CAPÍTULO 13
LEONARDO
La luz del amanecer se filtra por las ventanas del dormitorio, bañando el rostro de Olivia en tonos dorados que la hacen parecer aún más angelical de lo que ya es.
No he dormido. No he podido.
He pasado toda la noche observándola. Memorizando la forma en que sus labios se entreabren ligeramente cuando respira. Cómo sus pestañas se curvan contra sus mejillas. El pequeño sonido que hace cuando se acurruca más contra mi pecho.
Es adictivo. Verla así, completamente mía, aunque todavía no lo entienda realmente.
Mi móvil vibra en la mesilla de noche. Lo cojo antes de que el sonido pueda despertarla, deslizándome con cuidado fuera de la cama sin soltarla bruscamente.
Es Lorenzo.
«Estamos abajo. Tenemos que hablar. Ahora.»
Mierda.
Por supuesto que me están esperando. Mis cuatro hombres más cercanos —Lorenzo, Romeo, Massimo, Salvatore— probablemente han pasado toda la noche hablando entre ellos, intentando entender qué coño está pasando.
Por qué su Don, que nunca ha mostrado interés en ninguna mujer, de repente anuncia que se va a casar con una desconocida.
Miro a Olivia una última vez. Sigue profundamente dormida, el pelo rubio extendido sobre mi almohada como seda líquida. Cojo una manta del armario y la cubro con cuidado antes de salir del dormitorio, cerrando la puerta silenciosamente detrás de mí.
Bajo las escaleras con pasos medidos, sintiendo cómo la irritación se acumula en mi pecho. No tengo paciencia para esto. No hoy. No cuando finalmente tengo a Olivia donde pertenece y lo único que quiero es volver arriba y seguir observándola dormir como el maldito psicópata obsesionado que soy.
Pero ya están en el salón principal cuando entro. Los cinco. Mi hermana también está aquí. Esperándome con expresiones que van desde la preocupación hasta la franca alarma.
Lo que me faltaba, joder.
Lorenzo está de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y una expresión de hermano mayor decepcionado que me pone de los nervios.
Romeo permanece en las sombras cerca de la ventana, observando todo con esos ojos oscuros que no pierden detalle.
Massimo está sentado en uno de los sofás de cuero, rodeado de documentos que probablemente ha preparado para argumentar por qué esto es una mala idea.
Salvatore vigila la puerta con su usual eficiencia militar.
Y Arianna está en el centro de todos ellos, con los brazos en jarras y esa mirada que me dice que está a punto de soltarme un sermón monumental.
—¿Se puede saber qué demonios está pasando, Leonardo? —dice antes de que pueda abrir la boca—. ¿Te vas a casar? ¿Con una chica que nadie conoce? ¿Sin decirnos nada?
—Buenos días a ti también, hermanita —respondo con una calma que no siento, dirigiéndome hacia el mueble bar para servirme un whisky aunque sean las seis de la mañana.
—No te hagas el gracioso —me corta, siguiéndome—. Todos estamos preocupados. Esto no es propio de ti. Tú no haces nada impulsivo. Todo lo planeas meticulosamente. Y de repente apareces con una prometida que…
—Que es asunto mío —la interrumpo, tomando un trago del whisky que me quema la garganta—. No vuestro.
—Es asunto nuestro cuando afecta a tu seguridad y la seguridad de la familia —interviene Lorenzo, y hay frustración apenas contenida en su voz—. No sabemos nada de ella, Leonardo. Nada. ¿Y si es peligrosa? ¿Y si trabaja para otra familia? ¿Y si…?
—¿Y si qué? —me giro hacia él tan bruscamente que retrocede medio paso—. ¿Y si es una amenaza? ¿Es eso lo que estás insinuando?
—Estoy diciendo que no sabemos quién es —responde Lorenzo, manteniendo la calma, aunque puedo ver la tensión en su mandíbula—. Y que casarte con una desconocida es peligroso. Para ti. Para todos nosotros. Jamás has querido casarte.
La rabia hierve en mi pecho como lava.
—Olivia no es peligrosa —digo, y mi voz sale tan fría que puedo ver cómo todos se tensan—.
Es una enfermera. Pasa sus días salvando vidas en un hospital de mierda por un salario que apenas le alcanza para pagar el alquiler.
Rescata a su padre ludópata cada vez que se mete en problemas.
Es la persona menos peligrosa que existe en este mundo.
—Entonces ¿por qué? —pregunta Arianna, y hay genuina confusión en su voz—. ¿Por qué casarte con ella? ¿Qué te está dando a cambio?
—Nada —respondo—. No me está dando nada. Está pagando la deuda de su padre con su libertad.
El silencio que sigue es tan absoluto que podría escucharse caer un alfiler.
—La has comprado —dice Massimo finalmente, y hay algo que podría ser horror en su voz—. Has comprado a una mujer como si fuera ganado.
—He salvado la vida de su padre —corrijo—. Y a cambio, ella accedió a casarse conmigo. Es un intercambio justo.
—No lo es —dice Lorenzo, y suena como un hombre que está viendo a su hermano convertirse en algo que no reconoce—. Sabes que no lo es.
Me giro hacia él, sintiendo cómo algo oscuro y peligroso se desenrosca en mi pecho.
—¿Y a ti qué más te da? —pregunto, mi voz baja hasta ese registro letal que hace que incluso Romeo se mueva inquieto—. ¿Qué más os da a ninguno de vosotros? Voy a casarme con ella. Punto. No necesito vuestra aprobación.
—Necesitas que entendamos el por qué —insiste Lorenzo—. Porque tú no eres así, Leonardo. Esto es…
—¿Qué? —lo interrumpo—. ¿Una locura? ¿Obsesión? ¿Qué es exactamente lo que intentas decir?
—Estoy diciendo que nos preocupas —responde, y hay algo roto en su voz—. Que llevamos años trabajando juntos, construyendo este imperio, y de repente estás tomando decisiones que no tienen sentido. Que nos asustan.
La furia explota en mi pecho como una bomba nuclear.
—Escuchadme todos muy bien —digo, mi voz sale tan baja que tienen que inclinarse para escucharme—. Porque solo voy a decir esto una vez.
Me acerco a Lorenzo hasta que estamos cara a cara.
—Olivia es mi prometida. Muy pronto será mi esposa. Y si alguno de vosotros —mi mirada recorre el grupo, asegurándome de que todos me están escuchando— se le ocurre tratarla mal, mirarla con desconfianza, o incluso pensar algo negativo sobre ella, os voy a matar. A todos. Sin excepción.
El silencio que sigue es ensordecedor.
Jamás los he amenazado a ellos. He defendido sus vidas con la mía. Pero no hay nada más importante para mí que Olivia.
Puedo ver el shock en sus rostros. La incredulidad. El miedo genuino de que estoy hablando completamente en serio.
Porque lo estoy.
Mataría a cualquiera por ella. Incluso a las personas que más me importan en este mundo. Incluso a Lorenzo, mi hermano en todo excepto en sangre.
Si alguien intenta hacerle daño a Olivia, van a descubrir exactamente qué tan monstruoso puedo ser.
—Leonardo… —empieza Arianna, pero su voz sale quebrada.
—No —la corto—. No hay peros. No hay discusión. Olivia está bajo mi protección absoluta. Y si creéis por un segundo que voy a tolerar que alguien la trate como menos que la reina que va a ser, estáis muy equivocados.
Lorenzo me mira con una expresión que no he visto nunca en él. Como si finalmente estuviera comprendiendo algo. Como si todas las piezas dispersas de los últimos meses estuvieran encajando en su lugar.
—Esa chica te importa de verdad —dice, y no es una pregunta sino una afirmación—. No es solo un capricho o una transacción de negocios. Realmente te importa.
No respondo. No voy a darle la satisfacción de confirmar lo que ya sabe.
—Métete en tus asuntos, Lorenzo —respondo en cambio—. Y eso va para todos vosotros. Mi relación con Olivia no es asunto de nadie más que mío y de ella.
—¿Cuándo quieres celebrar la boda? —pregunta Massimo después de un momento largo e incómodo.
Ha sido el primero en entender que, si no me pueden hacer cambiar de opinión, tenemos que organizarlo todo bien.
—Mañana —respondo—. Voy a conseguir una licencia especial hoy mismo. No voy a esperar más de lo necesario.
—No puedes —dice Massimo inmediatamente, poniéndose de pie—.
Leonardo, entiendo que quieres que esto pase rápido, pero tienes que pensar en las apariencias.
Acabas de tomar el control de la familia Moretti de una forma poco ortodoxa.
La mitad de los capitanes todavía están recelosos.
Si ahora apareces con una boda salida de la nada, van a empezar a especular.
Van a pensar que hay algo que estás ocultando.
—Me importa una mierda lo que piensen —respondo.
—Pero debería importarte —insiste Massimo—. Porque esos hombres están buscando cualquier excusa para cuestionar tu liderazgo. Cualquier señal de debilidad, de desequilibrio. Y una boda apresurada con una desconocida es exactamente el tipo de cosa que van a usar en tu contra.
Mierda.
Odio admitirlo, pero tiene razón. Consolidar el poder lleva tiempo. Y hacer movimientos que parezcan desesperados o irracionales solo va a alimentar las dudas que ya existen y eso puede poner en peligro a Olivia. Y eso sí que no lo puedo permitir.
—¿Cuánto tiempo quieres esperar? —pregunto entre dientes.
—Un mes —responde Massimo—. Dame un mes para organizar algo apropiado. Una boda que muestre poder y estabilidad. Que deje claro que esta es una unión pensada, no un impulso.
Un mes.
Treinta días más antes de poder atarla a mí legalmente de todas las formas posibles.
Se me hace una eternidad.
—Tres semanas —negocio.
—Un mes —insiste Massimo—. Necesito tiempo para hacer las cosas bien. Para que esto parezca lo que debería parecer: una alianza estratégica entre el nuevo Don y una mujer digna de estar a su lado.
Lo miro durante un largo momento, sintiendo cómo la frustración se mezcla con la lógica fría de saber que tiene razón.
—Está bien —acepto finalmente—. Un mes. Pero ni un día más.
Massimo asiente, visiblemente aliviado.
—Voy a encargarme de todo. Será una boda que nadie olvidará. Si a Arianna le parece bien ella se encarga de los detalles de decoración y yo de los papeles y de comunicarlo.
Arianna asiente conforme.
—Si es importante para ti, lo haré —me dice mirándome con intensidad.
—Sí. —digo—. Lo que más me importa es que al final de ese mes, Olivia lleve mi apellido y esté atada a mí de todas las formas legales posibles.
—Lo estará —promete Massimo.
Me giro hacia los demás, asegurándome de que todos entienden lo que viene a continuación.
—Desde ayer por la noche, Olivia vive aquí. Va a conoceros a todos. Y vais a tratarla con el mismo respeto que me tenéis a mí. ¿Queda claro?
Todos asienten, aunque puedo ver la preocupación que todavía persiste en sus ojos.
—Bien. Ahora largaos —ordeno—. Tengo cosas que hacer.
Empiezan a moverse hacia la salida, pero Lorenzo se queda atrás. Espera hasta que los demás han salido antes de acercarse a mí.
—Leonardo —dice, y su voz está cargada de preocupación fraternal—. Sé que no quieres escucharlo, pero tengo que decirlo. Ten cuidado.
—¿Cuidado de qué?
—De ti mismo —responde—. De lo que estás sintiendo. Porque he visto cómo la miras. He visto cómo hablas de ella. Y eso es peligroso en nuestro mundo. Querer a alguien tanto te convierte en vulnerable.
—No la quiero —miento—. Es una posesión. Nada más.
Lorenzo me mira con una expresión que dice claramente que no me cree ni por un segundo.
—Si tú lo dices —responde finalmente—. Pero cuando te des cuenta de que estás mintiendo, espero que sepas lo que estás haciendo. Porque una vez que admitas lo que sientes, no hay vuelta atrás.
Se va antes de que pueda responder, dejándome solo en el salón con mis pensamientos y la verdad que no quiero admitir.
Que Lorenzo tiene razón.
Que lo que siento por Olivia es mucho más que posesión.
Y que eso me aterra más que cualquier cosa que haya enfrentado en mi vida.
Porque quererla significa que puede destruirme de formas que ninguna tortura física jamás podría.
Y aun así, no puedo detenerme.
No voy a detenerme.
Porque ella es mía.
Y voy a hacer lo que sea necesario para mantenerla a mi lado.
Incluso si eso significa arriesgar lo único que me queda: el corazón roto que pensé que había muerto hace años.