvatore te explicará todas las funciones de seguridad esta tarde. Y Olivia.
Se inclina hasta que sus labios rozan mi oído.
—Conduce con cuidado. Porque si algo te pasa, voy a quemar Las Vegas entera hasta encontrar al responsable.
Y entonces se va, subiendo las escaleras hacia la entrada de la mansión y dejándome ahí con un coche nuevo y un corazón que late demasiado rápido.
Me quedo mirando el Mercedes durante un largo momento.
Debería estar furiosa. Debería rechazar el regalo. Debería…
—Es su forma de decir que le importas —dice Arianna, apareciendo a mi lado—. Aunque sea de la forma más controladora posible.
Me giro hacia ella. Ni siquiera la he escuchado acercarse.
—¿Cómo es comprarme un coche sin preguntarme una forma de demostrar que le importo?
—Porque para Leonardo, protegerte es amarte —responde Arianna—. No sabe cómo decir te quiero. Pero sabe cómo asegurarse de que estés a salvo. Y para él, eso es lo mismo.
Las palabras se asientan en mi estómago como piedras.
—Tengo miedo —admito en voz baja.
—¿De qué?
—De estar enamorándome de él —susurro—. De que cada día que pasa me resulte más difícil recordar por qué debería odiarlo. De que su forma retorcida de cuidarme esté empezando a parecerme… romántica.
Arianna me mira con una expresión que mezcla compasión con comprensión.
—Amar a un miembro de la familia Moretti es complicado —dice—. Son obsesivos, controladores, y a veces te dan ganas de estrangularlos. Pero cuando finalmente entiendes cómo aman…
No termina la frase.
No necesita hacerlo.
Porque creo que estoy empezando a entenderlo.
Debería de salir corriendo.
LEONARDO
La cocina está en silencio cuando entro a medianoche buscando algo que me ayude a relajarme antes de ir a buscar a mi esposa. Cada vez me resulta más difícil no tocarla como me muero por hacer.
Me estoy sirviendo whisky en un vaso cuando escucho pasos suaves detrás de mí.
—Sabía que te encontraría aquí —dice Arianna, entrando en la cocina con una de sus sudaderas enormes.
—¿No deberías estar durmiendo? —pregunto sin girarme.
—Lo mismo digo —responde, acercándose al mueble y cogiendo un vaso—. ¿Me sirves?
Le sirvo dos dedos de whisky y se lo tiendo. Ella se apoya contra la encimera a mi lado, bebiendo un sorbo antes de hablar.
—Ha sido un detalle bonito. El coche —dice finalmente—. Olivia estaba más emocionada de lo que quería admitir.
—Solo es un coche.
—No —me corrige suavemente—. Es seguridad. Es libertad dentro de límites que tú puedes controlar. Es tu forma de cuidar de ella.
No respondo. No hay nada que decir.
Nos quedamos en silencio durante un momento, bebiendo. Es uno de esos silencios cómodos que solo existen entre hermanos que se conocen demasiado bien.
—¿Puedo decirte algo con sinceridad? —pregunta Arianna finalmente—. ¿Como tu hermana?
—¿Alguna vez te he detenido?
Ella sonríe ante eso, pero la sonrisa no llega a sus ojos.
—Creo que Olivia podría ser realmente feliz aquí —dice—. Contigo. He visto cómo te mira. Cómo se relaja cuando entras en una habitación, aunque pretenda lo contrario.
Mi pecho se llena de calidez ante esas palabras.
—Pero —continúa Arianna, y hay una advertencia en su tono—, si quieres que eso pase, si de verdad quieres que te acepte y sea feliz a tu lado, tienes que darle algo más que órdenes y regalos caros.
—Le doy protección. Seguridad. Un futuro.
—Sí —admite Arianna—. Todo eso es importante.
Pero Leonardo… tienes que mostrarle quién eres.
No solo el Don. No solo el hombre que controla cada detalle.
Ella necesita ver al hermano que me protegió enviándome lejos cuando era demasiado joven y era peligroso estar cerca de ti.
Al hombre que salvó a Lorenzo cuando nadie más lo habría hecho.
Me tenso ante sus palabras.
—No hay nada que mostrar.
—Hay mucho que mostrar —insiste Arianna, girándose hacia mí—. Pero te escondes detrás de esa máscara de control y autoridad. Y entiendo por qué, de verdad que lo entiendo. Después de todo lo que te pasó… es más fácil ser el Don que ser Leonardo.
Se me cierra la garganta. No hablamos de esto. Nunca hablamos de lo que me hicieron.
—Pero Olivia merece conocer al Leonardo real —continúa mi hermana, su voz se vuelve más suave—. No solo al monstruo que has construido para sobrevivir. Merece ver las partes de ti que todavía saben cómo sentir. Cómo preocuparse genuinamente por alguien.
—¿Y si esas partes ya no existen? —pregunto; la voz me sale más ronca de lo que pretendía.
—Existen —responde Arianna con convicción—. Las veo cada vez que miras a Olivia.
No puedo responder a eso. No sé cómo.
Arianna deja su vaso sobre la encimera y se gira completamente hacia mí.
—Haz algo por ella —dice—. Algo que no tenga que ver con el control o la protección. Algo que le muestre que la ves. Que te importa quién es, no solo mantenerla segura. Muéstrale al hombre bajo la armadura. Aunque te dé miedo. Aunque te haga vulnerable.
—No sé cómo hacer eso.
—Entonces averigua cómo —responde Arianna, y hay un reto en su voz ahora—. Porque si no lo haces, si sigues manteniéndola a distancia mientras pretendes poseerla, vas a tener una esposa que vive en tu casa, pero nunca realmente estará contigo. Y sé que eso no es lo que quieres.
Se acerca y me besa en la mejilla, justo sobre una de las cicatrices.
—Buenas noches, hermano —dice—. Piensa en lo que te he dicho.
Y se va, dejándome solo en la cocina con un vaso de whisky a medias y sus palabras instalándose en mi mente como veneno.
¿Tiene razón?
¿Necesito mostrarle más de mí mismo a Olivia para que esto funcione?
La idea me aterroriza. Porque mostrarme significa arriesgarme a que vea exactamente lo roto que estoy. Lo dañado. Lo incapaz que soy de ser el hombre que probablemente merece.
Pero la alternativa es peor.
La alternativa es tenerla cerca físicamente pero nunca realmente. Es despertarme cada día al lado de una mujer que está ahí por obligación, no por elección.
Y eso…
Eso sería peor que cualquier tortura que haya soportado.
Termino el whisky de un trago, sintiendo cómo quema.
Tal vez Arianna tenga razón.
Tal vez necesito encontrar la forma de mostrarle quién soy realmente.
No tengo ni idea de cómo hacerlo.
Pero voy a averiguarlo.
Porque Olivia merece más que un marido que solo sabe controlar y poseer.
Merece al hombre que se obsesionó con ella.
Y voy a encontrar la forma de ser ese hombre para ella.
Aunque me dé pánico intentarlo.