CAPÍTULO 14
OLIVIA
Me despierto con la luz del sol filtrándose por unas ventanas enormes y tardo varios segundos en recordar dónde estoy.
No es mi apartamento. No es mi cama pequeña con el colchón que se hunde por un lado. No están las manchas de humedad en el techo que he estado mirando durante años.
Esto es… diferente.
Las sábanas son de seda. La cama es tan grande que podría perderme en ella. Y huele a esa colonia cara que ahora asocio con el hombre que me ha comprado como si fuera ganado.
Leonardo.
Me incorporo bruscamente, buscándolo con la mirada, pero la habitación está vacía. Solo estoy yo y este espacio enorme que parece sacado de una revista de lujo.
Paseo la vista por el dormitorio a la luz del día. Es aún más impresionante de lo que parecía anoche. Tiene techos altos. Ventanales del suelo al techo con vistas a los jardines perfectamente cuidados. Una chimenea de mármol…
Este no es el tipo de lugar donde vive gente normal.
Este es el tipo de lugar donde vive un Don de la mafia.
El estómago se me encoge al recordar cómo terminé aquí. La deuda de mi padre. La propuesta obscena de Leonardo. Mi aceptación porque no tenía otra maldita opción.
Me paso las manos por la cara, intentando procesar todo lo que ha pasado en las últimas doce horas.
He aceptado casarme con un mafioso. Me he subido a su coche sin pelear. He dejado que me trajera a su mansión. He dormido en su cama.
En sus brazos.
Y lo peor de todo —lo que realmente me aterroriza— es que he dormido mejor que en años. Que sentir su cuerpo contra el mío, su calor envolviéndome, sus brazos sosteniéndome… ha sido la cosa más reconfortante que he experimentado en toda mi vida adulta.
¿Qué demonios me pasa?
Debería estar buscando la forma de escapar. Debería estar planeando cómo salir de aquí. Debería estar aterrorizada, furiosa, haciendo cualquier cosa menos sentir curiosidad.
Porque eso es lo que siento. Curiosidad.
Curiosidad sobre este hombre que me mira como si fuera algo precioso. Que me llama «ángel» con esa voz ronca que hace que se me erice la piel. Que me obliga a estar en su cama pero que no me toca más allá de sostenerme mientras duermo.
Es una locura. Una completa y absoluta locura.
Estoy a punto de levantarme de la cama cuando la puerta del dormitorio se abre.
Leonardo entra con esa presencia que parece llenar todo el espacio disponible. Lleva un traje negro impecable, el pelo perfectamente peinado hacia atrás, y sus cicatrices que a la luz del día parecen aún más pronunciadas.
Me tenso automáticamente, tirando de las sábanas para cubrirme, aunque todavía llevo puesta la ropa de ayer.
Él me mira con esos ojos verde esmeralda que parecen ver demasiado, y algo en su expresión hace que se me acelere el pulso.
—Has dormido bien —dice, y no es una pregunta sino una afirmación. Como si lo supiera. Como si hubiera estado observándome.
—He dormido —respondo con cautela, sin confirmar ni negar nada.
Leonardo se acerca a la cama con pasos medidos. Se detiene a un metro de distancia, lo suficientemente cerca como para que pueda oler su colonia, pero lo bastante lejos como para que no me sienta completamente acorralada.
—He tomado una decisión —dice con esa calma que ya estoy empezando a reconocer como señal de que va a decir algo que no me va a gustar—. Nos casaremos en un mes. Tendrás que organizar la boda.
Tardo un momento en procesar las palabras.
—¿Organizar la boda? —repito—. ¿Mi propia boda forzada?
—Exactamente.
La risa que sale de mi garganta es amarga, rota.
—No tengo tiempo para eso. Tengo que trabajar.
Leonardo arquea una ceja, y hay algo en su expresión que me dice que ya esperaba esta respuesta.
—No —dice simplemente.
—¿No?
—No vas a trabajar más —aclara, como si estuviera explicándole algo obvio a un niño—. Ahora tu trabajo es organizar la boda.
El estómago se me cae al suelo.
—No puedes simplemente decirme que no puedo trabajar.
—Sí puedo —me interrumpe, y su voz sale con esa autoridad fría que hace que se me erice el vello de la nuca—.
Tengo más dinero del que podríamos gastar en diez vidas, Olivia.
Has pasado toda tu vida trabajando sin descanso, turnos dobles, sacrificándote por un padre que no lo merece. Eso se acaba ahora mismo.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.
Porque tiene razón. He pasado años trabajando hasta el agotamiento. Años sin vacaciones, sin descanso, sin tiempo para mí misma. Años viviendo al límite de mis fuerzas porque siempre había alguien que necesitaba que lo rescatara.
Y la idea de no tener que hacerlo más…
No. No voy a dejar que esto me parezca liberador. No voy a agradecerle a este hijo de puta por quitarme mi independencia incluso si una parte de mí está secretamente aliviada.
—No puedes controlar cada aspecto de mi vida —consigo decir, aunque mi voz sale menos firme de lo que me gustaría.
—Puedo —responde con esa confianza irritante—. Y lo haré.
Se gira hacia la puerta, claramente dando por terminada la conversación.
—Mi hermana está esperándote abajo para empezar con los preparativos de la boda —dice sin mirarme—. Nos vemos esta noche.
Y entonces sale, cerrando la puerta detrás de él como si no acabara de cambiar completamente las reglas de mi vida.
La rabia explota en mi pecho como un volcán.
¿Quién coño se cree que es?
Cojo lo primero que encuentro —una almohada decorativa— y la lanzo hacia la puerta con todas mis fuerzas.
—¡Vete a la mierda, Leonardo Moretti! —grito, y mi voz sale cargada de toda la frustración que he estado conteniendo.
Pero lo peor —lo que realmente me aterra— es que una parte de mí, una parte pequeña y traidora, se siente aliviada.
Aliviada de no tener que trabajar hasta el agotamiento. Aliviada de no tener que preocuparme por el dinero. Aliviada de poder, por primera vez en años, simplemente respirar.
Y odio a esa parte de mí casi tanto como odio a Leonardo Moretti.
Dos horas más tarde, después de una ducha en el baño más grande que he visto en mi vida y de ponerme la misma ropa arrugada de ayer, bajo las escaleras siguiendo las indicaciones vagas que me ha dado una de las empleadas de la casa.
La mansión es aún más impresionante a la luz del día. Pasillos interminables. Obras de arte que probablemente cuestan más que todo lo que he ganado en mi vida. Ventanales enormes que dejan entrar la luz del sol.
Es hermoso y aterrador al mismo tiempo.
Finalmente encuentro lo que parece ser un salón, y ahí, sentada en un sofá de cuero con un montón de revistas de bodas esparcidas sobre la mesa de centro, está una chica joven que me observa con curiosidad apenas disimulada.
Tiene el mismo pelo negro que Leonardo, los mismos ojos verde esmeralda, pero en ella las facciones son más suaves. Delicadas. Debe tener mi edad más o menos.
—Tú debes ser Olivia —dice, poniéndose de pie con una sonrisa que no consigo descifrar—. Soy Arianna. La hermana de Leonardo.
Me tiende la mano y yo la estrecho automáticamente, demasiado aturdida todavía por todo lo que está pasando como para hacer otra cosa.
—Encantada —consigo decir, aunque no estoy segura de que sea verdad.
Arianna me estudia con una intensidad que me recuerda a su hermano, como si estuviera evaluando cada detalle de mi rostro. Buscando… ¿qué? ¿Señales de peligro? ¿Intenciones ocultas?
—Así que tú eres la mujer misteriosa que ha conseguido que mi hermano pierda completamente la cabeza —dice finalmente, y hay algo en su tono que no consigo identificar.
—No he conseguido nada —respondo con más aspereza de la que pretendía—. Tu hermano me compró como si fuera ganado. Hay una diferencia.
Arianna parpadea, claramente sorprendida por mi franqueza.
Y entonces se ríe.
Es una risa genuina, cálida, que hace que sus ojos brillen con diversión.
—Me caes bien —declara, sentándose otra vez en el sofá y haciéndome un gesto para que me una a ella—. Ven, siéntate. Tenemos mucho de qué hablar.
Me siento con cautela, sin estar segura de qué esperar.
Arianna coge una de las revistas y la abre, pero puedo ver cómo me observa de reojo mientras finge estar concentrada en las páginas.
—Tengo que hacerte algunas preguntas —dice finalmente, dejando la revista a un lado—. Y espero que seas honesta.
—Vale —respondo despacio.
—¿Eres una amenaza para mi hermano?
La pregunta es tan directa, tan inesperada, que me quedo con la boca abierta durante un segundo completo.
Y entonces me echo a reír.
Es una risa amarga, casi histérica, que hace que Arianna me mire con el ceño fruncido.
—¿Yo? ¿Una amenaza? —consigo decir entre risas—. Soy enfermera. Lo más peligroso que hago es poner inyecciones. ¿De verdad crees que soy una amenaza para un Don de la mafia?
Arianna me observa durante un largo momento, y entonces su expresión se suaviza.
—Vale —dice—. Solo necesitaba estar segura. Leonardo es… complicado. Pero es mi hermano. Y todos en esta casa le debemos la vida. Por eso tenemos que protegerlo. Incluso de sí mismo.
Algo en la forma en que lo dice hace que mi risa se apague.
—¿Qué quieres decir con que le debéis la vida?
Arianna vacila, como si estuviera decidiendo cuánto contarme.
—Leonardo salvó a cada persona que vive en esta casa de una forma u otra —dice finalmente—.
A mí me protegió del Don anterior enviándome lejos cuando era peligroso ser su familia.
A Lorenzo lo rescató de una situación que lo habría matado.
A Romeo, a Massimo, a Salvatore… todos tienen historias similares.
Leonardo les dio una segunda oportunidad cuando nadie más lo haría.
Me quedo en silencio, procesando esta información.
Es difícil reconciliar la imagen del hombre que me compró con la del salvador que Arianna está describiendo.
—Pero eso no significa que sea un santo —continúo, porque necesito que alguien en esta casa entienda mi situación—.
Tu hermano me compró como si fuera una vaca.
Me arrancó de mi vida. No me dio opción.
Y luego tiene la cara dura de decirme que no puedo trabajar y que tengo que organizar una boda que ni siquiera quiero.
Arianna asiente lentamente.
—Tienes razón —dice—. Leonardo puede ser intenso. Controlador. A veces olvida que no todo el mundo quiere ser rescatado de la forma en que él rescata.
—¿Rescatado? —repito con incredulidad—. ¿Crees que me ha rescatado?
—¿No lo ha hecho? —pregunta Arianna, arqueando una ceja—. Tu padre te estaba arrastrando con él. Has pasado años sacrificándote por alguien que no lo aprecia. Leonardo te ha sacado de ese ciclo.
Las palabras me golpean más fuerte de lo que me gustaría admitir.
Porque tiene razón. Una parte de mí lo sabe. Mi padre me estaba destruyendo lentamente, y yo lo permitía porque no sabía cómo detenerlo.
Pero eso no hace que lo que Leonardo hizo esté bien.
—Sigo sin poder perdonar que me haya obligado a esto —digo finalmente—. Y si ahora mismo estuviera delante de mí en un altar, lo que le daría es una patada en los huevos.
Arianna se echa a reír otra vez, y esta vez suena genuinamente divertida.
—Me caes muy bien, Olivia Clark —dice—. Creo que tú y yo vamos a ser grandes amigas.
—¿Aunque esté cabreada con tu hermano?
—Especialmente porque estás cabreada con mi hermano —responde con una sonrisa—. Alguien tiene que mantenerlo en su sitio. Y claramente vas a ser tú.
A pesar de todo —de la rabia, de la confusión, de lo surrealista de toda esta situación— siento cómo algo se relaja ligeramente en mi pecho.
Tal vez esto no va a ser tan terrible como pensaba.
Tal vez, solo tal vez, puedo encontrar aliados en este mundo extraño al que he sido arrastrada.
—¿Me enseñas la casa? —pregunto finalmente—. Tu hermano tuvo la desfachatez de traerme aquí pero no de mostrarme dónde demonios estoy.
Arianna sonríe y se pone de pie.
—Será un placer. Y mientras te la enseño, puedes contarme cómo exactamente conseguiste que mi hermano, que nunca se ha fijado en ninguna mujer, perdiera completamente la cabeza por ti.
—No hice nada —protesto mientras la sigo hacia el pasillo—. Literalmente nada. Solo existir, aparentemente. Y te aseguro que Leonardo no siente nada por mí.
—No puedes creer eso. Le gustas de verdad y eso es lo que me asusta —responde Arianna con una risa—. Porque significa que este matrimonio es real. Y Leonardo nunca hace nada a medias.
No sé qué responder a eso, así que simplemente la sigo mientras me muestra habitación tras habitación de esta mansión que ahora, aparentemente, es mi hogar.
Esa tarde, mientras Arianna y yo estamos revisando opciones de flores —algo que nunca pensé que haría para mi propia boda, mucho menos para una forzada— escucho el sonido de un camión en la entrada.
Me acerco a la ventana y veo cómo varios hombres empiezan a descargar cajas. Muchas cajas.
Mis cajas.
Mis cosas.
El estómago se me encoge mientras observo cómo traen cada objeto de mi antigua vida a esta nueva. Mi ropa. Mis libros. Mis fotos. Todo lo que me importaba empaquetado y trasladado sin que yo tuviera voz ni voto.
Es entonces cuando realmente se asienta en mí lo que está pasando.
Esto es real.
Voy a vivir aquí. En esta mansión. Con Leonardo Moretti.
Voy a casarme con él en un mes.
Mi vida anterior ha terminado.
Y para mi absoluta mortificación, lo que siento no es solo horror.
También hay alivio. Gratitud, incluso.
Porque por primera vez en años, no estoy sola. No tengo que preocuparme por el dinero. No tengo que rescatar a nadie.
Por primera vez, alguien está cuidando de mí.
Aunque sea de la forma más retorcida posible.
—¿Olivia? —la voz de Arianna me saca de mis pensamientos—. ¿Estás bien?
Me giro hacia ella, sintiendo cómo las lágrimas amenazan con desbordarse pero obligándolas a quedarse donde están.
—Sí —miento—. Estoy perfectamente.
Pero ambas sabemos que no es verdad.
No estoy bien.
Y, sin embargo, por alguna razón que no consigo entender, no me siento tan mal como debería.
Y eso es lo que más me asusta de todo.