CAPÍTULO 18
OLIVIA
La escalera hacia el tercer piso nunca me había parecido tan larga.
Leonardo camina a mi lado con una mano posesiva en la parte baja de mi espalda que he aprendido a reconocer durante el último mes. Ha estado callado desde que salimos de la recepción, con esa tensión en los hombros que ahora sé identificar. Como si estuviera conteniendo algo. Controlándose.
Se me acelera el corazón con cada escalón que subimos.
Esto es diferente. Hoy es diferente.
Es nuestra noche de bodas.
Lo que significa que esta noche…
Se me cierra el estómago mientras proceso lo que probablemente está a punto de pasar.
Vamos a acostarnos juntos.
Por primera vez.
Mi primera vez en absoluto.
El pánico y la anticipación se mezclan en mi pecho hasta que no puedo distinguir uno del otro. Me sudan las palmas. El corsé del vestido se me clava en las costillas con cada respiración acelerada. Puedo sentir el pulso latiendo en mi cuello, en mis muñecas, entre mis piernas.
No debería estar nerviosa. Debería estar furiosa. Este hombre me compró como ganado, me obligó a casarme con él. No debería importarme lo que vaya a pasar esta noche.
Pero me importa.
Porque a pesar de todo —de la rabia, de la traición, de lo injusto que es todo esto— lo deseo.
Llevo semanas deseándolo sin poder admitirlo en voz alta.
Todas esas noches durmiendo en sus brazos, sintiendo cada músculo definido de su cuerpo contra el mío, despertándome húmeda y frustrada porque solo me abraza pero nunca me toca de verdad.
Y esta noche finalmente va a tocarme.
Es nuestra noche de bodas. Es lo que se espera. Lo que se supone que tiene que pasar. No voy a tener que reconocer que lo deseo. No voy a tener que suplicar como él prometió que haría.
Y una parte de mí —una parte traidora que me niego a examinar demasiado de cerca— está secretamente aliviada de que vaya a ser así. De que pueda tenerlo sin admitir lo mucho que lo necesito.
Llegamos al pasillo del tercer piso. Pasamos las habitaciones de invitados hasta llegar a las puertas dobles al final del corredor.
Nuestra habitación.
He dormido aquí durante un mes. Conozco cada rincón. Sé dónde está cada cosa. Pero esta noche se siente diferente. Como si estuviera entrando por primera vez.
Leonardo abre las puertas, haciéndome pasar primero con esa cortesía que contrasta completamente con todo lo demás que es.
La habitación está exactamente como la dejamos esta mañana.
Pero alguien ha encendido las lámparas, creando una luz suave y cálida que hace que todo parezca más íntimo. Más romántico.
Más aterrador.
Las puertas se cierran detrás de nosotros con un clic que suena definitivo.
Me quedo paralizada en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. Durante un mes he desarrollado rutinas. Sé cómo moverme por este espacio. Pero esta noche todo se siente extraño. Nuevo.
Leonardo se quita la chaqueta con movimientos lentos y deliberados. La cuelga en el respaldo de la silla junto al escritorio donde he visto que la deja cada noche. Luego se afloja la corbata, deshaciéndose el nudo con dedos que se mueven con una precisión que hace que se me seque la boca.
Tengo que hacer algo. Decir algo. Pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
—Olivia —dice finalmente, y su voz sale más ronca de lo normal.
—¿Sí? —consigo responder, odiando cómo tiembla mi voz.
—Date la vuelta.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me duele.
Ha llegado el momento. Va a desabrocharme el vestido. Va a desnudarme. Va a…
Obedezco con piernas temblorosas, girándome para darle la espalda. Puedo ver nuestro reflejo en el espejo del vestidor. Yo con este vestido blanco que me hace parecer algo que no soy. Él detrás de mí, tan grande que casi me cubre completamente.
Escucho sus pasos acercándose. Siento el calor de su cuerpo detrás del mío. Y entonces sus dedos rozan mi nuca, apartando con cuidado los mechones sueltos que han escapado del moño.
Se me pone la piel de gallina por ese simple contacto.
—Este vestido —dice en voz baja, y puedo sentir su aliento contra mi piel— es lo más hermoso que he visto en mi vida. Pero tengo que quitártelo.
Se me corta la respiración.
Sus manos encuentran el primer botón de los muchos que recorren mi espalda. Lo desabrocha con una lentitud que me está matando. Puedo ver en el espejo cómo sus dedos se mueven con precisión quirúrgica. Cómo se toma su tiempo con cada uno.
Luego el siguiente botón. Y el siguiente.
Cada botón que abre es una caricia. Cada roce de sus dedos contra mi columna vertebral hace que se me erice todo el cuerpo. Puedo sentir cómo el corsé se afloja gradualmente, cómo puedo respirar un poco más profundo con cada segundo que pasa.
Pero es una tortura lenta. Deliberada.
Hay muchos botones. Y él los está desabrochando uno por uno como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si no pudiera sentir cómo tiemblo. Como si no notara que cada caricia accidental de sus dedos contra mi piel me está volviendo loca.
—Leonardo —susurro, sin saber qué quiero decirle.
—Paciencia, ángel —responde, y puedo escuchar la sonrisa en su voz.
Sigue bajando. Botón tras botón. Sus nudillos rozan mi espalda desnuda con cada uno que libera. Puedo ver en el espejo cómo el vestido se va abriendo, revelando centímetro a centímetro de piel.
El corsé está tan apretado que tengo marcas rojas donde se ha clavado durante horas. Leonardo las roza con los dedos cuando las ve, tan suavemente que casi parece una disculpa.
—¿Te duele? —pregunta.
—Un poco —admito.
Sus manos se detienen un momento. Luego sigue desabrochando, pero ahora puedo sentir cómo tiene más cuidado. Cómo evita presionar donde sé que tengo la piel irritada.
Es un detalle pequeño. Insignificante.
Pero hace que algo se apriete en mi pecho.
Finalmente —después de lo que parece una eternidad— llega al último botón. El vestido se abre completamente, revelando mi espalda hasta la cintura. Solo me queda la ropa interior de encaje blanco que Arianna insistió en que llevara.
Tengo que sujetar el vestido contra mi pecho para que no caiga al suelo.
Leonardo no dice nada durante un momento largo. Solo puedo sentir su mirada recorriéndome la espalda desnuda. Puedo ver en el espejo cómo sus ojos se oscurecen. Cómo sus manos se cierran en puños a sus costados como si estuviera luchando contra el impulso de tocarme.
Y entonces da un paso atrás.
—Ya está —dice, y su voz sale tensa. Controlada con esfuerzo—. Puedes cambiarte.
¿Qué?
Me giro lentamente hacia él, sujetando el vestido con ambas manos contra mi pecho.
—¿Cambiarme? —repito, sin poder creer lo que acabo de escuchar.
—Tu ropa está en el vestidor —dice, como si no acabara de pasar los últimos diez minutos desabrochándome el vestido botón por botón—. Sabes dónde está todo.
Me quedo mirándolo, completamente confundida.
Pero es nuestra noche de bodas. Se supone que… pensaba que…
No puedo terminar esa frase. Ni siquiera en mi cabeza. Porque hacerlo sería admitir que esperaba que me tocara. Que lo necesito. Que he estado pensando en esto toda la noche.
—Voy a darme una ducha —continúa Leonardo, dirigiéndose hacia el baño—. Tómate tu tiempo.
Y entonces desaparece detrás de la puerta, dejándome sola en medio de la habitación con un vestido a medio quitar y una confusión tan grande que no sé si quiero gritar o llorar.
¿Qué acaba de pasar?
Me quedo ahí parada durante varios segundos, intentando procesar. Mirando la puerta cerrada del baño. Escuchando el sonido del agua empezando a correr.
Debería sentirme aliviada. Debería estar agradecida de que no me haya presionado. De que me esté dando espacio en nuestra noche de bodas.
Pero no es alivio lo que siento.
Es decepción. Frustración. Y algo mucho más peligroso que me niego a nombrar.
Finalmente me obligo a moverme. Entro en el vestidor y dejo que el vestido caiga al suelo.
Me quedo en ropa interior frente al espejo. Puedo ver las marcas rojas del corsé. La palidez de mi piel. El temblor en mis manos.
Tengo dos opciones. Puedo ponerme uno de los camisones de encaje que Arianna insistió en comprar. Camisones que son claramente para seducir. Para provocar.
O puedo ponerme un pijama normal. Mandar el mensaje de que esto no significa nada. Que no me importa que no me haya tocado.
Cojo el pijama de algodón más simple que encuentro. Nada sexy. Nada provocativo. Y me lo pongo con dedos que todavía tiemblan ligeramente.
Cuando salgo del vestidor, Leonardo ya ha terminado en el baño. Está de pie junto a la cama, y se me corta la respiración al verlo.
Lleva solo los pantalones del pijama. Negro. Colgando bajos en sus caderas. El torso completamente desnudo.
Y es devastador.
No solo por los músculos que hablan de años de entrenamiento. No solo por la forma en que su cuerpo parece esculpido.
Sino por las cicatrices.
Tantas. Por todas partes. Líneas blancas que cuentan historias de violencia que no puedo ni imaginar. La del brazo donde yo misma lo cosí hace años. Otras más antiguas. Algunas parecen quemaduras. Otras, agujeros de balas.
Es un mapa de dolor grabado en su piel.
Y lo único que quiero es tocarlo. Besar cada marca. Hacerle entender que no me dan miedo. Que no hacen que lo desee menos.
Pero no hago nada de eso.
Me quedo ahí parada, con mi pijama de algodón ridículamente normal , sintiéndome estúpida y confundida.
—Ven —dice Leonardo, apartando las sábanas de su lado de la cama.
Es lo mismo que hace cada noche. La misma rutina que hemos desarrollado durante un mes.
Como si esta no fuera nuestra noche de bodas. Como si nada hubiera cambiado.
Me meto en la cama, deslizándome bajo las sábanas de seda que ahora conozco tan bien. Leonardo apaga las luces hasta que solo queda el resplandor suave de la noche entrando por las ventanas.
Luego se mete a mi lado.
Y como ha hecho cada noche durante semanas, pasa un brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia él hasta que mi espalda queda pegada contra su pecho desnudo.
Puedo sentir cada centímetro de su piel contra la mía. El calor. Los músculos. Las cicatrices. Y sí, la dureza que presiona contra mi trasero, dejando muy claro que me desea tanto como yo a él.
Pero no hace nada al respecto.
—Buenas noches, ángel —susurra contra mi oído.
Y eso es todo.
Me quedo ahí, exactamente como he estado cada noche durante un mes. Acurrucada contra él. Sintiendo su respiración volverse más lenta y profunda. Sintiendo cómo sus dedos trazan círculos distraídos en mi cadera.
Como siempre.
Como si nada hubiera cambiado.
Este hombre me está volviendo loca.
Completamente e irremediablemente loca.
No lo entiendo. Ni a él ni a mí misma. Ni por qué me siento más frustrada que aliviada. Ni por qué una parte traicionera de mí quiere darse la vuelta y pedirle exactamente lo que me ha estado negando durante semanas.
Pero no lo hago.
Porque admitir que lo deseo sería entregarle un poder sobre mí que no estoy lista para darle.
Aunque tal vez ya sea demasiado tarde.
Tal vez ya tenga todo el poder y solo esté esperando que lo reconozca.
Cierro los ojos con fuerza, intentando ignorar el calor de su cuerpo. El roce de su pecho contra mi espalda. La forma en que me sostiene como si fuera algo precioso.
Y me pregunto cuánto tiempo más voy a poder resistir antes de admitir la verdad.
Que lo deseo.
Que lo necesito.
Que este mes viviendo con él me ha cambiado de una forma que no puedo deshacer.
Y que eso me aterra.