CAPÍTULO 15
OLIVIA
Dos semanas.
Han pasado dos semanas desde que acepté casarme con Leonardo Moretti, y mi vida se ha convertido en algo tan surrealista que a veces me pellizco para asegurarme de que no estoy soñando.
Los días siguen un patrón extraño y predecible.
Me despierto sola en la cama enorme de Leonardo —él siempre se va antes de que amanezca, desapareciendo a Dios sabe dónde para hacer Dios sabe qué— y bajo a desayunar en una cocina del tamaño de mi antiguo apartamento.
Luego Arianna y yo nos pasamos horas revisando flores, menús, vestidos, decoraciones.
Organizando una boda que se supone que debería ser el día más feliz de mi vida pero que en realidad es solo un contrato más elaborado.
Y por las noches…
Por las noches es cuando todo se vuelve más confuso.
Porque no importa en qué habitación decida esconderme —y he probado varias durante estas dos semanas, intentando establecer algún tipo de independencia— Leonardo siempre me encuentra.
Entra sin llamar, me coge en brazos sin pedir permiso, y me lleva de vuelta a su cama como si tuviera todo el derecho del mundo.
Y lo peor de todo es que una parte de mí —una parte pequeña y traidora que me niego a reconocer en voz alta— espera ese momento.
Cuenta las horas hasta que escucho sus pasos en el pasillo.
Hasta que siento sus brazos envolviéndome.
Hasta que puedo inhalar su olor y dejar que el calor de su cuerpo me arrope mientras me quedo dormida.
Es patético.
Yo soy patética.
Pero no puedo evitarlo.
Durante el día, los cuatro hombres que forman el círculo íntimo de Leonardo me observan con una mezcla de curiosidad y desconfianza apenas disimulada.
Lorenzo con su expresión de preocupación constante.
Romeo con esos ojos oscuros que no pierden detalle.
Massimo con su evaluación fría y calculadora. Salvatore con su vigilancia militar.
Todos intentando descifrar si soy una amenaza para su Don.
Como si yo —una enfermera que ha pasado su vida salvando gente— pudiera ser peligrosa para un mafioso.
Es casi gracioso.
Esta noche, después de otro día interminable eligiendo colores para servilletas que francamente me dan igual, Arianna y yo hemos terminado en la cocina con un bote de helado de chocolate y dos cucharas.
—No puedo creer que queden menos de dos semanas —dice ella, metiendo la cuchara en el helado con una determinación que me hace sonreír—. ¿Estás nerviosa?
—¿Por casarme con un hombre que me compró como si fuera ganado? —respondo, sacando mi propia cucharada—. No, para nada. Estoy emocionadísima.
Arianna se ríe, y es uno de los sonidos que he aprendido a apreciar en estas dos semanas. Su risa genuina, sin filtros, completamente diferente a la forma calculada en que su hermano hace cualquier cosa.
—Va a ser un buen marido —dice después de un momento—. Sé que ahora no lo parece, pero Leonardo es…
Se detiene abruptamente cuando la puerta de la cocina se abre de golpe.
Romeo entra tambaleándose, con una mano presionada contra su costado y sangre —tanta sangre— filtrándose entre sus dedos. Su traje negro está empapado, goteando sobre el suelo de mármol blanco.
Me pongo de pie tan rápido que la silla cae hacia atrás con un estruendo.
—Mierda —escucho decir a Arianna detrás de mí, pero ya estoy corriendo hacia Romeo.
Todos mis instintos profesionales se activan instantáneamente. El pánico desaparece, reemplazado por esa calma fría y eficiente que he cultivado durante años en urgencias.
—Siéntate —ordeno, guiándolo hacia una de las sillas de la cocina—. Ahora.
Romeo me mira con esos ojos oscuros, sorprendido de que le esté dando órdenes, pero obedece. Se deja caer en la silla con un gemido que intenta ocultar.
—Arianna, necesito un botiquín —digo sin apartar los ojos de Romeo—. El más grande que tengas. Y toallas limpias. Muchas.
Ella sale corriendo sin hacer preguntas, y yo me arrodillo frente a Romeo, apartando su mano de la herida para poder evaluarla.
Es profunda. Un corte limpio que probablemente viene de un cuchillo. Ha perdido mucha sangre, pero no creo que haya tocado nada vital. Si consigo detener la hemorragia y coserlo apropiadamente, va a estar bien.
—¿Qué ha pasado? —pregunto mientras presiono una servilleta de tela contra la herida para contener el sangrado.
—Trabajo —responde Romeo con una voz plana que probablemente significa que acaba de matar a alguien—. No es nada.
—Esto no es nada —lo corrijo—. Esto necesita puntos. Probablemente unos veinte.
Arianna vuelve con un botiquín que parece sacado de un hospital y un montón de toallas blancas. Me las deja sobre la mesa sin decir palabra, pero puedo ver la preocupación en sus ojos.
—¿Necesitas que llame a alguien? —pregunta.
—No —respondo, ya abriendo el botiquín y sacando lo que necesito—. Puedo hacerlo yo.
Y durante los siguientes cuarenta minutos, me olvido completamente de dónde estoy. De que este hombre probablemente acaba de volver de hacer algo violento e ilegal. De que estoy en la cocina de una mansión de la mafia.
Solo existe la herida que tengo que reparar.
La vida del hombre que tengo que salvar.
Limpio. Desinfecto. Preparo la aguja y el hilo. Y coso con la misma precisión que he usado cientos de veces en urgencias.
Romeo no hace un solo sonido durante todo el proceso. No se queja cuando le echo el antiséptico que debe arder como el infierno. No se estremece cuando la aguja atraviesa su piel. Solo me observa con esos ojos oscuros que parecen estar reevaluándome completamente.
Estoy atando el último punto cuando escucho pasos acelerados en el pasillo.
La puerta de la cocina se abre de golpe otra vez, y Leonardo entra con una expresión que nunca le había visto. Las cicatrices en su rostro están tensas, los ojos verde esmeralda brillando con algo que podría ser miedo.
Pero cuando me ve arrodillada frente a Romeo, con las manos manchadas de su sangre, toda esa preocupación se transforma en algo más oscuro.
Posesividad.
Rabia apenas contenida.
—¿Qué coño está pasando aquí? —pregunta, y su voz sale tan baja y letal que hace que se me erice el vello de la nuca.
—Romeo estaba sangrando —explico, volviendo mi atención a la sutura—. Le estoy cosiendo.
—Ya veo eso —responde Leonardo, acercándose con pasos que suenan como disparos contra el suelo—. Lo que quiero saber es por qué tú lo estás tocando.
Hay algo en la forma en que dice «tocando» que hace que se me acelere el pulso.
—Porque soy enfermera —respondo con más calma de la que siento—. Y él estaba sangrando en tu cocina.
Ato el último nudo y corto el hilo con unas tijeras del botiquín. La sutura está perfecta. Limpia. Uniforme. Romeo va a tener una cicatriz, pero va a sanar bien.
—Ya está —le digo, echándome hacia atrás para inspeccionar mi trabajo—. Tienes que mantenerlo limpio y seco durante al menos…
—Olivia —la voz de Leonardo me interrumpe—. Ya es suficiente.
Me giro hacia él, sintiendo cómo la irritación se mezcla con la confusión.
—Tengo que terminar de explicarle los cuidados de la herida.
—Romeo sabe cómo cuidarse —dice Leonardo, y hay algo en su expresión que no consigo descifrar—. Ya puedes soltarlo.
Es entonces cuando me doy cuenta de que todavía tengo las manos sobre el costado de Romeo. Sobre su piel desnuda donde tuve que quitarle la camisa para poder coser la herida apropiadamente.
Retiro las manos como si me hubiera quemado.
—Gracias —dice Romeo, poniéndose de pie con cuidado—. Por esto.
Asiento, sin saber qué decir.
Romeo sale de la cocina seguido de Arianna, que me lanza una mirada que claramente significa «buena suerte con mi hermano» antes de cerrar la puerta detrás de ella.
Y entonces estoy sola con Leonardo.
Puedo sentir su mirada clavada en mí mientras me pongo de pie, intentando limpiarme las manos manchadas de sangre con una de las toallas.
—Ven —dice finalmente, y no es una petición sino una orden.
—Leonardo, yo…
—Ahora, Olivia.
El tono de su voz no admite discusión.
Lo sigo escaleras arriba, a través de pasillos que ya empiezo a reconocer, hasta su dormitorio. Pero en lugar de llevarme a la cama como hace normalmente, me guía hacia el baño.
Es enorme. Todo mármol y cristal, con una ducha que podría acomodar a seis personas y una bañera en la que podría nadar.
Leonardo abre el grifo de uno de los lavabos dobles, esperando hasta que el agua esté caliente antes de cogerme las manos y ponerlas bajo el chorro.
—No deberías haber hecho eso —dice, y su voz sale más suave ahora. Casi vulnerable.
—¿El qué? ¿Ayudar a uno de tus hombres?
—Tocarlo —me corrige, cogiendo jabón y empezando a lavar mis manos con una delicadeza que contrasta completamente con la tensión en sus hombros—. No me gusta que toques a otros hombres.
Se me acelera el corazón por la forma en que está tocándome. Sus dedos grandes y marcados por cicatrices deslizándose entre los míos, frotando suavemente para quitar cada rastro de sangre de Romeo. Como si fuera algo sagrado. Como si mis manos fueran algo que necesita estar completamente limpio.
—Es mi trabajo —consigo decir, aunque mi voz sale más ronca de lo normal—. Ayudar a la gente.
—Lo sé —responde, enjuagando mis manos con cuidado antes de cerrar el grifo—. Y agradezco que cuidaras de Romeo. Que lo salvaras. Es uno de mis hombres más leales. Pero…
Se detiene, cogiéndome las manos entre las suyas y mirándome con una intensidad que hace que se me olvide respirar.
—Eres mía, Olivia —dice, y cada palabra sale cargada de una posesividad que debería asustarme pero que en cambio hace que se me erice la piel—. Incluso antes de que nos casemos, ya eres mía. Y no me gusta compartir lo que es mío.
—No estaba…
—Lo sé —me interrumpe, llevando mis manos a sus labios y besando cada nudillo con una reverencia que me deja sin palabras—. Sé que solo estabas haciendo tu trabajo. Pero me gustaría que pudieras hacerlo sin tener que tocar a otros hombres.
La forma en que lo dice —no como una orden sino como una petición, casi vulnerable— hace que algo se retuerza en mi pecho.
Es ridículo. Tanto él, como mi reacción a sus palabras.
—Gracias —añade, y es la primera vez que lo escucho decir esa palabra—. Por cuidar de él. Por usar tus manos sanadoras. Por ser exactamente lo que eres.
Se me llenan los ojos de lágrimas sin que pueda evitarlo.
Nadie me había agradecido nunca por cuidar de alguien. Nadie me había dicho que lo que hago importa. Nadie me había mirado como si fuera algo precioso solo por ser quien soy.
—Leonardo —susurro, sin saber qué más decir.
Él me suelta las manos solo para coger mi rostro entre sus palmas, obligándome a mirarlo directamente a esos ojos verde esmeralda que parecen ver directamente a través de mí.
—Eres mía —repite, y esta vez suena más como una promesa que como una amenaza—. Y voy a cuidar de ti de la misma forma en que tú cuidas de los demás.
Y antes de que pueda responder, me besa.
Es el primer beso que compartimos. El primero desde que acepté casarme con él. Y es completamente diferente a lo que esperaba.
No es posesivo ni demandante. Es suave. Casi reverente. Como si estuviera tocando algo sagrado que tiene miedo de romper.
Sus labios se mueven sobre los míos con una delicadeza que contrasta completamente con la violencia que sé que es capaz de infligir. Las cicatrices en su rostro rozan mi piel, recordándome exactamente quién es, qué es.
Y, aun así, no puedo evitar devolverle el beso.
No puedo evitar derretirme contra él mientras sus brazos me envuelven, sosteniéndome como si fuera lo más valioso que ha tenido nunca.
No puedo evitar sentir que esto —este momento, este hombre, esta locura— es exactamente donde se supone que debo estar.
Aunque esté completamente loca por pensarlo.