Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

OLIVIA

El vestido pesa más de lo que esperaba.

Es hermoso, lo admito. Seda italiana blanca con encaje bordado a mano, escote corazón que realza mi figura sin ser vulgar y una cola que se arrastra detrás de mí como agua. Arianna lo eligió con un gusto impecable, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.

Pero pesa. Como si cada gramo de tela fuera un recordatorio más del compromiso que estoy a punto de hacer. Del hombre al que voy a atarme legalmente en menos de una hora.

Leonardo Moretti.

El Don de la mafia que me compró para saldar la deuda de mi padre.

Estoy de pie frente al espejo de cuerpo completo, en una de las habitaciones de invitados de la mansión, mirando mi reflejo y sin reconocer a la mujer que me devuelve la mirada.

El maquillador profesional que Arianna contrató ha hecho un trabajo impecable.

Mis ojos parecen más grandes, más azules.

Me ha pintado los labios de un rosa suave que realza su forma natural y me ha recogido el pelo en un moño bajo con mechones sueltos que enmarcan mi rostro.

Parezco una novia de verdad.

No una mujer que está siendo obligada a casarse.

—Estás preciosa —dice Arianna desde la puerta, y cuando me giro hacia ella veo que tiene lágrimas en los ojos—. Leonardo se va a quedar sin palabras cuando te vea.

Se me forma un nudo en la garganta.

—No me puedo creer que esto esté pasando de verdad —consigo decir—. Que en una hora vaya a ser… su esposa.

Arianna se acerca, cogiendo mis manos entre las suyas.

—Sé que las circunstancias no son las ideales —dice suavemente—. Pero Leonardo… él se preocupa por ti, Olivia. Más de lo que probablemente sabe expresar.

No respondo. Porque dudo que Leonardo Moretti se preocupe por alguien.

Un golpe suave en la puerta nos interrumpe. Una de las empleadas asoma la cabeza.

—Es la hora —anuncia.

Se me cierra el estómago. El corazón se me dispara hasta que puedo escucharlo latiendo en mis oídos como tambores.

Esto es real.

Voy a casarme con Leonardo Moretti.

El jardín trasero de la mansión ha sido transformado en algo sacado de un cuento de hadas.

Hay hileras de sillas blancas flanqueando un pasillo central cubierto de pétalos de rosa. Un arco de flores al final donde el sacerdote espera. Luces colgando de los árboles que rodean el espacio, creando una atmósfera mágica incluso en pleno día.

Y gente. Tanta gente.

Doscientos invitados, me había dicho Massimo. Capitanes de la familia Moretti. Aliados de otras familias. Gente importante del mundo criminal de Las Vegas.

Todos están aquí para presenciar cómo el nuevo Don se casa con una desconocida.

Puedo sentir sus ojos sobre mí mientras camino sola por el pasillo. No hay nadie que me entregue. Mi padre… bueno, mi padre está en algún lugar desterrado por las mismas condiciones que impuse para aceptar este matrimonio.

Así que camino sola, con el peso del vestido arrastrándose detrás de mí y el ramo apretado entre mis manos temblorosas.

Y entonces lo veo.

Leonardo está de pie al final del pasillo, esperándome.

Lleva un traje negro de tres piezas que probablemente cuesta más que todo lo que he ganado en mi vida. El chaleco acentúa su torso musculoso. La chaqueta perfectamente cortada para sus hombros anchos. Corbata de seda negra. Gemelos de oro que brillan bajo la luz del sol.

Pero no es el traje lo que me deja sin aliento.

Son sus ojos.

Esos ojos verdes están clavados en mí con una intensidad que hace que se me olvide respirar. No hay ni rastro de la frialdad habitual. No está la máscara de Don calculador.

Solo hay… algo que hace que se me acelere el corazón de formas que no quiero analizar.

Las cicatrices en su rostro se contraen cuando sonríe —una sonrisa genuina, no la mueca aterradora que usa con otros— y por un momento olvido dónde estoy. Olvido que esto es una boda forzada. Olvido todo excepto la forma en que me está mirando.

Como si fuera lo más valioso que ha visto en su vida.

Odio que me mire así porque me confunde.

Llego hasta él con las piernas temblando, y cuando me detengo a su lado, él extiende la mano hacia mí. Una invitación silenciosa.

La acepto. Porque ¿qué otra opción tengo con toda esta gente mirando?

Sus dedos se entrelazan con los míos, grandes y cálidos y sorprendentemente gentiles. Me atrae hacia él hasta que estamos uno frente al otro ante el sacerdote.

—Estás preciosa —susurra, tan bajo que solo yo puedo escucharlo—. Absolutamente perfecta.

Se me forma un nudo en la garganta que me hace imposible responder.

El sacerdote comienza la ceremonia, pero apenas escucho las palabras. Dice algo sobre el matrimonio siendo una unión sagrada. Sobre el compromiso y la lealtad. Sobre amar y respetar.

Todo suena hueco cuando sé exactamente por qué estamos aquí.

No presto atención hasta que no llega a la parte final.

—¿Leonardo Sean Moretti —dice el sacerdote finalmente—, aceptas a Olivia Rose Clark como tu legítima esposa, para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

—Sí, acepto —responde Leonardo sin vacilar ni un segundo, su voz sale clara y firme.

El sacerdote se gira hacia mí, y siento cómo doscientos pares de ojos me observan esperando mi parte.

—¿Olivia Rose Clark, aceptas a Leonardo Sean Moretti como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

El silencio que sigue se alarga una eternidad.

Esta es mi última oportunidad. Mi última oportunidad de decir que no. De huir. De negarme a encadenarme a este hombre para siempre.

Pero entonces siento cómo Leonardo aprieta ligeramente mi mano. No con fuerza. No amenazante. Solo… como si necesitara ese contacto. Como si mi respuesta fuera lo único que importa en el mundo.

Y me doy cuenta de algo aterrador.

No quiero decir que no.

—Sí —susurro—. Acepto.

Algo feroz y triunfante destella en los ojos de Leonardo.

—Por el poder que me ha sido conferido —dice el sacerdote—, os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Leonardo no espera ni un segundo más.

Su mano libre se desliza hasta mi nuca, sus dedos se entierran en mi pelo de una forma que debería doler pero que en cambio hace que se me erice toda la piel. Me atrae hacia él con una urgencia que me roba el aliento.

Y entonces me besa.

No es como el beso suave y reverente que compartimos aquella noche en su baño. Esto es algo completamente diferente.

Es posesión pura.

Sus labios se estrellan contra los míos con una pasión tan intensa que me hace temblar. La mano en mi nuca me sostiene exactamente donde me quiere mientras su otra mano se desliza hasta mi espalda baja, presionándome contra él hasta que no queda ni un centímetro de espacio entre nuestros cuerpos.

Puedo sentir cada músculo definido de su torso contra mi pecho. El calor que irradia. La dureza que presiona contra mi vientre dejando muy claro exactamente lo que le hago a pesar de estar rodeados de gente.

Su lengua traza el contorno de mis labios, pidiendo entrada, y cuando abro la boca en un jadeo involuntario, la aprovecha. Se desliza dentro con una confianza que hace que se me doblen las rodillas, saboreándome, reclamándome, marcándome como suya delante de doscientas personas.

Un gemido escapa de mi garganta sin que pueda evitarlo, y siento cómo Leonardo sonríe contra mis labios. Sus dedos se tensan en mi pelo, inclinando mi cabeza en un ángulo que le permite profundizar el beso aún más.

El mundo desaparece. Los invitados, el jardín, la realidad de lo que acabo de hacer. Solo existe este momento. Solo existe él y la forma en que me está besando como si fuera lo único que ha deseado en toda su vida.

Cuando finalmente se separa, lo hace tan lentamente que puedo sentir cada milímetro de distancia como una pérdida física. Estoy jadeando, con las rodillas tan débiles que, si no fuera porque sus brazos me sostienen, probablemente me habría caído.

Se inclina hasta que sus labios rozan mi oído, su aliento caliente contra mi piel hace que se erice cada centímetro de mi cuerpo.

—Ahora ya eres mía —susurra, y su voz sale cargada de una satisfacción oscura—. Y todo el mundo lo sabe.

Antes de que pueda responder, se endereza y me gira hacia la multitud de invitados que ha estallado en aplausos.

Y así, en un jardín lleno de criminales y mafiosos, me convierto en la esposa de Leonardo Moretti.

La señora Moretti.

Suya.

Para siempre.

No puedo dejar de pensar en el beso.

Han pasado tres horas desde la ceremonia. Tres horas de cena interminable, de brindis, de gente acercándose a felicitarnos con sonrisas que no llegan a sus ojos. Tres horas siendo el centro de atención de doscientas personas que me miran como si intentaran descifrar un rompecabezas.

Y durante cada minuto, cada segundo, no he podido quitarme de la cabeza la forma en que Leonardo me besó.

La posesividad en sus labios. La pasión en cada movimiento de su lengua. La forma en que sus manos me sostuvieron como si temiera que fuera a desaparecer si me soltaba.

Y ese susurro después. «Ahora ya eres mía. Y todo el mundo lo sabe.»

Debería haberme enfadado. Debería haberme sentido reducida a una posesión.

Pero en cambio…

En cambio me ha hecho sentir deseada de una forma que nunca había experimentado. Como si fuera algo tan valioso que él había necesitado reclamarlo públicamente.

Es una locura. Lo sé.

Este hombre me compró. Me obligó a esto. No debería sentirme halagada por su posesividad enfermiza.

Pero lo estoy.

Y eso me aterra.

—Es hora del baile —dice Arianna, apareciendo a mi lado con una sonrisa—. Leonardo y tú tenéis que abrir la pista.

Se me cae el estómago.

El baile. Por supuesto. Porque esta farsa tiene que incluir cada tradición de boda normal.

Leonardo se pone de pie, tendiéndome la mano con ese gesto que he aprendido a reconocer. No es una petición. Es una orden suave.

La acepto porque no tengo otra opción, dejando que me guíe hacia el centro del salón de baile donde se ha despejado un espacio.

La música comienza —algo lento y romántico que probablemente Arianna eligió— y Leonardo me atrae hacia él hasta que estoy pegada contra su pecho.

Una mano se desliza hasta mi espalda baja. La otra coge la mía, llevándola hasta su hombro. Y entonces empezamos a movernos.

Es la primera vez que bailamos juntos. La primera vez que me sostiene así, tan cerca que puedo sentir cada respiración, cada latido de su corazón, mientras estamos despiertos.

—Has estado muy callada —dice, su voz sale como un murmullo que solo yo puedo escuchar—. ¿En qué piensas?

En ti, quiero decir. En el beso. En cómo me has hecho sentir. En lo asustada que estoy de admitir que me atraes.

Pero no digo nada de eso.

—En que esto es surrealista —respondo en cambio—. Que hace un mes estaba trabajando turnos dobles en el hospital y ahora estoy casada. Contigo.

—¿Te arrepientes?

La pregunta me sorprende por lo vulnerable que suena.

Levanto la vista hacia él y me encuentro con esos ojos verde esmeralda que me observan con una intensidad que hace que se me olvide respirar.

—No lo sé —admito honestamente—. Todavía estoy procesando que esto es real. Que soy tu esposa.

Algo feroz brilla en sus ojos cuando digo esa palabra.

—Mi esposa —repite, como si estuviera probando cómo suena—. Mía.

La canción termina, pero Leonardo no me suelta. Me mantiene pegada contra él durante un segundo más, como si no estuviera listo para dejarme ir.

Y por primera vez desde que acepté casarme con él, no sé si lo que siento es miedo o algo mucho más peligroso.