Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

OLIVIA

No nos hemos vuelto a tocar desde aquella noche en la cocina.

Hace ya cinco días de eso. Cinco días en los que Leonardo ha seguido viniendo cada noche a buscarme, a cogerme de donde sea que haya decidido esconderme, y llevarme de vuelta a su cama. Pero solo para abrazarme. Para envolverme en sus brazos mientras duermo.

Nada más.

Es casi como si me hubiera inventado el beso. Como si esa reverencia en sus labios, esa delicadeza con la que me tocó, hubiera sido producto de mi imaginación desesperada.

Y me está volviendo loca.

Porque cada noche que paso acurrucada contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo, escuchando el latido constante de su corazón, es una tortura exquisita.

Cada vez que sus dedos rozan mi piel —accidentalmente, siempre accidentalmente— siento cómo algo se enciende en mi interior que no debería estar ahí.

No debería desear al hombre que me compró.

No debería fantasear con que me toque de formas que van mucho más allá de los abrazos inocentes que compartimos cada noche.

Pero lo hago.

Y me odio por ello.

Son las diez de la mañana cuando bajo a la cocina, descalza y vistiendo solo una camiseta larga que me llega a medio muslo. Es una de las mías, vieja y gastada, perfecta para estar cómoda en casa.

La casa está en silencio. Arianna ha salido a reunirse con la wedding planner. El personal de servicio está ocupado en otras partes de la mansión. Y Leonardo, como siempre, desapareció antes del amanecer.

Perfecto. Puedo tener un momento de paz para mí misma.

Abro la nevera, sacando ingredientes para hacerme un desayuno decente. Huevos, pan, queso. Nada elaborado, pero necesito comer algo que no sea el helado que Arianna y yo hemos estado compartiendo todas las noches.

Enciendo los fogones, el sonido del gas prendiendo llena el silencio de la cocina. Casco los huevos en un bol, batiéndolos con un tenedor mientras tarareo una canción que no recuerdo de dónde he sacado.

Por primera vez en semanas, me siento casi… normal.

Como si pudiera fingir que esto es mi vida. Que cocino en mi propia casa. Que no soy la prisionera de un mafioso obsesionado que me ha arrancado de todo lo que conocía.

—¿Qué coño llevas puesto?

La voz de Leonardo me hace dar un respingo, el tenedor se cae del bol y salpica huevo sobre la encimera.

Me giro bruscamente y ahí está, de pie en la entrada de la cocina. Lleva un traje negro que le queda de maravilla, pero lo que capta toda mi atención son sus ojos.

Están ardiendo. Verde esmeralda oscurecido hasta casi negro. Y están fijos en mí con una intensidad que hace que se me olvide respirar.

—Una camiseta —respondo, intentando que mi voz salga firme—. Es cómoda.

—Apenas te cubre —dice Leonardo, y su voz sale tan baja, tan cargada de algo oscuro, que se me pone la piel de gallina—. ¿Dónde están tus pantalones?

—No necesito pantalones —respondo, cruzándome de brazos sobre el pecho—. Estoy en casa.

Algo peligroso destella en sus ojos cuando digo «casa».

—No puedes andar por ahí así vestida —dice, acercándose con pasos medidos que hacen que cada músculo de mi cuerpo se tense—. Hay más hombres viviendo en esta casa.

—Pues que no miren —replico, sintiendo cómo la rebeldía se enciende en mi pecho como fuego.

Estoy harta de que me diga qué hacer. Cómo vestir. Dónde estar. Como si no tuviera suficiente con haber perdido mi libertad, ahora también quiere controlar mi ropa.

—Olivia —hay una advertencia en la forma en que pronuncia mi nombre—. Ve arriba y ponte algo apropiado.

—No.

—¿Perdona?

—He dicho que no —repito, levantando la barbilla desafiante—. Llevo lo que me da la gana. En la casa donde me has obligado a vivir. Haciendo lo que tú me has obligado a hacer. Así que si quieres añadir algo más a la lista de cosas que controlas sobre mi vida, vas a tener que obligarme.

El silencio que sigue está tan cargado de tensión que podría cortarse con un cuchillo.

Leonardo me mira durante tres segundos completos. Tres segundos en los que puedo ver algo feroz y hambriento desarrollándose en sus ojos. Algo que hace que el corazón se me dispare y que entre mis piernas empiece a palpitar un dolor que no puedo controlar.

Y entonces se mueve.

En un segundo está frente a mí. En el siguiente, mis brazos están sobre mi cabeza, sujetos por una de sus manos grandes contra la pared de azulejos. Su cuerpo me tiene completamente atrapada, tan cerca que puedo sentir cada músculo definido bajo su traje.

Y puedo sentir algo más.

Está duro como una roca contra mi vientre.

Se me escapa un jadeo involuntario, y veo cómo las pupilas de Leonardo se dilatan al escucharlo.

—¿Quieres que te obligue? —susurra contra mi oído, su aliento caliente contra mi piel hace que se erice cada centímetro de mi cuerpo—. ¿Es eso lo que quieres, ángel? ¿Que deje de ser paciente y simplemente tome lo que ambos sabemos que deseas?

—Yo no lo deseo.

—Mentirosa —me interrumpe, y su voz sale ronca, cargada de promesas oscuras—. Puedo sentir cómo te acelera el corazón. Cómo se te eriza la piel cuando te toco. Cómo tu respiración se entrecorta cuando estoy cerca.

Su mano libre traza una línea desde mi cuello hasta mi cadera, rozando apenas, lo suficiente para que sienta el calor de su tacto a través de la fina tela de mi camiseta, pero no lo bastante como para satisfacer la necesidad que está construyéndose dentro de mí.

—Sé exactamente lo que necesitas —continúa, sus labios rozan el lóbulo de mi oreja—. Lo que necesitas desde hace semanas. Pero no voy a darte lo que quieres. Todavía no.

—No quiero nada de ti —miento, y mi voz sale quebrada, traicionándome completamente.

Leonardo se ríe, y el sonido es oscuro, prometedor.

—¿No? —pregunta, presionando sus caderas contra las mías, haciendo que sienta exactamente lo mucho que me desea—. Entonces ¿por qué estás temblando? ¿Por qué tus pezones están duros contra mi pecho? ¿Por qué puedo prácticamente oler lo excitada que estás?

Se me llenan los ojos de lágrimas de pura frustración. Porque tiene razón. Porque mi cuerpo me está traicionando de la forma más humillante posible. Porque lo deseo tanto que duele, y odio que lo sepa.

—Que te den —consigo decir.

—Pronto te lo daré, ángel —promete, mordiendo suavemente mi lóbulo de una forma que hace que se me doblen las rodillas—. Pero cuando pase, vas a ser tú quien me lo pida. Vas a venir a mí, desesperada, suplicando que te toque. Que te haga mía de todas las formas posibles.

—Ni muerta —escupo, aunque ambos sabemos que es mentira.

—Ya veremos —dice, soltando mis muñecas pero no se aleja ni un centímetro—. Ahora, ve arriba y ponte algo apropiado. Y Olivia…

Se inclina hasta que sus labios rozan los míos, tan cerca que puedo sentir el calor pero sin llegar a besarme.

—La próxima vez que te encuentre así vestida, no voy a ser tan paciente.

Y entonces se aleja, dejándome temblando contra la pared, con el corazón latiendo tan rápido que pienso que va a salírseme del pecho.

—Leonardo —empieza una voz desde la puerta.

Lorenzo está ahí, de pie en la entrada de la cocina, con una expresión que mezcla incomodidad con preocupación.

Leonardo maldice en voz baja.

—¿Qué? —pregunta, girándose hacia su amigo con una tensión en los hombros que no estaba ahí hace un momento.

—Tenemos que hablar —dice Lorenzo, lanzándome una mirada rápida antes de devolver su atención a Leonardo—. Es importante.

Leonardo me mira una última vez, con esos ojos todavía ardiendo de promesas no cumplidas.

—Vete arriba a cambiarte. Ahora —ordena.

Y esta vez no discuto. Salgo de la cocina con las piernas temblando, completamente consciente de sus miradas siguiéndome mientras subo las escaleras.

Solo cuando estoy segura de que no pueden verme, me permito apoyarme contra la pared del pasillo, llevándome una mano al pecho para intentar calmar mi corazón desbocado.

¿Qué demonios me está pasando?

¿Cómo he pasado de odiarlo a desearlo tan desesperadamente que apenas puedo pensar con claridad cuando está cerca?

Y lo peor de todo: ¿cómo voy a sobrevivir sin perder completamente la cabeza?