Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

OLIVIA

Cuando consigo serenarme un poco y estoy bastante segura de que no me voy a desmayar, hago la pregunta más importante de todas:

—¿Cuánto? —pregunto, porque necesito saberlo. Necesito saber cuánto de mi cuenta de ahorros casi vacía va a desaparecer esta vez—. ¿Cuánto debes y a quién?

El silencio que sigue es tan denso que casi no puedo respirar bajo su peso.

No es mi padre quien responde.

—Me lo debe a mí. Medio millón de dólares —dice finalmente Leonardo, y su voz sale con una calma controlada que hace que cada palabra suene como una sentencia.

El mundo se detiene.

Completamente.

Me vuelvo lentamente hacia él, sintiendo cómo algo se congela en mi pecho. Como si alguien hubiera vertido hielo líquido directamente en mis venas.

—¿A ti? —la palabra sale como un susurro roto.

Él me sostiene la mirada sin pestañear. Sin una pizca de la calidez que vi en sus ojos aquella noche en el bar. Sin rastro del hombre que me llamó «ángel» y me dijo que estábamos destinados.

Solo hay frialdad. Profesional. Letal.

—¿Medio millón? —pregunto, porque mi cerebro no puede procesar la cifra—. Eso es… eso es imposible. Nadie deja que alguien acumule esa cantidad de dinero.

—Yo sí —responde simplemente, como si estuviera hablando del tiempo.

Se me revuelve el estómago.

Claro. Claro que sí.

Todas las señales estaban ahí. Las cicatrices de violencia grabadas en su rostro.

Todo gritaba peligro.

Y yo… yo he fantaseado con él. He soñado con que me rescatara. Había pensado que tal vez, solo tal vez, había encontrado a alguien que me veía realmente.

Soy una idiota.

Una completa y absoluta idiota.

—¿Quién eres? —pregunto, aunque una parte de mí no quiere saber la respuesta—. ¿Quién eres realmente?

Leonardo da un paso hacia mí, y tengo que obligarme a no retroceder.

—Leonardo Moretti —dice, y hay algo definitivo en la forma en que pronuncia su apellido—. Don de la familia Moretti.

Don.

La palabra me golpea como una bofetada.

Mafia. Es de la mafia. El hombre con el que he estado fantaseando durante tres años, el hombre al que buscaba cada vez que salía del hospital, el hombre que me hacía sentir cosas que nunca había sentido…

Es un mafioso.

Me echo a reír. No puedo evitarlo. Es una risa amarga, rota, que suena más a sollozo que a otra cosa.

—Por supuesto —digo, pasándome una mano por el pelo—. Por supuesto que lo eres. ¿Qué esperaba? Un hombre con cicatrices como las tuyas, que hace que la gente huya con solo mirarlo, que aparece en callejones detrás de salas de apuestas clandestinas… Obviamente no iba a ser un jodido contable.

Leonardo no responde. Solo me observa con una expresión impasible que hace que quiera gritarle.

—Soy una estúpida —continúo, más para mí misma que para él.

—Olivia… —empieza mi padre.

—Cállate —lo corto sin mirarlo siquiera—. No tienes derecho a hablar ahora mismo. Esta vez has ido demasiado lejos.

Me giro completamente hacia Leonardo, sintiendo cómo la traición se mezcla con la rabia hasta que no puedo distinguir una de otra.

—¿Y ahora qué? —pregunto—. ¿Vas a matarlo? ¿Es por eso por lo que me has hecho venir? ¿Para que vea cómo ejecutas a mi padre por una deuda que nunca debiste dejarle acumular?

—No —responde Leonardo, y su voz sigue teniendo una calma letal que me pone la piel de gallina—. No voy a matarlo. Si tú aceptas mis términos.

Se me cierra la garganta.

—¿Qué términos?

Leonardo se acerca más, hasta que está lo suficientemente cerca como para que pueda ver cómo las cicatrices se contraen cuando habla.

—Tu padre me debe medio millón de dólares que nunca va a poder pagar —dice—. Pero estoy dispuesto a perdonarle la deuda completamente. A cambio de una cosa.

El silencio que sigue es absoluto. Puedo escuchar mi propio corazón latiendo. El zumbido de las luces. La respiración entrecortada de mi padre.

—Tú —dice finalmente—. Si te casas conmigo tu padre sale de aquí vivo y sin deudas.

Las palabras tardan un momento en procesarse. Como si mi cerebro se hubiera desconectado y necesitara reiniciarse para entender lo que acabo de escuchar.

¿Casarme?

¿Con él?

—Estás de broma —digo, aunque sé que no lo está. Un hombre como él no hace bromas sobre estas cosas.

—¿Te parece que estoy bromeando? —pregunta, y no hay ni rastro de humor en su expresión.

—Esto es… esto es una locura —consigo decir, retrocediendo hasta que mi espalda choca contra la pared—. No puedes simplemente… No puedes comprar a una persona. Esto no es la Edad Media.

—No te estoy comprando —corrige Leonardo—. Estoy ofreciendo un intercambio. La vida de tu padre a cambio de tu mano en matrimonio.

—Es lo mismo —escupo—. Es exactamente lo mismo.

Miro a mi padre, esperando… no sé qué estoy esperando. ¿Que se levante? ¿Que me defienda? ¿Que diga que prefiere morir antes que dejar que esto pase?

Pero solo está ahí sentado, con la cabeza entre las manos, llorando en silencio.

Y algo se parte dentro de mí.

Algo que ya estaba agrietado se rompe completamente.

—Papá —digo, y mi voz sale tan fría que ni siquiera la reconozco—. Mírame.

Él levanta la cabeza lentamente. Tiene los ojos rojos, hinchados. La cara llena de lágrimas y mocos.

—¿Vas a permitir esto? —pregunto—. ¿Vas a dejar que me venda a mí misma para salvar tu pellejo?

—Olivia, yo… —empieza, pero las palabras se le mueren en la garganta.

—Respóndeme —exijo—. Sí o no. ¿Vas a permitir que esto pase?

El silencio que sigue me da la única respuesta que necesito.

Me giro hacia Leonardo, sintiendo cómo algo muere dentro de mí. Algo que tal vez era esperanza. O fe. O la creencia de que mi vida podía ser algo más que esto.

—Si acepto —pregunto, y cada palabra sale como cristal roto—, ¿qué pasará con él?

—Tu padre quedará libre de toda deuda —responde Leonardo—. Y me aseguraré personalmente de que no pueda volver a apostar en ningún casino de Las Vegas legal o ilegal. No más deudas. No más problemas.

Cierro los ojos, sintiendo cómo las lágrimas finalmente se desbordan y ruedan por mis mejillas.

Es casi gracioso. Lo único que he querido durante años es que alguien detenga a mi padre. Que alguien lo proteja de sí mismo.

Y ahora ese alguien está usando eso para comprarme.

Abro los ojos y miro directamente a Leonardo Moretti.

El hombre de las cicatrices.

El hombre con el que había fantaseado.

El hombre que resulta ser exactamente el tipo de pesadilla del que debería haber huido desde el principio.

—Tengo una condición —digo.

Él arquea una ceja.

—Que te asegures completamente de que mi padre no vuelve a entrar en un casino. Nunca —continúo, mi voz gana fuerza—. Si lo hace, si vuelve a apostar, aunque sea un dólar, el trato se cancela. Y puedes hacer lo que quieras con él.

Leonardo me mira durante un largo momento. Como si estuviera reevaluándome. Como si yo fuera algo que no había esperado.

—Trato hecho —dice finalmente.

Asiento, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.

—Entonces supongo que me voy a casar contigo.

Las palabras me salen planas. Muertas.

Porque así es exactamente como me siento.

Muerta por dentro.