Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

OLIVIA

El Maserati negro huele a cuero caro y a esa colonia masculina que ya asocio con Leonardo. Una mezcla de notas amaderadas y algo más oscuro que no consigo identificar pero que hace que se me erice la piel cada vez que lo inhalo.

Estoy sentada en el asiento del copiloto con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tan apretada que me duelen los dientes.

He estado así durante los últimos quince minutos, desde que salimos del casino, negándome a mirar hacia donde Leonardo conduce con una calma irritante que hace que quiera gritarle.

Puedo sentir sus ojos sobre mí. No constantemente, pero sí cada pocos segundos. Miradas rápidas que me recorren el rostro como si estuviera memorizando cada detalle. Como si tuviera derecho a mirarme así.

Como si yo fuera suya.

La rabia hierve bajo mi piel como ácido, corroyendo cualquier pensamiento racional que intente formar. Necesito discutir. Necesito gritarle. Necesito hacer algo con esta furia que amenaza con explotar si no encuentra una salida.

—Necesito mis cosas —digo de repente, rompiendo el silencio que se ha instalado entre nosotros—. Llévame a mi casa.

Leonardo no responde inmediatamente. Solo sigue conduciendo con esas manos grandes y marcadas por las cicatrices sobre el volante, completamente tranquilo.

—No vas a volver a tu casa nunca más —dice finalmente, y su voz sale con una calma controlada que me pone los nervios de punta—. Alguien pasará mañana a recoger todas tus cosas y las llevarán a tu nueva casa.

Tu nueva casa.

Como si ya fuera un hecho consumado. Como si mi vida anterior hubiera dejado de existir en el momento en que acepté casarme con él.

—No quiero que nadie toque mis cosas —respondo, sintiendo cómo la tensión aumenta en mis hombros—. Quiero ser yo quien las recoja. Son mías.

—Ya no —me corrige, y hay algo definitivo en esas dos palabras que hace que se me cierre el estómago.

—Eres un controlador —escupo, girándome finalmente hacia él—. Un maldito controlador que cree que puede decidir cada aspecto de mi vida solo porque mi padre le debe dinero. Bastante tengo con que me estés obligando a casarme contigo como para que encima pretendas…

Me detengo abruptamente cuando veo que está sonriendo.

Está sonriendo.

Las cicatrices en su rostro se contraen de una forma que debería resultar aterradora pero que en cambio hace que se me olvide respirar durante un segundo completo.

La línea gruesa que va desde su sien hasta la comisura de su boca se curva ligeramente, creando una expresión que es mitad diversión, mitad algo mucho más oscuro.

Es devastadoramente atractivo cuando sonríe así.

Y odio que mi cuerpo reaccione a eso. Odio que el corazón se me acelere. Odio que tenga que obligarme a cerrar la boca porque se me ha quedado ligeramente abierta de la sorpresa.

—¿Nunca te han dicho que a los hombres peligrosos nos encantan los retos? —pregunta, y su voz sale más ronca ahora, cargada de algo que hace que se me erice el vello de la nuca—. No deberías tener tanto carácter, ángel. Eso solo me incita más.

Ángel.

La forma en que pronuncia esa palabra —como si fuera una caricia, como si tuviera derecho a llamarme así— hace que algo se retuerza en mi estómago.

Me quedo completamente inmóvil, incapaz de formar una respuesta coherente mientras proceso lo que acaba de decir. La provocación en sus palabras. La promesa implícita de que mi rabia no me está protegiendo de él.

Está haciendo exactamente lo contrario.

Aparto la mirada bruscamente, clavándola en la ventana y negándome a volver a mirarlo. No voy a darle la satisfacción de ver cómo me afectan sus palabras. No voy a dejar que sepa que cada célula de mi cuerpo está reaccionando a esa voz ronca y a esa maldita sonrisa.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero ahora es diferente. Más espeso. Cargado de una tensión que no estaba ahí antes.

Este hombre es peligroso para mi cordura.

No tendría que haber aceptado casarme con él. Y mucho menos tendría que estar tan tranquila en este coche. Debería abrir la puerta y lanzarme a la carretera en lugar de estar dejando que el silencio, el movimiento del coche y la presencia de Leonardo me relajen gradualmente.

Porque eso es exactamente lo que está pasando.

A pesar de la rabia. A pesar del miedo. A pesar de saber que este hombre acaba de comprarme como si fuera ganado.

Hay algo en estar cerca de él que hace que mi cuerpo se relaje de formas que no debería. Como si una parte primitiva de mi cerebro reconociera que estoy a salvo con él, aunque la parte racional sepa que es una mentira peligrosa.

Observo las luces de Las Vegas pasar por la ventana, intentando concentrarme en cualquier cosa que no sea cómo huele el interior de este coche. Cómo suena su respiración controlada. Cómo puedo sentir el calor que irradia su cuerpo incluso con el espacio que nos separa.

No sé cuánto tiempo pasamos conduciendo. Podría ser veinte minutos o una hora. El tiempo se ha vuelto extraño y elástico, estirándose de formas que no tiene sentido.

Finalmente, el coche gira por un camino privado bordeado de árboles. Una verja de hierro forjado se abre automáticamente ante nosotros, revelando una propiedad que hace que se me corte la respiración.

No es una casa.

Es una mansión.

Tres pisos de piedra y cristal que se alzan contra el cielo nocturno como algo sacado de una revista de arquitectura.

Ventanales enormes que reflejan las luces estratégicamente colocadas en el jardín perfectamente cuidado.

Una fuente en el centro del camino circular que lleva hasta la entrada principal.

Es el tipo de lugar donde vive la gente que tiene más dinero del que puede gastar en toda su vida.

Leonardo detiene el coche frente a la entrada principal y apaga el motor. El silencio que sigue es absoluto, roto solo por el sonido distante del agua de la fuente.

—¿Es aquí donde vives? —pregunto, incapaz de ocultar la sorpresa en mi voz.

—Es aquí donde vivimos —me corrige, saliendo del coche.

Rodea el Maserati y abre mi puerta antes de que pueda hacerlo yo misma. Me tiende la mano con un gesto que podría parecer caballeroso si no supiera exactamente lo que es: una orden disfrazada de cortesía.

Ignoro su mano y salgo del coche por mi cuenta, ajustándome la sudadera y sintiendo de repente lo fuera de lugar que estoy.

Con mi ropa arrugada y mi pelo desaliñado, parezco exactamente lo que soy: alguien que acaba de ser arrancada de su cama en mitad de la noche para descubrir que su vida ha terminado.

Leonardo no dice nada sobre mi rechazo. Solo cierra la puerta del coche y empieza a caminar hacia la entrada de la mansión, claramente esperando que lo siga.

Y lo hago.

Porque ¿qué otra opción tengo?

Las puertas principales se abren antes de que lleguemos, revelando un vestíbulo que es más grande que mi apartamento entero. Suelos de mármol negro. Una escalera de caracol con barandilla de hierro forjado. Un candelabro de cristal que cuelga del techo a dos pisos de altura.

Hay gente ahí. Personal de servicio que se aparta discretamente cuando entramos. Un hombre mayor con traje impecable que asiente hacia Leonardo con respeto. Una mujer con uniforme de ama de llaves que nos observa con curiosidad apenas disimulada.

Pero Leonardo no se detiene a presentarme. No se para a hablar con nadie. Simplemente cruza el vestíbulo hacia la escalera, subiendo los escalones de dos en dos con pasos que resuenan contra el mármol.

Lo sigo porque no sé qué más hacer. Porque esta casa es un laberinto y estoy completamente perdida.

Llegamos al segundo piso y luego al tercero, caminando por un pasillo con paredes forradas de cuadros que probablemente cuestan más que todo lo que he ganado en mi vida. Hay puertas de madera oscura a ambos lados y una alfombra gruesa que amortigua nuestros pasos.

Leonardo se detiene frente a una puerta al final del pasillo. La abre, haciéndome un gesto para que entre primero.

Entro en lo que claramente es un dormitorio.

Pero no es cualquier dormitorio.

Es enorme. Más grande que mi apartamento entero. Tiene una cama con dosel que podría acomodar cómodamente a cuatro personas. Ventanales del suelo al techo que dan al jardín. Y hay una chimenea en una de las paredes. También hay más puertas que probablemente llevan a un baño y un vestidor.

Es todo muy masculino.

Y no tardo nada en darme cuenta de lo que está pasando.

Esta es su habitación.

Y pretende que la comparta con él.

—Ni de coña —digo, girándome hacia donde Leonardo ha cerrado la puerta detrás de nosotros—. Si crees que voy a dormir contigo, estás completamente loco.

Él arquea una ceja, apoyándose contra la puerta con esa postura relajada que solo tienen las personas realmente peligrosas.

—Eres mi prometida —dice, como si eso lo explicara todo—. Dormirás en mi cama.

—Soy tu rehén —lo corrijo—. Y dormiré en el sofá antes que compartir cama contigo.

No espero respuesta. Simplemente me dirijo hacia el sofá de cuero que está frente a la chimenea, me dejo caer sobre él y me acurruco de lado, dándole la espalda.

Voy a demostrarle que no puede controlar cada aspecto de mi vida. Que puede haberme comprado, pero no puede obligarme a actuar como si esto fuera normal.

Cierro los ojos con fuerza, negándome a pensar en lo incómodo que es el sofá. En lo fría que está la habitación sin mantas. En cómo mi cuerpo está tan cansado que cada músculo me duele.

Escucho sus pasos acercándose. El susurro de la tela cuando se mueve. Y entonces…

Unos brazos fuertes me levantan del sofá como si no pesara nada.

—¿Qué...? —empiezo, pero las palabras se me mueren en la garganta cuando me encuentro apretada contra el pecho de Leonardo.

Puedo sentir cada músculo definido bajo su camisa. El calor que irradia su cuerpo. El latido firme y constante de su corazón contra mi mejilla.

—Suéltame —exijo, pero mi voz sale más débil de lo que pretendía.

—No —responde simplemente, llevándome hacia la cama.

Me deposita sobre el colchón con una suavidad que contrasta completamente con la fuerza que acaba de demostrar. Antes de que pueda incorporarme, se tumba a mi lado, pasando un brazo alrededor de mi cintura y atrayéndome hacia él hasta que mi espalda queda pegada contra su pecho.

—Leonardo..

—Duerme, ángel —susurra contra mi oído, y su aliento cálido contra mi piel hace que se me erice el vello de la nuca—. Es tarde y mañana va a ser un día largo.

Debería pelear. Debería intentar zafarme. Debería hacer algo además de quedarme completamente inmóvil mientras proceso la sensación de estar envuelta en sus brazos.

Pero no lo hago.

Porque a pesar de todo —de la rabia, del miedo, de la traición— hay algo innegablemente reconfortante en estar así.

En sentir el calor de su cuerpo contra mi espalda.

En escuchar su respiración constante. En saber que está aquí, despierto, protegiéndome incluso cuando es él de quien necesito protección.

Si el calor de los brazos de Leonardo y sus músculos arropándome me parecen la mejor sensación del mundo, es solo porque estoy cansada.

No porque me guste lo más mínimo lo loco que está este hombre.

No porque una parte de mí esté agradecida de no estar sola por primera vez en años.

Es solo porque estoy cansada.

Eso es todo.

Cierro los ojos, negándome a analizar por qué mi cuerpo se relaja gradualmente contra el suyo. Por qué mi respiración se sincroniza con la suya. Por qué se me hace cada vez más difícil recordar por qué debería estar peleando esto.

El agotamiento finalmente me vence, arrastrándome hacia un sueño que no puedo resistir.

Y lo último que registro antes de perder la consciencia es el roce de sus labios contra mi pelo. Tan suave que podría haberlo imaginado.

Y dos palabras susurradas tan bajo que casi no las escucho:

—Finalmente mía.

LEONARDO

La observo dormir y siento cómo algo se expande en mi pecho hasta que casi no puedo respirar.

Tiene la cara relajada por primera vez desde que ha entrado en el despacho del casino. Las líneas de tensión que marcaban su frente han desaparecido. Tiene los labios ligeramente entreabiertos. Y sus pestañas proyectan sombras sobre sus mejillas bajo la luz tenue que entra por las ventanas.

Es perfecta.

Completamente, devastadoramente perfecta.

Y finalmente está aquí. En mi casa. En mi cama. Exactamente donde he soñado tenerla durante tres años de obsesión constante.

Paso los dedos por su pelo rubio con una suavidad que no sabía que todavía era capaz de tener. Sus mechones de seda se deslizan entre mis dedos. Huele a ese champú floral que he memorizado, mezclado con algo que es únicamente suyo.

Su respiración es profunda y constante. Está completamente dormida, confiando en mí de una forma que probablemente me odiaría si fuera consciente de ello.

Pero no puede evitarlo.

Porque a pesar de todo —de cómo nos conocimos, de lo que le he hecho, de cómo la he forzado a esto— su cuerpo reconoce al mío. Sabe a nivel instintivo que está a salvo conmigo.

Aunque su mente todavía no lo acepte.

Trazo la línea de su mandíbula con el pulgar, sintiendo la suavidad de su piel. Tan diferente a la mía, marcada por la violencia y el dolor. Ella es todo lo que yo no soy. Pura. Compasiva. Dedicada a salvar vidas con esas manos que ahora están acurrucadas contra su pecho.

Y yo soy el monstruo que la ha encadenado a mí.

Pero no me arrepiento.

No puedo arrepentirme cuando finalmente la tengo donde pertenece.

Acerco más su cuerpo al mío, sintiendo cómo encaja perfectamente contra mis ángulos más duros. Como si hubiéramos sido diseñados para esto. Para estar así, entrelazados en la oscuridad mientras el resto del mundo sigue existiendo sin nosotros.

El corazón me late con una fuerza que no he sentido en años. Como si hubiera estado muerto todo este tiempo y solo ahora volviera a la vida.

Por fin la tengo.

Después de tres años observándola desde las sombras. Tres años protegiéndola sin que lo supiera. Tres años construyendo el poder necesario para poder reclamarla.

Finalmente está aquí.

Y no voy a dejarla ir. Nunca.

Aunque me odie. Aunque nunca pueda amarme. Aunque pase el resto de su vida deseando matarme.

No me importa.

Porque tenerla cerca —aunque sea así, aunque tenga que forzarla— es mejor que la alternativa de no tenerla en absoluto.

Cierro los ojos, inhalando su aroma y dejo que la realidad de tenerla en mis brazos finalmente se asiente en mi consciencia.

Mañana empezaré a planear la boda. Lo antes posible. Antes de que pueda cambiar de opinión. Antes de que encuentre alguna forma de escapar.

Voy a atarla a mí de todas las formas legales posibles. Voy a hacer que sea tan difícil dejarme que ni siquiera lo intente.

Porque esta mujer —esta criatura angelical que brilla incluso en su sueño— es lo único bueno que he tenido en quince años de oscuridad.

Y no voy a renunciar a ella.

No importa lo que cueste.

No importa lo que tenga que hacer.

Es mía ahora.

Es mía para poder cuidarla.

Para siempre.